La tragedia árabe
Tahar Ben Jelloun *
Una leyenda
árabe cuenta que una vez cada 100 años, un hombre, ni héroe ni mártir, un
hombre providencial, especie de profeta laico, un sabio imbuido de lucidez y justicia,
se levanta y salva a la nación. Dotado de una autoridad natural, sabe que está
ahí para despertar a un pueblo adormecido, un pueblo anestesiado por una cruel
fatalidad engendradora de temor y pasividad.
A este
hombre, el pueblo árabe lo espera desde hace mucho tiempo. Se habla de él, se
le evoca, se le espera y se le dirigen oraciones para apresurar su aparición.
No sé lo que
valga esta leyenda, pero, si este hombre existe, estoy seguro que no tiene
ganas de levantarse para ir al rescate de un Saddam responsable de tantas
desgracias. Posiblemente se vea tentado a insuflar al mundo árabe una voluntad
firme y organizada para liberarse de quien lo explota, lo maltrata y lo aplasta
cuando exige justicia. El pueblo árabe creyó reconocer en Gamal Abdel Nasser
(1918-1970), el líder egipcio, al hombre tan esperado. Nasser hizo lo que pudo
para unir a la nación árabe y recuperar su presencia en el mundo y la dignidad
que el colonialismo burló.
Pero ese
líder, probablemente sincero y patriota, confió más en sus numerosos servicios
de inteligencia y en la eficacia de la represión de toda oposición que en las
exigencias de la democracia y la libertad. Dejó el recuerdo de un nacionalista
que no confió ni en su pueblo ni en su élite progresista.
Desde
entonces, los jefes de Estado que han llegado al poder de manera ilegítima o
con 99 por ciento , cuando no es 100 por ciento , de los votos, han tratado de
ser este hombre providencial. El más folclórico, el más anacrónico es hasta
ahora el coronel Moamar Kadafi, ahora aislado, perseguido por los familiares de
las víctimas de los atentados que sus agentes habrían cometido, humillado
públicamente por uno de sus pares en una cumbre árabe. Se pasa la vida
queriendo consolidar a cualquier precio uniones con sus vecinos, ayudando
financieramente a opositores armados de todo el mundo, reinando sobre su pueblo
de manera oscura y despótica. Ha soñado tanto con seguir la obra de Nasser y
aparecer ante los árabes como el hombre que les aseguraría un lugar en la
historia. Pero ha fracasado y ahora se refugia en un misticismo y en una
literatura de pacotilla.
Saddam
Hussein fue por mucho el más peligroso, el más cínico y el más astuto. Es un
producto puro de la brutalidad política que tanto ha ensangrentado a Irak desde
el derrocamiento de la monarquía en 1958. Jugó en solitario y no creía en los
sueños de la unión árabe y en otros mitos sin fundamento. Fue un déspota que
conoció las argucias y las complejidades de la política.
Su modelo (no
reconocido) fue también su peor enemigo: el vecino sirio Hafez El Assad, gran
estratega, dotado de una inteligencia excepcional. Ejerció una verdadera
dictadura sobre Siria, pero jamás arrastró a su pueblo en aventuras guerreras
inútiles como lo hizo Saddam al atacar a Irán en 1980, después a Kuwait en
1990. En cambio, cuando en febrero de 1982 los hermanos musulmanes se
sublevaron el poblado de Hama, no dudó en dar a su hermano Rifaat el Assad la
orden de bombardearlo, causando más de 25 mil muertos. Esto posiblemente
autorizaría a Saddam a gasear Halabja unos años más tarde.
Basta
recordar esas dos masacres para comprender por qué el mundo árabe está lejos de
salir de una profunda crisis. Saddam no hubiera podido hacer equipo con Osama
Bin Laden sencillamente porque no confía en nadie y los actos terroristas no
iban acordes a su estrategia: mantenerse en el poder eternamente.
El drama es
que los dirigentes que reinan a través del terror y la brutalidad llegan a
instalarse en el imaginario de una gran parte de las poblaciones árabes. Les
parecen verdaderos héroes, herederos de Saladino. Esos dictadores se hacen
pasar por salvadores cuando no son más que opresores de su pueblo que trabajan
por la regresión del mundo árabe.
* El
Universal, 10 de abril de 2003. Tahar Ben Jelloun, argelino, es
considerado uno de los mejores escritores árabes en lengua francesa. © 2003 Le
Monde.
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