El Imperio enfoca a Corea
Claudio Uriarte *
Quién hubiera
dicho que un playboy fofo, gordito. paranoico, ignorante y reclusivo supiera
reírse tan bien de un sonso. En septiembre de 2002, mientras George W. Bush
empezaba a trabajar la opinión pública estadounidense en favor de una guerra
contra Irak alegando una posesión de armas químicas y bacteriológicas que no
estaba demostrada, de una improbable entrega futura de esas armas a grupos
terroristas y de una colaboración de Saddam Hussein con Al-Qaida y Osama bin
Laden para los atentados del 11 de septiembre que era directamente falsa, dos
altos funcionarios de Corea del Norte admitieron plácidamente ante un
funcionario estadounidense que habían reanudado un programa nuclear, de potenciales
aplicaciones bélicas, que violaba un acuerdo negociado por el ex presidente
norteamericano Jimmy Carter en 1994. George W., que en enero de 2002 había
denunciado a Corea del Norte como uno de los integrantes del “eje del mal” –junto a Irak e Irán– quedó algo descolocado: ¿cómo podía justificarse una guerra contra un
país por unas armas químicas y bacteriológicas cuya posesión no estaba
demostrada, mientras la evitaba contra otro que admitía casi abiertamente que
estaba fabricando armas atómicas? W., el unilateralista, dio una respuesta
aparentemente incongruente: Corea del Norte, dijo, era un problema de solución
multilateral, mientras Irak no lo era; Donald Rumsfeld, su secretario de
Defensa, en una nueva y característica demostración de machismo estratégico,
ordenó el aprestamiento de bombarderos B1 y B2 para un posible ataque
preventivo contra Pyongyang, aunque parecía más una señal a Corea del Norte y a
los generales estadounidenses que un indicio del curso futuro de los
acontecimientos: el jefe del Pentágono estaba advirtiendo que estaba dispuesto
a quebrar el tabú contra el lanzamiento de dos guerras de gran escala al mismo
tiempo, pero el bombardeo de los reactores nucleares norcoreanos no era la
solución que planeaba. O, por lo menos, no era toda la solución que planeaba.
¿Qué
es el régimen de Corea del Norte? Las agencias internacionales de noticias lo
describen como “stalinista”. Más allá de lo que se piense de lo que
pasó en la URSS entre 1924 y 1953, esto parece una grave subestimación de Stalin.
Kim il Sung, el difunto “líder
inmortal” que fundó la
dictadura, fue el autor de una excéntrica teoría antimarxista de autarquía
nacional que arrojó a la mayoría de sus connacionales a la hambruna. Cuando
murió, lo sucedió su hijo, Kim Jong Il, en un procedimiento de sucesión
dinástica más parecido a las tradiciones del mundo árabe que a las intrigas
palaciegas que solían decidir los traspasos de poder en el extinto universo
comunista. Stalin construyó un imperio militar multinacional que llegó a desafiar
a los Estados Unidos; el “líder
inmortal” y su hijo, el
“querido líder”, sólo vivieron de la ayuda de ese imperio,
y su única semejanza con el stalinismo fue la represión interna y la erección
de estatuas gigantescas en elogio de sí mismos. El padre inauguró un despotismo
asiático, a lo que el hijo agregó la frivolidad de un malcriado. Kim Jong Il es
un alcohólico sibarita y promiscuo que dispone de palacios con lagunas
provistas de oleajes artificiales donde disfruta navegando en lanchas de último
modelo con dos o tres bellezas a bordo. Su único viaje al exterior hasta la
fecha fue a Rusia, pero, como teme a los aviones, la travesía la realizó a
bordo de un tren –que
tardó 14 días en llegar a destino–, donde la mayor parte de los vagones estaba
destinada a guardaespaldas, a tanques con langostas vivas y a reservas
inagotables de las mejores marcas de coñac francés. Cada bocado y cada trago
eran ingeridos previamente por sus sirvientes, para constatar que no estuvieran
envenenados. Al mismo tiempo, la población sufre de hambrunas intermitentes. La
caída de la URSS, en este sentido, fue un duro golpe. Y sin embargo, el régimen
sigue dedicando la mayor parte de su exiguo presupuesto nacional a la defensa.
Pero el espectacular fracaso del padre y del hijo en la construcción de la
autarquía comunista tiene una contraparte necesaria, complementaria y, en el
fondo, funcional. En otraspalabras, hay un método racional detrás de la
aparente locura. Y ese método es el chantaje. En 1994, el acuerdo de Carter,
que consistió en la provisión gratuita de petróleo, alimentos y la construcción
de dos reactores nucleares de agua liviana, se logró después de que Corea del
Norte iniciara programas de enriquecimiento de uranio –un paso previo a la construcción de
armamentos nucleares–
y ensayara misiles de mediano alcance que surcaron los cielos de Japón. Nueve
años después, en septiembre del año pasado, cuando Corea del Norte admitió la
reactivación de su programa nuclear, mientras EE.UU. se concentraba en la
guerra contra Irak, la conclusión era evidente: Pyongyang estaba buscando
mejorar las condiciones de su acuerdo.
Pero Corea del Norte no es lo mismo que Irak para Estados Unidos. Irak, un país
aislado y deteriorado, era un juego de damas; Corea es ajedrez tridimensional.
La escalada norcoreana contra Washington ha sido constante: tras admitir la
reactivación de su programa nuclear, expulsó del país a los inspectores de la
Agencia Internacional de Energía Atómica, se retiró del Tratado de No
Proliferación Nuclear, trasladó ostentosamente barras de combustible usado para
fabricar plutonio a su reactor nuclear de Yongbyon y anunció en todos los
registros posibles que no se sentía atada a ninguno de los compromisos
internacionales existentes. Kim Jong Il es un payaso, pero la temeridad de
estas acciones y la simétrica cautela de los estadounidenses indican que hay
más actores en juego. Dicho de otro modo, el payaso no se animaría a todo esto
si no tuviera cartas en reserva. Y las tiene en abundancia.
La primera y
más inmediata es Corea del Sur, donde están estacionados 37.000 soldados
estadounidenses, pero donde la población está cada vez más en contra de los
soldados estadounidenses. Roh, el nuevo presidente, ganó las elecciones en gran
parte gracias a su repudio a la presencia de esos soldados estadounidenses. La
segunda carta es Japón, donde Junichiro Koizumi, el primer ministro, falló en
su promesa de quebrar el tabú antimilitarista heredado del fin de la Segunda
Guerra Mundial, y cuyo territorio está en la línea de mira de los misiles
norcoreanos. Y la carta decisiva es China, que es el primer suministrador de
armas y tecnología nuclear a Pyongyang. También juegan un papel Rusia, que
busca desestabilizar la unipolaridad estadounidense con ayudas a Corea del
Norte, y Taiwán, donde los vencidos compromisos de guerra fría de EE.UU. con
China continental evitan la construcción de un poder disuasivo suficiente
contra los norcoreanos.
Por todo
esto, es improbable que el Pentágono de Rumsfeld elija manejar el problema
norcoreano del modo simple y directo con que operó en relación con Irak. Y
también por eso, la declaración de Bush de que el problema norcoreano debía
resolverse de modo multilateral no es del todo una falacia. Las primeras
movidas ya empezaron. Rumsfeld ya ha indicado que se propone iniciar un retiro
de tropas norteamericanas de Corea del Sur. Con cinismo ejemplar, explicó que
la decisión respondía a que Estados Unidos no es un imperio: “Si no nos quieren, nos vamos”. Por cierto, la verdadera razón es
confrontar a los surcoreanos con la responsabilidad de organizar su propia
defensa. EE.UU. puede bombardear las instalaciones nucleares de Corea del
Norte, pero Seúl, la capital surcoreana, está a tiro de la artillería
norcoreana. Otra movida, que sin embargo enfrentará poderosas resistencias en
el lobby prochino de EE.UU. –como
la Brookings Institution, de gran influencia en el Departamento de Estado– es restringir los privilegios comerciales
de Pekín. Después de todo, fueron Rumsfeld y sus amigos quienes señalaron que
China era el enemigo estratégico que EE.UU. debía prepararse para enfrentar en
los próximos 25 años.
Pero la contramedida decisiva, la que nadie se atreve a mencionar hasta el
momento, es la remilitarización y nuclearización de Japón. Rumsfeld también
advirtió en el pasado que la mayoría de las bases estadounidenses en el
extranjero estaban condenadas a desaparecer. Eso está ocurriendo enCorea del
Sur y en Alemania. Probablemente no ocurra con la base de Okinawa en Japón,
pero, como en el caso de Corea del Sur, es improbable que EE.UU. siga asumiendo
por demasiado tiempo un papel universal de paraguas defensivo para sus aliados.
* Página/12,
13 de abril de 2003.
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