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Cuestiones de América

 

Bush se juega en Irak la batalla económica

EEUU va a ganar la guerra a Sadam Husein. Pero no está claro que la victoria tire de una economía con un déficit superior al 4% del PIB. Puede que ni el éxito militar ayude a corregir los desequilibrios que en sólo dos años ha provocado la política de la Administración republicana.

Guido Leboni *


Para ganar una guerra sólo se necesitan tres cosas: dinero, dinero y más dinero». Si nos atenemos a la máxima de Napoleón, ya sabemos quién va a ganar la guerra. Como recordó el pasado febrero el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, el gasto en defensa de Irak apenas es el 0,5% del norteamericano.

La cuestión es el precio de la victoria. Una cosa es una guerra limpia y corta y otra que un conflicto de varios meses aumente la incertidumbre y agrave los desequilibrios económicos de Estados Unidos.

Por de pronto, la resistencia iraquí ya se ha cobrado su primera baja: la alegría de los inversores de Wall Strett. En la semana que estalló la guerra, el índice Dow Jones subió un 8,4%. Esto es, ni más ni menos, el mayor subidón del índice en una semana en su historia. Los operadores se fueron de fin de semana con la idea de que Sadam Husein estaba probablemente muerto y que el futuro inmediato apuntaba al alza.

Cuando volvieron el lunes, sin embargo, sabían que Al-Jazira estaba emitiendo imágenes de soldados americanos prisioneros y que la guerra podía ser larga.

Para aumentar el desánimo, Bush admitió indirectamente el martes que el coste directo de las operaciones militares puede alcanzar los 62.500 millones de dólares, un 25% más de lo que oficiosamente la Casa Blanca había filtrado hasta entonces. Sólo 48 horas después, The Washington Post publicaba que el Pentágono está empezando a trabajar con la hipótesis de que la guerra durará, como poco, dos meses.

Con ese cambio de panorama, no sorprende que la Bolsa esté cayendo o que el mercado actúe de forma neurótica. De hecho, en ocasiones se producen subidas simultáneas de la renta variable, los bonos y el oro. Es como si los operadores no supieran qué es lo que va a subir y, por si acaso, optará por comprar un poco de todo.

La confusión viene avalada incluso por la Reserva Federal. El martes pasado, uno de sus gobernadores, Fred Bernenke, lo dejó muy claro cuando afirmó que, por ahora, «todo es muy incierto».Muchos esperan que el Comité de Mercado Abierto -el organismo que dirige la política monetaria y del que Bernenke es miembro- baje todavía más los tipos de interés cuando se reúna el próximo 18 de mayo. Pero el problema es que en EEUU los tipos están al 1,25%, así que poco más pueden caer.

Además, la economía norteamericana apunta signos de deflación -es decir, de caída de precios-, y de lo que los economistas llaman «trampa de liquidez» que, más o menos, viene a significar que por más dinero que se inyecte en la economía, ésta no crece.

En medio de esta confusión, los más pesimistas gozan de la audiencia que perdieron cuando, hace 15 meses, la economía de Estados Unidos se recuperó inesperadamente de la recesión y de los ataques terroristas del 11 de Septiembre. El economista jefe del banco de inversión Morgan Stanley, Stephen Roach, afirma que su sistema de alerta de recesiones «está en alerta maxima». En términos parecidos -y si cabe más convincentes por la proximidad de la información/confesión- el economista de la Universidad de Princeton Paul Krugman ha explicado en su columna de The New York Times que él, por si acaso, ya ha cambiado su hipoteca de variable a fija, porque los tipos de interés a largo plazo -que es a los que se referencian las hipotecas en EEUU- van a subir.

¿Tienen razón Roach y Krugman? Es cierto que el primero vaticinó la recesión de 2001 y que el segundo es un firme candidato al Nobel, pero no lo es menos que Roach es adicto a predecir crisis y que Krugman ha hecho de su columna un referente obligado de la política contra Bush.

Lo cierto es que la guerra va a golpear a EEUU de dos maneras: en el crecimiento y en el déficit. Por el lado del crecimiento, aparte de Roach, pocos predicen una recesión. Sin embargo, según las primeras estimaciones de Deutsche Bank, la guerra puede comerse un punto de crecimiento en el primer semestre del año, hasta dejarlo en el 2%. Ésa es una cifra respetable, entre otras cosas porque si la economía de EEUU no crece al 3%, no crea empleo.Y la tasa de paro ya está al 5,8%, un nivel alto para un país en el que la cobertura del desempleo es mínima comparada con Europa. Además, la confianza de los consumidores se encuentra en su nivel más bajo desde 1993 y el sector inmobiliario, que ha sido uno de los motores del crecimiento en los últimos cinco años, está dando crecientes signos de debilidad.

El coste total del conflicto, según cifras oficiales, no será inferior a los 74.700 millones de dólares, lo que supone que el déficit presupuestario de EEUU sobrepasará fácilmente el 4% del PIB este año. El monstruoso endeudamiento en que la Administración Bush ha sumido a la primera potencia económica mundial se combina con el no menor endeudamiento de los norteamericanos en el exterior.El resultado es que el déficit por cuenta corriente estadounidense pronto superará el 5% del PIB, una cifra más propia de un país como Argentina que de la primera potencia económica mundial.Un déficit por cuenta corriente de esas dimensiones sólo puede significar una cosa: el dólar seguirá bajando. Y, en algún momento, los tipos de interés a largo plazo empezarán a subir. O, al menos, eso es lo que Krugman -y la teoría económica- sugieren.

Pero EEUU ha desafiado con éxito en muchas ocasiones a la lógica del capitalismo. Y ésta puede ser una de ellas. Por de pronto, la productividad de la economía norteamericana sigue creciendo a tasas de escalofrío -el 0,8% interanual en el cuarto trimestre de 2002-, y eso hace que, con déficit o con superávit, siga siendo un destino muy atractivo para todos los inversores del mundo.La segunda baza es el precio del petróleo, que ha caído un 30% en apenas dos semanas y que, según los analistas, puede seguir cayendo a pesar de la guerra y de las tensiones en Venezuela.

Y en este contexto, ¿a qué empresas norteamericanas puede beneficiar el conflicto? El martes, Bush pidió al Congreso un presupuesto extra de 74.700 millones de dólares para financiar la guerra. Sin embargo, el sector de defensa no espera ningún beneficio extra del conflicto.

Esa frialdad de los fabricantes de armas es lógica: la guerra ya les ha beneficiado todo lo posible. Incluso un conflicto largo que requiriera nuevas compras aniquilaría al segundo cliente, tras el Pentágono, de estas empresas: el transporte aéreo. De hecho, las líneas aéreas ya están siendo las grandes perjudicadas por la guerra. Primero tuvieron que afrontar la drástica subida del precio del petróleo antes del conflicto. Ahora, la ocupación de los aviones está cayendo entre el 10% y el 20%, según datos del sector.

En general, el impacto de la guerra sobre las empresas depende sobre todo de la duración del conflicto. Un buen ejemplo son las televisiones. Su audiencia se ha disparado, y con ella su cotización en Wall Street. Las acciones de Disney -propietaria de la cadena de televisión ABC- han subido un 25% en sólo ocho días. Viacom -la dueña de CBS- se ha disparado un 24%, y Fox, un 17%. Pero la fiesta puede ser breve, porque, si la guerra continúa, la inversión en publicidad se desplomará. Es lo que pasó en la primera guerra del Golfo, en 1991, cuando, pese a niveles de audiencia récord, las televisiones de EEUU tuvieron un ejercicio pésimo.

El otro debate es el de la reconstrucción. Cuando los tanques americanos dejen de disparar, Irak va a necesitar de todo. Desde libros de texto hasta puentes. Y la Administración Bush tiene muy claro cómo debe ser la reconstrucción: deberán llevarla a cabo empresas privadas americanas y bajo la supervisión de la Administración de EEUU.

El negocio ya ha empezado. El viernes, mientras los marines se batían a tiro limpio en las callles de Um al Qasr, la Agencia de Ayuda Internacional de EEUU (USAID) entregaba la gestión de ese puerto a la empresa de Seattle SSA. Tras esa primera licitación, vino otra más controvertida, cuando USAID encargó la extinción de los incendios en los pozos de petróleo de Rumaila a Kellogg Brown and Root, una subsidiaria de Halliburton, la compañía de servicios petroleros de la que el vicepresidente Cheney fue consejero delegado.

En total, USAID prevé licitar contratos por valor de 900 millones de dólares. Las empresas no estadounidenses están excluidas de la puja por razones de «seguridad nacional», así que los contratos quedarán en manos de compañías como Fluor, Bechtel, Parsons y Louis Berger. Todas ellas punteras, con amplia experiencia en el sector y, según The Wall Street Journal, grandes donantes del Partido Republicano.

Mientras, la Administración Bush guarda silencio sobre la madre de todas las preguntas: ¿seguirá siendo el petróleo iraquí propiedad del estado o pasará a manos privadas?

* Nueva Economía, Suplemento de El Mundo, 30 de marzo de 2003.

 

 

 

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