Cuestiones de América
Roldan Tomasz Suárez **
Quisiera puntualizar una
serie de verdades acerca de la situación que estamos viviendo actualmente en el
país. Estas verdades a las que me voy a referir debemos mantenerlas todos muy
presentes para los tiempos que tenemos por venir en Venezuela. Ellas son los
pilares que deben sostener nuestras opiniones y nuestras acciones políticas, y
también los escudos que deben protegernos de la avalancha de mentiras, engaños
y manipulaciones a los que se nos somete diariamente a través de los medios de
comunicación. Estas verdades son cinco, y trataré de exponer cada una de ellas
de la manera más clara y directa posible.
Primera verdad: El 11 de Abril en Venezuela se cometió un golpe de
Estado.
Para convencernos de que
esto cierto, no hace falta que conozcamos las opiniones y pareceres de los
protagonistas inmediatos de aquellos acontecimientos. No necesitamos hacer
encuestas de opinión, no necesitamos escuchar interpelaciones, ni tenemos que
confiar ciegamente en la palabra de tal o cual personaje. Lo único que
necesitamos es reunir tres simples hechos que son reconocidos como tales por
todas las partes involucradas. Estos hechos simples son:
(a) El Presidente fue
privado de su libertad por un grupo de militares que le exigieron su renuncia.
(b) La renuncia del
Presidente nunca se produjo, pero se intentó convencer al país de lo contrario.
(c) El mencionado
grupo de militares decidió escoger a un nuevo Presidente.
Cada uno de estos tres
hechos constituye un acto a todas luces ilegal, escandalosamente contrario a
los principios básicos de la democracia. Veamos por qué.
En un sistema democrático,
ningún militar tiene la más mínima facultad para privar de su libertad al
Presidente de la República, bajo ninguna circunstancia. Oigase bien: bajo
ninguna circunstancia. Aun en caso de que el Presidente hubiese actuado de
manera contraria a las leyes, existen procedimientos legales para detener y enjuiciar
al Jefe de Estado. Procedimientos que involucran la acción de órganos
competentes como la Asamblea Nacional, la Fiscalía y el Tribunal Supremo de
Justicia. Obviamente ninguno de estos procedimientos puede contemplar o
permitir que un grupo de generales ponga preso al Presidente de la República
cuando a ellos les parezca conveniente.
Por otra parte, podemos
especular mucho acerca de si Chávez consideró la posibilidad de renunciar,
estuvo a punto de renunciar, le dijo a Fulano o a Mengano que había renunciado
o que iba a renunciar; que si redactó o no un documento de renuncia, que sobre
qué base Lucas Rincón anunció la renuncia del Presidente, etcétera, etcétera,
etcétera. Todo eso no cambia el hecho simple de que Chávez no renunció. No
importa qué anuncios haya hecho él mismo o sus voceros, ni ante quién los haya
hecho. No importa si se había comprometido a renunciar o no, o bajo qué
condiciones. Todas esas discusiones no son sino una cortina de humo para tapar
el hecho simple y claro de que la renuncia de Chávez nunca se formalizó de
acuerdo con el procedimiento previsto en la Constitución, y que, por
consiguiente, dicha renuncia nunca se materializó. Incluso si Chávez
efectivamente hubiese firmado un documento de renuncia, tal documento por sí
solo no habría servido como aval suficiente, pues en aquellas circunstancias,
con el Presidente detenido e incomunicado, existiría la posibilidad de que se
le hubiese obligado a firmar bajo coacción, en cuyo caso ese documento no
tendría ninguna validez.
Finalmente, en ningún
sistema democrático del mundo está contemplada la posibilidad de que un grupo
de generales, aún en caso de producirse un auténtico vacío de poder, pueda
nombrar como Presidente a quien a ellos mejor les parezca. En caso de que se
hubiese producido un vacío de poder, lo lógico habría sido que la Asamblea
Nacional —que es la única institución representativa de la voluntad popular,
aparte del Presidente de la República— hubiese tomado las riendas de la
situación.
Así pues, la conclusión
única e inevitable que sigue de estos tres simples hechos es que el 11-A se
produjo en Venezuela un golpe de estado. La tesis del vacío de poder es,
sencillamente, absurda. Quienes la defienden sólo pueden hacerlo por ignorancia
o para encubrir su propia participación en el golpe.
Segunda verdad: Podemos estar plenamente
seguros de que en el golpe participaron, por lo menos, los siguientes tres
grupos: un sector de la Fuerza Armada, un sector de Fedecámaras y un sector de
la Iglesia católica.
Para afirmar esto no necesitamos
saber quienes fueron exactamente los golpistas, y qué papel cumplió tal o cual
persona dentro del golpe. Basta con saber que estos tres sectores convalidaron
públicamente la supuesta renuncia del Presidente y estamparon sus firmas en el
acta que desmantelaba toda la institucionalidad democrática del país e
instauraba a Pedro Carmona como Presidente. Ninguno de estos actos pudo haberse
realizado de buena fe, con la conciencia limpia. Los tres sectores sabían que
Chávez no había renunciado y, sin embargo, optaron por mentirle al país. Los
tres sectores sabían que el gobierno de Carmona sería inconstitucional y, sin
embargo, apoyaron su instauración.
Pero, además de estos tres
grupos —sobre cuya participación en el golpe, repito, podemos tener total seguridad—
vale la pena mencionar a otros, cuyo comportamiento también debe despertar
nuestras sospechas. Por ejemplo, la infame actuación de los grandes medios de
comunicación durante aquellos días de Abril es una prueba fehaciente de que sus
dueños, cuando menos, estaban parcializados a favor de los golpistas —si es que
no estaban participando activamente en el golpe. No hay ninguna, absolutamente
ninguna excusa que justifique el hermético silencio que los medios quisieron
mantener el día 13 de Abril. Dicen ellos que ese día no estaba garantizada la
seguridad de los periodistas, y que por eso no pudieron salir a la calle. ¿Pero
no fueron ellos mismos los que, tan sólo un día antes, se jactaban de la
valentía de sus reporteros, que se habían atrevido a filmar las famosas
imágenes del puente Llaguno? Además, no hacía falta que sacaran a ningún
reportero a la calle el día 13. Bastaba con que simplemente retransmitieran las
imágenes que estaban capturando los medios de comunicación internacionales.
Bastaba con que no le mintieran al país tratando de convencerlo de que no
estaba pasando absolutamente nada.
Finalmente, el
comportamiento exhibido por los principales partidos de oposición no deja lugar
a dudas de que también estos sectores fueron favorables al golpe de estado.
Para apoyar esta idea sería suficiente con recordar cómo el día 12 de Abril,
apenas consumado el golpe, repentinamente reaparecieron los dinosaurios de la
política venezolana, a quienes muchos ya creían muertos o retirados. Aquellos
venerables líderes de AD y COPEI, paladines de la democracia, se lanzaron con
entusiasmo a la tarea de sacar a patadas y escupitajos a los gobernadores y
alcaldes chavistas, electos democráticamente por el pueblo. Ya se estaban
instalando ellos en esos puestos; ya estaba arrancando de nuevo la maquinaria
de repartición de cargos. Y ya, como una especie de símbolo macabro, estaba
Carlos Andrés Pérez anunciando su pronto regreso a Venezuela.
Pero también disponemos de
otra prueba que inculpa a los partidos de la oposición. Se trata de su
actuación en el marco de las interpelaciones llevadas a cabo por la comisión de
política de la Asamblea Nacional. Allí la oposición, en lugar de dedicarse a
esclarecer seriamente los hilos que movieron el golpe de estado, ha invertido todos
sus esfuerzos en mostrar que en Venezuela no hubo golpe de Estado —una tesis
que, como vimos, se cae por su propio peso. Resulta difícil imaginar que detrás
de esto haya un motivo diferente al de querer encubrir la verdad de los hechos
y la posible participación de la oposición en ellos.
Tercera verdad: El propósito del golpe de
Estado era asegurar el regreso al poder de los grupos políticos y económicos
que desangraron al país durante los cuarenta años que duraron los gobiernos
adeco-copeyanos.
Muchos insisten ahora en
que las intenciones de los golpistas eran buenas, que lo único que ellos
pretendían era establecer una auténtica democracia en nuestro país. Claro está,
sobre las intenciones, que son invisibles, cualquier cosa se puede decir.
Alguien podría proponer, por ejemplo, que Pinochet, en lo más profundo de su
alma, en sus intenciones más recónditas, siempre fue un gran demócrata. Sólo
que no pudo llevar a cabo tales intenciones debido a las circunstancias que
tuvo que enfrentar. Ciertamente, si lo pensamos en abstracto, esto no sería
absolutamente imposible. Pero, ¿sería sensato creerlo, sobre todo a la luz de
las acciones que tomó la dictadura pinochetista?
Preguntémonos, entonces,
¿cuáles fueron las acciones de los golpistas del 11-A? ¿Qué intenciones nos
revelan esas acciones? Nuevamente debemos apelar a tres simples hechos cuya
veracidad no está puesta en duda por ninguna de las partes:
Carmona disolvió todos los
poderes públicos de la República. En un abrir y cerrar de ojos este gran
demócrata desmanteló toda la institucionalidad democrática del país. No
contento con eso decidió, además, eliminar la Constitución vigente, con lo que
se atribuyó poderes supra-constitucionales, declarándose a sí mismo autoridad
suprema y absoluta en todo el territorio nacional.
Bajo el auspicio del
gobierno de Carmona, como ya lo mencionamos, en todo el país fueron despojados
de sus cargos, muchas veces de manera violenta, los gobernadores y alcaldes
chavistas que habían llegado a esos cargos por vía de elecciones populares.
Los cuerpos de seguridad
del Estado, bajo el mando de Carmona, iniciaron una cacería de políticos y
funcionarios públicos vinculados al gobierno de Chávez. Se realizaron
allanamientos y detenciones que no cumplían ningún procedimiento legal y eran
llevados a cabo por personas que carecían de toda autoridad para efectuarlos.
Los cargos y las imputaciones muchas veces eran absurdos —como, por ejemplo,
acusar al Ministro del Interior de porte ilícito de armas.
Ahora yo pregunto: disolver
todos los poderes públicos, eliminar la constitución, despojar de sus cargos a
gobernadores y alcaldes electos democráticamente y encarcelar a los adversarios
políticos, ¿son actos propios de un gobierno democrático o, al menos, cuyas
intenciones sean democráticas?
Evidentemente, entonces, el
objetivo que perseguían los golpistas poco tenía que ver con la democracia. Su
objetivo inmediato era muy claro: sacar de raíz todo vestigio de chavismo en el
país. Esto implicaba eliminar toda la institucionalidad de la Quinta República,
incluyendo la Constitución Bolivariana, también implicaba sacar del poder a
todos los partidarios de Chávez, y hasta quitar del nombre de la República el
adjetivo “bolivariana”. Los golpistas estaban tratando, en pocas palabras, de
hacer retroceder el tiempo hasta hace unos años atrás. Estaban buscando que
Venezuela volviese a ser el país que era antes de 1999. Estaba tratando de
liquidar, de un solo “golpe”, todos los cambios que, para bien o para mal, se
han dado en el país en estos últimos tres años.
Ahora bien, ¿por qué
Fedecámaras, un grupo de militares, un sector de la Iglesia, los dueños de los
medios, los partidos políticos tradicionales, etcétera, querrían hacer
retroceder al país en el tiempo de esa manera? La pregunta parece casi tonta por
lo evidente de su respuesta. Estamos hablando de los grupos que se beneficiaron
durante cuarenta años de una distribución dramáticamente injusta de la riqueza,
de una sistemática enajenación de los bienes públicos de la sociedad
venezolana, de una terrible explotación de los más necesitados en favor de un
grupúsculo de privilegiados. ¿Hacen falta más razones para que estos sectores
quieran retroceder en el tiempo a toda costa, aún a riesgo de perder su máscara
de defensores de la democracia?
Cuarta verdad: La dictadura que se
estaba inaugurando en Venezuela iba a ser de larga duración.
Carmona anunció que en un
año se organizarían unas elecciones democráticas en el país. Uno podría
preguntarse por qué hacía falta dejar pasar tanto tiempo antes de llevar a cabo
unas nuevas elecciones. De hecho, bajo presión de algunos organismos
internacionales, Carmona al día siguiente cambió de opinión y decidió reducir
ese periodo a sólo unos pocos meses, lo que indica que desde un principio era
factible organizar una nuevas elecciones en cuestión de semanas. Así que
nuevamente se impone la pregunta: ¿por qué originalmente se quería dejar pasar
tanto tiempo antes de ir a elecciones?
Es posible imaginar, con
una buena dosis de seguridad, que aún en el caso de que el golpe de Carmona
finalmente hubiese triunfado, en una buena parte de la población seguiría
subsistiendo, por un buen tiempo, la simpatía por el Comandante Hugo Chávez y
la Revolución Bolivariana. Es posible imaginar que unas elecciones organizadas
demasiado pronto, y en las que pudiesen participar candidatos identificables
como “chavistas”, pondrían en peligro el objetivo que los golpistas tenían de
sacar de raíz el chavismo de Venezuela. Por eso era necesario darse un buen
tiempo antes de llamar a elecciones; un tiempo que permitiera eliminar el
chavismo como alternativa política legítima. Muchos instrumentos estaban al
alcance de la mano en esta tarea. Recordemos que ya el mismo 11 de Abril empezó
una intensa campaña mediática dirigida a desacreditar a Chávez como un
“asesino” que, a sangre fría, había ordenado masacrar a la población indefensa.
La campaña de descrédito probablemente iba a estar acompañada de una serie de
juicios en los que se iba a “demostrar” que los líderes del chavismo tenían
contactos con la guerrilla y el narcotráfico colombianos, que además traían
armas desde Cuba y estaban organizando bandas armadas para acabar con la
democracia en Venezuela. Todo esto posiblemente iba a culminar en la
inhabilitación política de todos aquellos líderes sociales que le brindaron su
apoyo a Chávez y, en la declaración del chavismo como un movimiento ilegal,
armado, subversivo y terrorista. Todo esto despejaría el camino para organizar
unas elecciones en las que el chavismo no sólo estaría completamente desacreditado,
sino que, quizás, ni siquiera podría participar legalmente en ellas.
Ahora bien; ¿un año habría
sido suficiente para lograr este objetivo? Personalmente lo dudo mucho. Creo
que los golpistas hubiesen necesitado mucho más tiempo para deshacer el profundo
compromiso que ha adquirido un gran sector de la población con el proyecto
bolivariano. Ya el 13 de Abril vimos cómo muchos estuvieron dispuestos a
arriesgar sus vidas por el regreso de su Presidente. Se trata de un sector que
adquirió un mínimo de inmunidad ante las manipulaciones de los medios y una
buena dosis de desconfianza ante los adversarios de Chávez. Esos son obstáculos
significativos para un proceso de lavado cerebral como el que habría que llevar
cabo para extirpar por completo el chavismo.
De manera que los golpistas
muy probablemente se hubiesen visto en la necesidad de prolongar por más de un
año el periodo de espera para organizar nuevas elecciones. Mientras tanto se
iría consolidando en el país un sistema autocrático de gobierno que, ante la
imposibilidad de retornar rápidamente a la tan ansiada IV República, pronto
podría empezar a incrementar sus niveles de abuso y represión. Con esto
Venezuela se estaría encaminando hacia una dictadura cuya duración sería
imprevisible.
Quinta verdad: Bajo las presentes
circunstancias, la alternativa a Chávez es el abismo.
Con todo lo anterior espero
que al lector pueda ver ya claramente que el problema que enfrenta actualmente
Venezuela no se resuelve, sencillamente, abriendo un diálogo entre el gobierno
y la oposición. Las fuerzas que adversan a Chávez no están interesadas en
dialogar democráticamente, es decir, en discutir racionalmente políticas
públicas. Si esas fuerzas hubiesen estado auténticamente interesadas en
dialogar, hace tiempo habrían aprovechado los escenarios para el diálogo más
propios de la democracia —a saber, el Parlamento y los medios de comunicación.
En lugar de eso sólo han aprovechado tales espacios para vociferar que en
Venezuela no hay escenarios para el diálogo. Además, si de verdad les
interesase el diálogo, tendrían que estar muy conformes con las famosas cadenas
de Chávez, pues las verían como una prueba de que el gobierno está intentando
justificar sus acciones ante la sociedad, y se está exponiendo, así, a la
crítica y al debate democráticos. De modo que la insistente exigencia de más
diálogo, la repetición del estribillo de que Chávez no dialoga, las acusaciones
sobre el carácter autoritario del gobierno, todo ello sólo puede formar parte
de una estrategia en la que se usa una serie de nociones democráticas
tergiversadas con el fin de destruir al oponente. Las fuerzas que dieron el
golpe contra la democracia en Venezuela no están interesadas en la democracia.
Están interesadas en deshacerse de Chávez a como dé lugar.
Si esto es así, debemos
tener muy claro que, tal como están actualmente las cosas en el país, sólo
tenemos dos opciones por las que apostar. Una de ellas es la permanencia
constitucional de Chávez en la Jefatura de Estado, y, en general, el respeto a
las reglas de juego que los venezolanos nos dimos en 1999. La otra opción no es
ni siquiera un pronto regreso al orden social, económico y político anterior,
al de la IV República, ni tampoco la instauración de una institucionalidad
democrática nueva y diferente a la de la V República. Por todo lo que aquí
hemos expuesto podemos ver que la otra opción es un prolongada dictadura de
derecha ejercida por quienes perdieron sus privilegios económicos y políticos
con la llegada de Hugo Chávez a la Presidencia de la República. Esta es la
alternativa real que hoy en día tenemos frente al gobierno de Chávez. Esta es
la alternativa por la que optan —quiéranlo o no, sépanlo o no— quienes acuden
presurosamente a las manifestaciones organizadas por Fedecámaras, la CTV,
Primero Justicia o Queremos Elegir. Y es por eso que me atrevo a decir aquí que
la alternativa a Chávez, en estos momentos, es el abismo.
Coda: ¿Cómo ganarle a los
medios de comunicación?
Pese a que las verdades que
acabamos de enumerar aquí son simples y evidentes, pareciera que una buena
parte de la población venezolana —especialmente esa que, se supone, goza de los
mayores niveles educativos y culturales— permanece completamente ciega ante
estas evidencias. Cuando escuchamos hablar a un típico antichavista de clase
media, recibimos la impresión de estar escuchando una serie de fragmentos
sueltos, y pobremente repetidos, de un conjunto de programas de opinión de
radio y TV. Hay una serie de palabritas huecas que se repiten insistentemente
en ese discurso: “autoritarismo”, “meritocracia”, “aplanadora”, “chupadólares”,
“a dedo”, “gobernabilidad”, “politización”, “desunión”, etcétera, etcétera. La
crítica al gobierno se convierte, así, en la repetición infinita de un rosario
de expresiones que nadie sabe qué significan exactamente, pero que acallan al
pensamiento con gran efectividad.
Lo anterior significa, en
pocas palabras, que los grandes medios de comunicación nos están llevando a los
venezolanos directo al abismo. Por eso, no hay acción política más urgente en
estos momentos que contrarrestar el poder que ejerce el discurso mediático
dominante sobre la opinión pública venezolana. Creo que en esa tarea hay dos
grandes líneas de acción. La primera —a mi modo de ver, la más sencilla— es la
creación de fuentes de información alternativas. Una gran oportunidad la
brindan, en ese sentido, las radios y televisoras comunitarias que han empezado
a proliferar en todo el país. Pero es necesario que estos medios de
comunicación alternativos no limiten su ámbito de interés únicamente a los
asuntos particulares de la comunidad donde se insertan. Hace falta que
conformen una red de comunicación por donde puedan circular los discursos y las
noticias que son marginados o tergiversados en los medios dominantes, y que
traten de asuntos de interés nacional. De esta manera sería posible lograr una
cobertura informativa al menos comparable con la de aquellos grandes medios;
podría lograrse que resuenen por todo el país las voces que hasta ahora no han
tenido oportunidad de manifestarse. Un primer mecanismo para impulsar la
articulación de una red comunitaria de este tipo podría ser el canal del
Estado. Imaginemos, por ejemplo, un espacio semanal en VTV dedicado por
completo a las radios y televisoras comunitarias; un espacio en el que éstas puedan
intercambiar opiniones, ideas, proyectos sobre su labor, y donde el material
producido por unas pueda ser ofrecido a las demás para su retransmisión.
La otra gran línea de
acción buscaría como objetivo inmunizar a la población contra la manipulación
mediática. Se trataría, en pocas palabras, de una acción educativa a gran
escala —que podría utilizar como uno de sus vehículos la ya mencionada red de
medios de comunicación alternativos— cuyo propósito sería que la ciudadanía
aprenda a desenmascarar los variados mecanismos de manipulación y engaño
utilizados por los medios dominantes. Esta tarea, mucho más ardua y exigente
que la primera, requeriría pensar si es posible (y cómo sería posible) lograr
ese propósito en una sociedad que ha sufrido, durante décadas, un proceso de
profunda devastación cultural y educativa. Porque nuestra misión no podría
consistir, simplemente, en ofrecer un “rosario” alternativo —esta vez chavista—
de palabras y frases resonantes que no sean más que eslóganes. Lo que se requiere
es la creación de una genuina conciencia política, es decir, de un espíritu
apasionadamente inquisitivo e inteligentemente cuestionador del orden social en
el que vivimos (y de aquellos en los que podríamos vivir). ¿Cómo fomentar ese
espíritu con la urgencia y celeridad que nos imponen las apremiantes
circunstancias políticas del país? A esta pregunta no sé cómo responder. Lo
único que sé es que las Universidades nacionales deberían tener mucho que decir
al respecto.
* Entrevista en “Visión Global” (28-05-2002)
** Roldan Tomasz Suárez Litvin, Cracovia, Polonia. Magister Ingeniero
Electrónico, Universidad de Minería y Metalurgia
"Stanislaw Staszic", Cracovia, Polonia; Magister Scientiae en
Sistemología Interpretativa, Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela;
Candidato a Doctor en Ciencias Aplicadas (mención: Sistemología
Interpretativa), Universidad de los Andes; Profesor ordinario Agregado, a
dedicación exclusiva, de la Universidad de los
Andes; Profesor Visitante del Centre for Systems Studies de la Universidad de
Hull. Mejor ponencia del área de Sistemología Interpretativa, VI Congreso
Venezolano de Ingeniería de Sistemas, Mérida, Venezuela; Menciones
"Honorífica" y "Publicación" por tesis de maestría; Premio
al Mérito CONABA, nivel III; Premio Estímulo CONADES; Nivel Candidato del
Programa de Promoción al Investigador (PPI); Nivel I del Programa de Promoción
al Investigador (PPI); Miembro del Programa de Estímulo al Investigador (PEI). Muestra de publicaciones: Suárez, R.
T."
El carácter problemático de la situación penitenciaria venezolana: hacia una
solución de fondo." Frónesis, Vol. 4, No. 2, 1997, p. 51-58.
Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. Suárez, R." La
V Disciplina en el contexto del proyecto social de la modernidad."
Revista Venezolana de Gerencia, Año 3, N° 6, 1998; pp. 221-234. Suárez, R. "The holistic sense of prison
phenomena in Venezuela II. Toward a profound unveiling of the
"Background"", Systems Practice and Action Research, 12(1), 1999; pp. 95-114. Suárez, R.T. "Cárceles
sin Fin". Libro editado por el Consejo de Publicaciones de la Universidad
de los Andes. Mérida, Venezuela, 2000. Correo del autor: roldansu@ula.ve (PGP Public Key)
Cuestiones de América Nº 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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