El fin del comienzo
Immanuel Wallerstein *
En uno de los
puntos cruciales de la Segunda Guerra Mundial, alguien preguntó a Winston
Churchill si la batalla en cuestión marcaba el principio del fin. Y es famosa la
réplica: “no, pero podría ser el fin del comienzo”. Con la guerra de Irak, el
mundo marca el fin del comienzo del nuevo desorden mundial que remplazó al
orden mundial dominado por Estados Unidos de 1945 a 2001.
En 1945,
Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial con tal poder en todos los
ámbitos, que de inmediato se estableció como la potencia hegemónica del
sistema-mundo e impuso a éste una serie de estructuras para asegurar que
funcionara según sus deseos. Las instituciones claves en esta construcción
fueron el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional y los acuerdos de Yalta con la Unión Soviética.
Fueron tres
aspectos los que permitieron que Estados Unidos colocara estas estructuras en
su sitio: 1) el avasallador margen de eficiencia económica de las empresas
productivas con sede en Estados Unidos; 2) la red de alianzas -especialmente la
OTAN y el tratado de seguridad entre Estados Unidos y Japón- que garantizó el
respaldo político automático a las posiciones estadunidenses en Naciones Unidas
y en otras partes, respaldo reforzado por una retórica ideológica (“el mundo
libre”) a la que se comprometieron los aliados de Estados Unidos; 3) una
preponderancia en la esfera militar basada en el control estadunidense de
armamento nuclear, combinada con el llamado “equilibrio del terror” con la
Unión Soviética, lo que aseguraba que ninguno de los bandos de la denominada
guerra fría usaría armas nucleares contra el otro.
El sistema
funcionó bien al principio. Estados Unidos obtuvo lo que quiso 95 por ciento de
las veces, en 95 por ciento del tiempo. El único tropiezo fue la resistencia de
los países del tercer mundo no incluidos en los beneficios. Los casos más
notables fueron China y Vietnam. Fue la entrada de China a la guerra de Corea
lo que obligó a Estados Unidos a contentarse con una tregua apenas comenzado el
conflicto. Y a fin de cuentas Vietnam derrotó a Estados Unidos, golpazo
dramático a la posición estadunidense en lo político (y también en lo
económico, pues ocasionó el fin del estándar del oro y de las tasas fijas de
cambio).
Un golpe aún
mayor a la hegemonía estadunidense fue que, después de 20 años, tanto Europa
occidental como Japón hayan dado zancadas tan grandes en lo económico, al punto
de convertirse en los pares económicos de Estados Unidos, lo que inició una
competencia larga y continua por la acumulación de capital entre estos tres
focos de la producción y las finanzas mundiales. Y luego vino la revolución
mundial de 1968, que fundamentalmente minó la posición ideológica estadunidense
(así como la posición ideológica falsamente opuesta de la Unión Soviética).
Este shock
triple -la guerra de Vietnam, el ascenso económico de Europa occidental y Japón
y la revolución mundial de 1968- terminó con el periodo de fácil (y automática)
hegemonía estadunidense en el sistema-mundo. Comenzó la caída. Estados Unidos
reaccionó a este cambio en la situación geopolítica intentando frenar esta
caída tanto como fuera posible. Entramos entonces a una nueva fase de la
política mundial estadunidense, conducida por todos los presidentes
estadunidenses de Nixon a Clinton (incluido Reagan). El corazón de esta
política tuvo tres objetivos: 1) alimentar la lealtad de Europa occidental y
Japón blandiendo la continua amenaza de la Unión Soviética mientras les
otorgaba cierto margen en las decisiones (la llamada “asociación” impulsada
mediante la comisión trilateral del G-7); 2) mantener indefenso al tercer mundo
taponando la llamada “proliferación” de armas de destrucción masiva; 3)
intentar que la Unión Soviética-Rusia y China quedasen fuera de balance
enfrentándolas una a la otra.
Esta política
tuvo un éxito moderado hasta el colapso de la Unión Soviética, lo que le movió
el tapete al primer objetivo clave. Fue esta situación, ulterior a 1989, lo que
permitió que Saddam Hussein se arriesgara a invadir Kuwait, y le dio el piso
para pactar una tregua con Estados Unidos al inicio del conflicto. Es esta
situación geopolítica ulterior a 1989 lo que permitió el colapso de tantos
estados en el tercer mundo, lo que forzó a Estados Unidos y a Europa occidental
a involucrarse en tantos intentos fallidos por evitar o eliminar feroces
guerras civiles.
Hay otro
elemento que incluir en este análisis: la crisis estructural del sistema
capitalista mundial. No tengo espacio para argumentar aquí algo que elaboro en
detalle en mi libro Utopística, decisiones históricas y el siglo XXI, pero
resumo la conclusión. Dado que el sistema que conocemos hace 500 años no es ya
capaz de garantizar horizontes de largo plazo para la acumulación de capital,
hemos entrado en un periodo de caos mundial -con bandazos alocados y en gran
medida incontrolables en las situaciones económicas, políticas y militares-, lo
que lleva a una bifurcación sistémica, es decir, a un punto de decisión
colectivo y mundial en torno al nuevo sistema que el mundo construirá en los
próximos 50 años. El nuevo sistema no será capitalista, pero puede convertirse
en uno de los dos siguientes: un sistema jerárquico e inequitativo, o
sustancialmente democrático e igualitario.
Uno no
alcanza a comprender la política de los halcones estadunidenses si no entiende
que no tratan de salvar al capitalismo, sino remplazarlo por un sistema
diferente, incluso peor. Estos halcones creen que la política mundial
estadunidense que se emprendió de Nixon a Clinton es inviable hoy y sólo
conducirá a una catástrofe. Probablemente tengan razón en que es inviable. Pero
quieren sustituirla a corto plazo por una política de intervencionismo premeditado
mediante la fuerza militar, y están convencidos de que sólo la agresividad más
machista servirá a sus intereses. (No digo servirá a los intereses de Estados
Unidos, porque no creo que lo haga.)
El ataque de
Osama Bin Laden a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 propulsó a los
halcones estadunidenses a la posición en la cual, por vez primera, controlaron
las políticas de corto plazo del gobierno. De inmediato pujaron por la
necesidad de una guerra contra Irak como primer paso para instrumentar su programa
de mediano plazo. Hemos llegado a ese punto. La guerra ya comenzó. Por eso
llamo a este momento el fin del comienzo.
¿Qué
sigue de aquí? Eso depende en parte de cómo maniobre Irak en esta guerra. A dos
semanas de iniciada, es claro que la escalada no va tan bien como los halcones
esperaban o anticipaban. Parece que nos encaminamos a una guerra sangrienta,
desgastante y prolongada. Probablemente Estados Unidos derrotará a Saddam
Hussein (pero no hay certezas). Entonces sus problemas serán mayores. Detallé
mis puntos de vista en mi comentario del 22 de marzo de 2003 en La Jornada,
titulado “Bush apuesta su resto”.
El hecho de
que les vaya mal a los halcones estadunidenses sólo los desesperará más. Es
probable que intenten impulsar su programa con más fuerza que nunca, lo cual
parece entrañar dos prioridades de corto plazo: combatir contra potencias
nucleares en ciernes del tercer mundo (Corea del Norte, Irán) y establecer un
aparato policiaco opresivo en Estados Unidos. Para garantizar estos dos objetivos
requieren ganar una elección más. Su programa económico parece destinado a
poner a Estados Unidos en bancarrota. ¿Es esto totalmente involuntario? ¿O quieren debilitar algunos de los estratos
capitalistas claves de Estados Unidos, los que consideran un freno a la
instrumentación de su programa?
Lo que queda
claro en este punto es que se agudiza la lucha política a escala planetaria.
Quienes se aferran a la política mundial estadunidense puesta en operación
entre 1970-2001 -los republicanos moderados y el establishment democrático en
Estados Unidos, pero de muchos modos también los oponentes europeos de los
halcones (como los franceses y alemanes)- pueden verse forzados a tomar
decisiones políticas más dolorosas que ninguna de las que hayan tomado hasta
ahora. En gran medida, a este grupo le ha faltado claridad en su análisis de
mediano plazo de la situación mundial, y han estado esperando, contra todos los
indicios, que de alguna manera los halcones estadunidenses se vayan. No se
irán. No obstante, pueden ser derrotados.
* La Jornada, 7 de abril de 2003. © Immanuel
Wallerstein. El autor es director del Centro Fernand Braudel, de la Universidad
de Binghamton.
Regresar a la Página
Vigente de América Semanal...