Cuestiones de América
Lo que quede entre las ruinas
George Monbiot *
Los hombres
que gobiernan al mundo son demócratas en su casa y dictadores en casa ajena.
Llegaron al poder por medio de elecciones nacionales que, por lo menos, poseen
el poder de representar la voluntad de su gente. Sus ciudadanos tienen la
posibilidad de despedirlos sin derramar sangre y poner freno a sus políticas
con la esperanza de que, si se juntan las personas suficientes, se verán
obligados a escuchar.
A escala
internacional, empero, gobiernan por la fuerza bruta. Ellos, junto a las
instituciones que conducen, esgrimen un control económico y político sobre las
personas del mundo pobre más grande que el de sus propios gobiernos. No
obstante, estas personas pueden en cualquier momento desafiarlos o
reemplazarlos tanto como los ciudadanos de la Unión Soviética pudieron votar
para sacar a Stalin del poder. Su gestión de los asuntos públicos a escala
mundial es (según todas las definiciones políticas clásicas) tiránica.
Sin embargo,
así como los medios con los que cuentan los ciudadanos para derrocar a esta
tiranía son limitados, pareciera que ella misma está generando algunas
condiciones para su autodestrucción. Durante la semana pasada, el Gobierno de
los Estados Unidos amenazó con desmantelar dos de las instituciones que, hasta
no hace mucho tiempo, sirvieron a sus intereses globales de la mejor manera
posible.
El sábado, el
Presidente Bush advirtió al consejo de seguridad de las Naciones Unidas que la
aceptación de una nueva resolución en la que se autorice una guerra contra Irak
era su “última oportunidad” para dar pruebas de “su relevancia”. Cuatro días
antes, un documento filtrado del Pentágono demostró que probablemente esta
última oportunidad ya había caducado. Los Estados Unidos planean construir una
nueva generación de armas nucleares con miras a acrecentar su capacidad para
lanzar un ataque preventivo. Esta medida amenaza tanto al Tratado de
Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares como al Tratado sobre la No
Proliferación de las Armas Nucleares (dos de los principales instrumentos de la
seguridad mundial) a la vez que pone en peligro el pacto internacional que las
Naciones Unidas sostienen con su existencia. El consejo de seguridad, que, a
pesar de sus constantes interrupciones sobrevivió a la Guerra Fría, comienza a
parecer frágil después de ella. El miércoles, los Estados Unidos tomaron una
medida decisiva en aras a la destrucción de la Organización Mundial de Comercio
(OMC). La actual ronda de comercio de la OMC se derrumbó en Seattle en 1999, ya
que las naciones pobres se percataron de que no les ofrecía nada a ellos pero
le otorgaba nuevos derechos a las empresas del mundo rico. Fue relanzada en
Qatar en 2001 sólo porque se prometió a estas naciones hacerles dos
concesiones: podían hacer caso omiso de las patentes en las drogas caras e importar
copias más económicas cuando la salud pública estuviera amenazada, y esperar
una importante reducción en los subsidios agrícolas del mundo rico. Durante la
reunión de la OMC en Ginebra la semana pasada, los Estados Unidos se
desdijeron, lisa y llanamente, de ambas promesas.
El triunfo de
los Republicanos en las elecciones de mitad de mandato durante el noviembre
pasado, fue asegurado con ayuda de 60 millones de dólares de las empresas
farmacéuticas líderes norteamericanas. Parece haber sido un acuerdo directo:
nosotros les compramos las elecciones si ustedes abandonan la concesión que
hicieron en Qatar. Los lobbies del negocio agropecuario en los Estados Unidos y
Europa parecen haber tenido casi el mismo éxito: las naciones pobres fueron
obligadas a discutir un proyecto que efectivamente permite al mundo rico seguir
imponiendo sus productos subsidiados en los mercados del mundo pobre.
Si los
Estados Unidos no se retrotraen, las conversaciones sobre el comercio mundial
van a derrumbarse en la próxima reunión ministerial en México, en el mes de
septiembre, al igual que ocurrió en Seattle. En cuyo caso, la OMC, tal y como
lo advirtió su ex director general, va a caer en pedazos. Las naciones, en
cambio, van a resolver sus disputas comerciales en forma individual o a través
de acuerdos regionales. Aparentemente los Estados Unidos ya se están preparando
para esta eventualidad por medio del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas
y las duras concesiones que está imponiendo a otras naciones como condición
para obtener ayuda norteamericana.
Los Estados
Unidos, en otras palabras, están desgarrando el libro de las reglas mundiales.
A medida que esto sucede, aquellos de nosotros que hemos luchado contra las
grotescas injusticias del orden mundial actual vamos a descubrir prontamente
que un mundo sin instituciones es aún más desagradable que uno gobernado por
las instituciones equivocadas. El multilateralismo, por más equitativo que sea,
precisa hacer ciertas concesiones a otras naciones. El unilateralismo significa
piratería: un asalto a mano armada de los ricos contra los pobres. La
diferencia entre el orden mundial de la actualidad y el que los Estados Unidos
puedan estar preparando es la misma que existe entre una fuerza mediatizada y
una no mediatizada.
No obstante,
la posibilidad de que el orden mundial actual se desplome, aún peligrosa como
es, también nos ofrece las mejores oportunidades que jamás hayamos encontrado
para reemplazar a las instituciones injustas y coercitivas por otros medios de
gobierno mundial más justos y democráticos.
Al echar a
pique el sistema multilateral por unos pocos intereses empresariales a corto
plazo , los Estados Unidos están, paradójicamente, arriesgando su propio
control tiránico sobre otras naciones. Los organismos internacionales
existentes, modelados por medio de políticas de poder brutales a finales de la
Segunda Guerra Mundial, han permitido que los Estados Unidos desarrollen sus
intereses internacionales en materia de comercio y política, más eficientemente
de lo que lo hubieran hecho por sí solos.
Las
instituciones a través de las cuales han operado (el consejo de seguridad, la
OMC, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) les han ofrecido una
apariencia de legitimidad a lo que ha devenido (en todos sus aspectos salvo por
el nombre) en la construcción de un imperio. El fin del multilateralismo
obligaría a los Estados Unidos, como ya ha comenzado a hacerlo, a abandonar
esta simulación y admitir abiertamente sus designios imperiales sobre el resto
del mundo. Admitirlo, a su vez, obliga a que otras naciones procuren
resistirlo. Una resistencia eficaz crearía el espacio político necesario para
que sus ciudadanos puedan empezar a instar por un multilateralismo nuevo y más
equitativo.
Hay muchas
maneras de contestar al poder unilateral de los Estados Unidos, aunque la más
inmediata y eficiente es la de acelerar su crisis económica. Los estrategas
chinos ya han sugerido que el yuan debería reemplazar al dólar como moneda de
reserva del Asia oriental. En el transcurso del año pasado, como reveló The
Observer el domingo, el euro ha comenzado a desafiar la posición del dólar como
divisa internacional para el pago de petróleo. El predominio del dólar en el
comercio mundial, especialmente el mercado del petróleo, es lo que permite al
Tesoro de los Estados Unidos mantener el déficit masivo del país, ya que puede
emitir moneda libre de inflación para que circule por el mundo. Si la demanda
mundial de dólares cae, el valor de la moneda cae con ella, y los especuladores
van a cambiar sus activos a euros o a yens o hasta a yuans, lo que redundaría
en que la economía norteamericana comience a tambalear.
Por supuesto
que un país económicamente debilitado que cuenta con una fuerza militar
aplastante sigue siendo peligroso. Aparentemente, como ya señalé la semana
anterior, los Estados Unidos ya están utilizando su maquinaria militar para
extender su vida económica. Sin embargo no está claro que los norteamericanos
vayan a permitir que su gobierno amenace o ataque a otras naciones sin siquiera
la apariencia de un proceso político internacional, que es, claro, lo que la
administración Bush se está encargando de destruir en el presente.
Las
reivindicaciones norteamericanas de independencia del resto del mundo obligan
al resto del mundo a reivindicar su independencia de los Estados Unidos. Le
permite a las personas de los países más débiles avizorar la revolución
democrática mundial que hace tiempo estamos esperando.
* The
Guardian; 25 de febrero de 2003. Traducido por Verónica Lassa y
revisado por Aitana Guia. “The Age of Consent”, las propuestas de George
Monbiot para el gobierno democrático global, serán publicadas en junio. www.monbiot.com
Cuestiones de
América Nº 14, Abril - Mayo de 2003
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