Discurso de ultimátum a Irak del Presidente
de Estados Unidos George W. Bush
*
Conciudadanos,
los acontecimientos en Iraq han llegado ahora a los días finales para una
decisión. Durante más de una década, Estados Unidos y otras naciones han hecho
esfuerzos pacientes y honorables para desarmar al régimen iraquí sin ir a la
guerra. Ese régimen se comprometió a revelar y destruir todas sus armas de
destrucción en masa, como condición para terminar la guerra del Golfo Pérsico
en 1991.
Desde
entonces, el mundo se ha involucrado en 12 años de diplomacia. Hemos aprobado
más de una docena de resoluciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. Hemos enviado centenares de inspectores de armas para supervisar el
desarme de Iraq. Nuestra buena fe no ha sido correspondida. El régimen iraquí
ha usado la diplomacia como un ardid para ganar tiempo y sacar ventaja. Ha
desafiado uniformemente las resoluciones del Consejo de Seguridad que exigen el
desarme total.
Con el correr
de los años, los inspectores de armas de las Naciones Unidas han sido
amenazados por funcionarios iraquíes, espiados electrónicamente y engañados
sistemáticamente. Los esfuerzos pacíficos para desarmar al régimen de Iraq han
fracasado una y otra vez porque no tratábamos con hombres pacíficos. La
inteligencia recopilada por este y otros gobiernos no deja dudas de que el
régimen de Iraq sigue poseyendo y ocultando algunas de las armas más letales
que se hayan diseñado jamás. Este régimen ya ha usado armas de destrucción en
masa contra los vecinos de Iraq y contra el pueblo de Iraq.
El régimen
tiene un historia de agresión temeraria en el Oriente Medio. Siente un odio
profundo por Norteamérica y por nuestros amigos y ha ayudado, entrenado y
proporcionado refugio terroristas, incluyendo agentes de al-Qaida.
El peligro es
evidente: usando armas químicas, biológicas o, algún día, nucleares, obtenidas
con la ayuda de Iraq, los terroristas podrían colmar sus ambiciones declaradas
de matar miles o centenares de miles de personas inocentes en nuestro país o en
algún otro. Estados Unidos y otras naciones no han hecho nada para merecer o
invitar esta amenaza, pero haremos todo para derrotarla. En lugar de
deslizarnos hacia la tragedia, tomaremos rumbo hacia la seguridad.
Antes de que
pueda llegar el día del horror, antes de que sea demasiado tarde para actuar,
este peligro será erradicado del medio. Estados Unidos de América tiene la
autoridad soberana de usar la fuerza para garantizar su propia seguridad
nacional. Ese deber me corresponde como comandante en jefe, en virtud del
juramento que he prestado, el juramento que cumpliré.
En
reconocimiento de la amenaza a nuestro país, el Congreso de Estados Unidos
aprobó abrumadoramente, el año pasado, apoyar el uso de la fuerza contra Iraq.
Norteamérica trató de trabajar con las Naciones Unidas para atender esta
amenaza porque queríamos resolver la cuestión pacíficamente. Creemos en la
misión de las Naciones Unidas.
Una de las
razones por las que las Naciones Unidas fueron fundadas luego de la Segunda
Guerra Mundial fue la de enfrentar activa y tempranamente a los dictadores
agresivos, antes de que puedan atacar a los inocentes y destruir la paz.
En el caso de
Iraq, el Consejo de Seguridad actuó a principios de la década de los 90. De acuerdo
con las resoluciones 678 y 687, ambas todavía en vigor, Estados Unidos y
nuestros aliados estamos autorizados a usar la fuerza para limpiar a Iraq de
armas de destrucción en masa.
Estos
gobiernos comparten nuestra apreciación del peligro, pero no nuestra resolución
de enfrentarlo.
Muchas
naciones, sin embargo, tienen la resolución y la fortaleza para actuar contra
esta amenaza a la paz, y una amplia coalición se reúne ahora para hacer valer
las justas demandas del mundo. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
no ha estado a la altura de sus responsabilidades, de modo que nosotros nos
pondremos a la altura de las nuestras.
En días
recientes, algunos gobiernos del Oriente Medio han venido haciendo su parte.
Han enviado mensajes públicos y privados urgiendo al dictador a salir de Iraq,
para que el desarme pueda seguir adelante pacíficamente. Hasta ahora, se ha
negado.
Todas las
décadas de engaño y crueldad han llegado ahora un fin. Saddam Hussein y sus
hijos deben salir de Iraq dentro de 48 horas. Su negativa a hacerlo así
resultará en un conflicto militar a comenzar en el momento que nosotros
escojamos.
Por su propia
seguridad, todos los extranjeros, inclusive periodistas e inspectores, deben
salir de Iraq inmediatamente.
Muchos
iraquíes me pueden escuchar esta noche, en una transmisión radial traducida, y
tengo un mensaje para ellos: si debemos comenzar una campaña militar, irá
dirigida contra los hombres sin ley que rigen vuestro país, no contra ustedes.
A medida que nuestra coalición les quite su poder, entregaremos los alimentos y
medicinas que ustedes necesitan. Echaremos abajo el aparato de terror y los
ayudaremos a ustedes a construir un nuevo Iraq que sea próspero y libre.
En un Iraq
libre no habrá más guerras de agresión contra vuestros vecinos, no más fábricas
de venenos, no más ejecuciones de disidentes, no más cámaras de torturas ni
cámaras de violaciones. El tirano se irá pronto. El día de vuestra liberación
está cerca.
Para Saddam
Hussein es demasiado tarde para quedarse en el poder. Para los militares
iraquíes no es demasiado tarde para proceder con honor y proteger a su país
permitiendo el ingreso pacífico de las fuerzas de la coalición para eliminar
las armas de destrucción masiva. Nuestras fuerzas les darán claras instrucciones
a las unidades militares iraquíes sobre los procedimientos que deben seguir
para evitar ser atacadas y destruidas. Le urjo a cada miembro de las fuerzas
militares iraquíes y a los servicios de inteligencia que, si la guerra se
presenta, no combata en favor de un régimen moribundo por el cual no vale la
pena perder la vida.
Y todo el
personal militar y civil iraquí debe escuchar atentamente esta advertencia. En
cualquier conflicto su suerte dependerá de vuestras acciones. No destrocen los
pozos petrolíferos, una fuente de riqueza que pertenece al pueblo iraquí. No
obedezcan cualquier orden de utilizar armas de destrucción masiva contra quien
sea, incluyendo el pueblo iraquí. Los crímenes de guerra serán procesados. Los
criminales de guerra serán castigados. Y no servirá de defensa decir "yo
simplemente cumplía órdenes".
Si Saddam
Hussein elige el enfrentamiento, el pueblo norteamericano debe saber que se han
tomado todas las medidas para evitar la guerra, y que se tomarán todas las
medidas para ganarla. Los norteamericanos comprenden el costo del conflicto,
porque los hemos pagado antes en el pasado. La guerra no implica certezas, con
la excepción de la certeza del sacrificio.
Por ello la
única manera de reducir el daño y la duración de la guerra es aplicar la fuerza
y el poderío total de nuestras fuerzas armdas, y estamos preparados para
hacerlo así. Si Saddam Hussein intenta aferrarse al poder, seguirá siendo el
enemigo mortífero hasta el final. En su desesperación él y algunos grupos
terroristas pueden tratar de realizar operaciones terroristas contra el pueblo
norteamericano y nuestros amigos. Esos ataques no son inevitables. Sin embargo,
son posibles. Y este solo hecho destaca la razón por la que no podemos vivir
bajo la amenaza del chantaje. La amenaza terrorista a Norteamérica y el mundo
disminuirá en el momento en que Saddam Hussein sea desarmado.
Nuestro
gobierno está en estado de alerta elevado contra esos peligros. Cuando nos
preparamos para conseguir la victoria en Iraq, hemos tomando medidas adicionales
para proteger nuestro territorio. En días recientes las autoridades
norteamericanas han expulsado del país a ciertos individuos con lazos con los
servicios de inteligencia iraquíes. Entre otras medidas he ordenado desplegar
seguridad adicional en nuestros aeropuertos, aumentar las patrullas del
Servicio de Guardacostas en los principales puertos marítimos. El Departamento
de Seguridad Interna colabora estrechamente con los gobernadores de la nación
para incrementar la seguridad armada en las instalaciones esenciales en todo
Estados Unidos.
Si los
enemigos atacaran nuestro país es porque estarían intentando desviar nuestra
atención mediante el pánico y debilitar nuestra moral mediante el miedo. En
esto, fracasarán. Ningún acto que cometan puede alterar el curso o afectar la
determinación de este país. Somos un pueblo pacífico, pero no somos un pueblo
frágil y no seremos intimidados por malhechores y asesinos. Si nuestros
enemigos se atreven a atacarnos, ellos y quienes los hubieran ayudado enfrentarán
terribles consecuencias.
Estamos
actuando ahora porque los riesgos de la inactividad serían mucho más grandes.
En un año, o en cinco años, el poderío de Iraq para provocar daño a naciones
libres se vería multiplicado muchas veces. Con esas instalaciones Saddam
Hussein y sus aliados terroristas podrían elegir el momento para un conflicto
mortífero, cuando se vean más fuertes. Hemos elegido enfrentar esa amenaza
ahora, donde aparece, antes que se presente de pronto en nuestros cielos y
ciudades.
La causa de
la paz requiere que todas las naciones libres reconozcan innegables realidades.
En el siglo XX algunos trataron de apaciguar a dictadores criminales, cuyas
amenazas se permitió que crecieran hasta convertirse en genocidio y guerra
mundial. En este siglo, cuando hombres malvados complotan el terrorismo
químico, biológico y nuclear la política del apaciguamiento puede provocar un
tipo de destrucción nunca antes vista en esta tierra.
Los
terroristas y los estados terroristas no muestran esas amenazas con avisos
previos, con declaraciones formales -- y responder a esa clase de enemigos sólo
cuando hayan atacado primero no es defensa propia, es suicidio. La seguridad
del mundo requiere desarmar hoy a Saddam Hussein.
Al hacer
cumplir las justas demandas del mundo, también honramos los compromisos más
profundos de nuestro país. A diferencia de Saddam Hussein consideramos que el
pueblo iraquí se merece y es capaz de la libertad humana. Y cuando el dictador
se haya ido podrá establecer un ejemplo en el Oriente Medio como una nación
vigorosa y pacífica y gobernada por sí misma.
Estados
Unidos, con otros países, trabajará para promover la libertad y la paz en esa
región. Nuestra meta no se alcanzará de la noche a la mañana, pero sí se la
puede lograr en el tiempo. El poder y e; el llamado de la libertad humana se
siente en cada vida y en cada territorio. Y el poder más grande de la libertad
es poder superar el odio y la violencia, e impulsar los talentos creativos del
hombre y la mujer hacia los objetivos de la paz.
Ese es el
futuro que hemos elegido. Las naciones libres tienen el deber de defender a
nuestros pueblos uniéndose contra los violentos. Y esta noche, como lo hemos
hecho antes, Estados Unidos y nuestros aliados aceptan esa responsabilidad.
Buenas noches,
y que Dios siga bendiciendo a Norteamérica.
* 20 de marzo de 2003.
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