Cuestiones de América
PRESENTACIÓN
El Dedo en la Llaga
Para CEDICE fue un singular
honor tener como orador invitado a su Asamblea Anual al escritor Carlos Alberto
Montaner, una de las mentes mas lúcidas del liberalismo hispanoamericano
contemporáneo. A través de su vida, y desde un largo exilio de Cuba, su patria
natal, Carlos Alberto ha tenido la oportunidad de observar el comportamiento
socio económico no sólo de su patria, sino del resto de América Latina, y en
particular de nuestro país, así como de la España contemporánea donde reside.
En su conferencia, cuyo contenido es el objeto de esta monografía, Carlos Alberto le pone el dedo en la llaga a los problemas que han hecho que durante el pasado medio siglo nuestros países no hayan logrado vencer la pobreza ni salir del subdesarrollo. Esto a pesar de que casi todos los gobiernos han profesado como programa político su preocupación por los pobres, característica que se puede considerar como común de los gobernantes populistas que han sido la norma del continente.
Llama la atención, y en el
ensayo se pone de relieve, el hecho que muchos de los impedimentos al cambio;
preocupación por la distribución y no la creación de riqueza, debilidad
institucional, gigantismo estatal, etc., son heredados de una Madre Patria que
logró superarlos en los últimos tiempos, incorporándose exitosamente a la
modernidad, convirtiéndose de paso en el nuevo “milagro” económico europeo.
La influencia del marxismo
(tanto en su versión “light” de los gobiernos democráticos como en el mas
agobiante de gobiernos totalitarios como el cubano) no pasa desapercibido en
este ensayo, y pone de relieve lo dañino que es para los pueblos de América el
seguir siendo gobernados por quienes aún esperan que les confirmen la caída del
Muro de Berlín.
Consideramos que las ideas
expuestas por el autor brindan elementos importantes para la discusión en un
momento en que Venezuela busca afanosamente un proyecto nacional que trascienda
las concepciones erradas que contribuyen a mantenernos al margen de un progreso
del que ya disfrutan otros países de desarrollo similar al nuestro.
Aurelio F. Concheso.
Presidente CEDICE
VENEZUELA: DEL
TERCERMUNDISMO A LA MODERNIDAD
Carlos Alberto Montaner
A la memoria de mi amigo Carlos Rangel
INTRODUCCIÓN
Primero la gratitud. Es un privilegio poder participar de alguna forma
en el rescate de la democracia venezolana. Y hacerlo entre tantos amigos
queridos y respetados me proporciona una satisfacción muy especial. Mis
vínculos con CEDICE y mi amistad con Rocío Guijarro y con otros entrañables
amigos venezolanos duran ya unos cuantos años, y me parecía importante no
faltar ahora a esta cita venezolana. Al fin y al cabo, como cubano siento una
responsabilidad acuciante por cuanto ocurre en este país. A principios de la
década de los 60, Venezuela abrió sus brazos a decenas de millares de
exiliados, como mi fraterno Roberto Fontanillas, y éstos lograron reconstruir
sus vidas y trenzarse para siempre con el país que generosamente los acogió.
Este es el momento en el que acaso podemos devolver en alguna pequeña medida
aquel viejo, largo y cálido abrazo.
Comienzo por una reflexión sobre la historia de los dos países. En 1958
Venezuela puso fin a una década de dictadura militar, mientras Cuba, al
siguiente año, logró una victoria parecida contra la tiranía de Batista. Los
dos regímenes militares tenían mucho en común. Ambos eran producto de una vieja
tradición autoritaria que después de la Segunda Guerra mundial se adaptó a las
contingencias de la guerra fría. Y los dos sucumbieron frente a una fuerza
política que poseía su mayor inspiración en movimientos de corte
socialdemócrata. Es verdad que la aventura venezolana culminó en 40 años de democracia,
y la cubana, por ahora, en 43 de totalitarismo comunista, pero lo que pretendo
subrayar es el parentesco original de ambos procesos políticos.
La hipótesis que quiero examinar con ustedes esta noche consiste en que tanto
lo sucedido en Venezuela con el advenimiento de Chávez hace ya tres años, o la
llegada de Castro al poder hace varias décadas, son el resultado de las
percepciones, creencias e informaciones distorsionadas que todos teníamos a
mitad del siglo XX y que forjaron nuestra conciencia social. Luego intentaré
proponer alguna razonable salida de este laberinto en el que no solo está
metida Venezuela, sino toda América Latina, porque lo que aquí acontece es sólo
una variante de cuanto sucede en Argentina, en el matadero colombiano y en la
propia Cuba. No es un drama venezolano, sino latinoamericano.
La cultura revolucionaria-populista-mercantilista
A mediados del siglo pasado
parecía obvio que el desarrollo y la prosperidad vendrían de la mano protectora
y justa de un estado fuerte. Esa noción nos llegaba tanto desde el socialismo
de derecha de personajes como y Getulio Vargas o Juan Domingo Perón, o desde la
visión preconizada por los marxistas, ya fueran los duros camaradas
prosoviéticos o la versión vegetariana de los socialdemócratas, siempre
respetuosos de las libertades. La socialdemocracia de esa época, en efecto,
había renunciado a la propuesta marxista de crear una dictadura del
proletariado como parte del trayecto hacia una sociedad perfecta, pero, aunque
no se señalaran fechas, el propósito era llegar a un fulgurante destino
socialista por vías democráticas y pacíficas. Por aquellos años se habían
debilitado tremendamente los viejos principios liberales que asignaban a la
empresa privada el papel preponderante en el proceso de creación riquezas.
Incluso, la noción de la propiedad privada como un derecho inalienable de las
personas se había ido desvaneciendo ante la idea de que la función del estado
no era tutelar y proteger los derechos de los individuos, sino los intereses de
la colectividad. Más aún: ese estado fuerte se atribuía como esencia de sus
responsabilidades la tarea de planificar la creación de riquezas y luego la
justa distribución de lo creado entre los miembros de la tribu.
Recuerdo con nitidez cuando yo era un joven que sostenía esas creencias.
La causa de la defensa de los derecho de propiedad me resultaba entonces algo
poco noble, egoísta. Una causa que prácticamente nadie con un corazón solidario
se atrevía a plantear. ¿No decía acaso la Iglesia, de una manera confusa, que
la propiedad privada se justificaba en “función social”? Es verdad que esa
expresión luego se completaba con el “principio de subsidiaridad” esbozado por
la Doctrina Social de la Iglesia, ése que le asignaba al estado la
responsabilidad de producir cuando y donde el capital privado no se animaba a
hacerlo, pero lo que quedaba en la mente de los feligreses no era ese término
de tan difícil pronunciación, subsidiaridad, sino la idea de que el Estado
debía y podía convertirse en empresario. Esto era lo que leíamos en los
periódicos, lo que nos decían en las cátedras universitarias, lo que repetían
los políticos. Y ni siquiera los primeros meses de la revolución cubana, aún
cuando ya estaba enfrentado a la dictadura comunista, consiguieron alterar en
mí esta visión socialistoide que entonces padecía. Nunca he olvidado que mi
primera charla política cuando llegué al exilio, a los 18 años, fue para
defender la peregrina idea de que no había que temerle al estado-empresario, puesto
que quienes opinaban que los gobiernos eran malos administradores lo hacían
desde posiciones reaccionarias que ya no tenían vigencia en el mundo. Y lo
asombroso no fue que yo dijera ese disparate en Miami en 1961, sino que el
auditorio me aplaudiera con cierto entusiasmo.
Por supuesto, esta generalizada visión tenía poco de autóctona. Lo que
entonces pensábamos, como frecuentemente nos ha ocurrido a lo largo de nuestra
historia, tenía su origen en el exterior. Después de la primera guerra mundial,
y como consecuencia de la crisis de los años treinta, Lord Maynard Keynes había
convencido a las principales cabezas económicas y políticas del planeta de la
utilidad de valerse del gasto público para combatir el desempleo e impedir la
desestabilización social que se genera durante los ciclos recesivos. Ante esa
propuesta, los gobernantes vieron los cielos abiertos. Estaban legitimados para
gastar más, lo que les confería más poder. La tesis consistía en que “un poco”
de inflación generada por una “economía de la demanda” era más conveniente que
la falta de puestos de trabajo. Llegado su devastador momento, ese “poco de
inflación” destruyó las monedas de Brasil, Nicaragua, Argentina, Chile, Perú y
Ecuador y empobreció aún más a decenas de millones de latinoamericanos.
Por otra parte, comenzaron a surgir planteamientos desarrollistas que
tenían su origen en una lectura probablemente equivocada de la historia
económica. La idea básica consistía en que era necesaria la industrialización
para poder conseguir niveles de prosperidad parecidos a los del primer mundo.
Pero para ello resultaba necesario sustituir las importaciones con bienes
nacionales. Mas para poder alcanzar ese desarrollo técnico había que proteger
la industria local con aranceles altos hasta que estuviese en condiciones de
competir. Además, como el capital privado disponible para dar ese gran salto no
era suficiente, el Estado tenía que hacerse presente. La CEPAL le proporcionó a
este análisis su respaldo teórico y los organismos internacionales le imprimieron
su visto bueno. O sea, todos los caminos, insisto, conducían en la misma
dirección: el fortalecimiento del estado en detrimento de la competencia, y en
perjuicio de los derechos individuales y de propiedad.
Otra idea entonces presente entre nosotros era la llamada “teoría de la
dependencia”, tomada de la interpretación que en el siglo pasado hizo Marx de
las relaciones económicas entre Inglaterra y la India. Para el pensador alemán
resultaba claro que Londres le había designado a la India un papel económico
complementario. Como en los viejos pactos coloniales, la India sólo podía
producir aquello que Inglaterra no producía, pues su destino era el de
convertirse en suministradora de materia prima y en compradora de las
exportaciones inglesas. De manera que nuestros teóricos antiimperialistas
latinoamericanos no tuvieron que esforzarse demasiado para darles forma a sus
planteamientos: los grandes círculos económicos del primer mundo habían
determinado que América Latina sólo debía desempeñar el rol de territorio
dependiente condenado a comprar en el exterior los productos manufacturados que
necesitara y a vender la materia prima que las naciones desarrolladas requerían
para elaborar sus bienes. Los nuestros no eran realmente países sino mercados
cautivos.
¿Cómo corregir las infinitas imperfecciones de América latina y terminar
con las injusticias seculares que nos oprimían? Para esa tarea existía un héroe
mítico: el revolucionario. Entonces esa palabra se mencionaba con un tinte de
orgullo. El revolucionario era el agente del cambio. Podía ser un comunista, un
aprista, un adeco, un copeyano, un cubano “auténtico”, o un miembro del PRI
mexicano. Podía ser un socialista chileno, un sandinista nicaragüense, un
independentista puertorriqueño. Ser revolucionario en América Latina
significaba sospechar de las intenciones de los empresarios, culpar a Estados
Unidos de la mayor parte de nuestros males, querer la redención de los humildes
y procurar el desarrollo económico de la sociedad y la independencia política
frente a las potencias imperiales. Pero lo interesante no es lo que querían los
revolucionarios, sino el modo con que pensaban lograr sus objetivos. No se
trataba de convencer al pueblo de las bondades de sus planes y concepciones
políticas y económicas, sino de llegar al poder, ignorar las normas del derecho
burgués y desde la cúpula dictar una
serie de medidas que traerían la felicidad colectiva. Los revolucionarios
tenían a mano un recetario perfecto para lograr sus buenos propósitos: reformas
agrarias que redistribuían las tierras, nacionalizaciones de bienes y empresas
“estratégicos”, y la creación de numerosos organismos estatales que
planificarían y dirigirían la vida de las personas. Los revolucionarios se
caracterizaban por saber lo que cada uno debía poseer, debía producir o debía
gastar. Los revolucionarios eran asombrosamente sabios.
Obviamente, no existía ninguna razón válida que limitara la existencia
de esta raza de héroes preclaros a las filas de los políticos, así que
comenzaron a surgir militares revolucionarios. Perón fue uno de los primeros.
Arbenz fue otro. Y luego Velasco Alvarado y Omar Torrijos. También los hubo en
Bolivia y en Ecuador. En algún momento se les llamó nasseristas por sus
similitudes con el dictador egipcio salido de las fuerzas armadas. El
presupuesto teórico de estos revolucionarios de uniforme contenía varios
razonamientos seductores: según ellos, en países desordenados y con
instituciones débiles, sólo las fuerzas armadas tenían el peso y la disciplina
para gobernar con la eficiencia, el patriotismo y el rigor intelectual que se
necesitaban para definir cuáles eran los intereses del país que debían
defenderse a capa y espada y cuáles los peligros que acechaban. Era la
“doctrina de la seguridad nacional”.
Por si no bastara ese incesante bombardeo antidemocrático y antiliberal,
permanente y desde todos los ángulos, el arte y la literatura entonces vigentes
coincidían sobre la misma diana. El muralismo mexicano de Rivera, Orozco y
Siqueiros, imitado en todos nuestro países, nos traía imágenes de un mundo de
seres explotados por los poderes imperiales, saqueado por los capitalistas y
esquilmado por la clase dirigente. La literatura indigenista o la de corte
político reiteraba los mismos esquemas. Entonces vibraban novelas como
Huasipungo del ecuatoriano Icaza, Señor presidente del guatemalteco Asturias o
El mundo es ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría. Los temas se repetían: los
indios eran terriblemente maltratados por los finqueros criollos y extranjeros,
Washington resultaba ser un depredador sin escrúpulos, los políticos no eran
otra cosa que gentes abyectas y despreciables al servicio de la dominación
extranjera. Meros lacayos.
Con esos elementos, construimos lo que pudiera llamarse una
"cultura revolucionaria”, o tal vez populista, o mercantilista, o acaso
todo junto: una cultura revolucionaria-populista-mercantilista. Se trataba de
una forma abarcadora de juzgar los problemas, de (supuestamente) entender sus
orígenes y de proponer soluciones. El rasgo más notable de esta cultura era que
buscaba villanos y culpables a los que responsabilizaba del fracaso económico y
político de nuestras sociedades. Había un elemento muy simplista en los juicios
morales que se formulaban. Estaban basados en una especie de teología ideológica
que preconizaba la idea de que tras la opresión y la miseria siempre estaba la
actuación de algún malvado o de un grupo de canallas.
El descrédito de esa cultura
Fue en la década de los 80, en la llamada “década perdida”, cuando, poco a poco, se fue abriendo paso una
lectura distinta de nuestros quebrantos. De la misma manera que las viejas
ideas que conformaron la cultura revolucionaria-populistas-mercantilista nos
llegaron del exterior, la nueva visión también fue un producto extranjero. A
partir de esos años, ciertos núcleos de la intelligentsia latinoamericana
comenzaron a comprender el papel de las instituciones en el desarrollo y la
estabilidad de los pueblos, las razones psicológicas y sociales que explican la
ineficacia y la torpeza del estado-gerente, los factores culturales que
determinan o inclinan a las sociedades en la dirección del progreso o el
estancamiento, y las dimensiones y proporciones que deberían tener la sociedad
civil y el Estado para lograr armónicamente cotas crecientes de prosperidad.
Fue entonces cuando descubrimos la importancia de una nueva categoría
sociológica y económica, el “capital social”, e incluso una variante ética
igualmente vital para el desarrollo de los pueblos: el llamado “capital
cívico”. ¿Cómo pretender dar el salto hacia el primer mundo si no contábamos
con una masa crítica de ciudadanos bien formados en el terreno técnico y
educativo, pero dotados, al mismo tiempo de las virtudes ciudadanas que se
requieren para lograr el éxito colectivo: sentido de la responsabilidad,
honestidad, apego a la verdad. Era muy fácil acusar de corrupción a los
políticos y silenciar, al mismo tiempo, la corrupción de quienes evaden los
impuestos, de quienes exigen privilegios y canonjías del Estado, o de quienes
ascienden por sus vínculos políticos y no por sus méritos. Como regla general,
se podía comprobar la correspondencia casi milimétrica entre el envidiable
nivel de desarrollo de las sociedades en las que abundaba el capital humano y
el capital cívico, frente al pobre desempeño de aquellas que exhibían un cuadro
opuesto.
Simultáneamente, redescubrimos la importancia de poner en práctica
políticas públicas dictadas por la ortodoxia económica. Lo sensato era contar
con presupuestos equilibrados, cero déficit fiscal si ello fuera posible, una
deuda pública manejable y una tasa baja de impuestos para estimular la
formación de capital y las correspondientes inversiones. Los aranceles debían ser reducidos para
obligar a nuestros productores a competir en precio y calidad. Lo importante
era satisfacer al agente principal de la ecuación económica: el consumidor.
Había surgido una nueva manera de clasificar a los ciudadanos: el “consumidor
soberano”. Una criatura que ejercía una especie de democracia comercial
reclamando su derecho a decidir cómo deseaba gastar su dinero libremente sin
que el Estado le impusiera ningún tipo de patriotismo industrial. Pero ese
respeto por el consumidor indicaba la aparición de otra convicción muy clara:
la experiencia demostraba que no había sustituto para el mercado. La asignación
arbitraria de los precios o su congelación aparentemente justiciera generaba
unas distorsiones terriblemente empobrecedoras para el conjunto de la economía.
Los burócratas casi nunca eran más eficientes que el mercado.
También aprendimos que era absolutamente falsa la premisa de que
nosotros, los latinoamericanos, habíamos sido condenados a la periferia en el
orden económico. Ante nuestros ojos vimos cómo algunas naciones excéntricas y
pobres les arrebataban a Estados Unidos y a Europa la hegemonía casi total
sobre algunos renglones de la producción. A mediados de la década de los 50,
por ejemplo, todos los electrodomésticos eran norteamericanos. Treinta años más
tarde eran coreanos, taiwaneses, o japoneses. Hubiera sido perfectamente
posible que los fabricantes de esos productos hubieran sido mexicanos,
venezolanos o brasileños. Sencillamente, la teoría de la dependencia era un
disparate, como le tocó reconocer, cabizbajo, a Fernando Henrique Cardoso, uno
de sus promotores más ardientes. Lo que ocurría era lo contrario: los países se
enriquecían por medio de la colaboración, la imitación de los más exitosos, y
los vínculos con los centros financieros y comerciales internacionales. Sin
globalización no hubieran sido posibles los famosos milagros de los tigres
asiáticos ni el notable enriquecimiento de una nación como España. Sin la
globalización, las instituciones financieras internacionales no hubieran
acudido en socorro de países agobiados por la falta de liquidez, como en el
pasado les ocurrió a México, Brasil o Argentina.
El conocimiento limitado
Pero ocurre, desgraciadamente, que el acceso a este cúmulo de
conocimientos y percepciones no es capaz de sacarnos del atolladero. Y es que
estas nuevas certezas, aprendidas de la experiencia, sólo son compartidas por
un pequeño núcleo de la población. La verdad es que la mayor parte de nuestros
ciudadanos no suscribe esta visión del desarrollo y de la estabilidad política.
Nuestras gentes continúan atrapadas en la vieja cultura revolucionaria-populista-mercantilista.
Es lo que se sigue escuchando en las universidades y lo que se publica en los
periódicos o se divulga por radio y televisión. Es lo que continúan repitiendo
muchas congregaciones religiosas o las asambleas de sus dirigentes. Como los
viejos paradigmas se habían montado sobre la base de la existencia de una
perversa relación entre buenos y malos, entre abusadores y humillados, el
fracaso del modelo revolucionario-populista-mercantilista no se le atribuye a
sus defectos intrínsecos o al error intelectual del que partía, sino a la mala
actuación de una raza degenerada de personas terriblemente malvadas. Pero
frente a esas desdichas -continúa insistiendo el
grueso de nuestras poblaciones-, algún día vendrá en un
carro de fuego un genuino representante de los humildes dispuesto a salvar a
las muchedumbres de sus odiosas servidumbres y carencias.
Todavía más: existe otro elemento que explica con mayor claridad la
persistencia de los errores que nos mantienen en el atraso y la zozobra. Se
trata de una fatalidad del proceso cognoscitivo. Muchas de las ideas y de las
proposiciones acertadas que aporta el pensamiento liberal son contrarias a la
intuición primaria. Cuando se le pregunta a una persona de escasa o media
instrucción si los precios de las cosas o de los servicios deben ser fijados
por el mercado o mediante las decisiones de burócratas sabios formados en
buenas universidades, o incluso mediante revolucionarios inspirados por la
buena fe, la respuesta probable es que corresponde a los burócratas y a los
revolucionarios esa labor de determinar el valor de las cosas. En una cultura
como la nuestra, donde se le concede un rango especial a las autoridades, es
difícil persuadir a la sociedad de las virtudes y ventajas de un mercado ciego
que nadie controla, salvo la oferta y la demanda, esa “mano invisible” de que
hablara Smith. Cuando a ese hipotético ciudadano se lev pregunta si cree que
las decisiones favorables al pueblo van a ser tomadas mediante el laborioso
procedimiento democrático o por la fulminante voluntad de un caudillo
bienintencionado, una parte sustancial de nuestras gentes opinará que hay más
probabilidades de recibir justicia y equidad de un hombre bueno instalado en la
cúpula del poder que de una maquinaria política inevitablemente corrompida o de
un complicado proceso parlamentario.
En efecto, en nuestras sociedades, pese a sus frutos nefastos, no ha
muerto la cultura revolucionaria-populista-mercantilista. Está viva y coleando.
Eso explica, por ejemplo, el fulminante ascenso al poder de una persona como el
teniente coronel Hugo Chavez. En 1992, cuando intentó el golpe militar, los
venezolanos no lo aplaudieron a rabiar por su conducta antidemocrática, sino
porque se convirtió súbitamente en el representante de esa siempre traicionada
cultura revolucionaria. De él se esperaba que hiciera lo que no habían hecho
los presidentes durante las tres décadas largas que había durado la democracia.
Y la verdad es que el señor Chávez probablemente pensaba que él era capaz de
traerles la felicidad a los venezolanos mediante la ejecución de una profunda
transformación económica y política. No era un mentiroso, sino un creyente,
categoría que a veces complica mortalmente los problemas. Chávez se creía su
propio cuento. Su discurso era el de los revolucionarios convencionales, pero
“enriquecido” (y enrarecido) con varios factores aún más radicales tomados del
extremismo islámico de Gadafi y del ejemplo de Fidel Castro.
Por eso fracasó. Porque sus ideas están equivocadas. Si uno realiza el
mismo experimento debe esperar los mismos resultados. ¿Por qué no rectifica?
Porque no sabe que está equivocado. Una vez instalado en el poder con el apoyo
abrumador del pueblo, y una vez puestos en marcha los cambios revolucionarios,
si el señor Chávez hubiera tenido sentido crítico, y si no estuviera cegado por
el resplandor de sus espejismos ideológicos, tal vez hubiera podido darse
cuenta de que estaba minuciosa y aplastantemente errado. Pero el señor Chávez,
como suele ocurrir con las personalidades mesiánicas, es incapaz de rectificar
el rumbo. A este tipo de personas narcisistas, convencidas de su genialidad,
les resulta mucho más fácil explicar sus fracasos como consecuencia de la
actividad siniestra de sus enemigos que por sus propias limitaciones. De alguna
forma, ello confirma las claves sobre las que se sostiene su visión de la
realidad. Para él la explicación de aciertos y desaciertos sigue siendo una
dicotomía entre el bien y el mal, una lucha épica entre el ying y el yang, como
creo que postulan los chinos.
Una sociedad desconcertada
Es obvio que la caída en picado de la popularidad del presidente Hugo
Chávez se debe al desengaño de los venezolanos. La inmensa muchedumbre que lo
llevó al poder, y durante los dos primeros años de su mandato lo aplaudió
delirantemente, hoy se siente defraudada. Esperaba que el revolucionario le
solucionara sus problemas, pero ha ocurrido a la inversa: el revolucionario,
como era inevitable, los ha agravado.
La gran diferencia, sin embargo, entre ésta revolución bolivariana y la cubana,
la sandinista, o la libia, es que la existencia en Venezuela de una prensa
libre y de una sociedad acostumbrada a expresar a viva voz sus ideales, ha
impedido que el descontento y el rechazo popular hayan sido silenciados en los
calabozos o cercenado en los paredones. Sencillamente, el presidente Chavez
trató de implantar una revolución, pero no pudo o no supo poner en práctica los
métodos dictatoriales que se requieren para erigir esos sistemas contra natura.
Por eso hoy se trasluce nítidamente la inmensa debilidad que padece su
gobierno.
Pero el problema que se plantea en Venezuela es mucho más grave que la
anécdota lamentable del paso por el poder del señor Chávez. Dentro de una
semana, dentro de un mes o dentro de tres años, muy probablemente será otro el
inquilino radicado en Miraflores. Mas el conflicto que enfrentará ese sucesor
seguirá tercamente vigente. El conjunto de la sociedad venezolana seguirá
esperando que una persona excepcional, llena de buenas intenciones, le traiga
la solución de sus problemas básicos. Millones de personas continuarán pensando
que viven en un país muy rico permanentemente saqueado por venezolanos
inescrupulosos. Millones de venezolanos, como cientos de millones de
latinoamericanos, no saben y ni siquiera se imaginan las claves que explican el
proceso de creación de riquezas.
He ahí la gravedad de la situación. Cuando un partido político trate de
explicar que la riqueza se crea -entre otras razones- mediante el trabajo intenso y prolongado, el cumplimiento de la ley, el
respeto por los contratos y por la propiedad privada o el buen funcionamiento
de los tribunales, le virarán la espalda. Si un líder político moderno y bien
informado se atreve a decir que es mucho más importante respetar el Derecho
Civil que entonar La Marsellesa, seguramente no lo van a entender. En cambio, cuando un demagogo prometa el
cielo y las estrellas, y cuando jure y perjure que la pobreza de los más
necesitados es sólo la consecuencia de la codicia de los poderosos, y que no
hay otro alivio a esa injusticia que cambiar de arriba abajo el registro de
propiedad, recibirá de nuevo los aplausos de la multitud. Es bueno, aunque muy
triste, recordar que al señor Chávez lo eligieron por sus planteamientos y
promesas, y hoy lo repudian por sus resultados, sin darse cuenta de la íntima
relación que vinculaba la causa y sus inevitables efectos.
El fin de la tragedia
El dilema es evidente. Nuestros problemas no comenzarán a solucionarse
hasta que no cambiemos de una punta a la otra esos rasgos de nuestra cultura
política que impiden el desarrollo de nuestros pueblos y condenan a la miseria
a una parte sustancial de nuestra población. No habrá solución de largo plazo
hasta tanto el conjunto la sociedad no haya desterrado los errores, sofismas, y
falsas percepciones con los que construimos nuestro fallido presente. Eso
requiere un extraordinario esfuerzo educativo en todos los ámbitos de la
sociedad. Hay que persuadir a los comunicadores sociales, a los maestros, a los
sindicalistas, a las elites dirigentes de los partidos políticos. Hay que
llevar la información correcta a los sínodos de obispos, a las órdenes
religiosas, a prácticamente todo aquel que posea la posibilidad de comunicar un
mensaje.
Afortunadamente, podemos sacar el debate de un marco exclusivamente
teórico y colocar ante los ojos de nuestros interlocutores dos ejemplos muy
esperanzadores: el de España y el de Chile. Los venezolanos no ignoran que a
mediados del siglo XX, y hasta bien entrada la década de los 70, Venezuela era
un destino deseado por millones de gallegos, asturianos y canarios que querían
buscar en el Nuevo Mundo una forma de vida más decorosa que la que entonces
podía proporcionarles España. Pero luego se invirtieron los papeles: hoy son
decenas de miles, o tal vez millones, los venezolanos que quisieran marchar a
España porque no tienen esperanzas en la redención a corto plazo del país. ¿Por
qué se ha producido este cambio de roles? Precisamente, porque en España se fue
oscureciendo la visión tercermundista hasta prácticamente desaparecer. Sólo los
nostálgicos del estalinismo son hoy capaces de reivindicar los viejos esquemas
de la cultura revolucionaria-populista-mercantilista. Prácticamente en todo el
arco democrático del país, desde la moderada izquierda socialista hasta la
moderada derecha del señor Aznar, existe el consenso básico sobre cómo se
gobierna en una democracia moderna y próspera.
El caso de Chile es semejante. Con sus $12,400 dólares per cápita ya
Chile alberga a la sociedad más rica de América Latina. Una sociedad que en
menos de una década ha reducido los niveles de pobreza del 44 por ciento al 20.
Una sociedad en la que gobierne la derecha, la democracia cristiana, o la
socialdemocracia, todos están de acuerdo en la importancia fundamental de gozar
de un Estado prudente que maneje los asuntos macroeconómicos dentro de la
ortodoxia y una sociedad civil que realice sus transacciones dentro de las
reglas del mercado y a la sombra del Estado de Derecho. En Chile el déficit
fiscal es prácticamente inexistente y la inflación se sitúa por debajo del 3
por ciento. El estado-empresario ha dejado de existir, con la excepción de la
producción de cobre, y han surgido más de dos mil empresas exportadoras en el
ámbito privado. La deuda y el gasto público se manejan con mucho cuidado y los
casos de corrupción son verdaderas excepciones. Exactamente igual a lo que
sucede en España, la sociedad chilena ha alcanzado un consenso general sobre el
modelo de Estado que desean para el país:
el mismo que se tiene en las naciones del Primer Mundo. Ya nadie que se
mueva en la esfera política con una mínima solvencia puede decir disparates
impunemente. No hay payasos. Lo castigarían en las urnas, porque la sociedad
chilena, como sucede en los países desarrollados, hoy valora la buena gerencia
y la sensatez en el ejercicio de las funciones públicas y no la pirotecnia
verbal o los gestos de feria. Sólo quedan fuera del consenso algunos, ya muy
pocos, pinochetistas irredentos, y los inefables comunistas, pero éstos apenas
alcanzan al 4% del electorado, y prácticamente nadie, o casi nadie, les hace el
menor caso.
Naturalmente, cuando se esgrimen estos dos ejemplos inevitablemente
surge una inquietante pregunta: ¿acaso en necesaria la implantación de una
feroz dictadura para conseguir eliminar las creencias e informaciones
equivocadas de nuestros pueblos?¿Será verdad también, en esta circunstancia,
que la letra sólo entra con sangre, como aseguraba el viejo dictum pedagógico?
No lo creo. Uno de los casos más interesantes de desarrollo en el mundo
contemporáneo es el de Irlanda. País católico, como los nuestros, de cuyos
pobladores se decían los peores epítetos: borrachos, irresponsables, torpes,
vagos y otras lindezas. A los irlandeses se les suponía, como a nuestra gente,
aptos para el arte y la poesía, pero negados para la ciencia y la técnica. Y,
también como nosotros, los irlandeses traían en su memoria política una severa
carga de violencia y frustración. Pues bien, Irlanda, en el ejercicio de su
democracia, sin violencias ni imposiciones, pero recurriendo a las libertades
económicas y políticas del Estado liberal, en la última generación se ha
trasformado en el “tigre europeo” más agresivo, con unas tasas de crecimiento
anual en torno al 8 por ciento, dejando atrás a España en todos los indicadores
económicos y sociales.
Hace varias décadas, los dirigentes de la clase política venezolana,
tras la caída de Pérez Jiménez, fatigados por una larga historia de fracaso de
las instituciones democráticas, fueron capaces de forjar un consenso político
para superar esa vieja maldición de autoritarismo y caudillaje. Hoy ese
acuerdo, el famoso “Punto Fijo”, es execrado por millones de venezolanos, pero
para un observador imparcial, como es mi caso, parece obvio que en la historia
republicana del país no hay otras cuatro décadas mejores que las que ése
acuerdo posibilitó. ¿Por qué se agotó? Porque, como decía al principio de estos
papeles, el pacto, sin que entonces nadie lo advirtiera, se sustentaba sobre
presunciones socioeconómicas erróneas, las propias de la época, que minaron
seriamente las relaciones entre la sociedad y el Estado y acabaron por
desacreditar a la clase política que lo había desovado.
El postchavismo llegará probablemente a corto o medio plazo. Ése será el
momento -o quizás ya llegó- para que la ancha clase política democrática, hoy en la oposición,
forje otro pacto que eche las bases de la Venezuela próspera, moderna, justa y
desarrollada, que puede lograrse si se establece el consenso entre la clase
dirigente y se lanza una campaña seria y abarcadora de formación e información
que sustituya para siempre la cosmovisión preconizada por la cultura
revolucionaria-populista-tercermundista. Por lo pronto, me pareció un buen
auspicio de esa Venezuela posible la reunión reciente de los sindicalistas y
los empresarios bajo la atenta mirada del respetado Padre Ugalde y el aplauso
de numerosos políticos. La Venezuela que debe salir de este amargo episodio no
puede ni debe volver al reñidero y el desconcierto de antaño. El genio político
de los venezolanos y sus mejores virtudes sociales tienen que demostrarse en
saber recorrer sin violencia las veredas que conducen al Primer Mundo. Es hora
ya de comenzar a pensar en ese viaje largo y glorioso.
* Centro
de Divulgación del Conocimiento Económico CEDICE.
Cuestiones de
América Nº 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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