Cuestiones
de América
Universalidad de la lucha zapatista
Ana Esther Ceceña *
Se abre la noche como un gran libro ilegible sobre la selva. Los
hombres muertos caminan esparcidos en
los hombres vivos, los hombres vivos sueñan apoyando las Sienes en
los hombres
muertos
y el sueño contamina de piedra a sus imágenes.
Se abre la noche sobre ustedes, cabezas de piedra que duermen
como una advertencia.
Se detiene la
luna sobre el pantano, gimen los monos.
José Carlos
Becerra de “La Venta”
El levantamiento
armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1º de enero de
1994, independientemente del desenvoIvimiento que pueda tener a futuro cambió
la concepción de los movimientos revolucionarios con que habíamos convivido por
más de cien años. América Latina ciertamente ha cobijado en su seno varios de
estos movimientos durante el siglo XX. Las luchas revolucionarias y
guerrilleras forman parte del acervo político y cultural latioamericano y, sin
duda, contribuyeron a diseñar las rutas, posibilidades y límites de Ia
expresión social. Sin embargo, la manera como se desarrollaron esas luchas y su
carácter frontal o, en alguna medida, excluyente y poco versatil, corresponde
al momento o modalidad de la organización capitalista.
Las características
y alcances de las fuerzas productivas, entre las cuales el trabajo sigue siendo
el elemento creativo, marcan objetivamente el escenario y las condiciones de la
lucha, expresión y reivindicaciones sociales. Es a partir del proceso de
trabajo y de la organización general del proceso de acumulación de capital que
se define el ámbito, versatilidad y posibilidades del movimiento social y, por
tanto, es en esta línea donde debe ser explicado el carácter ciudadano que
adoptan los movimientos reivindicativos o emancipatorios contemporáneos.
La hipótesis que
sometemos aquí a una primera exploración propone que la evaluación del
movimiento zapatista de este fin de siglo y su capacidad inédita de interpelar,
promover e involucrar al movimiento civil ciudadano dentro de un mismo proyecto
emancipatorio debe tener como referencia las profundas modificaciones
tecnológicas y organizativas que el capitalismo introduce.
Desde esta
perspectiva, la aplicación de la electro-informática en el proceso de
reproducción material de la sociedad como núcleo tecnológico básico, forma
parte de las condiciones objetivas que han permitido la confluencia de grupos
sociales sumamente diversos, cuyo rasgo común parece ser su carácter ciudadano.
1. Nuevas
definiciones en el proceso de reproducción capitalista
El proceso de
reproducción capitalista, como es sabido, se sustenta en la posibilidad de
apropiación continua de la naturaleza y de la capacidad de trabajo del hombre
mediante la objetivación de habilidades, conocimientos y saberes. En la medida
en que se desarrolla la objetivación, las fuerzas productivas técnicas, más
posibilidades hay de conocer y transformar la naturaleza y más amplio y
profundo es el ámbito de la apropiación. Los enormes avances tecnológicos
permiten en la actualidad penetrar en campos antes inexpugnables y crear,
revalorar o descubrir nuevos espacios de valorización y de desarrollo de las
fuerzas productivas como pueden ser los que se despliegan con la nueva
capacidad para inmiscuirse en el universo genético de la biodiversidad. Estas
nuevas rutas y los nuevos modos de transitarlas requieren adecuaciones sociales
muy profundas que implican desde modificaciones en la calidad de la
reproducción humana hasta el condicionamiento de los modos de procesamiento
mental que se está impulsando a través de la computarización generalizada,
pasando por ajustes cuantitativos y cualitativos del mercado de trabajo o del
ejército internacional de reserva.
a. Esferas de la
apropiación capitalista
Las últimas décadas
han estado caracterizadas por una profunda transformación tecnológica y social
propiciada por la introducción de la electroinformática1 en todos los campos de
la producción y organización capitalistas. Los procesos de producción han
podido desmembrarse, diversificarse y actuar con la flexibilidad de los
pequeños, manteniendo las ventajas de los grandes. La tecnología
electroinformática permite el enlace armónico de procesos parcelados, la
articulación de producción y mercado mediante el control puntual de
inventarios, la circulación del capital a través de símbolos informáticos, el
desplazamiento de procesos de fabricación con una simple transmisión de datos
y, en resumen, la ampliación del control capitalista sobre los procesos de
producción y reproducción, así como de la riqueza generada.
De hecho, la
electroinformática constituye una propuesta tecnológica de espectro amplio,
susceptible de ser aplicada a actividades tan diversas como un complicado
procesamiento matemático, el diseño de un vehículo espacial, el control de
inventarios en una tienda o las transacciones financieras en un banco. Ha
logrado establecer circuitos de información mundiales que agilizan los
movimientos de capital, reducen los tiempos de circulación y abren la
posibilidad de enfrentar a la clase obrera sobre nuevas bases, correspondiendo
a un proceso de produccíon que se apropia esferas antes externas y complejiza
con ello el mundo de la producción. Actividades de diseño, administración,
gestión de inventarios y mercados, etcetera, han sido substituidas en el
proceso directo de producción.
Esta
diversificación produce a su vez un movimiento correspondiente en el perfll de
la clase obrera.
b. Diversificación
del proletariado y ejército internacional de reserva
Del lado de la
clase obrera ocurren dos tipos de movimientos como resultado de este nuevo modo
de organizar la producción:
1. La
internacionalizacion del capital que ha logrado un significativo salto en la
articulación mundial de todos los espacios, propicia un comopolitismo o una
conciencia de la ubicación particular en referencia al imaginario colectivo que
ahora es mundial. La homogeneización técnica de la producción que permite
fabricar una mercancía a partir de diversos procesos salpicados en todos los
rincones del mundo, permite también la inserción de la fuerza de trabajo de
manera más libre concediendole mayor movilidad. Esto consolida la constitución
de ejércitos proletarios regionales y fortalece las bases del ejército
proletario mundial cuya mejor expresión se concentra en el territorio
estadounidense. Sin embargo, aunque la implantación de un patrón tecnológico
común y la tendencia a la homogeneización de los patrones de consumo contribuye
a incrementar la versatilidad de la fuerza de trabajo o, dicho de otro modo, su
sustituibilidad, la internacionalización del capital tiene como uno de sus
móviles fundamentales el aprovechamiento de las disparidades históricas y
culturales que ofrecen variedad en costumbres, destrezas y salarios, por
mencionar sólo algunos de los elementos más importantes.
Contradictoriamente,
el capital que promueve la homogeneización se sirve de la heterogeneidad. Las
discrepancias entre grupos culturales distintos dentro de la clase obrera
permiten además de tener uin obrero colectivo mucho más diverso y hábil,
mantener la atomización y competencia que abarata y desmoviliza a la fuerza de
trabajo. En resumen, la implantación planetaria de un mismo patrón tecnológico
y la articulación mundial del proceso de acumulación crea las bases materiales
para construir un trabajador colectivo más versátil, movible y cosmopolita,
pero las necesidades de la valorización y la propia resistencia mostrada por el
sujeto proletario fortalecen las identidades culturales diversas.
2. Cuando se dice
clase obrera, sin embargo, es necesario hacer una diferenciación con su apelación
tradicional. La clase obrera ha tendido a complejizarse tanto como las
condiciones materiales de la producción, al punto que ahora abarca sectores
cuya apariencia más bien llamaría a diferenciarlos. Mediante la computarización
ha empezado el proceso de apropiación ya no de los tiempos y movimientos
físicos del trabajador si no de los modos de procesamiento mental, mediante su
simplificación en rutas y opciones predeterminadas. El trabajador intelectual
que se encuentra inserto en este proceso conforma una capa de la sociedad que
difícilmente comparte dinámicas de vida con los tradicionales operarios
fabriles. La enorme diversificación de tareas y la articulación de muy diversos
niveles de subsunción produce una clase obrera (propietarios sólo de su fuerza
de trabajo) cuya principal característica ya no es el overol y la grasa en las
manos. El colectivo de trabajadores sometidos al dictamen del capital en esta
nueva fase de su desarrollo es tan diverso casi como la propia sociedad, en la
medida que muchas actividades anteriormente externas o colaterales al proceso
de producción han logrado ser incorporadas en el mismo.
2. Nuevas
definiciones en el proceso de emancipación social
La emergencia de
nuevas formas de expresión social forma parte de la construcción del sujeto
proletario moderno y guarda una estrecha relación con su propia diversidad
interna. Los canales tradicionales de expresión social de la clase no sólo
fueron ampliamente derrotados con la reestructuración capitalista sino que
ahora se muestran insuficientes e incapaces de dar cuerpo a la complejidad
estructural existente, mucho menos a la cultural. La rigidez de las
organizaciones obreras tradicionaIes y la derrota de las luchas operarias
provocaron su vaciamiento y la proliferación de instancias de manifestación
alternativas, aunque ciertamente informes. En la medida en que avanza la
concentración del capital y el dominio sobre espacios no capitalistas, lo hace
también la desposesión o exclusión de amplias capas sociales de las decisiones del
poder que, por ello se ven compelidas a reclamar por diferentes vías sus
derechos ciudadanos. Aquello que ha sido conceptuado por muchos como los nuevos
sujetos sociales en realidad es expresión de la nueva versatilidad del sujeto
que comparte con el anterior, mucho mas preciso y tangible, su desposeimiento
de capacidad decisoria social y la necesidad de convertirse en real sujeto de
la historia para lograr su emancipación.
Efectívamente, en
los últimos años observamos un desplazamiento de las bases de organización
social desde la esfera de la producción hacia la de la reproducción y por tanto
reivindicaciones de ciudadanía, de pertenencia a la nación y de igualdad de
derechos más que propiamente de clase. Por un lado esto parece responder a la
extensión del proceso productivo hasta el domicilio y por otro a la enorme
socialización/exclusíon sobre la cual se sustenta. O bien habría que plantear
que la fábrica se amplió y se tornó difusa, o bien que la dominacion salió de
la fábrica y ocupó las calles penetrando y buscando determinar modos y
contenidos del consumo, la recreación y, en términos generales, la reproducción
de la fuerza de trabajo, que se extiende hacia todos los ámbitos de la vida
social.
Esta ampliación
difusa de la esfera de valorización y dominación capitalista, que penetra de
manera muy significativa la vida privada, provoca un desplazamiento de los
espacios de la insubordinación2: es necesario rebelarse contra las formas y
contenidos del entretenimiento tanto como contra la alimentación transformada
en relleno energético o fast food o contra el contenido desposeedor del trabajo
que mata la creatividad y desgasta excesivamente el cuerpo. Entre todos estos
espacios, los relacionados con la reproducción y vida cotidiana son los más
evidentes o inmediatos. Por estas razones las movilizaciones sociales han
tomado como espacio la colonia, el género, la profesión y las identidades
grupales en torno a patrones de consumo3 similares.
El conflicto entre
las clases sobre todo en su versión fabril, parece mucho más restringido a un
grupo determinado de la población y no resulta tan obvia su conexión con el
resto, cuestión que ha llevado a pIantear la obsolescencia de la lucha de
clases para el mundo contemporáneo, sin un previo análisis de las nuevas condiciones
y esferas de la valorización del capital y, por consiguiente, de la explotación
capitalista.
3. La irrupción
ciudadana en México
La experiencia de
la colonia en México (y en todo el tercer mundo) creó una conciencia de
subordinación que no pudo ser erradicada con el movimiento de lndependencia. La
constitución de la nación mexicana realmente fue asumida sólo por la clase
política o la clase dominante criolla y el resto de la población, en diferentes
grados, se mantuvo subordinada a la ahora nueva estructura del poder. El
racismo, cuidadosamente construido durante la época colonial, se mantuvo como
mecanismo de ordenamiento social e impidió a la mayoría de la población
convertirse en ciudadana. La nación pertenecía a la clase dominante.
Con variantes, esta
conciencia se mantiene hasta 1968, aunque mermada por la Revolución de 1910 y
por la expropiación petrolera en 1938. El movimiento estudiantil del 68 es el
primer movimiento realmente ciudadano en México, que reclama participación en
el proyecto nacional y propone, aunque a veces implícitamente, alternativas de
organización social y capacidad de autogestión. Por primera vez en la historia
de este país la sociedad exige su espacio propio, sin intromisión del gobierno,
para gestionarse a sí misma.
Este movimiento
tendió a diluirse después de la masacre del 2 de octubre. Su sentido estaba
planteado mucho más en una rebeldía social que en los objetivos explícitos
marcados en su pliego petitorio y, por lo mismo, no tenía condiciones de
mantenerse como movimiento organizado sino más bien como una actitud de
reconquista del espacio social. El 68, no hay que olvidar, indica el comienzo
del periodo de reestructuración capitalista que fue madurando a lo largo de los
últimos veinticinco años. Con él maduró también esa nueva conciencia de la
sociedad sobre sí misma que se empezó a manifestar en plenitud desde el 1 de
enero de 1994.
4. Ciudadanía
social y Tratado de Libre Comercio
De acuerdo con
todas las normas de comportamiento social establecidas hasta ahora, un levantamiento
armado era la confesión de la sociedad, o de una parte de ella, de su
imposibilidad de ejercer sus derechos sociales. América Latina, inserta en la
economía mundial como uno de sus polos, enfrenta históricamente sus
contradicciones de la manera más aguda y violenta. La depauperización de
América Latina no es relativa sino absoluta, es el límite de la expIotación
humana y en épocas de crisis o reajuste de la economía mundial, se convierte en
el espacio de saneamiento o recorte del ejército internacional de reserva,
igual como el tercer mundo en general. La miseria latinoamericana forma parte
de la riqueza del mundo desarrollado, particularmente de la de Estados Unidos.
En la sociedad capitalista, polarizada y contradictoria por propia naturaleza,
no es concebible riqueza sin miseria, son correlativas.
La articulación tan
estrecha de la región latina de América con la anglosajona es justamente la
base fundamental sobre la cual se procesa la modernización del capital y la
hegemonía de Estados Unidos. La inflexibilidad política y autoritarismo social
que requiere el mantenimiento de regímenes de miseria funcional ha impedido a
las sociedades latinoamericanas ciudadanizarse. Es decir, igual que en el
terreno económico la modernidad se presenta de manera contradictoria
concentrando riqueza y miseria en los dos polos opuestos, en el terreno social
y político a la amplia ciudadanización de las naciones desarrolladas
corresponde en el tercer mundo la limitación u obstaculización de este proceso.
Esta extrema
polarización y la estrechez del ámbito de participación ciudadana ha hecho de
América Latina terreno propicio para las luchas radicales y los Ievantamientos
armados. A Io largo de la fase conocida como fordista, casi todos los paises de
América Latina se vieron envueltos en algún movimiento de este tipo,
generalmente bajo la modalidad guerrillera, o en su contrario, la dictadura
militar4. Estos movimientos surgían siempre de la imposibilidad ciudadana de
las sociedades que los cobijaban, de la exagerada tensión social y de la
peligrosa cercanía de los salarios con los límites biológicos de la
reproducción humana o, en ocasiones, de su rebasamiento. Muchas veces heróicos
pero poco exitosos, estos movimientos eran expresión de una sociedad
profundamente antagónica, que no admitía complejidades ni mediaciones y que,
consecuentemente, propiciaba enfrentamientos frontales.
Sin discutir aquí
su pertinencia histórica, sólo dejamos asentado que la mayoría de esos
movimientos fueron derrotados para dar paso a a la reestructuración general
capitalista una vez que el fordismo mostró signos de agotamiento. La lucha
guerrillera en México terminó antes de 1980 y nunca logró tender puentes con
organizaciones obreras o populares de lucha civil, de manera que no planteó cauces
alternativos. Las dos últimas décadas se caracterizaron más bien por una
desactivación de las luchas populares y por un fuerte embate sobre el sector
operario mediante despidos masivos y sistemáticos de los trabajadores
establecidos y la conversión paulatina del resto en eventuales. La economía se
informalizó al tiempo que la clase obrera era pulverizada y sometida a una
ardua batalla por la supervivencia.
En estas
circunstancias las reivindicaciones de clase empezaron a convertirse poco a
poco en reivindicaciones civiles de diferentes tipos. Las movilizaciones
obreras topaban permanentemente con el desconocimiento de las huelgas o con
topes salariales impuestos nacionalmente que, para rebasarse, implicaban una
articulación general del sector operario, cosa que, en un contexto de
neoliberalismo atomizador, era impensable. La reestructuración capitalista en
curso ponía a este sector en una situación de indefensión en la que cualquier
protesta podía ser resuelta mediante despidos o cierre de plantas y con ello el
establecimiento de las condiciones laborales quedaba del lado del capital.
El Tratado de Libre
Comercio de América del Norte, por las condiciones en que fue negociado y por
sus implicaciones de pérdida de soberanía sobre los recursos nacionales fue el
primer elemento detonador. Las negociaciones se llevaron a cabo a puertas
completamente cerradas donde sólo algunos funcionarios del gobierno y un
selecto grupo de empresarios pudieron participar. Se puso en juego el destino
de la nación en contra de la gran mayoría de la población. Los intelectuales y
estudisos de la realidad nacional e internacional no solamente no fueron
consultados sino que sus opiniones fueron despreciadas; un amplio sector de
empresarios pequeños y medianos, ya bastante golpeado por la crisis, perdió con
el tratado las pocas posibilidades que le quedaban de permanencia; el pueblo,
por supuesto, en vez de vislumbrar un mejoramiento de sus precarias condiciones
de vida, quedó expuesto a un reajuste más profundo de la planta productiva;
pero el campo, donde se inscribe la mayor parte de la población de nuestros
países y lugar de refugio del desempleo y la sobreexplotación urbanos, fue
castigado con la privatización a ultranza, propiciando el despojo de tierras,
la desorganización de las unidades productivas y comunitarias y la pérdida del
último recurso de la supervivencia para una buena parte de esos 40 millones de
pobres que la ONU ha identificado.
Después de la
derrota de los movimientos radicales, al terminar la década de los ochenta, el
descontento social organizado se canalizaba en gran medida a través de la lucha
partidaria. Esto marcó el inicio de un proceso de construcción de una cierta
ciudadanía política en el país que ha ido avanzando y abriendo terreno, pero
que se ha concentrado en las reivindicaciones de carácter político electoral y
con ello ha restringido sus perspectivas.
Sin desprenderse
completamente de los partidos, sin embargo las reivindicaciones sociales
caminaron por otra ruta. El TLC dio cohesión y carácter nacional ya que las
primeras luchas emanadas de la parálisis neoliberal se organizaron en torno a
su rechazo. Si bien los abiertos conflictos de clase habían perdido espacio de
expresión, la soberanía amenazada les ofrece un nuevo escenario en el que
reaparecen con otro ropaje: los ciudadanos en defensa de los valores patrios y
de los recursos estratégicos de la nación.
Así, aunque
respuesta a un fenómeno de incremento de la proletarización y, por tanto, con
profundas raíces clasistas, las movilizaciones sociales en la última década
aparacen bajo la campana del nacionalismo y como respuesta directa a las nuevas
condiciones de la integración capitalista mundial. Este desplazamiento de miras
exige, antes que nada, la reivindicación de la ciudadanía como base para participar
en el diseño y las decisiones del proyecto de nación, no como espacio exclusivo
de las instituciones políticas reconocidas sino como asunto colectivo de la
competencia de la sociedad en su conjunto y no sólo de sus representantes
convencionales.
5. Ciudadanía
social y movimiento armado
Hasta el 1º de
enero de 1994, los movimientos armados latinoamericanos se levantaban contra el
imperialismo, por una sociedad sin clases, por el socialismo, pero nunca se
proponían explícitamente luchar por la patria. La patria se fue convirtiendo en
un concepto hueco, desprovisto de contenido o sólo con el que le otorgaban los
discursos oficiales. La modernidad que llegaba a nuestras tierras con el
neoliberalismo y el Tratado de Libre Comercio tornaba igualmente obsoletos los
conceptos de soberanía, identidad nacional y nación.
El Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) plantea en su primer comunicado, la
Primera Declaración de la Selva Lacandona, “... somos los herederos de los
verdaderos forjadores de nuestra nacionalidad...” y, entre las primeras ordenes
a las fuerzas militares del EZLN está “suspender el saqueo de nuestras riquezas
nacionales en los lugares controlados por el EZLN”. Desde su nombre, queda en
evidencia que se trata de un ejército de ciudadanos levantado en armas contra
los vendepatrias y que se propone la recuperación de la nación.
Los objetivos
centrales de este movimiento logran conjugar armónicamente las problemáticas
local y global de la acumulación capitalista. Se levantan en contra del Tratado
de Libre Comercio, contra la dictadura del partido de estado, contra el racismo
y el régimen caciquil, es decir, sus demandas responden a la globalización
salvaje que asola la población y recursos naturales de América Latina, a la
entrega de la soberanía por parte de oligarquías semiparásitas y a a la
recuperación y validación social de una identidad nacional (ciudadana?) capaz
de interpelar y movilizar a gran parte de la sociedad civil.
Si ya este
compromiso que inicia con la nación o la patria permite diferenciar al EZLN de
todos los movimientos armados anteriores, y también de la mayoría de las
organizaciones civiles de izquierda, el carácter abierto que proviene de su
conformación mayoritariamente indígena y campesina lo libera de la exclusión sectaria
y dogmática que menospreciaba a todo aquel que no pudiera demostrar su
pertenencia al proletariado, en el sentido más estricto e inmediato del
término. No ser obrero y no renunciar a la patria en aras de lo que se entendía
entonces por el internacionalismo proletario eran dos cartas de exclusión que
impidieron la confluencia de las distintas fuerzas sociales durante algún
tiempo.
Sobre todo a partir
del momento en que se crean las condiciones tecnológicas que permiten un más
amplio y profundo control del proceso general de valorización, las naciones se
han convertido en espacios de resistencia e insubordinación, así como la
cultura e identidades históricas. Los espacios de la clase dominante son el
estado y el mercado, los de la clase dominada son la nación y la patria, tal
como aparecen en el discurso zapatista.
Combinado con lo
anterior, otro hecho que desde el primer momento sorprendió y promovió la
participación de la sociedad fue que este movimiento es armado para no tener
nunca más la necesidad de serlo, como sus voceros señalaron ante la Convención
Nacional Democrática: “Luchen y derrótennos. Nunca será tan dulce la derrota
como si el tránsito pacífico de la democracia, la dignidad y la justicia
resulta vencedor”5.
Organización armada
que no se propone la toma del poder sino la conquista de un espacio colectivo
de autogestión y democracia, que, quizá por la larga y triste historia de
discriminación racial a la que han estado sometidos sus integrantes, parte del
reconocimiento de la diferencia y de la diversidad. No del caos, sino de la
diferencia dentro de una totalidad articulada pero contradictoria. Tolerancia y
democracia real, dos aspectos que no parecían poder conciliarse con la
disciplina ¿militar? que supone un grupo armado.
Desde el primer
momento, cuando la sociedad azorada contemplaba la emergencia de su voz más
profunda portando las armas, pero antes que ellas portando una esperanza para
todos los deshauciados del subdesarrollo y el neoliberalismo, los zapatistas se
presentaros apenas como uno más de los caminos posibles hacia el ejercicio real
de la democracia. Asumiendo la dispersión o pulverización contemporáneas,
producto, como decíamos de la complejización alcanzada por los procesos de
producción y por la atomización propia del neoliberalismo, interpelando a cada
uno de los sectores o grupos sociales en que se expresa un proceso de
valorización profuso, los zapatistas surgen como un proyecto nacional pero
llamando al involucramiento de otras fuerzas que ellos no están en condiciones
de representar. La nuestra es una de tantas formas de lucha –dirán-, nosotros
representamos solamente una parte de la inbordinación pero es necesario que
toda la sociedad, con sus propios medios, en sus propios frentes y espacios,
con sus propias reivindicaciones, emprenda la lucha contra el mal gobierno, por
la defensa de la legalidad y de la Constitución, por democracia, libertad y
justica: “No nos dejen solos”.
Esta voz profunda
que supo expresar el sentir general fue capaz también de respetar y entender la
diversidad, pero, sobre todo, desarrolló la posibilidad de ejercer la
democracia directa frente a la crisis de la representatividad. Los zapatistas,
al tener que organizarse y luchar por los derechos elementales ponen en
evidencia la inoperatividad o insuficiencia del sistema representativo. Al
hablar desde y por ellos mismos, al proponer un diálogo con los sin rostro,
reconocen a la sociedad civil –y no a sus supuestos representantes- su propio
espacio de expresión y contribuyen así a enfrentar la ilegitimidad de las
formas de representación social y política al tiempo que moviliza amplios
contingentes de población que hasta ese momento no había encontrado cauce para
su rebeldía o que no pensaba que sus problemas particulares pudieran confluir en
una rebeldía común.
Los objetivos de la
lucha zapatista combinan los más altos anhelos democráticos, compartidos por
buena parte de la población del mundo, con una serie de demandas
incuestionables de carácter social referidas a los derechos más elementales
como vivienda, educación, salud y alimentación6, de lo que nadie puede
prescindir y con lo que nadie puede estar en desacuerdo. El incremento en los
índices de pobreza durante los últimos veinte años ha puesto a la población
ante el peligro de perder o de nunca alcanzar estos derechos fundamentales y
justifica plenamente, ante la sociedad, el levantamiento armado. Gran número de
pronunciamientos de apoyo, solidaridad o adherencia al movimiento zapatista
provenientes de muy diversos sectores señalan que quizá no comparten los
métodos, concretamente el camino de las armas7, pero sí indudablemente las
causas y las demandas.
6. Algunas
conclusiones
La movilización
social desatada a partir del levantamiento zapatista ha sido inusitada por su
envergadura pero también por la extraña confluencia de actores y formas de
manifestación que hasta hace poco se consideraban imposibles de reunir. Reviste
una gran relevancia la investigación sobre las razones de esta confluencia para
poder evaluar su permanencia, su solidez, y sus perspectivas. Si esta
confluencia responde fundamentalmente a una problemática en el terreno de lo
político, sería de preverse una actividad febril pero relativamente efímera o
más sujeta a los vaivenes coyunturales de las relaciones y dinámicas políticas.
Si, por el contrario, se remite principalmente a problemáticas estructurales,
esto le da una mayor solidez y perspectivas más amplias y definitivas, pero no
permitirían entender por sí solas, la fuerza y efervescencia con que ha
prendido el llamado o propuesta zapatista.
Las líneas de
trabajo están obligadas a incorporar la riqueza social en conjunto y, con ello,
apelan a un análisis multicausal, multidisciplinario, en el que lo político, lo
cultural, lo histórico y lo estructural se combinen de una manera articulada
para la reproducción del fenómeno. Muchos estudiosos han empezado a desarrollar
interpretaciones y reflexiones sobre el caso, todas valiosas y enriquecedoras,
Poco se ha aportado sin embargo sobre la relación que existe entre el proceso
general de reestructuración del capital o del sistema capitalista con el
movimiento zapatista. Poco se ha trabajado también sobre su relación con el
proceso de trabajo y, desde ahí, con el resto de los asalariados o, si se
quiere, con la clase obrera. Hasta dónde el movimiento zapatista es la
expresión moderna de la lucha de clases y qué significado tienen las clases en
esta nueva etapa de desarrollo capitalista son algunas de las preguntas que es
necesario responder para arribar a la compresión de los alcances y
universalidad de la propuesta de estos indígenas, aparentemente ajenos al
acontecer de nuestra sociedad.
El movimiento
zapatista no es uno de tantos, prescindible para el análisis del proceso de
desarrollo social. Por su carácter, por sus métodos, por su humildad y
reconocimiento del otro, por su emergencia en el extremo, en el rincón de la
patria, y apelando a viejos valores como la defensa de la patria, de la
identidad nacional, del derecho a una cultura propia, del derecho a ser
considerados ciudadanos y, por tanto, a comer, vestir, educarse y vivir
conforme a las más elementales normas de humanidad, por esta síntesis entre lo
universal y lo particular, por ser parte de una minoría como todo el resto de
la población mundial y por enarbolar una concepción del mundo que recupera el
pasado como experiencia y raíces para la construcción de un futuro distinto,
por todas estas y muchas razones más el movimiento zapatista marca un hito en
la historia contemporánea y un límite real al desarrollo del proceso de
apropiación capitalista.
En esa medida, el
zapatismo debe ser estudiado también como límite o imposibilidad del proceso de
valorización, pero también del de dominación social y política. La crisis del
sistema mexicano de dominación y el desarrollo de estrategias alternativas de
autogestión social es en gran medida producto del levantamiento zapatista. El
¡Ya basta! que empezó a caminar en todos los espacios de definición de la
sociedad es a la vez producto y tributo al movimiento zapatista, aunque sus
raíces puedan ser buscadas, como en el caso de los propios zapatistas, en
luchas y experiencias antiguas y cotidianas.
Una de las grandes
virtudes del zapatismo, que refuerza la idea de su carácter moderno, es su
capacidad para hacer de lo cotidiano lo trascendente y con ello obviar las
diferencias de raza, nacionalidad, religión, etcétera, para hacer emerger lo
que identifica a la mayoría de los seres del mundo: la necesidad de
reproducirnos como sujetos, la necesidad de ser con todas nuestras capacidades;
la rebeldía, la insubordinación y la creatividad que nos diferencian del resto
de los seres vivos.
* III Foro Social Mundial; Mesa: Orden
mundial democrático, lucha contra la guerra y por la paz.
Cuestiones
de América Nº 13, Febrero - Marzo de 2003
Regresar a la Página
Principal de Cuestiones de América...