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Cuestiones de América

 

El mercado de acciones, desde la óptica de un economista

Mark Weisbrot *

 

Allá por marzo de 2000, cuando la burbuja de la bolsa de valores comenzaba a desinflarse, abordé la cuestión con periodistas de los periódicos más importantes de los Estados Unidos. Casi todos sostenían que no se podía afirmar de manera concluyente que la bolsa, en conjunto, estuviera sobrevaluada. Afirmaban que las acciones tenían el precio que los inversores estuvieran dispuestos a pagar por ellas.

Aun hoy, mientras la bolsa se desploma y llega a niveles más bajos, está extendida la idea de que los escándalos de las grandes empresas -los contables, entre otros- han sido los causantes del crac del mercado. Sin embargo, es exactamente al revés: la burbuja ha sido la causante de los abusos contables, al inflar desmesuradamente las recompensas y al alentar a los inversores y a los políticos a hacer caso omiso de las prácticas fraudulentas. Los escándalos constituyen sólo una de las manifestaciones que permitieron conocer lo ocurrido durante la desenfrenada e insostenible escalada de los precios de las acciones que se dio en la estrepitosa década de 1990.

Asistimos a una "corrección", en el más genuino sentido de este eufemismo. Contrariamente a lo que en general se cree, las acciones no valen lo que la gente esté dispuesta a pagar por ellas, al menos a largo plazo. Una burbuja puede tener vigencia durante muchos años; basta observar lo ocurrido en Japón, en donde el índice bursátil Nikkei subió a 39000 puntos en 1989. Casi trece años después, ronda los 11000 puntos. Todas las burbujas explotan en algún momento.

Pero, ¿cómo podemos detectar la existencia de una burbuja en el mercado de acciones? En realidad es bastante simple, al menos si consideramos las burbujas de magnitud similar a la que hemos tenido en los últimos años. Si la acción promedio cotiza tan alto que resulta imposible proyectar un futuro económico en el que los inversores quieran tener acciones en su poder, estamos ante una burbuja. Ésta ha sido la situación durante varios años, y ha resultado fácil demostrar matemáticamente -como lo hicimos hace algunos años- que el valor de las acciones debe caer de manera drástica.

El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, así lo puso de manifiesto en su famosa declaración de diciembre de 1996 acerca de la "exuberancia irracional". Pero dio marcha atrás después de que el mercado se desplomó en respuesta a sus comentarios; la burbuja volvió a inflarse rápidamente y permaneció así durante los tres años siguientes. Los inversores olvidaron que el valor de las acciones debe ser proporcional a las utilidades de las empresas que las emiten. Pero las utilidades o los beneficios crecen con la economía, y ésta tiene una velocidad de crecimiento limitada. Durante varios años, el precio de la acción promedio no ha guardado relación ni siquiera con las perspectivas más desaforadamente optimistas de crecimiento.

Y sigue siendo así. Aun después del desastre de la semana pasada, la relación precio-utilidad de la acción promedio es de alrededor de 20 a 1, o sea una tercera parte más que su promedio histórico de 15 a 1. Antes de que la burbuja de las acciones tecnológicas comenzara a desinflarse, a menudo escuchábamos que estábamos viviendo en una "nueva economía", en la cual no se aplicaban las reglas de la "vieja economía" que relacionaban los precios de las acciones con las utilidades. Ahora sabemos que tal aseveración era ilusoria.

Pero si nadie puede dar una razón lógica por la cual los inversores tengan interés en mantener acciones con rendimientos mucho más bajos de los que esperaban antes -tal como se refleja en la relación más alta precio-utilidad-, las acciones siguen sobrevaluadas. Ello significa que los siete billones de dólares que se han esfumado desde que el mercado alcanzó su pico más alto no se recuperarán en el corto plazo, siempre y cuando eso llegara a ocurrir.

La negación nacional colectiva con respecto a esta situación ha sido desafortunada, ya que la burbuja deja enseñanzas muy importantes. Lección número uno: no lo repitamos. Aunque un elevado consumo basado en la burbuja puede haber contribuido a la expansión que se produjo en la segunda mitad de la década de 1990, existen patrones de crecimiento económico más sustentables y menos costosos. Las empresas deberían volver a hacer dinero a la vieja usanza: mediante la producción de bienes y servicios.

La segunda lección es que todas aquellas compañías inversoras que aconsejaron a sus clientes diciéndoles que la bolsa garantizaba un mejor rendimiento "a largo plazo" que los bonos, brindaron información errónea y actuaron con negligencia. En realidad, el largo plazo es el horizonte temporal en el que estallará sin duda alguna la burbuja. La gente que compró acciones en la época de la burbuja pensando que éstas se mantendrían a largo plazo -en general, empleados comunes que ahorraban para su jubilación-, tenía prácticamente garantizada la pérdida. Con respecto a este tema podría llegar a presentarse una demanda judicial colectiva.

La tercera lección es que nuestros dirigentes políticos -de ambos partidos- tienen buena parte de culpa por la burbuja y por los abusos que la acompañaron en el ámbito empresarial. Alan Greenspan debería haberse ceñido a la que él sabía era la situación real, y otros dirigentes políticos deberían haberlo respaldado. Con un mínimo de decisión hubieran podido impedir en buena medida este desbarajuste y evitado que millones de norteamericanos sufrieran una pérdida tan grande de sus ahorros jubilatorios.

* ZNet, 22 de julio de 2002. Traducido por Alicia Bravo y revisado por José Luis Sanz.

 

 

 

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