La Sordidez De Esta Guerra Genocida
Vladimir Acosta *
En medio de
tanta miseria humana y de tantas cobardes complicidades y silencios, creo que
los aspectos más sórdidos, hipócritas y mezquinos de esta invasión genocida que
desde hace ya once días llevan a cabo los Estados Unidos contra el heroico
pueblo de Irak son tres: la manipulación y la mentira mediática descaradas, la
llamada ayuda humanitaria, y la conducta cobarde y cómplice del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas y de la propia Unión Europea.
I. La
manipulación y la mentira mediática.
La manipulación
y la mentira mediática por parte del poder anglo-estadounidense y de quienes le
sirven en todo el mundo han alcanzado esta vez niveles difícilmente superables.
El tema es inagotable y sólo vale la pena referirse a unas pocas cosas.
La
política del miedo y la mentira
Me parece
inútil detenerme a detallar los innumerables mecanismos empleados para esa
manipulación: presión a los medios de comunicación, control de los mismos,
expulsión y condena de periodistas, intelectuales y artistas críticos; creación
de histerias patrioteras y belicistas a lo largo de los Estados Unidos y del
mundo; fabricación de miedos patológicos entre los ciudadanos estadounidenses
contra supuestos ataques terroristas por parte de Saddam Hussein y contra
absurdos lanzamientos desde Irak contra el territorio yankee de misiles
provistos de armas químicas y bacteriológicas; uso descarado de informes falsos
que hablan de armas biológicas ocultas que los inspectores de la ONU no
encontraron nunca pero que Colin Powell sí sabe donde están; fabricación de
supuestas conexiones entre Al Qaeda y el gobierno irakí sabiendo que aquélla es
enemiga declarada de éste; apariciones del inefable Bin Laden, que vuelve de su
tumba o de su escondite cada vez que su antigua empleadora la CIA lo necesita
para crear más terror entre los manipulables y manipulados norteamericanos,
etc.
Lo que sí
debe tenerse en cuenta es la creación por parte del Pentágono de una oficina de
manipulación estratégica de la información, cuya siglas en inglés son ISO y
cuya misión declarada es difundir mentiras a los medios de comunicación, a
menudo con la abierta complicidad de éstos. Las mentiras han sido clasificadas
por los estrategas del Pentágono en negras y blancas. Las negras Ώcómo iba a ser de otra manera en ese país racista?
son las peores, las más sucias, las mentiras totales; y las blancas, por
supuesto, aquellas más fácilmente creíbles porque combinan como es más corriente mentiras y medias verdades.
El
lenguaje mediático: complicidades y mentiras
De cualquier
modo lo principal, lo que todos vemos a diario, son las muestras de la
complicidad asquerosa de las cadenas gringas de televisión, no sólo del
deplorable canal de la FOX, que es una vulgar agencia del Pentágono y de la
Fundación Heritage, sino de CNN, que con la mayor cara dura sigue pretendiendo
ante el mundo ser ejemplo de profesionalismo y de objetividad. Hoy como nunca
CNN es un apéndice del Pentágono y del Alto Mando Militar estadounidense, que
sirve de intermediaria entre éstos y los demás canales del mundo para que éstos
copien su señal; un canal cuyos periodistas, como loros amaestrados, repiten
por horas y horas las manipulaciones y mentiras útiles a los invasores
estadounidenses y que periódicamente, cuando dejan por un momento de mostrar en
toda su prepotencia imperialista a esos genocidas que son Bush, Rumsfeld y
Powell (y el primer mayordomo Blair), o a los generalotes del Pentágono o del
Alto Mando gringo, con sus uniformes planchaditos e impecables, como si fueran
para la celebración del triunfo final en la Casa Blanca, nos presentan entonces
a algunos supuestos analistas que se autodefinen como independientes, latinos y gusanos casi todos, a los que lo
único que les falta es que, en medio del discurso objetivo que vomitan, se les caiga al suelo el
carnet de la CIA que llevan oculto en el bolsillo.
El lenguaje
que usan esos corresponsales, y no sólo los de CNN sino también quienes los
siguen o copian por doquier, incluso en Europa, es abiertamente manipulador y
está dirigido a defender los patrones ideológicos y políticos impuestos por los
Estados Unidos e Inglaterra y favorables a ellos y a sus intereses.
Cuando
mencionan a los invasores gringos e ingleses nos hablan siempre de los aliados para hacernos digerir, igual que hicieron
en la Guerra del Golfo, la idea de que se está recreando la alianza de la
Segunda Guerra Mundial contra el nazifascismo, que en ese entonces encarnaba el
mal, igual que hoy lo encarna entre otros Saddam Hussein. O si no, nos hablan
de coalición cuando no hay tal cosa, y en el plano
dirigente y en el terreno militar ésta sólo la integran dos países, Estados
Unidos y sus mayordomos ingleses, siendo estadounidenses la casi totalidad de
las tropas. El resto es una triste colección de lamebotas. (Hoy por cierto se
ha sumado otro país importante a la coalición, la isla de Tonga. Lástima que no
se puso del lado de Irak, porque habría cambiado militarmente la correlación de
fuerzas a su favor.) Sí, se trata de una colección de indignos comparsas. ΏO es que alguien piensa que los Estados
Unidos consultan las decisiones a tomar con el pobre Aznar, con la Presidenta
de Panamá, o con el reyezuelo de Tonga? ΏSe reunió alguna vez Bush a discutir el
nuevo reparto del Medio Oriente con Taufaahau Tupou IV? Salvo Inglaterra, los otros
miembros de la supuesta coalición no están presentes, ni hacen falta. Apenas
hay unos soldaditos australianos de adorno mandados por el servil gobierno de
su país. ΏDónde están
las tropas de Honduras, las de Etiopía o las de Uzbekistán? Ώse imaginan la falta que hacen? Ώpor qué cuando los invasores anglogringos
logran a duras penas conquistar una ciudad irakí izan la bandera de los Estados
Unidos y no la de Tonga, la de Naciones Unidas, o la de República Dominicana? ΏSe acuerdan por cierto los gobernantes
dominicanos de lo que hicieron los Estados Unidos en su país en 1965, o ya lo
olvidaron? ΏSe acuerda la
Presidenta de Panamá de la invasión estadounidense de 1989 y de la destrucción
genocida del barrio de Chorrillos, o es que ésta fue obra de Saddam Hussein?
Pero no es
sólo la manipulación: es la mentira, la mentira cínica, vendida como
información cotidiana. Los ejemplos sobran; y cada día se suman otros, sólo que
como todas las mentiras, se las descubre algo después, de modo que las
informaciones de hoy son las mentiras de mañana igual que las mentiras de hoy
fueron las informaciones de ayer. Es pues impresionante cómo se oculta la
verdad, cómo se miente, cómo se desinforma y confunde a la opinión pública.
Quiero dar sólo unos pocos ejemplos y situaciones y hacer al respecto algunos
comentarios acerca de cómo, gracias a lo que se filtra de fuentes irakíes,
gracias a la labor de Al Jazeera, y sobre todo gracias a que los hechos son
tercos y la verdad siempre se descubre, se ha ido desmoronando la mayor parte
de esas mentiras.
Castillo
de naipes y guerra de liberación
Bush, Cheney,
Rumsfeld y el Alto Mando gringo le aseguraron al mundo que al llegar sus tropas
a Irak el régimen de Saddam Hussein se derrumbaría como un castillo de naipes,
y que la guerra iba a durar unos pocos días (razón de más para invadir a Irak
al margen del derecho internacional y de las Naciones Unidas. Si los irakíes se
rendían en unos días, éstas terminarían aceptando los resultados y tratando de
entrar en el reparto del país). Le transmitieron ese optimismo imperialista al
mundo rico: la guerra iba a ser un paseo militar y el pueblo irakí, que odiaba
a Saddam Hussein, los iba a recibir cantando, con flores y banderitas yankees.
La resistencia que encontraron, la lucha heroica de los irakíes, los dejó
desconcertados. Hubo, sí, algunos casos en que la población los recibió con
banderitas gringas. Pero era sólo una trampa: los soldados gringos o ingleses
bajaron la guardia y apenas entraron al pueblo donde los recibían, soldados o
resistentes ocultos abrieron fuego cerrado contra ellos. Lo ha denunciado el
indignado Rumsfeld. Ahora, tanto él como Bush, dicen, con la cara dura de
siempre, que algunos
creían que la guerra sería corta,
como si los primeros no hubiesen sido ellos. Hasta sus siervos de CNN,
difusores de la optimista idea, han admitido que su patrón se equivocó.
Dijeron que
el pueblo irakí sólo esperaba que ellos, los libertadores, llegaran, para alzarse contra el régimen de
Saddam Hussein, y que no se había alzado antes por el terror que inspiraba este
último. Aquí acertaron a medias: el pueblo irakí se alzó, en efecto, pero no
contra Saddam Hussein, sino contra ellos, contra los libertadores, contra los invasores que quieren colonizar
su país y apoderarse de su petróleo. Para escándalo de los estrategas yankees,
enceguecidos con su superioridad militar, en Irak hoy se está llevando a cabo
una guerra popular en la que se combina lo convencional con lo no convencional,
con la guerrilla, con la emboscada, en la que el ejército se confunde con el
pueblo, única forma que tienen un pueblo y un ejército más débil de enfrentar
en terreno propio a un invasor que tiene superioridad militar pero al que el
pueblo invadido rechaza porque no es la primera vez que lucha contra los
colonialistas que lo han ocupado y explotado.
Y esto
plantea una pregunta interesante: Ώqué clase de dictadura es la de Saddam
Hussein? Ώcómo se
explica que ese régimen supuestamente odiado por todos los irakíes haya
repartido miles de armas al pueblo y que éste no las esté usando contra su
gobierno sino contra los invasores gringos e ingleses? Extraña dictadura o
extraña situación. ΏSe
atrevería la dictadura de Arabia Saudita, o la de Pakistán, serviles aliados de
Estados Unidos, a repartirle armas a sus pueblos? Ώcuántos de los gobiernos que se
autocalifican de democráticos se atreverían a hacerlo? Ώcuántas horas durarían en el poder? Ώpor qué el pueblo irakí, armado como está,
no dirige sus armas contra el gobierno dictatorial de Saddam Hussein sino
contra sus supuestos libertadores?
Esta pregunta
es imposible de responder para quienes dirigen la política yankee y para
quienes, como los estadounidenses corrientes, tienen el cerebro macerado y
convertido en gelatina de neuronas como producto de la manipulación mediática.
Nadie duda de que el régimen de Saddam Hussein sea una dictadura ni de que éste
haya cometido crímenes contra su pueblo. No, el problema no es ese. El problema
es que los irakíes han visto claro. Y que entre el régimen de Saddam Hussein y
el protectorado colonial al que piensan someterlos los libertadores anglosajones para robarles el petróleo,
prefieren al primero. Quiéraselo o no, guste o no, Saddam Hussein encarna hoy
la lucha para resistir al colonialismo anglosajón, para evitar que su país sea
desintegrado y convertido en una colonia. Eso lo ha entendido el gobierno irakí
y por eso ha dado armas al pueblo. Eso lo ha visto el pueblo irakí y por eso
está luchando al lado de su ejército, el mismo que lo ha reprimido muchas
veces, en contra de los invasores norteamericanos e ingleses.
El fenómeno
no es demasiado difícil de comprender, salvo para débiles mentales como Bush y Rumsfeld,
intoxicados por su propia propaganda. También Stalin era un dictador y había
reprimido duramente al pueblo soviético. Pero éste libró una guerra de
liberación bajo su jefatura contra los invasores nazis. Y al producirse la
invasión, muchos rusos pidieron salir de las cárceles o de los campos de
concentración en que se hallaban para ir a combatir, armas en mano, al invasor.
Aunque Bush y Rumsfeld no puedan entenderlo, para los irakíes, con toda razón
por lo demás, hoy los Bush, los Rumsfeld y los Blair, por más que comparen a
Saddam Hussein con Hitler, por más que se autocalifiquen de demócratas y de
libertadores, se parecen mucho más a Hitler que lo que pueda parecérsele Saddam
Hussein.
Mentiras
que se caen una tras otra
La lista de
mentiras que se han ido derrumbado una tras otra es larga. Una división entera
del ejército irakí, la 51, integrada por cerca de ocho mil soldados, se rindió
apenas los invasores se acercaron a Basora. Pero dos días más tarde, mientras
Basora resistía, mientras Rumsfeld declaraba que la coalición había capturado un total de mil irakíes
(cuando deberían haber sido por los menos nueve mil), apareció la división
capturada encabezada por su general y luchando contra los invasores. De haber
estado cerca Don Luis Mejías, el personaje de Don Juan Tenorio, podría haberle
dicho burlonamente al mentiroso Rumsfeld, a quien ya empezaba a crecerle la
nariz como a Pinocho: los
muertos que vos matáis gozan de buena salud.
Otra mentira
similar fue la de la insurrección chiita. Se repitió por varios días que los
chiitas de Basora se habían alzado contra el régimen de Saddam. Pero empezó a
pasar el tiempo y como no aparecieron los chiitas rebeldes la mentira se fue
disolviendo sola, mientras al mentiroso Rumsfeld le seguía creciendo la nariz.
Lo mismo
sucedió con las tomas de ciudades. Al principio, los primeros días, fueron
cayendo en cadena las ciudades irakíes, sin resistencia: primero el puerto
estratégico de Oum Qsar, luego Basora, y poco después las ciudades de Nassiriya
y Najaf. Pero cuando ya los invasores parecían a las puertas de Bagdad, a la
que venían bombardeando en forma implacable desde el mismo día del comienzo de
la guerra, se descubrió que no habían tomado nada. Todo era mentira. En cada
una de esas ciudades se libraba una feroz batalla y la encarnizada resistencia
irakí había logrado pararlos. La falsa toma de Basora se siguió proclamando día tras
día, pero ahora, diez días más tarde, los invasores reconocen al fin que no la
han capturado aún, aunque están
cerca de lograrlo,
y que apenas la tienen cercada, lo que está matando de hambre y de sed a sus
habitantes. Al parecer los libertadores ingleses pretenden liberarlos de todo,
comenzando por la vida, comenzando por estas mezquinas ataduras terrenales. El
puerto de Oum Qsar fue capturado al fin, pero la resistencia continúa. Y en
cuanto a Nassiriya y Najaf ha sido imposible tomarlos. La resistencia irakí es
tan encarnizada que la ofensiva de los invasores ha debido detenerse por varios
días mientras les llegan refuerzos (otra división gringa) y en espera de que se
restablezca la logística.
Mentiras y
cinismo
A menudo las
mentiras de los jerarcas yankees se combinan con el cinismo más descarado, con
una desvergόenza que supera todo límite. De los bombardeos masivos que han
desencadenado las tropas invasoras contra Badgad han dicho de todo. Antes de
comenzar la guerra, Rumsfeld y sus acólitos dijeron con la mayor naturalidad
del mundo que en los dos primeros días del conflicto dejarían caer tres mil
misiles inteligentes sobre la capital irakí (más que todos los que se lanzaron
en la pasada Guerra del Golfo) a fin de que los bagdadíes se sobrecogieran de miedo y de pavor, lenguaje del mejor estilo hitleriano, que
no es terrorista sólo por ser el de ellos, los genocidas gringos, los libertadores, pero que de ser empleado por algún otro lo
convertiría de inmediato en reo del Tribunal Penal de La Haya, el mismo que el
gobierno yankee desconoce.
Han arrojado
sobre Bagdad hasta ahora, día tras día y noche tras noche, miles de toneladas
de bombas. Han destruido buena parte de la ciudad y matado a varios miles,
quizá decenas de miles, de personas, civiles en su mayoría. Pero en cuanto a
aterrorizar a la población el resultado es más bien magro, porque los bagdadíes
han resistido y siguen resistiendo, y los únicos aterrorizados son los niños,
que, por supuesto, no cuentan para nada (Ώno dijo acaso hace unos años Madeleine
Albrigh, entonces Secretaria de Estado de los Estados Unidos, que la muerte de
medio millón de ellos a causa del bloqueo anglo-estadounidense contra Irak era
el precio a pagar por mantener la paz en la región?).
Esos
bombardeos, por cierto, tienen un costo impresionante. Cada misil cuesta, según
el Pentágono, un millón y medio de dólares. De modo que los casi seis mil
misiles que han arrojado en los primeros ocho o nueve días de guerra sobre la
ciudad equivalen a la increíble cifra de nueve mil millones de dólares. Esto es
casi la mitad del presupuesto anual de Venezuela, que es un país petrolero. Sí,
nueve mil millones de dólares derrochados en ocho días sólo para causar pavor y
muerte. (La guerra, por supuesto, cuesta mucho más, esta es sólo una pequeña
parte. Bush acaba de solicitarle al Congreso estadounidense setenta y cinco mil
millones para financiarla y, dada la resistencia irakí, parece que va a
quedarse corto.)
Apenas
comenzados los bombardeos, los genocidas del Pentágono dijeron no sólo que eran
selectivos sino que estaban dirigidos a demoler los palacios de Saddam Hussein. Algo realmente insólito, porque han
lanzado hasta hace unos días seis mil misiles y siguen lanzando más. De modo
que, si suponemos por
los incendios y explosiones tremendas que se aprecian a diario en las imágenes
de la televisión
que los misiles son de alta potencia, entonces, o bien Saddam Hussein tenía
cinco o seis mil palacios en Bagdad, más o menos uno por misil, es decir, que
estamos en tiempos de Las Mil y una Noches, en una Bagdad abasida llena de
palacios, y todavía quedan unos cuantos más por derribar, o bien los palacios son
sólo unos pocos, que es lo que suena más probable, lo que equivale a decir que
los misiles son técnicamente deplorables y que se requieren cientos de ellos
para acertarle a un palacio. O, tercera posibilidad, la real, la original, la
única que no es ridícula: que los misiles, que son de alta potencia, bien
mortíferos, dignos del millón y medio de dólares que vale cada uno, están
dirigidos a destruir la ciudad para causar terror, y que la cifra de muertos,
heridos y mutilados civiles es en verdad monstruosa, la que corresponde a un
terrible genocidio. Las impresionantes imágenes que nos ha hecho ver el canal
qatarí Al Jazeera, de destrozos, de escombros humeantes y sobre todo de
hombres, mujeres y niños bagdadíes muertos, heridos, descuartizados, todos civiles,
no dejan ninguna duda a este respecto.
Ejemplo
impactante de este genocido que cometen fríamente los jerarcas del Pentágono
dirigidos por Bush y Rumsfeld es lo ocurrido en los mercados de Bagdad en días
recientes. En el primer caso, hace ya cinco días, en un mercado situado en una
zona humilde de la ciudad, un par de misiles inteligentes (que seguramente se copiaron en el examen o
que por descuido confundieron el humilde barrio con uno de los palacios de
Saddam Hussein) cayeron sobre unas calles de la zona dejando unos veinte
civiles destrozados, volados literalmente en pedazos. El gobierno irakí
denunció de inmediato el crimen y también lo hizo Al Jazeera. Pero Rumsfeld y
sus generalotes desmintieron el hecho (es claro, ni ellos, que son dioses, ni sus
misiles, que son su obra, pueden equivocarse). Y cuando ya no pudieron negarlo,
ripostaron acusando a Saddam Hussein de haber disparado los misiles con el
simple propósito de asesinar a su propio pueblo para culpar a los libertadores
norteamericanos del horrible crimen.
Nada de que
asombrarse. Hace trece años, en tiempos de Bush I, padre del actual Presidente
fraudulento de los Estados Unidos, en la misma Bagdad, durante la Guerra del
Golfo, uno de esos misiles inteligentes disparados por el Comando militar
yankee fue dirigido una noche contra un abrigo antibombas lleno de civiles, y
al explotar mató cerca de doscientas personas, todas civiles: hombres, mujeres
y niños. Cuando el gobierno irakí denunció el hecho, los estrategas del
Pentágono, infalibles como siempre, viendo que no podían ocultar lo ocurrido,
dijeron con el mayor desparpajo que el verdadero culpable era Saddam Hussein,
porque el abrigo era en realidad un objetivo militar que el criminal gobernante
irakí había llenado de civiles para hacer que murieran y así poder acusar a los
Estados Unidos de su muerte. Al parecer la fijación del hijo con el padre, de
Bush II con Bush I, es tal que no sólo hace la misma guerra y repite los mismos
crímenes sino que al deber responder por ellos se escuda dando las mismas
mentirosas y cínicas respuestas.
Por suerte,
en este caso, Robert Fisk, corresponsal del diario británico The Observer, que
se encuentra en Bagdad reportando la guerra y que fue testigo del bombardeo y
de sus resultados, nos ha dejado un espeluznante relato de lo ocurrido. Y en él
las víctimas no son sólo víctimas anónimas, como es usual en los medios de
comunicación occidentales cuando se trata de árabes o palestinos, o de afganos,
sino seres de carne y hueso, que tienen historia, que tienen nombres y
apellidos. Basándose en el testimonio de las gentes del lugar, Fisk pudo
informarnos a qué seres humanos pertenecían los sesos regados o las manos o
piernas dispersas por calles o por casas. Pero es que no hubo sólo un mercado
sino dos. Hace tres días, el bombardeo diurno sobre Bagdad, entre los
centenares de víctimas que produjo, mató alrededor de cincuenta personas, todas
civiles, en un mercado de una zona residencial. Las imágenes de muertos y
descuartizados fueron aún más impresionantes. En este caso los mentirosos
profesionales del Pentágono, no sabiendo qué hacer, prefirieron dejar correr el
hecho sin decir nada. Ni siquiera admitieron que era otro error. En lugar de mentir, prefirieron callar.
Ahora parece que están chequeando algunos de los tipos de misiles porque éstos
se han desviado varias veces en direcciones imprevistas y
no sólo han caído por
error en Irán y en
Siria, donde volaron un autobús civil de pasajeros, lo que es comprensible
porque son países que están en la lista de próximas invasiones, sino también en
Turquía y hasta en Arabia saudita, cuyos gobiernos son cómplices de la
invasión. Todo esto sin contar los misiles que han tumbado aviones o
helicópteros propios o ingleses mediante eso que de manera eufemística los brillantes
estrategas del Pentágono llaman fuego
amistoso, friendly fire.
De todos
modos, el principio cada vez más desprestigiado es que los misiles inteligentes no se equivocan. Los bombardeos no tienen
fallas, son selectivos y van directo al blanco. El cínico genocida que es
Rumsfeld, experto en dirigir guerras a control remoto, acaba de ratificarlo en
estos días. Ha dicho sin parpadear que el bombardeo de Irak ha sido y es el
bombardeo más selectivo
de la Historia.
De nuevo el cinismo es ilimitado, de nuevo la contradicción es flagrante. Todos
los informes señalan que se han producido hasta ahora miles, probablemente
decenas de miles de muertos irakíes en esta invasión que se hace llamar guerra.
Una buena parte de ese total es atribuible a los bombardeos selectivos de que habla el inefable Secretario de
Defensa yankee. Entonces, de dos una. O bien los bombardeos no han sido
selectivos sino que han matado y destrozado gente, sobre todo civiles, a
diestra y siniestra, por millares. O bien sí han sido selectivos y entonces los
miles de muertos estaban incluidos en la selección, es decir, que el plan claramente consistía
en masacrar en masa a la población civil irakí sin la menor piedad. Lo único
que resulta indiscutible de todo esto es que se trata de un genocidio, que Bush
y Rumsfeld son responsables directos del mismo y que si hubiera justicia en
este planeta ambos deberían ser detenidos y juzgados por crímenes de guerra.
Más
cinismo y más mentiras: la guerra aséptica
Las muestras
del cinismo y de la capacidad de mentir que tienen los promotores yankees de
este genocidio no parecen tener límite alguno. La idea que nos han vendido
desde la pasada Guerra del Golfo idea que va dirigida al único público que
les importa, el estadounidense, pero que también a los demás nos afecta porque
ellos son los dueños de la televisión mundial y por tanto la suya es la misma
que nosotros recibimos
es la de que las guerras que ellos hacen no son tales guerras sino meros juegos
de computadora: limpios, perfectos e impecables como éstos. Y por tanto sin
errores, sin sangre, sin muertos, sin heridos. (Sin muertos y heridos del lado
de ellos, por supuesto, aunque también los hay; y se trata justamente de
ocultarlo. Los otros muertos, los del adversario, se cuentan por miles o
decenas de miles, pero esos no importan. Son muertos del enemigo, de los malos,
de los inferiores. Además la idea del juego de computadora es justamente no
tener que mostrar muertos, no ensuciar la pantalla del televisor con su
sangre.)
Esas guerras
parecen, pues, virtuales y no reales, y pueden ser vistas con toda tranquilidad
por teleespectadores pasivos, acostumbrados a ver películas de guerra o
matanzas urbanas en las que hay mucha más violencia; y que han perdido además
toda capacidad de pensar o discernir, como producto de la manipulación diaria
de que son objeto. Así ingieren junto con el almuerzo o la cena las mentiras
que les venden los noticieros, todos ellos repetidores de CNN, que es a su vez
una estación de repetición del Alto Mando gringo. Esos espectadores manipulados
y descerebrados, sobre todo los estadounidenses, no tienen la menor duda de que
la televisión les informa y les dice la verdad, y sobre todo de que el gobierno
de los Estados Unidos es confiable, bueno y justo, y de que por principio nunca
se equivoca. De hecho, los teleespectadores de estas guerras reales hechas
virtuales, asépticas, limpiadas por la censura oficial de toda violencia,
pueden disfrutar de ellas sin cargos de conciencia, en sus casas, con toda
comodidad, porque ocurren en países lejanos y enemigos, descritos por la
propaganda como peligrosos para su seguridad, y porque comparadas con la
violencia diaria que muestra la televisión, en ellas no se ven muertos ni
heridos, apenas imágenes de gentes y soldados, pero siempre lejos de los
frentes de combate, y sobre todo muchos generalotes gringos con cara de
triunfadores declarando y declarando en ruedas de prensa que siempre parecen
ser la misma.
Al cabo
terminan aburriendo a los televidentes, que tras pocos días de interés
prefieren su dosis diaria de violencia real y que ven esas guerras asépticas
como frías y distantes, sin sangre, sin muertos, sin violencia. Las
televisoras, siempre sensibles al rating, disminuyen la información sobre esa
guerra nada interesante y vuelven a las series llenas de violencia real y a la
mentira publicitaria cotidiana. El terreno queda entonces servido para que los
estrategas del Pentágono puedan hacer lo que quieran, continuar ante la
indiferencia de su público las masacres de pueblos distantes y débiles que la
televisión ha ocultado cuidadosamente, e informar de vez en cuando acerca del avance de una
guerra que parece tener lugar en Marte o en Mercurio y que de todos modos
carecía de interés porque ya estaba ganada desde el primer día.
Es esta
mentira de la guerra
aséptica la que, desde
la reciente invasión de Afganistán, ha venido a desmontar la cadena televisiva
qatarí Al Jazeera, verdadera contrapartida de CNN en alcance de difusión y en
calidad de imagen. Las imágenes de Al Jazeera, que está presente en el terreno
de los hechos, que quiere informar acerca de lo que ocultan CNN y el Alto Mando
gringo junto con sus cómplices ingleses, y que no tiene el menor interés en
censurar la crueldad genocida de esta guerra contra el pueblo irakí, le han
echado a perder otra vez a los generalotes del Pentágono la burda mentira de su
guerra impecable de computadora, de sus misiles inteligentes que no fallan y de
sus bombardeos selectivos y quirúrgicos. La furia de los militares yankees e
ingleses es tal que han intentado sabotearla por diversas vías. Han censurado
sus imágenes para que no lleguen al telespectador estadounidense. Han
obstaculizado el trabajo de sus reporteros en las zonas militares que
controlan. Hackers apoyados por el gobierno estadounidense y que se hacen
llamar cínicamente Freedom
Hackers, esto es, Piratas Electrónicos de la Libertad, han saboteado su página de Internet y la
han cubierto de banderas gringas. La furia ha llegado a tal punto que tropas
inglesas dispararon hace unos días, en las cercanías de Basora, contra los
vehículos y reporteros plenamente identificados de Al Jazeera. Todo esto dentro
de la mejor tradición democrática, como la que caracteriza al gobierno de Bush
y al de su primer mayordomo Tony Blair.
Algunos
hipócritas por lo demás, todos serviles lamebotas de los Estados Unidos, todos
defensores abiertos o solapados del genocidio actual, todos mudos ante la
agresión estadounidense, se permiten en cambio criticar a la cadena qatarí en
nombre de un rechazo de lo que ellos consideran como excesivo amarillismo. Sí,
demasiados muertos, demasiadas imágenes chocantes de cuerpos despedazados, de
niños y mujeres inocentes, muertos o agonizantes. Sí, eso desmonta la idea
tranquilizadora e hipócrita de guerra aséptica, eso molesta, eso hace que la
guerra incomode, que se vea fea, con esa multitud de cuerpos destrozados, de
sesos desparramados, de niños llorando o muertos, de mujeres hechas pedazos.
Como si la guerra fuera otra cosa, como si ocultar esta horrible realidad
criminal no fuera hacerse cómplice de ella, convertirse en defensor de la idea
de los genocidas yankees del Pentágono, que pretenden ocultar las masacres y
los muertos para seguirle vendiendo al mundo y en especial a sus conciudadanos la idea de una guerra limpia y aséptica que
no les genere cargos de conciencia ni les lleve a protestar mientras ellos
bombardean ciudades, masacran civiles y destruyen países enteros que les
estorban en el camino hacia el control de las fuentes de energía mundiales y
hacia el dominio absoluto, imperialista e imperial, de este planeta.
Pilotos
derribados y Convención de Ginebra
Es dentro de
esa óptica que resulta comprensible el furor histérico de Rumsfeld y de Bush
cuando la televisión irakí mostró hace casi una semana ante el mundo a los
primeros prisioneros yankees capturados por las tropas de Saddam Hussein no
lejos de la bombardeada Bagdad. Fue en ese momento cuando empezó a caerse
bruscamente la mentira no sólo de la guerra aséptica, sin víctimas del lado
estadounidense, sino también la del desmoronamiento como un castillo de naipes
del régimen irakí. Todo en uno. Hay que imaginarse en ese momento al par de
desesperados genocidas yankees. Un helicóptero derribado, el primero, y cuatro soldados
presos. Por fortuna los soldados no eran rubios, eran vulgares negros del Sur,
entre ellos una muchacha y un latino, todos ellos estadounidenses de segunda, de
esos que tratan de ganarse en el campo de batalla la condición de ciudadanos
plenos, siempre que sobrevivan a la guerra, de esos cuya captura o muerte les
duele menos a sus jefes blancos. De haberse tratado de buenos chicos rubios la
rabia habría sido mayor, y cualquiera de los dos genocidas habría podido sufrir
un grave infarto. De todos modos la situación era insostenible. Y Bush y
Rumsfeld, expertos manipuladores y fieles a aquello de que la mejor defensa es
el ataque, saltaron furibundos a acusar a Saddam Hussein de crímenes de guerra,
esta vez por haber mostrado prisioneros en forma humillante, en violación de la Convención de Ginebra.
Es cierto que
uno de los artículos de la Convención de Ginebra dice que los prisioneros de
guerra deben ser protegidos de insultos y curiosidad pública. Pero las imágenes
difundidas por la televisión irakí no muestran ningún trato humillante. Los
prisioneros estaban atados pues acababan de ser capturados luego de que las
gentes los persiguieran porque trataron de escapar tras ser derribado su
helicóptero. Es cierto que las gentes no se veían muy amistosas. Pero Ώqué esperaban los estadounidenses? Ώqué les tiraran flores? Ώqué pasaría si en el más que hipotético caso
de un ataque aéreo de Irak a los Estados Unidos, los estadounidenses derribaran
un avión y los habitantes de alguna ciudad capturaran a sus tripulantes? Ώno los lincharían de inmediato, de acuerdo a
la vieja tradición norteamericana? Ώpor qué rasgarse entonces las vestiduras? Ώes que de verdad esperan esos soldados que
masacran a diario a poblaciones civiles desde el aire que éstas los reciban con
flores y canciones? Es claro que el ejército irakí rescató a los soldados
gringos de cualquier peligro de linchamiento. Pero también necesitaba mostrar
al mundo que los invasores no eran invencibles, que podían ser muertos o
capturados, y que no habían sido recibidos como libertadores. Por eso les
preguntaban, en inglés con acento árabe, si se los había recibido con música y
banderas yankees o con plomo. Y entonces el Presidente fraudulento de la Tierra
estalla de indignación y reclama la condena del gobierno irakí por crímenes de
guerra, mientras CNN sigue mostrando impunemente a sus tropas allanando casas y
atando con cuerdas a soldados y a civiles sospechosos prisioneros.
La situación
es grotesca desde todo punto de vista. Los Estados Unidos exigiendo indignados
a los invadidos irakíes que respeten la Convención de Ginebra, un texto que
dice muchas otras cosas, y con el que ellos se han limpiado el trasero a cada
paso, cada vez que les conviene. No hablemos del pasado. No hablemos de
Vietnam, donde los Estados Unidos arrojaron napalm sobre las poblaciones
civiles vietnamitas y donde sus soldados torturaban a prisioneros del Vietcong
y se divertían ensartando por la vagina con sus bayonetas a las mujeres
vietnamitas sospechosas de colaborar con éste. Hablemos del presente, de
Afganistán y de Irak. Los Estados Unidos, que impunemente han exhibido por
televisión, atados y encapuchados, arrastrados por el piso, a talibanes
prisioneros capturados en Afganistán y a los que mantienen secuestrados en
Guantánamo, pero que no son prisioneros de guerra porque siempre juez y parte, siempre por encima de
las leyes que les estorban
ellos de entrada deciden quiénes son prisioneros de guerra y quiénes no. Los
Estados Unidos, que participaron en masacres de prisioneros al estilo nazi en
ese mismo Afganistán y que han sido denunciados como cómplices por la horrible
carnicería que tuvo lugar hace apenas año y medio en Kunduz, en el norte de
Afganistán, promovida por su servidora la Alianza del Norte, carnicería en la que
agentes de la CIA mataron a quemarropa y torcieron el cuello a prisioneros
atados y en la que grupos armados dispararon hasta matarlos contra prisioneros
de guerra que tenían días encerrados en contenedores y que morían de hambre y
de sed. Así pues, los Estados Unidos, que están invadiendo ilegalmente un país,
contra la voluntad del mundo, que están masacrando a su población civil, se
permiten acusar de crímenes de guerra por mostrar unos prisioneros al gobierno
del país invadido y masacrado, que no hace otra cosa que revelar al mundo que
sabe defenderse de la invasión y la masacre.
Pero es que
esta historia repite una anterior con la que de nuevo Baby Bush intenta imitar
a su papá. Quizá no sean muchos los que lo recuerden, pero en la pasada Guerra
del Golfo, los irakíes derribaron varios aviones gringos que bombardeaban
Bagdad. Los pilotos lograron eyectarse y al llegar a tierra, el ejército irakí
los capturó, presentándolos luego ante la televisión, mostrando así al mundo
que estaba en condiciones de derribar aviones y de capturar soldados enemigos.
El indignado viejo Bush saltó de rabia, y ladrando de indignación acusó a
Saddam Hussein de criminal de guerra por haber violado la Convención de Ginebra
al mostrarlos por televisión. Lo usual entonces era mostrar por la televisión
gringa a los exitosos pilotos que regresaban de bombardear las ciudades
irakíes, impecables, sin un solo cabello revuelto, como el Santo cuando
peleaba. Estos pilotos en cambio rompían el molde. No sólo porque estaban
prisioneros sino porque sus uniformes estaban mal abrochados y ellos tenían
algunos moretones en la cara. El ladrido del viejo Bush se oyó en el mundo
entero: ‘los pilotos
habían sido torturados! Actitud que no podía ser más hipócrita y torpe.
Primero, porque ningún gobierno, a menos que esté dirigido por un imbécil (y
Saddan Hussein no lo era ni lo es) puede ser tan tarado como para torturar a un
prisionero y luego mostrarlo ante el mundo torturado, sabiendo que en todo
caso, si es que pretende torturarlo, lo que tiene sentido es hacer exactamente
lo contrario, mostrar primero y torturar después. Y segundo, como quedó en
evidencia luego, porque los aviadores militares saben y el mentiroso de Bush había sido aviador en
la Segunda Guerra Mundial
que cuando un piloto se ejecta de su avión, y más ahora, con aviones más
veloces, el cambio de presión le hace sufrir excoriaciones o moretones
similares a los que tenían en la cara los pilotos gringos presos. Así pues,
tenemos la misma historia repetida. Por favor, Ώno será capaz Bush II de decir algo
original? ΏNo será tiempo
ya de que acuda a un buen psiquiatra que le ayude a vencer ese complejo de
inferioridad y de servil admiración que tiene con su padre?
Terrorismo
y terrorismo
No es posible
seguir desmontando mentiras y manipulaciones. Son demasiadas y cada día
aparecen muchas más. Pero hay una con la que quiero terminar de examinar esta
primera dimensión de la sordidez de que hablaba en un comienzo: la que no podía
faltar, la relativa al terrorismo.
En realidad, es
extraño, pero tardó demasiado en aparecer. Las acusaciones previas, las que han
llenado muchas páginas de la prensa y muchas horas de televisión, no han ido
más allá de las calumnias usuales y desprestigiadas por completo que desde el
Pentágono y la CIA han tratado en vano de relacionar al gobierno irakí con Bin
Laden y con la organización Al Qaeda, calumnias que Colin Powell trató de
resucitar sin el menor éxito en su deplorable y mentiroso informe ante el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a comienzos de este mes; informe
dirigido a hacer aprobar por este organismo una nueva resolución que autorizara
al gobierno de Bush a desencadenar la guerra contra Irak, porque a él, a Bush,
el emperador del planeta, se
le estaba acabando la paciencia.
Los jerarcas
del Pentágono pasaron unos días antes de acusar a Irak de llevar a cabo contra
ellos prácticas terroristas. Seguramente pensaron que no harían falta tales
acusaciones. Total, los irakíes se rendirían en unos días y sería después de
derrotados que podrían aparecer algunas reacciones armadas a las que se pudiera
calificar cómodamente de terroristas. Pero la inteligente estrategia irakí les
echó por tierra sus planes. Al evitar la confrontación directa contra un
ejército técnicamente superior, al preferir armar al pueblo y mezclar buena
parte de sus tropas con él para combinar así la guerra convencional con la
guerra popular, suerte de guerra de guerrillas, la estrategia invasora fracasó
en lo inmediato; y poco a poco, sin que los líderes militares gringos se
atrevan a reconocerlo, ha tenido que ser reformulada. Y es entonces, al
producirse por parte de los irakíes la lucha popular, las emboscadas y la
guerra de guerrillas, que los invasores ponen el grito en el cielo y empiezan a
hablar de terrorismo.
Los ejemplos
empiezan a acumularse y deben seguir creciendo en los próximos días porque ya
hay voluntarios originarios de varios países árabes que se dirigen a Irak a
luchar al lado de los irakíes por su país y por su independencia, recreando así
una solidaridad que parecía olvidada y que hace vivir al mundo musulmán tiempos
como los que otrora se han visto de este lado del planeta. Así, hace ya una
semana, Rumsfeld empezó a quejarse de que no era posible conquistar Basora y
hablaba enfurecido de que la toma de la ciudad se había visto entorpecida por la presencia de grupos terroristas que combatían al lado del ejército irakí.
Es decir, que los patriotas que luchan por defender su suelo y su independencia
contra un invasor que quiere robarles el petróleo y convertirlos en
protectorado gringo bajo la administración del jefe de las tropas invasoras, el
tal general Myers, son calificados por el invasor de terroristas, en tanto que
ellos se califican a sí mismos de libertadores; ellos, que están destruyendo el
país, bombardeando sus ciudades, masacrando a su población civil, y
repartiéndose sus puertos y sus pozos petroleros, como ya hicieron en Oum Qsar
con la administración portuaria y en las cercanías de Basora con el control de
los pozos, entregados una y otro a una filial de Halliburton, la empresa de
Dick Cheney, el vicepresidente de los invasores.
El terrorismo
real se ha manifestado hace dos días. Terrorismo plenamente válido, porque no
se ejecuta contra indefensa población civil, como el que están llevando a cabo
a diario los estadounidenses, sino contra soldados invasores que ocupan y
destruyen un país que no es el suyo y sobre el cual no tienen otro derecho que
el repudiable derecho de conquista. En efecto, un oficial del ejército irakí,
vestido de civil, en una operación suicida, se hizo volar en un puesto de
control de los invasores junto con cuatro marines gringos. Bush y Rumsfeld
saltaron otra vez de rabia rasgándose las vestiduras y denunciando el
terrorismo. Pero los dos hipócritas son los mismos que dos días antes de
iniciar la invasión de Irak dijeron ante el mundo por medio de su vocero
oficial Ari Fleisher, que llamaban a los altos oficiales del ejército irakí a
asesinar a Saddam Hussein, porque esta era la última oportunidad que les
quedaba para evitar la invasión de su país. Los dos hipócritas son los mismos
que por boca de los Jefes del Pentágono han reconocido también en estos días
que han infiltrado en Irak agentes de la tenebrosa CIA vestidos de civil para
intentar asesinar a altos oficiales del ejército irakí. Esto es, que una vez
más el terrorismo es condenable cuando se ejerce contra ellos, pero es bueno, y
cambia por supuesto de nombre, cuando son ellos los que lo practican.
II. Las
miserias de la ayuda humanitaria
De todos
modos, la manipulación mediática es componente usual de toda guerra. Se la
denuncia y se lucha contra ella buscando la verdad, pero es difícil que no esté
presente. Así ha sido siempre, aunque el dominio actual de los estadounidenses
sobre los medios de comunicación y la creciente tendencia de Estados Unidos al
autoritarismo militar y al pensamiento único reducen las posibilidades de
hallar información alternativa que pueda servirle de necesario contrapeso a sus
mentiras.
Lo más
sórdido y miserable en estas guerras desiguales y cínicas de hoy no me parece
que sea la manipulación mediática sino la hipócrita política que ha dado desde
hace años en llamarse ayuda
humanitaria, que sirve a
todas las complicidades y miserias, y que ha llegado últimamente al punto de
que las guerras o invasiones genocidas que llevan a cabo las grandes potencias y sobre todo Estados Unidos contra pueblos inermes o débiles, con la
complicidad abierta de esos medios de comunicación dóciles y manipulados, se
califiquen a sí mismas de guerras
humanitarias
o tengan como pretexto, como ocurriera no hace mucho en Somalia, el de llevarle
a un pueblo hambriento ayuda
humanitaria. El progreso
de los países que han recibido esa ayuda humanitaria es notable, por cierto. Basta echar una
mirada a Haití, a Etiopía, a Afganistán o a la propia Somalia.
Lo que se
oculta tras la ayuda humanitaria
Escudados en
esas complicidades, los cobardes y los hipócritas, atrincherados como
burócratas bien pagados en organismos internacionales de diverso signo que forman
parte del poder mundial, jamás han condenado las guerras y las invasiones
genocidas de estos últimos tiempos, dirigidas todas por los Estados Unidos,
guerras e invasiones que provocan o aumentan de inmediato en los países
invadidos el hambre, la enfermedad y la miseria, sino que se limitan a reclamar
que se pongan en marcha de inmediato los planes dirigidos a llevar a esos
pobres países ayuda
humanitaria. Y a menudo
son los gobiernos y los ejércitos de los mismos países poderosos que invaden o
destruyen a esos países pobres que les estorban, los encargados tarea que se asignan ellos mismos de llevarles ayuda humanitaria, de distribuirles las medicinas y alimentos
que sus empresas producen y a las que se ofrecen jugosos contratos por
distribuirlos, sabiendo todos que en la mayoría de los casos los recursos para
pagar esa desinteresada
ayuda provendrán
del subsiguiente saqueo del país sometido o conquistado.
Así,
empezamos ya a ver en el invadido Irak, en la zona cercana a Basora, cómo los
invasores y genocidas ingleses se mostraban hasta hace unos días muy preocupados porque no habían podido tomar el puerto de
Oum Qsar (parece que al fin lo tomaron), para llevarle a los habitantes de
Basora, a la que tienen sitiada, a la que han cortado el agua y la luz, a la
que están matando de hambre y de sed, la impostergable ayuda humanitaria, ayudaque viene por supuesto en barcos ingleses y
que consiste en productos elaborados por empresas inglesas (o estadounidenses).
De todos modos la ayuda grande, la que está por llegar, es la que
proveerán dentro de poco las empresas gringas.
Así también,
hace dos días, apenas empezó a llegar la ayuda, tuvimos ocasión de ver CNN las mostró en forma reiterada dos secuencias de imágenes muy propias de
estos casos.
En la primera
se podía ver a un soldado británico en cuclillas, con casco y botas, armado
hasta los dientes, ofreciendo un caramelo a un pobre y hambriento niño irakí,
mientras desplegaba una sonrisa amistosa tratando de romper el hielo. Todo un
poema. Sí, una bella imagen propagandística, tan falsa como esas secuencias que
tantas veces nos mostraron en aquella serie televisiva llamada Pelotón, en la que los soldados gringos invasores
de Vietnam parecían más bien auténticos miembros de la Cruz Roja vestidos de
soldados, siempre salvando niños de los incendios, rescatando mujeres de los
escombros o ayudando a pobres ancianos a levantarse. Si se dejaba de lado que
no se trataba de una mera serie de ficción sino que los episodios se situaban
en la Guerra de Vietnam, las imágenes parecían tan realistas y convincentes que
los telespectadores podían olvidar fácilmente que esos simpáticos y
humanitarios soldados no estaban ocupándose de víctimas de un terremoto en
California sino de víctimas de una guerra causada por ellos mismos y en la que
estaban invadiendo un país y masacrando a sus habitantes, y de que los
incendios de la jungla no eran meros incendios forestales sino producto de
bombardeos letales con napalm o con agente naranja.
En la otra,
la más terrible, justamente porque era auténtica, porque no era como la del
soldado una hipócrita pose para las cámaras del mundo, se veía a una multitud
de irakíes, habitantes sin duda de Oum Qsar, o quizá refugiados venidos de
Basora, todos pobres, sucios, hambrientos, apiñados, empujándose unos a otros,
todos frente a un camión cargado de cajas pequeñas de alimentos que soldados
ingleses les arrojaban con rapidez, como para salir rápido de la tarea, desde
el interior del mismo; y que los desesperados irakíes se disputaban como perros
hambrientos. Un hermoso espectáculo, verdadero modelo de ayuda humanitaria, de
trato humanitario, auténtico ejemplo del cruel, miserable e hipócrita
pseudo-humanitarismo de esta sucia guerra.
Así pues, los
invasores gringos e ingleses, los militares genocidas, que masacran a un pueblo
heroico como el irakí, que le cortan la luz, el agua y la comida, que lo matan
de hambre, le reparten después su ayuda humanitaria arrojándole unos paquetes de comida, de
comida gringa o inglesa (producida por empresas que quieren cobrarse de este
modo su apoyo a la guerra). Esto es, convierten a ese pueblo digno en una masa
de hambrientos mendigos, lo humillan, le hacen perder su dignidad, y frente a
una cámara de televisión, para que el mundo entero disfrute del vergonzoso
espectáculo, le arrojan comida como a perros. Y esto se hace cínicamente en
nombre de los derechos humanos. Y esto no viola la Convención de Ginebra ni las
Resoluciones de Naciones Unidas sobre esos mismos derechos humanos. Y esto satisface
a un montón de cómplices hipócritas, quitándoles cualquier cargo de conciencia
y permitiéndoles dormir tranquilos.
ΏQuién paga la ayuda humanitaria?
Pero es que
la ayuda no es gratuita: deben pagarla los propios irakíes. El pueblo irakí
deberá pagar por esas cajitas de alimentos y de medicinas que los soldados
invasores le arrojan desde camiones como a perros. Es decir, que las
transnacionales gringas e inglesas que fabrican esos alimentos y esas medicinas
cobrarán sus miserables limosnas a precio de oro. (En varias de esas
transnacionales farmacéuticas, por cierto, tiene acciones Rumsfeld, que no
quiere ser menos que Cheney, y va a sacar también del asunto su tajada.) Y lo
que es aún más miserable y criminal, el pueblo de Irak deberá pagar también por
la reconstrucción de su país destruido por las bombas de los invasores yankees.
Ya dijo Bush hace unos días que en el plan de reconstrucción del país que se
emprenderá inmediatamente después de concluida la guerra, Irak tendrá que pagar
la ayuda alimentaria con su petróleo. Y no sólo eso sino que
tendrá que compartir con los Estados Unidos el pago de los gastos que al
gobierno yankee le ha costado la guerra, la guerra criminal que los Estados
Unidos están haciendo contra ellos para robarles el petróleo. (Esto es, que
ahora, dentro de la doctrina militar e imperialista de Bush II, el que paga las
reparaciones de guerra no es el país invasor sino el invadido. Lo cual no es
nada sorprendente porque, dada la superioridad militar de los Estados Unidos,
el invasor es el que gana; y la ley yankee es la ley del ganador, la ley de la
rapiña.)
Por eso los
invasores tienen previsto montar una administración colonial yankee para
gobernar el territorio irakí, y ya han designado al tal general Myers para
asumirla. Entre sus primeras tareas está la de controlar el petróleo irakí para
aumentar hasta el límite la producción de los pozos a fin de abaratar al máximo
el precio del crudo y acabar de una vez por todas con la OPEP; y por supuesto
está también la de apropiarse del ingreso generado por esa producción petrolera
para imponer a Irak el pago de los costos de la guerra que ellos le hicieron.
Por eso el genocida Bush advirtió a los gobernantes y militares irakíes
inmediatamente antes de comenzar la guerra, es decir, la invasión, que no se
atrevieran como arma defensiva a incendiar los pozos petroleros, porque de
hacerlo serían acusados de crímenes de guerra y juzgados por los Estados Unidos
como tales. El mensaje a los irakíes no podía ser más claro y más directo: Señores irakíes, ese petróleo no es de
ustedes, es nuestro, es estadounidense, y por tanto ustedes los irakíes deben
respetarlo, no pueden tocarlo, ya que sólo a los Estados Unidos corresponde
decidir sobre el mismo. En uno de sus inmejorables artículos, Galeano recordaba
hace unas semanas el sarcástico texto que había visto escrito en una pancarta
que sostenía durante una manifestación contra la guerra realizada en febrero
pasado, en una ciudad estadounidense, un pacifista de esa nacionalidad: Papá Ώpor qué el petróleo nuestro está bajo las
arenas de ellos?
Sabiendo todas estas cosas, viéndolas a diario, viendo como los invasores
anglobritánicos se reparten su país como en los mejores tiempos del
imperialismo y el colonialismo, Ώcómo
no entender que los irakíes luchen a muerte, al lado de Saddam Hussein, o de
quien sea, contra sus libertadores, contra los invasores genocidas e
imperialistas que destruyen sus ciudades, que masacran a su pueblo, y que quieren
imponerles un protectorado para robarles el petróleo?
III. La
alcahuetería y complicidad cobarde de las Naciones Unidas
Pero las
complicidades y la hipocresía están en todas partes. Si en algo han tenido toda
la razón los cinco genocidas que dirigen el gobierno actual de los Estados
Unidos (Bush, Cheney, Rumsfeld, Powell y la señora Rice) ha sido en decir de la
manera más franca y contundente que las Naciones Unidas, y en particular su
Consejo de Seguridad, son un organismo inútil que no asume responsabilidades y
que no sirve para nada.
ΏQué son las Naciones Unidas?
En efecto,
las Naciones Unidas son una institución deplorable, y lo más deplorable y
vergonzoso, hoy como ayer, es su Consejo de Seguridad. Tenemos hoy un mundo
carcomido por la injusticia social, la miseria y la exclusión de las grandes
mayorías, dominado por pequeños grupos de empresas transnacionales y de países
monopolizadores del poder y las riquezas, que manejan a su voluntad el planeta
en beneficio de sus mezquinos intereses. Tenemos hoy un mundo amenazado por una
superpotencia imperialista prepotente, belicista y genocida como son los
Estados Unidos, dispuestos como nunca antes a ejercer su dominio pleno sobre la
Tierra y a controlar sus fuentes de riqueza. Tenemos hoy un mundo en el que los
pobres y los excluidos se niegan a seguir soportando su miseria y su exclusión,
y el en que las interesadas, hipócritas y cómodas acusaciones de terroristas
que puedan hacerles los grupos poderosos responsables de su situación, y los
Estados practicantes contra ellos del terrorismo más feroz, no bastan para
disuadirlos de su disposición a luchar contra ese poder que los aplasta.
Tenemos hoy un mundo en el que a pesar de todo se perfilan nuevas luchas y
nuevas esperanzas, en el que como nunca se tiene necesidad de verdadera
democracia, de participación popular, de justicia social y de un auténtico
orden internacional basado en estos principios, digno, y capaz de hacerse
respetar, por basarse de verdad en el respaldo de las mayorías. En ese mundo de
hoy resultaría más necesario que nunca disponer de una verdadera Organización
de Naciones Unidas, de un organismo democrático que fuese capaz de jugar un
papel esencial en la conquista de la democracia, de la justicia y la paz, del
respeto a la autodeterminación de los pueblos y en la victoria contra la
desigualdad y la pobreza.
Pero lo que
tenemos es un bodrio. Un bodrio temeroso y antidemocrático. Un organismo
deplorable, como tantos organismos internacionales, que sólo sirve para que una
multitud de burócratas cómodos y pusilánimes vivan como reyes complaciendo
siempre a los países más ricos y poderosos, y cuya asamblea anual apenas es
útil para que en forma periódica dirigentes mundiales y jefes de Estado den
discursos que, por muy bien intencionados que sean a veces, lo cierto es que no
sirven nunca para nada, ni nunca permiten cambiar nada. Y ese bodrio tiene a su
cabeza un superbodrio, un llamado Consejo de Seguridad que no es sino una
cúpula en la que se van rotando anualmente varios países comparsas, pero en la
que tienen el control absoluto, como miembros permanentes, los mismos países
que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los únicos que tienen real poder de
imponer su voluntad y que pueden incidir sobre la política planetaria
ejerciendo su elitesco derecho de veto sobre decisiones que, así cuenten con el
apoyo de la absoluta mayoría del mundo, resultan letra muerta sólo porque uno
de esos países de primera categoría se opuso. El veto tendría que desaparecer y
las decisiones mayoritarias de las Naciones Unidas tendrían que ser
obligatorias para todos sus miembros. Para todos, empezando por los Estados
Unidos e Israel, los países que tienen el record absoluto en violación de
resoluciones del organismo mundial.
La ONU actual
es un organismo deplorable. No es más que un apéndice fiel de los Estados
Unidos, que le dan por sede su propio territorio, que la tratan como amo a
siervo, que se sirven de ella cuando quieren y que la dejan de lado en las
escasas ocasiones en que no creen que haga falta utilizarla, o en que no pueden
controlarla plenamente. Como ha ocurrido en esta ocasión, porque su guerra
contra Irak es tan carente de argumentos y de justificación jurídica que hasta
el dócil Consejo de Seguridad de la ONU ha vacilado en apoyarla; y algunos de los
miembros permanentes del organismo, como Francia y Rusia, y hasta China,
amenazaron con usar su derecho de veto para oponerse a la voluntad del gobierno
estadounidense de declararle a Irak la guerra por su cuenta.
Rivalidades
y contradicciones interimperialistas en el caso de Irak
Pero éstas no
son posiciones de principio: son meras contradicciones interimperialistas,
relacionadas con el poder y con el petróleo. Europa tiene relaciones
privilegiadas con el Medio Oriente, relaciones que los Estados Unidos están
decididos a perturbar en su propio beneficio. Los intereses petroleros de
Rusia, de Francia y de Alemania las llevan a mantener relaciones cercanas con
Irak y con Irán, integrantes (junto con Corea del Norte) del eje del mal definido por Bush, y a financiar
inversiones, sobre todo petroleras, en ambos países. El tema del euro,
fortalecido frente al vacilante dólar, y al que han empezado a pasar sus
reservas algunos de esos países del eje del mal, parece tener mucha importancia en el
asunto. El gobierno de Bush ha amenazado claramente a Francia, a Alemania y a
Rusia, diciéndoles que si no participan como apéndices suyos, a la manera
inglesa o española, en su guerra contra Irak, van a quedar fuera del nuevo
reparto petrolero que va a hacerse en ese país, lo que no deja de ser altamente
preocupante para esos países europeos. Esto es lo único que cuenta, lo está en
juego, lo demás son discursos para la galería.
Por el
momento, Estados Unidos, debido a su prepotencia y torpeza, no consiguieron su
objetivo de sumarlos a la guerra, pero Bush y los suyos saben que tienen la
sartén por el mango y que si aplastan al pueblo irakí y pasan a controlar su
petróleo, a los europeos disidentes, lo mismo que a los rusos y a los chinos,
no les quedará otro camino que venir a pedir con humildad su parte, porque el
control de ese petróleo es la auténtica llave del mundo y ellos van por fin a
tenerla. En fin de cuentas, a los Estados Unidos no les preocupa demasiado que
las Naciones Unidas no se plieguen del todo, y durante un corto tiempo, a su
voluntad. Ellos están en capacidad de actuar solos y tienen la decisión de
hacerlo. Lo dijo de manera muy clara Madeleine Albright, Secretaria de Estado
del ex Presidente estadounidense Bill Clinton, hace unos pocos años: Iremos con la ONU cuando sea posible y solos
cuando sea necesario.
Es lo que hicieron hace tres años en el caso de los bombardeos masivos de
Yugoslavia, cuando dejaron por fuera a la ridícula ONU sin que esta protestara
y se sirvieron para sus planes de la OTAN. Y esa vez no fue porque la ONU no
quiso sino porque ellos no quisieron. (En esos bombardeos, por cierto, los
Estados Unidos lanzaron contra el pueblo serbio, como antes habían hecho contra
Irak en la Guerra del Golfo, esa sustancia humanitaria que se llama uranio
empobrecido.) Además, los Estados Unidos saben muy bien que una vez concluida
la guerra, no importa lo destructiva y masacradora que sea, las Naciones Unidas
darán por cerrado el incómodo episodio y se integrarán gustosas bajo su égida
al proceso de reconstrucción del país destruido, todo ello en nombre de los derechos humanos y de la hipócrita ayuda humanitaria. Y esto es exactamente lo que ya está
ocurriendo.
Servilismo
e hipocresía cómplice del Consejo de Seguridad y de su Secretario General
Lo que
acabamos de ver en la reunión ampliada del Consejo de Seguridad el pasado 28 de
este mes, hace apenas tres días, fue un espectáculo triste y deprimente, en el
que se pusieron en evidencia la cobardía, la complicidad y el servilismo de
casi todos los gobiernos presentes. La palma de la cobardía, de la complicidad
y del servilismo rastrero se la llevó, como es usual en esos casos, su
Secretario General, ese pequeño y gris personaje llamado Kofi Annan, pobre
amanuense de los Estados Unidos, que de haber nacido en ese país en tiempos de
la esclavitud se habría sentido realizado llegando a ser un eficiente mayordomo
negro en una casa señorial del Sur, o un atento ayuda de cámara de un rico
plantador sudista; y que todavía está a tiempo de alcanzar la inmortalidad
interpretando el papel de Tío Tom (aunque es un poco enano para el mismo) en
una nueva versión de la famosa novela de Harriett Beecher Stowe.
En efecto,
una vez que los Estados Unidos se lanzaron a la invasión de Irak desconociendo
la autoridad del Consejo de Seguridad y poniéndose al margen del derecho y la
legalidad internacionales, las Naciones Unidas, esto es, en este caso, el
Consejo de Seguridad y su Secretario General, se desentendieron por completo
del asunto, guardaron silencio, y no dijeron más esta boca es mía. El mundo no pudo entender otra cosa en ese
silencio sepulcral que complicidad, que cobardía. De haber sido cualquier otro
país, el Consejo de Seguridad lo habría declarado fuera de la ley y habría
aprobado en forma unánime o mayoritaria una condena, incluso con implicaciones
militares y envío de cascos azules. Pero, justamente, los Estados Unidos no son
cualquier otro país. Los Estados Unidos son los Estados Unidos, los dueños del
mundo, los que someten a los otros países por las buenas o por las malas, con
balas o con billetes, el único país (junto con su protegido Israel) que puede
ponerse al margen de las Naciones Unidas sin que le pase nada. Para eso son la
única superpotencia militar, para eso dominan al organismo mundial, para eso
compran, asustan o chantajean a todos los demás, para eso tienen allí como
mayordomo o ayuda de cámara al Secretario General, al que ellos mismos
impusieron hace siete años en el cargo, en contra de la voluntad colectiva, que
favorecía entonces en forma unánime a un hombre con dignidad y criterio propio
y al que por eso ellos rechazaban, al egipcio Boutros Boutros Gali.
Preocupada
por ese silencio y por las destrucciones causadas por la invasión, temerosa de
las protestas de sus pueblos, la Liga Arabe, que acababa de aprobar una condena
prácticamente unánime de la guerra, solicitó una reunión urgente del Consejo de
Seguridad de la ONU para pedirle a ésta que aprobara la suspensión inmediata de
la acción militar por parte de los Estados Unidos. El mayordomo accedió a
convocar la reunión. Pero modificó el objetivo de la misma. Esta fue convocada
entonces, no para pedir la suspensión del conflicto sino para mostrar la preocupación del organismo porque
se había suspendido desde su inicio el programa Petróleo por Alimentos y porque no estaba llegando a Irak la
necesaria ayuda
humanitaria. La
intervención inicial de Annan daba vergόenza ajena. Se lo veía más pequeño y
gris que nunca, hipócrita, indiferente a las miserias del pueblo irakí,
burócrata pusilánime, temeroso de lo que pudiera molestar a su amo
estadounidense, pendiente sólo de cuidar su cargo, su buena vida, sus mezquinas
prerrogativas. La respuesta del representante irakí lo puso en su sitio, los
puso en su sitio a todos, a los hipócritas, a los cobardes, a los serviles.
Estuvo solo, con un sobrio apoyo del delegado sirio. Pero mostró que puede
haber dignidad y valor en organismos como esos y que por mayoritarios que sean
los cómplices, los hipócritas y los cobardes en estos reducidos cenáculos, lo
cierto es que su soledad y su pequeñez, ante un mundo que masivamente los
rechaza, resultan inmensas, infinitas.
De todos
modos se aprobó reanudar el programa Petróleo por Alimentos, y poner en marcha, bajo la supervisión de
la ONU, el envío de ayuda
humanitaria. El
representante irakí expresó que era absurdo hablar de ayuda humanitaria sin
decir antes que la crisis humanitaria de Irak era producto de la invasión y de
la guerra. Y acusó en forma diplomática a Kofi Annan de que al omitir decirlo,
estaba poniendo la carreta delante de los bueyes. Debió más bien decirle que
estaba poniendo sólo la carreta y escondiendo los bueyes. O que el único buey
presente, el buey de los estadounidenses, era él, Kofi Annan. Nadie le hizo
caso. Recordaba al pobre Haile Selassié en 1937 pidiendo justicia contra la
invasión de su país por la Italia imperialista, en la antigua Sociedad de
Naciones. Y las Naciones Unidas de hoy en nada se distinguieron hace tras días
de esa cómplice y cobarde Sociedad de Naciones.
En la resolución
no se dice ni una sola palabra sobre la invasión, sobre la guerra, sobre el
genocidio causado por Estados Unidos en Irak. No, la catástrofe irakí no es
producto del bloqueo ni de la guerra, ni de la destrucción provocada por los
invasores gringos e ingleses. No, de acuerdo a la Resolución del Consejo
General sólo cabe pensar que se trata de un drama natural y que el hambre del
pueblo de Irak es producto de una larga sequía, de una gran inundación, de un
fuerte terremoto. El programa Petróleo
por Alimentos
se reanuda sin consultar al gobierno de Irak y usando para ello sus recursos.
El gobierno irakí ha rechazado la decisión y ha acusado al Consejo de Seguridad
de financiar el programa con recursos robados a su país. De nada vale tampoco
su protesta. La decisión está tomada. ΏQuién se cree Irak para protestar o
desobedecer? Ώse
cree acaso Estados Unidos o Israel? El programa entra en ejecución, la ayuda
empieza a salir en dirección del país, el cargo de mayordomo de los Estados
Unidos en la ONU seguirá en poder del indigno Kofi Annan, y la conciencia de
todos los hipócritas del mundo puede estar tranquila. Esa es la ONU. La ONU que
tenemos y que tenemos que cambiar. Ahora, a esperar que los Estados Unidos
ganen pronto la guerra, para empezar a colaborar con ellos en la reconstrucción
del país. Ahora, a gritar todos, tomados de la mano: ‘Viva la complicidad!, ‘Viva la hipocresía!, ‘Viva la miseria humana! ‘Viva la ayuda humanitaria!
Pero no. La
guerra no va a ser fácil, no es nada fácil. No hay castillo de naipes, hay
guerra popular. Los invasores se ven empantanados, desesperados, y la
resistencia irakí no cede. Parecería que deben ganar, dada su superioridad
militar, pero la cosa va a costarles. Hay un pueblo que lucha por su independencia
y que enfrenta con coraje a un invasor. Su líder no es precisamente un
demócrata, pero es el líder que tienen. Y está luchando. La guerra va a durar,
la situación se complica día a día, el Medio Oriente todo comienza a
estremecerse al calor de las protestas populares. Hoy como nunca la lucha por
la información es clave, como lo es la presión de los pueblos en la calle
protestando para tratar de lograr posiciones más firmes de sus gobiernos y para
tratar de arrancar al pusilánime Consejo de Seguridad de Naciones Unidas una
condena firme del genocidio que llevan a cabo los Estados Unidos contra Irak, o
al menos una inmediata suspensión de la invasión y de los bombardeos.
* AMASU, Caracas,
31 de marzo de 2003. Escritor, profesor universitario.
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