Federico
Fasano, director del Diario La República de Uruguay, responde al
embajador norteamericano
De Hitler a George
W. Bush *
Del
incendio del Reichstag del martes negro 11 de setiembre, pasando por la demolición
de la ONU y el Lebensraum petrolero, culminando con la formidable blitzkrieg
dirigida por la Luftwage más mortífera de todos los tiempos para ocupar Irak. ¿Habrá acaso también una
nueva Cancillería en ruinas?
El señor
embajador de los Estados Unidos de Norteamérica en Uruguay, Martin Silverstein,
hace unos pocos días me envió un comunicado acusando al diario La República,
publicación que me honro en dirigir, de carecer “de toda medida de integridad
periodística” por comparar a su presidente, George Bush con el canciller del
Tercer Reich alemán, Adolfo Hitler.
No pude
contestarle antes porque el acto de piratería internacional que su país cometió
al atacar con la más formidable maquinaria de matar que recuerde la historia
universal, a un pueblo indefenso y casi desarmado, me obligó a destinar más
tiempo que el rutinario en la preparación de las ediciones especiales sobre la
matanza. También me encontraba ocupado en hacer condenar penalmente a
torturadores uniformados que fueron entrenados en EEUU y que me estaban
calumniando, tarea esta que llevé a cabo con éxito en estos días.
Cuando el
embajador me visitó hace no mucho tiempo en mi despacho comenté con mis
colaboradores que él era el embajador de EEUU más inteligente, perspicaz y
humorista que había conocido. “Por fin -dije-, un representante del imperio con
el que se puede discutir ideas fuera de los insulsos y aburridos clichés con
que nos intoxican en las reuniones que nos toca compartir”.
Pero,
lamentablemente para el embajador, su sagacidad no le impidió la desdicha de
tener que representar al presidente 43 de su nación, George Bush (hijo), un
fanático paranoico, intoxicado de mesianismo, con menos luces que una babosa,
borracho de poder como antaño fue borracho de alcohol y condenado legalmente
por ello el 4 de setiembre de 1976 cuando conducía ebrio y a toda velocidad su
automóvil, amonestado también por el famoso predicador Graham que le dijo:
“Quien eres tú, para creerte Dios”, militante de la Christian Right, la derecha
cristiana tejana y sudista, un racista enamorado de la pena de muerte, sobre
todo contra los negros, en fin, el peor presidente norteamericano de la última
centuria, el que mayores tragedias desencadenará sobre su propio pueblo, la
contracara del homo sapiens, la encarnación del homo demens.
Y además
misógino, como buen racista. Nadie puede olvidarse de las humillaciones
públicas a las que somete a su esposa Laura Bush. No es fácil de olvidar el
malestar de Laura cuando el presidente explicó a la prensa que su esposa no lo
estaba acompañando ese día “porque ha llovido y ella necesitaba barrer la
entrada, porque mañana recibiremos al presidente de China, Jiang Zemin, en
nuestro rancho de Crawford (Texas)”.
Su
compatriota, el anciano escritor Kurt Vonnegut no dudó en calificarlo del “más
sórdido y patético golpista de opereta que es dable imaginar”.
Pero vayamos
al corazón del incidente. Que se quede el embajador de EEUU con su patética
desventura de tener que defender al más delirante de los habitantes de la Casa
Blanca y a mí con el honor de procesarlo con las armas de la palabra.
El tema es la
comparación entre Adolfo Hitler y George Bush.
Obvio es que
existen diferencias. La primera de ellas es que el criminal de guerra, genocida
del pueblo judío y del pueblo soviético, ganó por abrumadora mayoría los
comicios alemanes, mientras que el criminal de guerra, genocida del pueblo
iraquí llegó al poder en forma fraudulenta, en medio del mayor escándalo
electoral de la historia norteamericana.
Desde el
punto de vista teórico la comparación entre Bush y Hitler es correcta. Los
cientistas han definido al nazismo como la dictadura terrorista del capital
financiero en expansión. Bush al ponerse al margen de la ley e invadir a una
Nación indefensa que no lo agredió, para quedarse con su riqueza petrolera, la
segunda mayor del mundo, y anunciar que después le seguirán otras Naciones
petroleras, se acercó a la definición de dictadura terrorista del capital
financiero. Aunque no le guste aceptarlo.
George Bush
ya llevaba en sus genes la raíz nazi.
Su abuelo,
Prescott Bush, era socio de Brown Brothers Harriman y uno de los propietarios
de la Unión Ranking Corporation. Ambas empresas jugaron un papel clave en la
financiación de Hitler en su camino hacia el poder alemán. El gobierno
norteamericano ordenó el 20 de octubre de 1942 la confiscación de la Unión
Ranking Corporation propiedad de Prescott Bush e incautó además la Corporación
de Comercio Holando-Estadounidense y la Seamless Steel Corporation, ambas
administradas por el banco Bush-Hamman. El 17 de noviembre de ese mismo año,
Franklin Delano Roosevelt confiscó, por violación a la ley de comercio con el
enemigo, todos los bienes de la Silesian American Corporation administrada por
Prescott Bush. El bisabuelo de nuestro George, el guerrero de Dios, Samuel
Bush, padre del nazi Prescott Bush, fue la mano derecha del magnate del acero
Clarence Dillon y del banquero Fritz Thyssen, quien escribió el libro I Paid
Hitler (Yo financié a Hitler), afiliándose en 1931 al partido nazi (Partido
Obrero Nacional Socialista Alemán).
Y si el señor
embajador tiene alguna duda sobre la espuria alianza de los Bush con Hitler le
ruego leer el lúcido ensayo de Víctor Thorn. Dice Thorn: “Una parte importante
de los cimientos financieros de la familia Bush fue constituida por medio de su
ayuda a Adolfo Hitler. El actual presidente de Estados Unidos, así como su
padre (ex director de la CIA, vicepresidente y presidente), llegaron a la
cumbre de la jerarquía política norteamericana porque su abuelo y padre y su
familia política ayudaron y alentaron a los nazis”. Todo esto sin contar las
estafas y desfalcos de la familia Bush por cuatro millones y medio de dólares
al Broward Federal Savings en Sunrise, Florida, o la estafa a millones de
ahorristas del Banco de Ahorros Silverado (Denver, Colorado).
Bisabuelo
nazi, abuelo nazi, padre que no tuvo tiempo de ser nazi porque ya Hitler se
había suicidado en los jardines de la Cancillería en ruinas, aunque se
benefició de la fortuna mal habida de sus ancestros.
Pero no condenemos
a nuestro homo demens por sus genes siniestros.
Juzguémoslo
sólo por sus obras. Y comparemos. Sólo comparemos.
¿Cómo
cree el señor embajador, que el delirante cabo austriaco alcanzó la suma del
poder público? Porque Hitler llega al poder en elecciones limpias pero se
encuentra con la Constitución de Weimar que le impone límites que su
omnipotencia le impide aceptar. Planifica entonces el incendio del Reichstag y
en una sola noche es ungido el decisor de la guerra o la paz.
¿No
le resultan conocidos esos hechos al señor embajador?
La criminal
demolición de las Torres Gemelas trajeron los mismos lodos que el incendio del
Reichstag.
Obviamente no
voy a cometer la osadía de afiliarme a la tesis de los que acusan al grupo
belicista bushiano de haber orquestado esa masacre o no haberla impedido cuando
sabían que se preparaba.
No hay
pruebas contundentes para tamaña afirmación aunque sí, múltiples indicios de
negligencia culpable o vastas sospechas que son alimentadas por una férrea censura,
sin precedentes en la democracia norteamericana moderna.
Algún día,
cuando el pueblo norteamericano recupere totalmente la libertad de información
e investigación sobre el martes negro del 11 de setiembre, hoy acotadas por la
ley patriótica aprobada con el único voto en contra de una mujer, símbolo de la
dignidad nacional norteamericana, se podrá saber por qué desoyeron los
numerosos indicios y huellas dejadas por todo el país anunciando el magnicidio.
Se podrá saber por qué demoraron 80 minutos en despegar los aviones militares
para interceptar las aeronaves secuestradas cuando de inmediato se supo que los
aviones comerciales que habían despegado de Boston habían sido secuestrados y
se dirigían a Washington, cuando el manual prevé la intervención de la Fuerza
Aérea en caso de secuestros, en menos de 5 minutos.
Se podrá
saber por qué se ocultaron los restos del presunto avión que impactó en el
Pentágono. Se podrá saber por qué el director del servicio secreto paquistaní
inmediatamente después de reunirse en Washington con Tenet, el jefe de la CIA
norteamericana, dispuso, y así lo informa el diario conservador The Wall
Street Journal, que Islamabad girara a EEUU la suma de cien mil dólares
para Mohammed Atta, jefe del operativo suicida contra las Torres Gemelas de
Nueva York. Sobre este dato aterrador está prohibido investigar al suspenderse
las libertades civiles en EEUU a partir de la Ley Patriótica.
Se podrá
saber, en fin, por qué 15 de los 21 integrantes de los comandos suicidas eran
originarios de Arabia Saudita, el principal aliado de los EEUU en el golfo
Pérsico. No había ni un sólo iraquí. Ni por casualidad.
Pero más allá
de las sospechas, no hay duda que el descontrolado presidente número 43 de
EEUU, ungido en elecciones fraudulentas, en medio de una impresionante recesión
sin salida a la vista, con el más bajo nivel de popularidad inicial en un
mandatario, pasó a dominar todo el escenario, a recibir poderes inconcebibles
en una democracia, siendo coronado Emperador vindicator para lavar la afrenta
que los bárbaros infringieron a su pueblo.
El incendio
del Reichstag americano del 11 de setiembre brindó la gran oportunidad de su
vida a George Bush.
La peor
victoria electoral en EEUU de un presidente desde 1876 hasta nuestros días se
transformó en la mayor posibilidad histórica recibida por belicista alguno para
imponer al mundo el nuevo orden norteamericano.
Así como
Hitler lo primero que hizo fue rodearse de una pandilla de fascinerosos como
él, fanatizados por el poder de la fuerza, como Goering, Goebels, Himmler,
Mengele, Eichman, el presidente texano buscó la coraza protectora de una
guardia de hierro, por momentos más belicista que él, que le impiden la
tentación de la duda y que portan como él una marca en el orillo: todos son
petroleros. El vicepresidente Dick Cheney estuvo en el grupo Halliburton Oil,
el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld en la petrolera Occidental, la Consejera
de Seguridad Nacional, la solterona despiadada Condoleeza Rice, que por una
broma de la vida su nombre significa “con dulzura”, integró el directorio de
Chebron y tiene buques petroleros con su nombre. También la secretaria del
Interior, Gale Norton está vinculada al petróleo como Bush padre también lo
estuvo en el grupo petrolero Carlyle y el actual presidente Bush hijo en la
Harkins Oil.
Este quinteto
de la muerte que rodea al guerrero Bush, una verdadera mafiocracia, al igual
que el quinteto que se fusionó con Hitler, se nutrió de una Biblia muy
especial.
En este caso
la filosofía de Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, que le dio vida y pasión al
creador del holocausto del siglo XX fue sustituida por especímenes menos cultos
y de menor prosapia intelectual, pero más pragmáticos para el Hitler del siglo
XXI.
¿Cuáles
son los autores de cabecera de esta pandilla belicista?
El bostoniano
Henry Cabot Lodge afirmando que “en el siglo XIX ningún pueblo igualó nuestras
conquistas, nuestra colonización y nuestra expansión y ahora nada nos
detendrá”. Marse Henry Watterson declarando que EEUU es “una gran república
imperial destinada a ejercer una influencia determinante en la humanidad y a
modelar el futuro del mundo como no lo ha hecho nunca ninguna otra nación, ni
siquiera el imperio romano”.
O Charles
Krauthammer quien hace muy poco, en 1999 escribió en The Washington Post:
“EEUU cabalga por el mundo como un coloso. Desde que Roma destruyó Cartago
ninguna otra gran potencia ha alcanzado las cimas a las que hemos llegado. EEUU
ha ganado la guerra fría, se ha puesto a Polonia y a la República Checa en el
bolsillo y después ha pulverizado a Serbia y Afganistán. Y de paso ha
demostrado la inexistencia de Europa”.
O Roberto
Kaplan señalando que “la victoria de los EEUU en la segunda guerra mundial, al
igual que la de Roma en la segunda guerra púnica, la convirtió en una potencia
universal”.
O el conocido
historiador Paul Kennedy explicando que “ni la Pax Británica, ni la Francia
napoleónica, ni la España de Felipe II, ni el Imperio de Carlomagno, ni
siquiera el Imperio romano pueden compararse al actual dominio norteamericano.
Nunca ha existido una tal disparidad de poder en el sistema mundial”.
O el director
del Instituto de Estudios Estratégicos Olín de la Universidad de Harvard,
profesor Stephen Peter Rosen afirmando que “nuestro objetivo no es luchar
contra un rival, porque éste no existe, sino conservar nuestra posición
imperial y mantener el orden imperial”.
O el inefable
Zbigniew Brzezinski declarando que “el objetivo de EEUU debe ser el de mantener
a nuestros vasallos en un estado de dependencia, garantizar la docilidad y la
protección de nuestros súbditos y prevenir la unificación de los bárbaros”.
O el
Presidente Wilson declarando en pleno Congreso de la Unión que “le enseñaría a
las repúblicas sudamericanas a elegir buenos diputados”.
O el célebre
Billy Sunday quien definía a un izquierdista latinoamericano como “un tipo con
hocico de puerco espín y un aliento que haría huir a un zorrino”, agregando que
si él pudiera “los amontonaría a todos en prisiones hasta que se les salieran
los pies por las ventanas”.
Escuchemos
ahora al actual vicepresidente de los EEUU Dick Cheney y al secretario de
Defensa, Donald Rumsfeld, que junto con Dulzura Rice, forman el triángulo
belicista, más temible que el de las Bermudas.
Dijo el
vicepresidente Cheney ante esta guerra santa: “EEUU no tiene que enrojecer por
ser una gran potencia y tiene el deber de actuar con fuerza para construir un
mundo a imagen de EEUU”. Mientras que el jefe del Pentágono fue más claro, por
si no lo entendimos. Rumsfeld dixit citando la frase preferida de Al Capone:
“Se consigue más con una palabra amable y un revólver que con sólo una palabra
amable”.
Este lenguaje
que nutre la epidermis y las neuronas de Bush es un lenguaje encrático,
autoritario, intimidante que conduce inevitablemente a la perversión moral del
fin justificando los medios. La característica esencial del lenguaje de la
banda Bush, similar al lenguaje nazi, es la simplificación, el reduccionismo y
la intimidación. El lenguaje de este grupo depredador es un lenguaje
esquemático, emocional, cargado de prejuicios que incita a la exaltación de los
sentimientos más nobles del pueblo. No tengo dudas que Bush se nutre del
lenguaje nazi.
Bush no cree,
como Hitler, en el Estado de Derecho que no es el Estado que posee leyes sino
el Estado que se somete, él mismo, al imperio de la ley y no puede
transgredirla por ninguna causa, y menos aún por la razón de Estado. En nombre
de la razón de Estado o de la Patria o de la seguridad nacional se han cometido
crímenes abominables.
¿Qué
diferencia entre el edificio intelectual de Bush y el de Hitler, existen en el
escenario de la razón de Estado? No creo que muchas. Salvo diferencias de
estilos, épocas y magnitud de fuerza y poder.
El discurso
de la banda Bush es el discurso del amo y del esclavo. No hay diferencias con
el discurso de la pandilla hitleriana.
Uno es más
amable que el otro. Aunque la historia está probando que el menos amable fue
menos mortífero.
Civilización,
barbarie, pacificación de los bárbaros, pueblo elegido y de ahí a la raza
elegida un solo paso. En fin ¿no
nos hace acordar todo esto al sicópata del bigotito?
Y hablando
del bigotito, es aleccionador el relato que un influyente asesor de seguridad
que vive en Washington le contó a la revista argentina Noticias: “Para
bien o para mal, George Bush Jr. es el hombre indicado para esta guerra. Nació
para esto. La potencia que le viene de adentro lo hace temblar. Cuando uno está
hablando con él en su despacho parece que se va a comer al que tiene enfrente.
Se sienta en el borde del sillón, casi sin apoyarse y mueve los brazos como si
no supiera qué hacer con ellos. Necesita acción”.
Vaya
imitación de la gestualidad del dictador nazi. Aunque nunca es lo mismo la
flema de un vaquero texano pistola al cinto que la de un teutón cuasi epiléptico
que se atraganta con su furia y escupe al hablar y gesticular. El cuerpo de
Bush no escupe al hablar. Su alma, sí escupe, odio y violencia y genera terror.
Mas no le importa. Debe haberse aprendido el “oderint dum metuant” del
emperador Calígula (“Dejen que nos odien, basta con que nos tengan miedo”).
La
incontinencia emocional de Bush ya es un clásico y como el Adolfo, no admite un
NO. Su esposa Laura Bush recordó a la prensa que la primera vez que le dijo a
su esposo que no le gustaba uno de sus discursos, éste, muy enojado, chocó su
auto contra el muro de entrada del garage de su casa.
Se siente
como el numen nazi, un enviado de Dios, a quien convoca en cuanta oportunidad
se presenta. Decretó que todas las reuniones de su Gabinete se inicien con una
oración religiosa. Y dice haber consultado a Dios para atacar a Irak
despreciando la posición de la mayoría de las naciones del planeta y del 90% de
los seres humanos. Trata de imitar al presidente William McKinley invadiendo
Filipinas para evangelizar a los nativos y culpando a Dios que le dio la orden
de entrar a patadas en ese país.
Otra
coincidencia en estas vidas paralelas, que hubiera hecho la delicia de
Plutarco, es que Bush y Hitler se hubieran salvado de ingresar a la galería de
los grandes bufones de la historia, de haber tenido un sicoanalista a mano. A
ambos un buen sicoanalista les habría ayudado a canalizar su libido hacia
menesteres más normales, sublimando el único afrodisíaco que tanto Hitler como
Bush conocen, que es el poder omnímodo y cruel sobre los demás.
Sigamos
viendo las similitudes entre el guerrero de la raza aria y el guerrero de Dios
como bien calificara Telma Luzzani, al exaltado texano.
Bush proclama
urbi et orbe la guerra preventiva. Dwight Eisenhower en 1953 no dudó al respecto:
“La guerra preventiva es un invento de Adolfo Hitler, francamente yo no me
tomaría en serio a nadie que me viniera a proponer una cosa semejante”.
Pero ¿guerra preventiva contra quién? Bien es
sabido que la primera víctima de una guerra es la verdad. Y Bush lo primero que
hace para fabricar su guerra preventiva, tras el incendio del Reichstag, es
mentir a lo Goebels a un grado tan primitivo que nadie terminó creyéndole algo.
Primero dijo que Irak apoyaba a Al Qaeda. Cuando se comprobó el odio irreconciliable
entre Saddam Hussein y el ex empleado de EEUU, Osama Bin Laden, Bush apeló a
incluir a Irak en la corriente fundamentalista musulmana. Difícil de creer en
el país más laico del mundo árabe. Apelaron entonces a la existencia de armas
de destrucción masiva. Afirmaron que Irak no iba a permitir las inspecciones y
cuando las permitió, aseveraron que no iba a dejar entrar a la ONU en los
Palacios y otros lugares preservados. Cuando también se reveló que tal negativa
era falsa, dijeron que las armas estaban bien ocultas. Finalmente no
encontraron ni una sola. Cuando todos los argumentos fueron sepultados pidieron
la renuncia o el exilio de Saddam Hussein y admitieron la única verdad real:
queremos ocupar el territorio iraquí pese a quien pese y decidir quién lo va a
gobernar. Democracia planetaria que le dicen. La misma operación de
desinformación que Hitler lanzó contra Checoeslovaquia, Austria y Polonia. Las
mismas excusas que iban cambiando a medida que se derrumbaban.
Otra
similitud es el desprecio por la comunidad internacional y por la opinión
pública mundial. Hitler destruyó la Sociedad de Naciones creada en 1919. Bush
hizo trizas las Naciones Unidas, concitando en su contra la mayor oposición a
un país desde la fundación de la ONU: 170 países no apoyan la guerra contra
sólo 30, la mayoría de éstos sin peso alguno y procedentes de la desarticulada
Unión Soviética, que se venden al mejor postor. A Bush, como a Hitler, no lo
paró ni la mayor derrota diplomática de los EEUU desde que se fundó la ONU. A
Hitler jamás le importó el odio y el rechazo de los pueblos del mundo entero.
Bush intenta superar al teutón. Las manifestaciones en su contra sin
precedentes en el planeta, son música guerrera para sus oídos wagnerianos. Lo
enfrenta el espíritu de Seattle que fundó en 1999 el movimiento
antiglobalizador y pacifista más imponente de la historia universal. Nada lo
detiene.
Indignaba ver
el destrato de que hacía objeto al jefe de inspectores de la ONU, Hans Blix,
con sus 75 años a cuestas, nacido en la maravillosa y helada Uppsala de la
Suecia socialdemócrata, un digno seguidor de las tradiciones democráticas del
mártir, Olof Palme.
El desprecio
hacia la gente y sus derechos es el motor de su humanismo. Escuchemos al
mariscal Goering en el juicio de Nuremberg: “Naturalmente la gente común no
quiere la guerra, pero después de todo, son los dirigentes de un país los que
determinan la política y siempre es un asunto sencillo el arrastrar al pueblo.
Ya sea que tenga voz o no, al pueblo siempre se le puede llevar a que haga lo
que quieren sus gobernantes. Es fácil. Todo lo que uno debe hacer es decirles
que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por su falta de
patriotismo y porque exponen el país al peligro”. Fue el nazi Goering el que lo
dijo en 1945, no fue George Bush. La diferencia entre Goering y Bush es que el
nazi lo dijo en alemán y Bush lo dijo en inglés. La invasión de una nación
soberana que no lo agredió necesitaba una legitimación ética aunque ilícita:
derrocar al tirano Hussein e imponer a sangre y fuego un gobierno democrático y
popular. Suena lindo, aunque la comunidad internacional y sus normas sea el
precio que haya que pagar. Pero no es cierto. Nadie duda que Saddam Hussein es
un dictador siniestro que ha asesinado a su pueblo y que su partido socialista
Baath, de socialista no tiene nada. Pero quién puede creerle a Bush que va a
instaurar la democracia iraquí cuando sus predecesores menos nazis que él,
invadieron y ocuparon durante años y años naciones soberanas e instalaron
dictaduras feroces que defendieron contra sus propios pueblos como Somoza en
Nicaragua, Duvalier en Haití, Trujillo en República Dominicana. Tanto como los
regímenes títeres y despóticos que impusieron los nazis en los países que
ocuparon, incluida la Francia antigaullista del mariscal Petain.
Así como
Hitler invadió Europa en busca de su Lebensraum, de su expansión territorial y
de las urgentes materias primas que necesitaba para el desarrollo alemán y la
construcción del nuevo imperio germano que vengara la afrenta del Tratado de
Versalles, Bush va en busca también de su propio Lebensraum. Un Lebensraum que
en el mundo globalizado de hoy no se mide más por kilómetros de territorios
físicamente ocupados sino por el dominio económico y político que se ejerce
sobre ellos dirigido a distancia desde los centros financieros internacionales.
Los objetivos
del nuevo Hitler son múltiples. En primer lugar apoderarse del tanque de
gasolina del capitalismo mundial que no otra cosa es el Golfo Pérsico. Bush
sabe que en 10 años el petróleo que produce su país, locomotora productiva del
mundo, se agotará irremediablemente. En 40 años no existirá más petróleo en el
planeta. Es una carrera contra reloj. Según Statistical Review disminuye en
forma alarmante el descubrimiento de reservas energéticas. La última década
creció sólo un 5% contra el 45% de la década anterior. El 65% de las reservas
están ubicadas en Medio Oriente. EEUU consume 20 millones de barriles por día
de los 77 millones que se producen a diario en el mundo, de los cuales sólo 10
millones es producido por los propios norteamericanos, que dependen de los
demás para seguir siendo una potencia imperial. El objetivo del ataque a Irak,
segunda reserva mundial de petróleo, es controlar esos depósitos, controlar su
precio y controlar su producción. Qué armas ocultas ni qué otra cosa. Como dice
Galeano, si Irak produjera rabanitos en lugar de petróleo, ¿a quién se le ocurriría invadir ese país?
Para Bush el
petróleo está servido. Falta sólo tomarlo. No sabe aun que puede atragantarse.
La segunda
jugada de Bush es disciplinar a su aliado, Arabia Saudita, primer productor
mundial de petróleo y máxima reserva energética del mundo, cuyos precios no le
sirven a EEUU. El tercer objetivo como reveló en febrero de este año el
subsecretario de Estado, John Bolton, es invadir a Irán y a Siria, que forman
junto con Corea del Norte el “eje del mal”, y si la coyuntura es favorable,
incluir a Libia en el santa santorum. El cuarto paso es destruir la OPEP
y apoderarse de los combustibles fósiles del mundo. Si no expropia los fósiles
y no encuentra a tiempo alternativas energéticas, el capitalismo norteamericano
deberá modificar el modelo de consumo de su pueblo y con ello puede perder el
punto de apoyo de su hegemonía mundial. El quinto objetivo son los suculentos
negocios de la reconstrucción de Irak sobre el que se lanzaran muchas de las
500 transnacionales que dominan el mundo, la mayoría norteamericanas. No menos
importante es el sexto objetivo, que se nutre en las enseñanzas de lord Keynes,
utilizando la industria bélica para superar la honda recesión en que está
hundida la economía norteamericana, con crecimiento cero. No olvidemos que una
guerra se gana no cuando se impone la supremacía militar sobre el adversario
sino cuando se obtienen los réditos económicos que son la razón última de su
desencadenamiento.
No podemos
dejar de mencionar un último objetivo y quizás el más importante de esta
guerra: imponer la supremacía del dólar frente al euro que en los últimos
tiempos le está dando una paliza al dólar en frentes inesperados, poniendo en
peligro el privilegio del peso norteamericano en la comercialización del crudo.
El dólar se depreció en los últimos meses con relación al euro, un 17%, cifras
inimaginables desde la creación de la moneda única europea. Incide en esta
depreciación la decisión iraquí de pasar 10 billones de dólares de sus reservas
a la moneda común europea, provocando un sismo en el dólar. Esta es otra de las
razones del ataque a Irak, intentando que un gobierno títere haga retornar los
10 billones de dólares iraquíes al área del dólar. También Rusia está operando
el petróleo en euros y además Irán y varios países de la OPEP están analizando
si también abandonan el dólar y se pasan al euro. Los economistas estiman que
si esto ocurre se producirá una depreciación inusitada del dólar, desplomándose
el valor de los activos norteamericanos, acercando al gigante con pies de barro
a un colapso económico como en la década de los 30.
La invasión
tiene su antecedente más raigal en la necesidad de un nuevo reparto del mundo
al fracasar los acuerdos de la tríada (EEUU, Europa y Japón) en 1998 en la
reunión de la OCDE en París y en 1999 en la reunión de la OMC en Washington. No
hubo acuerdo en el reparto del mercado mundial asediado por la disminución del
porcentaje del Producto Mundial Bruto que llegó hasta el 50% concentrado en las
manos de la tríada y sus transnacionales al finalizar el siglo. El fracaso del
neoliberalismo en seguir manteniendo la máxima tasa de explotación de las
naciones dependientes, la fatiga y la decadencia de la hegemonía unipolar y la
posibilidad no muy lejana de una crisis mundial que transforme a la arrogante
dominación de hoy en una hegemonía en harapos, se encuentra en las raíces de
este acto de piratería internacional.
Europa no
aceptó los términos del reparto y embistió con su euro. EEUU replicó con la
razón de las bestias y si logra el control de los lagos negros tendrá crudo
barato y abundante mientras sus aliados lo recibirán caro y en cuentagotas
haciendo sufrir a sus economías.
Ese es el
plan guerrero. La misma razón de dominio económico que lanzó a Hitler en los
brazos de Marte, al grito de “ocupar, administrar, explotar”. De ahí a que Bush
pueda cumplirlo hay un gran trecho. Sobre todo teniendo en cuenta que esta
guerra por primera vez la afrontará económicamente solo. La anterior invasión a
Irak, legitimada por la comunidad internacional, la pagaron todas las naciones.
Esta invasión ilícita, crimen de lesa humanidad contra el mundo civilizado, la
pagará sólo EEUU y un pequeño porcentaje, la Inglaterra del renegado Blair. Y
es mucho dinero. Suficiente como para desestabilizar aún más al dueño de la
maquinita de fabricar dólares, instalada en el Departamento del Tesoro de la
nación más endeudada del planeta: los EEUU de Norteamérica.
Trazados los
objetivos reales, Bush y su banda de halcones patentaron la estrategia militar
nazi: la famosa “Blitzkrieg” con que los nazis asolaron Europa, en la modalidad
de guerra relámpago con ataques combinados de divisiones enteras de tanques
Panzers apoyados por oleadas de aviones y piezas de artillería. Los tiempos
cambiaron y la blitzkrieg nazi se transformó en hiperblitzkrieg norteamericana,
pero la modalidad inventada por los mariscales de Hitler es la misma que aplica
Bush, aunque con una potencia de fuego mil veces superior.
Otra
similitud es la desproporción de fuerzas. La invasión nazi a Checoeslovaquia o
a Polonia donde la caballería polaca se enfrentaba a los tanques alemanes y era
diezmada previamente por la aviación, no es nada comparado con el poder de
fuego infernal de la más poderosa trituradora tecnológica de la historia. Es
como si los polacos se defendieran con hondas frente a la Luftwage de Goering.
En la primera invasión a Irak, los iraquíes tuvieron 120 mil bajas contra sólo
137 norteamericanos muertos y 7 desaparecidos. Salvo la Guardia Republicana de
Saddam, el resto del ejército iraquí son famélicos campesinos sin
entrenamiento, ni tecnología, ni armamento adecuado, el que se enfrentará a más
de 300 mil soldados entrenados año tras año para matar sin dudar.
¿Qué
puede hacer un país que tiene un presupuesto militar de 1.400 millones de
dólares contra otro que destina 400.000 millones de dólares anuales en sus
Fuerzas Armadas? Y por si fuera poco Bush acaba de pedir otros 75.000 millones
de dólares para la propina de esta masacre. Promete a cambio que el botín de
guerra compensará con creces la inversión.
Antes de
comenzar la matanza el ejército iraquí fue desangrado como se hace con los
toros de lidia por los piqueteros apenas entran en la arena, para que el
matador corra menos riesgos. Una década de sanciones económicas, de embargos,
carente de repuestos, sin aviones, con escasos tanques, con pocas baterías
antiaéreas y sólo equipado con los viejos fusiles de asalto AK 47, ha puesto de
rodillas al toro iraquí. El torero sólo tiene que hundir su espada hasta el
fondo y esperar la agonía.
Las últimas
noticias del frente, sin embargo, revelan que desangrado y todo, el toro está
dispuesto a vender cara su vida.
El vagabundo
vienés devenido en profeta de la raza aria, Adolfo Hitler, embistió sin
respetar los grandes tesoros de la humanidad, destruyendo ciudades prodigiosas,
culturas irrecuperables y fantásticos monumentos creados por el hombre a lo
largo de los siglos.
Imitando al
protegido de su familia, George Bush entra a sangre y fuego en la cuna de la
humanidad, en el Mesos Potamos que así se llamaba Irak hace 8 mil años, “tierra
entre ríos”, donde se fundó el primer estado, la primera civilización agraria y
se inventó la escritura cuneiforme. En la tierra de la legendaria biblioteca de
Nínive, la de la Torre de Babel, la de los jardines colgantes de Babilonia,
entre el Eufrates y el Tigris, Bush se lanza inmisericorde en la primera guerra
preventiva del siglo XXI.
Deberá
responder también por los tesoros culturales que arrase. Su homo demens tendrá
que rendir cuentas al homo sapiens. Como Hitler la tuvo que rendir ante la
historia y sus secuaces ante Nuremberg.
El señor embajador
de los EEUU en Uruguay, dice en su comunicado contra el diario LA REPUBLICA,
que está consternado por la comparación de su presidente con Hitler, explicando
que lo que está haciendo Bush en Irak es lo mismo que hizo EEUU al liberar a
Europa del nazismo. Creo que es un insulto a la inteligencia comparar al
brillante creador del New Deal, Franklin Delano Roosevelt, con este energúmeno
del poder que en nombre de las ideas mata las ideas, pero con los hombres
adentro.
Roosevelt
ingresó a la guerra con la legitimidad que le daban todos los pueblos que se
enfrentaron a la barbarie nazi, el primero de ellos el pueblo soviético que
ofrendó en el altar del Moloch germano, 30 millones de sus mejores hombres,
mujeres y niños, que dieron su vida para cambiar el curso de la guerra, hasta
ese momento victoriosa para el Tercer Reich.
Bush hace lo
mismo que Hitler no lo mismo que Roosevelt. Bush viola todas las leyes
internacionales, se enfrenta a las Naciones Unidas e invade al igual que Hitler
a una nación cuasidesarmada que no lo agredió en momento alguno.
Conviene
precisar además ante la afirmación de que EEUU liberó Europa y más allá de la
heroica entrega de vidas de los soldados norteamericanos en guerra con el
Führer alemán, que el ingreso a la conflagración fue muy tardío, casi al final
del conflicto cuando ya Alemania estaba desgastada por la resistencia soviética
que enfrentó sola al 95% del potencial bélico nazi concentrado en el frente
oriental. EEUU fue el único beneficiado con la segunda guerra mundial. Durante
y después del conflicto. Durante, como bien explica Heinz Dieterich en LA
REPUBLICA, porque desarrolló lejos de los campos de batalla su industria y
agricultura aumentando los salarios reales de 1941 a 1945 en un 27% generando
17 millones de nuevos puestos de trabajo y ofreciendo en 1944 más productos y
servicios a su población que antes de la guerra.
Y después de
la guerra cobró diez por uno su participación, y en Yalta se erigió como la
potencia más fuerte del planeta, desplazando a Inglaterra, aunque temiendo a la
Unión Soviética, su nuevo contrapeso histórico.
Y así como
decimos que es un insulto comparar a Bush con Roosevelt conviene precisar que
tampoco confundimos a los padres fundadores de la democracia norteamericana,
esos héroes de la libertad, a George Washington, a Abraham Lincoln, a Thomas
Jefferson, con este pedagogo del crimen, patán de la muerte, que al hablar por
televisión no puede ocultar el gesto taimado de los cobardes. Charles De
Gaulle, ese valiente rebelde de la Francia antinazi, le preguntaba al gran
filósofo Jean Guitton. ¿Qué
es la cobardía maestro? Y ese nido de sabiduría le contestaba: “La cobardía,
general, es buscar la aprobación y no la verdad; las condecoraciones y no el
honor, el ascenso y no el servicio; el poder y no la salud de la humanidad”. ¡Qué bien se le aplica esta respuesta a
nuestro nuevo Hitler que dice defender los derechos humanos de los iraquíes
mientras se especializa en convertirlos en desechos humanos!
Qué nos puede
extrañar esta conducta en un gobernante que se resiste a salvar al planeta de
la devastación negándose a firmar los protocolos de Kyoto aprobados
unánimemente por la comunidad internacional. Un gobernante que rechazó el
control de armas bactereológicas porque estimó que el acuerdo para evitar la
proliferación de estos arsenales era perjudicial para su país. Un gobernante
que exige a las naciones independientes que firmen un documento en el cual
renuncian a su derecho a juzgar a ciudadanos norteamericanos por delitos
cometidos en el extranjero. Un gobernante que se niega a firmar y a participar
en la Corte Penal Internacional creada recientemente por la comunidad mundial
para juzgar los crímenes de lesa humanidad. En este rechazo a una institución
aprobada por más de 190 países y sólo 7 en contra coincidió su voto con el del
invadido Irak quien tampoco quiere que exista en el mundo una Corte Penal
integrada por 18 juristas independientes para impedir legalmente que se sigan
cometiendo los crímenes de guerra que tanto los gobiernos de EEUU y de Irak han
cometido.
Qué se puede
esperar de un gobernante que en su propio país, cuna de tradiciones
democráticas, ha suspendido los derechos civiles, ha instaurado la censura, las
listas negras, la eliminación del habeas corpus, derecho por el que dieron la
vida tantas generaciones, imponiendo los juicios clandestinos, las cárceles
secretas y el delito de opinión, aproximando a su sociedad a la noche negra del
macartismo más anacrónico.
Pese a todo
logra hoy una importante mayoría silenciosa en su propio país a favor del
horror de la guerra, en medio de un gigantesco apagón intelectual en la
sociedad norteamericana, empujada por la desinformación, la deformación de la
realidad como sistema, el legítimo dolor del ataque criminal contra las Torres
Gemelas que segó la vida de 4 mil seres humanos, y por un nacionalismo atizado
por el tartufo de la Casa Blanca. El nacionalismo y el falso patriotismo es
otro de los eslabones que unen a Bush y a Hitler. Ese tipo de nacionalismo es
el último refugio de los canallas y se apoya en la cultura de los incultos.
Albert
Einstein lo describía bien: “El nacionalismo es una enfermedad infantil, el
sarampión de la humanidad”.
Pero ya
comienza a crecer, desde el pie, desde la raíz, un movimiento popular, en las
mejores tradiciones civilistas del pueblo norteamericano, para expresarse en
las grandes ciudades, para parar con la energía moral que da la razón, a este
asesino serial que está construyendo la mayor iniquidad bélica de las últimas
décadas.
Y el pueblo
norteamericano, aunque lentamente, comienza a comprender que “la libertad no
puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre”.
¿Quién
se anima a parar a este sicópata? Es la pregunta que circula por todo el
planeta.
Las Naciones
Unidas no pudieron. La OTAN tampoco. Sus aliados europeos fueron desairados y
humillados.
Pero, desde
el fondo mismo de la historia comienza a incubarse el antídoto. Todos los
imperios y sus profetas se han ido deslizando de victoria en victoria hacia su
derrumbe final. Y este imperio y su emperador, al que poco le importa ganarse
la mente y los corazones de los pueblos del mundo, que es sordo o finge
demencia ante la inmensa rebelión del sentido común, ante ese gran aullido de
las sociedades surgido del vientre exasperado de las multitudes que se han
lanzado a las calles en todo el mundo clamando por la paz y el cese de la
matanza, no tendrá finalmente más remedio que entender que en esta cruzada, al
vencedor sólo le pertenecerán los despojos.
Los hombres
como Bush creen que los crímenes se entierran. Está equivocado. Los sobreviven.
La gente está
harta de violencia. Harta de las vendettas miserables de unos contra otros. Y
quiere poner fin al tiempo de los asesinos. Y si la llevan a callejones sin
salida, reaccionará.
El discurso
siniestro del amo y del esclavo termina casi siempre con la ferocidad del
esclavo que ya nada tiene que perder. Espartaco dixit.
La protesta
no cede en todos los rincones del planeta. No ha habido un imperio tan huérfano
de apoyo como el que encarna hoy este morfinómano del poder.
Y este
inmenso movimiento mundial contra Bush sólo comparable al movimiento mundial
contra Hitler, tiene a su favor el clásico estrabismo de los mesiánicos, que
les impide ver la realidad. El estrabismo es una disposición viciosa de los
ojos por el cual los dos ejes visuales no se dirigen a la vez al mismo sujeto.
Ven la realidad deformada.
El murmullo
de millones puede transformarse en el brazo que pare esta locura.
No hay que
tenerle miedo a estos gigantes que ignoran las leyes de la historia. Aplican la
astucia más que la inteligencia. Ello los remite al mundo dinosáurico. Esos
gigantescos animales que desarrollaron cuerpos enormes y una cabeza diminuta.
Cuando vino la hecatombe sus pequeñas cabezas no pudieron inventar la mutación.
Sí lo hicieron los mosquitos.
Hay un refrán
alemán que refiriéndose a Hitler decía que “cuando veas a un gigante, examina
antes la posición del sol, no vaya a ser la sombra de un enano”. No sabemos aún
cuánto de gigante y cuánto de enano tiene nuestro nuevo Hitler.
Recuerden a
Gandhi, ese incendio moral que alertó a las conciencias. Sólo con su voz y su
conducta por la no violencia puso de rodillas al mayor imperio de su época.
Gandhi decía
que lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente
buena. Ese silencio hoy no existe.
Todos los
pueblos, de los países ricos y de los países pobres, gobernados por la derecha
o por la izquierda, todos, todos, con excepción del que habita en el país
agresor, que comienza ya a desperezarse, han tomado conciencia de que por
primera vez en el siglo XXI la guerra como una cruzada irracional puede cambiar
la humanidad. Sabe que una guerra injusta es una catástrofe que paraliza el
encuentro del hombre con la humanidad. Y une sus manos planetarias para decirle
al sicario de la Casa Blanca, que hay una vida y una raza menos sórdida que la
suya. Y que vale la pena ponernos de pie para defenderla. Esa es mi respuesta,
señor embajador.
Dr. Federico Fasano Mertens
Director del Diario LA REPUBLICA, 1410 AM
Libre y TV Libre
* Separata del diario La República, domingo 30 de
Marzo de 2003.
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