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Cuestiones de América

 

Narrar la historia

Después en Bagdad

Fernando Estrada Gallego *

 

Cuando se vino abajo la gigante estatua de Saddam, Donald Rumsfeld comparó el acontecimiento con la caída del Muro de Berlín. Exabrupto. Mediante la retórica del vencedor los acontecimientos exhiben esa puesta ante los ojos de la historia que Hegel preveía para el Espíritu Absoluto. Las preguntas que ahora nos aproximan a este acontecimiento pueden suponer una modificación de tal visión, ¿Cómo se va a legitimar esta invasión de no descubrirse las armas químicas?, ¿Qué sucederá con los criminales de guerra que sean tomados en Irak por las tropas de la Alianza? ¿Cómo reconstruir el delicado tejido de las Naciones Unidas?

Los Estados Unidos están reclamando juzgar a los prisioneros de guerra irakíes, bajo la ley de su país. Como quien dice, imponer la “justicia de los vencedores”. Y aunque la espesura de los acontecimientos no permite ver claro que sea así, lo mejor es insistir en su contrario, a saber, que los sospechosos de haber cometido crímenes atroces durante la dictadura de Hussein, o  en otras dictaduras, sean enviados ante el tribunal de la ONU. La opinión pública internacional debería presionar el cumplimiento de esta condición.

¿Cómo responderán también, se pregunta Timothy Garton Ash, los Estados Unidos por los crímenes de guerra cometidos en la invasión a Bagdad? ¿Qué dirán a las demandas por las muertes de periodistas y civiles durante el asalto? La tradición del Derecho Internacional sólo puede tener una respuesta: Ellos deben someterse con igual rigor a las leyes de los tribunales que juzgarán a sus detractores. Nada debe eximir con preferencias, y para el caso, los mismos tribunales son competentes.

La pregunta sobre qué hacer con los criminales de guerra una vez ocupada Irak orienta de igual modo aspectos relevantes sobre cómo tratar con los daños del pasado. Asunto más inquietante aún si la tarea es reconstruir sobre las ruinas de un gobierno déspota la convivencia política. Claro, si se quiere aprender en lo inmediato para no cometer errores, ahí está la fresca experiencia de Kosovo, Timor Oriental y Afganistán. Desafíos complejos para llegar desde el desorden que hoy vemos, a la consolidación de una constitución propia, unas reglas propias y una propia sociedad civil.

Los científicos sociales podrían tener en Irak un estudio de caso. Novedoso para completar sus preguntas sobre regímenes políticos en transición: orden y desorden, regularidad y revolución, acción individual y colectiva, egoísmo y altruismo, religión y racionalidad. Sin embargo, hay también quienes ven en Irak ahora el punto estratégico de un nuevo mapa para Oriente Medio. Los Estados Unidos han planeado con los desterrados un futuro proyecto para Irak, su economía, su ecuación, sus instituciones y su pasado. Los intereses son distintos.

Tras abandonar un régimen de intimidación dictatorial, el principal reto es ahora la creación de condiciones para una transición que sin causar graves lesiones a su propia historia, permita a los irakíes retornar a una vida social plena. En América Latina, son varios los casos recientes que se pueden citar, Nicaragua después de Somosa, Chile después de Pinochet y Argentina después de sus dictadores. La narración de la historia y su incorporación a la memoria

Plantea también Ash, que las condiciones para hacer extensivos los delitos y los crímenes durante la guerra exigen, por cierto, una clara delimitación. Qué cabe y qué no como crimen de guerra. Porque extrapolar toda acción como delito comprende una clara violación a un principio más fundamental: el derecho de igualdad frente a la ley. Todo acto de reconstrucción debe liquidar entonces, borrar, hechos que en condiciones normales serían repudiables. Ningún país después de graves y sangrientos conflictos ha logrado negociar su pacificación sin contar con uno que otro malhechor en su etapa reconstructiva.

Luego, el asunto tiene matices historiográficos y de conocimiento. ¿Quién, cómo, cuándo y por qué? Serán preguntas claves. Preguntas a las cuales deberá llegar el pueblo irakí. A ellos les incumbe ser sus propios intérpretes. No a otros. Un legado de inquietudes que parece  superficial cuando bajo las ciudades de Irak se libra todavía una guerra de resistencias multilaterales. Las manifestaciones en las calles no son garantía de que todo haya cambiado. Sería ingenuo pensarlo así.

La imagen repetida de Saddam cayendo y su cabeza golpeada y arrastrada por las calles de Bagdad, contrasta con el esfuerzo de volver a levantar la confianza entre sí de un pueblo que hoy padece una catástrofe: sin agua, sin comida, sin energía. Los hechos históricos han dejado una huella que el propio pueblo irakí debe interpretar, encontrarse con su pasado inmediato es tan urgente y necesario como el propio trabajo de levantar las ciudades de sus escombros.

* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos. Escuela de Economía, UIS.

 

 

 

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