Cuestiones de
América
El movimiento alternativo ha crecido de forma explosiva, ha ganado amplios respaldos y reconocimientos, cuenta día a día con aliados más importantes pero enfrenta ahora un nuevo desafío: cómo y hacia dónde gestionar sus éxitos.
Las
cifras son impresionantes: desde el jueves 23 el Foro Social Mundial congrega
en Porto Alegre a más de cien mil activistas de todo el planeta. 31 mil son
delegados de 5.500 organizaciones sociales de 126 países que participarán en
mil 500 talleres, seminarios, conferencias y paneles, en conciertos, actos y
manifestaciones culturales y callejeras. Sólo el Campamento de la Juventud
congregará 30 mil participantes. Las mayores delegaciones las aportarán Brasil,
con 19 mil 500 participantes de tres mil 400 grupos, y Estados Unidos con algo
más de mil delegados de 230 organizaciones.
Es
el evento político-social más importante que ha organizado el movimiento
antisistémico en toda su existencia, o sea a lo largo de casi dos siglos, con
la probable excepción del movimiento de solidaridad internacionalista en apoyo
de la revolución española. Este año, la participación de Luiz Inazio Lula da
Silva y de Lucio Gutiérrez, flamantes presidentes de Brasil y Ecuador, marcan
la pauta de los cambios vertiginosos que se están sucediendo en el continente.
Pero el encuentro es, sobre todo, un termómetro para medir la fuerza y la
legitimidad social que han adquirido quienes promueven cambios, tanto como su
capacidad para establecer articulaciones y alianzas capaces de llegar a los más
remotos rincones del planeta.
Fue
el neozapatismo el más claro precursor de este tipo de foros. En 1996, el EZLN
convocó en plena selva Lacandona el Encuentro Mundial por la Humanidad y Contra
el Neoliberalismo, donde confluyeron por primera vez en mucho tiempo activistas
de múltiples grupos de base de los cinco continentes. Los encuentros promovidos
por los zapatistas cobraron vuelo propio, realizándose un segundo encuentro en
España, en 1997, seguido de otros en Europa y América Latina en los años
siguientes. Muchos de los temas que se debatieron en aquella primera
oportunidad son los que guían aún los debates del III Foro Social Mundial, y
giran en torno al tipo de alternativas al actual modelo así como a los caminos
para implementarlas. Pero es, sobre todo, la modalidad de estos encuentros lo
que marca un profundo viraje respecto a las tradicionales reuniones de las
fuerzas sociales y los partidos de izquierda. Como señalaba el llamado al
Segundo Encuentro por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo, se buscaba la
confluencia de “todas las luchas” y un encuentro de “todas las gentes,
organizadas o no, que estén inconformes con el tipo de vida que ese sistema
impone”. En segundo lugar, se apostaba al encuentro como “espacios de
intercambios de ideas, prácticas y deseos por encima de conclusiones y
resoluciones”; había un interés expreso en que el encuentro fuera “auto-
organizado, que la gente que participe lo haga suyo” porque “el proceso de
organización es tan importante como! el encuentro mismo”. Y en lugar destacado,
figuraba la idea de juntarse para “experimentar nuevas formas de hacer
política”.
De
esta manera, los zapatistas y sus amigos sacaban la política de los cerrados
espacios institucionales y la exponían al aire fresco de la más heterogénea
realidad social. La forma abierta, horizontal y escasamente estructurada de los
encuentros, entusiasmó a buena parte de los concurrentes, siempre jóvenes y con
una destacada presencia femenina, que mostraban así su disposición para
implicarse en la política siempre y cuando no estuvieran constreñida por
aparatos. De alguna forma, el zapatismo recoge una experiencia previa de
articulación de movimientos sociales: la de los encuentros del movimiento 500
Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular. Estos eventos jugaron un papel
destacado en la preparación, tanto ideológica como en cuanto a la movilización,
de las “contracelebraciones” de los cinco siglos de la llegada de Colón a
América. Fueron, y esta es una de las principales continuidades con el
neozapatismo, el emergente continental de un nuevo movimiento como el indígena,
que venía creciendo con una lógica de construcción muy diferente a la del
movimiento sindical. La prioridad estaba puesta en una suerte de “crecimiento
interior”, en la liberación de los rasgos que provenían de la interiorización
de la dominación. En suma, el viejo discurso de la explotación veía florecer, a
su lado, un discurso sobre la opresión -que siempre tiene un ancla cultural-
que mostraba fuerte empatía con los llamados nuevos movimientos sociales, en !
particular el feminismo y el ecologismo.
Esta
modalidad de acción y de reunión, que poco después sería retomada por el
movimiento contra la globalización que eclosionó en las calles de Seattle en
noviembre de 1999, explica en gran medida el espectacular crecimiento del
movimiento que estos días confluye en Porto Alegre. CAMINOS
Cómo
seguir, es la pregunta que sobrevuela la edición actual del Foro Social. El
abanico de respuestas es tan amplio como la heterogeneidad de los
participantes. En todo caso, y en vista de que la próxima reunión del foro será
en India pero ya no estará atada a las fechas en las que sesione el Foro de
Davos, se impone un punto y aparte para hacer balances y trazar perspectivas.
Las presiones son múltiples y van en sentido inverso. Por un lado, los grandes
partidos de izquierda han cosechado triunfos tan importantes como el del pt
brasileño, que los colocan en inmejorables posiciones para hacer escuchar sus
propuestas. Pero no son los únicos ni, quizá, los que más peso tienen en la
interna del Foro Social. El diario madrileño El País informaba tiempo atrás que
las Organizaciones No Gubernamentales (ongs) tienen, en todo el mundo, una red
de integrantes que abarca a 50 millones de personas. Una cifra cercana a la de
todas las organizaciones sindicales y sociales del planeta. Este sector apuesta
a una articulación planetaria del movimiento. El italiano Ricardo Petrella,
señaló en la revista italiana Carta que este año el movimiento ingresa en la
“fase tres”. La primera habría sido la de la resistencia al mercado global, la
deslegitimación de sus argumentos y principios y la demostración de que no se
trata de un proceso inevitable ni irreversible. La segunda fase, que Petrella
señala que se registró entre los hechos de Seattle en 1999 y el Foro de
Florencia en noviembre de 2002, estuvo marcado por la afirmación del derecho a
una globalización alternativa. Finalmente, ahora se trata de trabajar por una
articulación amplia -diferente a la de la Comintern, se ataja- pero que sea capaz
de construir una red planetaria y definir un programa común. Ello supone una
“planetarización de los temas, de los objetivos, los tiempos y las formas de
acción” del movimiento. Más aún, se propone articular un primer programa
político que tendría ya fijadas sus prioridades: agricultura y transgénicos,
comercio, acceso al agua y educación, seguido de otros como las finanzas y el
problema de la paz.
No
parece sencillo que propuestas de este tipo coseches rápidas adhesiones. Una
coordinación a escala planetaria, permanente y con la capacidad “ejecutiva”
suficiente como para definir un programa y un plan de acción, escapa a la
lógica de un movimiento como el que converge en Porto Alegre. Aunque la
necesidad de niveles de articulación está fuera de discusión, no son pocos los
que perciben como una contradicción el trabajo en profundidad a escala local,
que es la única en la que se pueden crear alternativas reales al modelo actual.
Por el contrario, la construcción de un amplia red global, incluye la especialización
de un conjunto de personas en las tareas de representación y dirección que
-¡otra vez!, dicen muchos- implica volver a los estilos ya probados.
Aquellos
que motivaron, justamente, la creación de un movimiento tan poco estructurado,
tan difuso y nómade como el que ha sido capaz de implicar a los que
difícilmente se implicarían en instancias que no puedan controlar y que, tarde
o temprano, reproducen en la vida cotidiana las opresiones de las que buscamos
escapar.
* ALAI, 23
de enero de 2003.
Cuestiones de
América Nº 13, Febrero - Marzo de 2003
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