Cuestiones de América

 

Determinantes Culturales de la Pobreza

Intervenciones Posibles en Orden al Cambio Cultural Modernizador

Mikel de Viana

Borradores de Trabajo del Proyecto

La Pobreza en Venezuela. Causas y Posibles Soluciones

No. 10 - Diciembre 1998

 

Presentación del Proyecto

En 1996, un grupo de personas convocadas por la Asociación de Universidades Jesuíticas de América Latina (AUSJAL) se reunión en Caracas para discutir un proyecto embrionario de investigación sobre la pobreza en el subdesarrollo con una perspectiva Latinoamérica. A raíz de esa discusión el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello presentó un proyecto de investigación para el caso venezolano.

Este proyecto se planteo como un conjunto de investigaciones parciales cuyo objetivo general es la identificación de los obstáculos (o causas) que impiden que los grupos sociales que calificarían como pobres dejen de serlo. Las causas u obstáculos para la superación de la pobreza se enmarcan en lo que el proyecto de investigación delimita como:

·Determinantes Socio-culurales

·Determinantes Económicos y, los

·Determinantes Político-Institucionales

Cada uno de estos determinantes de la pobreza corresponden a una diferenciación analítica del problema y se enmarca en lo que son los campos o disciplinas para el estudio de la sociedad, las cuales, para los efectos del estudio propuesto, representan investigaciones parciales del proyecto global de carácter multidisciplinario .

La aspiración es que el encuentro de los distintos abordajes del problema permita la construcción de una perspectiva global sobre la pobreza en Venezuela, la cual se alimente de los resultados que vallan arrogando las distintas investigaciones parciales y su lectura permanente a partir de la confrontación con teorías agregadas sobre el tema de la pobreza.

Este esfuerzo de largo plazo, residenciado en la UCAB a través de su Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, sólo ha sido posible gracias al auspicio de la Asociación Civil para la Superación de la Pobreza y el Subdesarrollo, organización que nuclea a un conjunto de empresas y personas, las cuales además de ser el soporte financiero al proyecto, velan por que los estudios tengan aplicación práctica y sean fuente de inspiración para las acciones públicas del Estado y la sociedad civil venezolana.

El Autor

Mikel de Viana es venezolano, sociólogo, Ms. en Filosofía, Teólogo Moralista de la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma-Italia). Es profesor de en la Universidad Católica Andrés Bello y asesor de varios organismos públicos y privados. En el marco del Proyecto “La Pobreza en Venezuela, Causas y Posibles Soluciones” es el encargado de coordinar el área cultural del estudio.


 

Contenido

 

Contenido............................................................................. 1

 

1.Introducción...................................................................... 4

 

1. La cultura........................................................................ 4

1.1. Creencias........................................................................ 5

1.2. Las estructuras valorativas..................................................... 6

1.3. Las normas...................................................................... 7

 

2. Modernidad y pre-modernidad en Venezuela............................... 7

2.1.   Los reiterados intentos de implantación de la modernidad................. 7

2.2.   El Estado como inductor o implantador de modernidad.................... 7

2.3. El familismo amoral criollo..................................................... 8

2.3.1. La regla preferencial de..................................................... 8

actuación............................................................................. 8

2.3.2.  Familismo amoral y círculos primarios de pertenencia.................... 8

2.3.3.  La difusión del familismo amoral:  hipótesis descriptivas................. 9

 

3. Hallazgos empíricos............................................................ 12

3.1. Los Perfiles de Creencias y Valores.......................................... 12

3.2. Tipologías Culturales y Ambitos Axiológicos................................. 17

 

4.  Marco general para las intervenciones posibles en orden al cambio cultural modernizador       18

4.1. Objetivo general.............................................................. 18

4.2. Objetivos relacionados con el sistema de creencias......................... 18

4.3. Objetivos relacionados con las estructuras valorativas:..................... 18

modos de evaluación o............................................................. 18

preferencias valorativas............................................................ 18

4.4.  Caracterización del proceso de cambio cultural............................ 19

 

5.  Intervenciones posibles en orden al cambio cultural modernizador.... 19

5.1. La familia...................................................................... 19

5.2. El Estado....................................................................... 20

5.2.1. La Reforma del Estado..................................................... 21

5.2.2.  Líneas maestras de la Reforma del Estado............................... 21

5.2.3.  Reforma del Estado y modernización de la sociedad venezolana....... 21

5.3.  La escuela..................................................................... 22

5.4.  Las asociaciones voluntarias de ciudadanos................................. 23

5.5.  El trabajo..................................................................... 23

 

 


1.Introducción

El presente informe recoge las recomendaciones acerca de intervencio­nes posibles en orden al cambio cultural modernizador que se presentan se desprenden del análisis preliminar de los datos obtenidos de la encuesta ac­erca de «Los determinantes culturales y pobreza» (Para una descripción de los aspectos técnicos de la encuesta y el correspondiente trabajo de campo, puede consultarse el Documento Nº 12 de la presente colección).  La men­cionada encuesta aporta la base empírica a uno de los tres módulos que inte­gran el estudio «La pobreza en el subdesarrollo.  Un estudio interdisci­plinario de aproximación a las cau­sas y posibles soluciones al problema de la pobreza en Venezuela», en curso de realización por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello.

La pertinencia y justificación de una investigación acerca de los deter­minantes culturales de la pobreza vienen dadas por los siguientes motivos:

a.      Circula una amplia anecdótica acerca de las relaciones entre la cul­tura venezolana «tradicional» o «popular» y la pobreza.  Esa anecdótica supone que la sociedad venezolana no llega a ser próspera y productiva por la presencia de elementos culturales (valores, normas, conductas más o menos institucionalizadas) que bloquean conductas individua­les y modos de agregación propios de una sociedad productiva.

A pesar de la abundante anecdótica, hay un apreciable vacío de estudios con base em­pírica que verifiquen el supuesto, caractericen los supuestos el­ementos culturales bloquea­dores y eventualmente aporten pistas de inter­vención.

b.      La cultura es la gran matriz de los hechos sociales.  El modo de en­frentar el mundo de la vida por parte de los individuos, grupos, organiza­ciones y colectividades cristaliza en la cultura, sus valores, sus normas, sus criterios de orientación de las opciones, sus institu­ciones, etc.  El modo en que una colectividad resuelve el problema de la producción de su vida mate­rial —y, conse­cuentemente, es pobre o próspera y productiva— es uno de los contenidos bási­cos de la cultura.  Preguntarse por la pobreza de una sociedad y sus causas es necesaria­mente preguntarse por su cultura.

c.      Las hipótesis del estudio que se ha propuesto se plantean sobre el horizonte de la noción de producti­vidad:  la superación de la pobreza no es función simple del crecimiento económico, sino que está en relación con un elemento más complejo, la productividad.  El he­cho es que el in­cre­men­to de la pro­duc­ti­vi­dad es el modo más se­gu­ro y per­ma­nen­te pa­ra superar la po­breza de una colectividad.

La noción de productividad es de difícil definición;  son múltiples los enfoques posi­bles (elementalmente, productividad co­mo "re­sul­ta­dos de la Pro­duc­ción"; co­mo si­nó­ni­mo de "pro­duc­ti­vo" o eficiente relativamente;  co­mo "pro­duc­ción por ho­ra/hom­bre";  co­mo "au­men­to de las ganancias o már­ge­nes de be­ne­fi­cio";  etc.).  Sin embargo, parece claro que en sus términos más gen­erales establece la relación entre los insumos de la producción y sus pro­duc­tos (for­mal­men­te, pro­duc­ti­vi­dad =  pro­duc­to/in­su­mos);  pero a pe­sar de la aparente cla­ri­dad de la for­mu­la­ción, no es­tá li­bre de di­fi­cul­ta­des por­que tan­to el nu­me­ra­dor co­mo el de­no­mi­na­dor pue­den re­pre­sen­tar di­ver­sos con­te­ni­dos y ni­ve­les de com­ple­ji­dad, y ser ex­pre­sa­dos de mo­do di­ver­so.

En cualquier caso, la cla­ve de la pro­duc­ti­vi­dad es­tá en que el tra­ba­jo productivo se re­a­li­ce de mo­do «in­te­li­gen­te».  La pro­duc­ti­vi­dad se in­cre­men­ta cuan­do la a­pli­ca­ción de to­dos los re­cur­sos em­plea­dos en la producción material, recursos humanos, ma­te­rias y ca­pi­tal, me­jo­ra su­fi­cien­te­men­te co­mo pa­ra au­men­tar de modo sostenido la re­la­ción de pro­duc­tos por in­su­mos.

Suponemos que el elemento decisivo de la relación es el recurso hu­mano, del que depende la «inteligencia» del proceso.  El papel de factor hu­mano está directamente afectado por los elementos culturales.  Parece rele­vante el estudio de la relación entre los elementos cultu­rales y la interven­ción del factor humano en el proceso de producción en la perspectiva de la productividad.

El módulo «Factores culturales y pobreza» parte de la hipótesis según la cual, las creencias y los modos de evaluación o preferencias valorativas pro­pios de la cultura dominante de la socie­dad venezolana afectan las disposi­ciones y capacidades de los individuos para el éxito económico, para la pro­ducción y la productividad, constituyén­dose en factor interviniente en la causación del complejo problema de la po­breza de la mayor parte de la so­ciedad.

Por sí solos, los factores culturales no son necesariamente decisivos de las condiciones concretas de vida en una colectividad.  Los factores cultu­rales son un componente más del complejo sistema de factores causales y condi­cionales de las condiciones de vida.  Los factores culturales se insertan en el sistema de factores causales y condicionan en términos motivacionales la ac­ción de modo que, a mediano y largo plazo, seguramente incentivan de­ter­minadas conductas y desestimulan otras.

1. La cultura

La cultura es la herencia social del hombre y el mapa de la realidad compartido por una colectividad.  En ese mapa se representa el mundo, el yo y la colectividad.

Al afirmar su carácter de «herencia», lo que se dice es que la cultura no es «natural», es decir, no forma parte del patrimonio biológico-genético de la especie humana, sino que es una creación «artificial».  El desarrollo de la cul­tura depende de la capacidad humana de aprendizaje y de transmisión de conocimiento a las generaciones de relevo.

En efecto, a diferencia del resto de los animales cuyo comportamiento está rigurosamente regulado por inflexibles mecanismos biológicos —los in­stintos, transmitidos como parte de la herencia biológica—, los seres hu­manos carecen de instintos que sirvan como guía de sus conductas.

Lo que parece ser innato en el hombre es una serie de sistemas de seña­les y de gestos universales etológicamente presentes, desde el mismo naci­miento, en todas las sociedades;  pero su combinatoria social, su significado y su modo de integración en conductas asumidas, permitidas u obligadas, eso ya es contingente y cultural.

Al afirmar el carácter «social» de la herencia cultural, lo que se dice es que la cultura es una creación colectiva.  Las sociedades humanas, en el pro­ceso de su evolución, intentan adaptarse del modo más eficiente posible a las condiciones medio-ambientales (naturales), diseñando modelos de conducta compartidos por sus miembros.

Desde el punto de vista de su contenido, cultura está constituida por las pautas integradas del conocimiento, creencias y conducta humanos;  incluye las capacidades y habilidades adquiridas por los hombres en cuanto miem­bros de una sociedad determinada.  Así definida, la cultura consiste en el lenguaje, las ideas, las creencias, las costumbres, los códigos, las instituciones, los instrumentos, las técnicas, las obras de arte, los rituales, las ceremonias y otros elementos relacionados.

Por todo lo dicho, se entiende que la cultura incluye todo lo que puede ser considerado producto de la actividad humana.  Sin embargo, en nuestra perspectiva, consideramos a la cultura desde una perspectiva particular:  en cuanto funciona como la gran matriz de la conducta social.  En efecto, los in­dividuos obtienen de la cultura los parámetros que dan sentido y regulan sus conductas.  Desde esta perspectiva de la conducta, la cultura se estructura al menos en tres planos o niveles:  las creencias, las estructuras valorativas y los sistemas normativos.  Las creencias y los valores de la cultura proveen a los individuos de las motivaciones particulares que movilizan la conducta.  El conocimiento de las creencias y valores de una cultura es la clave para la comprensión del porqué los individuos actúan de determinado modo.

1.1. Creencias

Una creencia es una afirmación que se considera verdadera.  Además, las creencias son nuestras interpretaciones de la experiencia:  el conjunto de ellas constituye nuestro modelo o idea del mundo.  Las creencias son como filtros que afectan la percepción que tenemos del mundo, de los demás y de nosotros mismos.  Las creencias constituyen el sustrato más profundo de una cultura:  sobre ellas se construye el complejo de las estructuras valorati­vas y de las normas de acción.

La gente vive en el pasado mucho más de lo que solemos imaginar.  Esto se debe a que interpretamos en mundo con ayuda de los mapas de la re­alidad que hemos recibido en el proceso de socialización y que fueron dis­e­ñados a partir de experiencias del pasado.  Lo más fácil y frecuente es el uso de los mapas prefabricados, que se basan en las experiencias del pasado de los miembros de la colectividad.

Los cambios en las creencias son difíciles. Cuestionar una creencia bá­sica tiene como consecuencia la desestabilización de todas las demás creen­cias vinculadas y de las estructuras valorativas construidas sobre ellas.  La inestabilidad de las creencias produce inseguridad gnoseológica respecto a nuestra idea de mundo y ansiedad psicológica;  por este motivo somos rea­cios a cambiar las propias creencias.

Normalmente, el cambio de creencias compartidas por una colectividad se debe a dos tipos de fenómenos:

• Las experiencias que evidencian la inadecuación o inviabilidad de una determinada idea de mundo.

• El cambio intergeneracional, por el que son relevadas las cohortes de los individuos que forman la colectividad.

Las creencias influyen determinan-temente sobre las capacidades indi­viduales:  los individuos sólo hacen libremente lo que su sistema de creen­cias les permite hacer.  Por ejemplo, basta creer que a partir de determinada edad se es ya viejo para aprender, una creencia muy extendida, para que, al­canzada esa edad, la capacidad de aprendizaje se reduzca drásticamente, in­clusive hasta anularse.

En el ámbito de nuestra investigación hemos prestado atención a las creencias referidas a la atribución de causalidad:  aquéllas por las cuales los individuos se explican los cambios que se producen en la realidad que viven.  Se llama «foco o locus de control» a la instancia a la cual el individuo atri­buye la causalidad de la ocurrencia de cambios o transformaciones en la rea­l­idad que él vive.  La reacción de un individuo ante un determinado aconte­c­imiento, o ante el conjunto de los mismos, es totalmente distinta cuando lo percibe como dependiente de su propia acción, que cuando lo percibe como dependiente de otro agente, distinto a él mismo, y ubicado fuera de él.

En términos generales, es posible distinguir entre foco de control ex­terno y foco de control interno.  El proceso de la modernidad cultural está ín­timamente asociado a la presencia de creencias correspondientes al «foco in­terno de control».

a. La noción de foco de control externo está asociada a la creencia de que la ocurrencia o desarrollo de cambios en la realidad es independiente de la capacidad, voluntad y conducta del individuo.  Los cambios en la realidad son percibidos como producto del azar, el destino, la suerte o de la acción y control de otros poderes ajenos;  o bien, son cambios impredecibles e incon­trolables debido a la gran complejidad de las fuerzas que rodean al indi­vi­duo.

La creencia en el locus de control externo está asociada a otras creencias como por ejemplo:

• Los acontecimientos no responden a los esfuerzos desplegados por el individuo.  El mérito personal no es reconocido.

• Creencia en un mundo difícil, complejo, lleno de tareas irresolubles.

• Creencia en un mundo injusto

• Creencia en la insensibilidad del ámbito político

b. La noción de foco de control interno está asociada a la creencia en que la ocurrencia y desarrollo de cambios en la realidad son dependientes para su aparición y curso futuro, de la propia acción.  La noción de foco de control interno está asociada, pues, con creencias como por ejemplo:

• Creencia en la capacidad de intervención personal sobre la realidad.

• Creencia en un mundo en el que las dificultades y problemas tienen solución.

• Creencia en la posibilidad de un orden de relaciones justo, que re­s­ponde a las intervenciones de los individuos.

• Creencia en que los asuntos públicos pueden ser dirigidos mediante la acción y presión de los interesados.

Como ha sido indicado, la noción de «foco interno de control» está aso­ciada a lo que podríamos llamar «precondiciones de modernidad mínima».

1.2. Las estructuras valorativas

Las estructuras valorativas están constituidas por los valores propia­mente dichos, y por los modos de evaluación o preferencias valorativas.

a. Los valores, como su nombre lo indica, son objetos o estados de cosas que se consideran valiosos hasta el punto de preferirlos frente a otros objetos o estados de cosas, que bien podrían ser sacrificados para obtener aquéllos.  Los valores establecen preferencias, es decir, motivan la acción, son lo que mueve a actuar a los individuos.  Sirven para juzgar si algo es bueno o malo, valioso o despreciable.

Los valores son fundamentales pues dirigen las decisiones y elecciones individuales.  Los valores tienen como objeto las acciones libres en las que el hombre se define a sí mismo:  en la medida en que los individuos no son forzados exteriormente, sino que internamente deciden el curso de sus ac­ciones, lo hacen en razón de sus propios valores.

También los valores influyen o condicionan las capacidades individua­les, pues delimitan lo que es deseable hacer y alcanzar;  es decir, predeciden las capacidades a ser empeñadas en la acción, los modos de la acción y sus rumbos preferenciales.

Los valores y las creencias de los individuos delimitan lo que les es fac­tible.

b. Toda relación social expresa preferencias valorativas.  Los modos de evaluación o preferencias valorativas, por su parte, son las reglas empleadas para evaluar individuos, objetos, situaciones y acciones. Gracias a los modos de evaluación o preferencias valorativas, el mismo valor puede ser percibido de modo distinto en contextos culturales diversos.  El proceso de evolución cultural permite descubrir nuevas relaciones entre valores y hacer reajustes a su jerarquización.

Los modos de evaluación o preferencias valorativas han sido tipificadas en un conjunto de dicotomías.  El primer término de las dicotomías caracte­r­iza las prefe­rencias valo­rativas en el ámbito primario-familís­tico —ése es su «espacio natural» y allí siempre tendrán vigencia—.  El segundo término de las dicotomías caracteriza las preferencias valorativas en los espacios públi­cos de las sociedades de masas modernas.  Los problemas surgen cuando, en una sociedad de masas, las preferen­cias valorativas propias del ámbito pri­mario-familístico se extienden más allá de sus «límites naturales», hasta el ámbito co­lectivo, público, institucional, establecién­dose como patrones de valoración omnipre­sentes.

1.  Afectividad • Neutralidad afectiva:  Esta dicotomía se refiere al modo en que se disponen los actores a manejar las gratifica­ciones de sus de­seos y necesidades subjeti­vos.  En nuestra cultura, se tiende a privilegiar el polo de la afectividad, es decir, se per­sigue la gratifi­cación inmediata —a corto plazo— de los deseos y necesidades subjetivos, evitando el dife­ri­m­iento de la gratificación inmediata en orden a gratificaciones futuras o a exi­gen­cias del entorno social.

2. Particulartismo • Universalismo: Esta dicotomía se refiere al modo en que se eva­lúan las situaciones.  En nuestra cultura, la valo­ración de las si­tuaciones en el ám­bito so­cial-se­cundario preferentemente responde a los cri­terios del particularismo, es decir, se tiende a actuar en función de lealtades particulares y no en función de princi­pios y normas universales.

3. Adscripción • Adquisición:  Esta dico­tomía se refiere a los criterios empleados para la valoración de los actores sociales.  En nuestra cultura, pre­ferentemente la valo­ra­ción de los ac­tores en el ámbito social-secundario res­ponde a los criterios de adscrip­ción, es decir, se valora a los actores en fun­ción de su posición social y las relaciones en las que par­ticipan, y no en fun­ción de sus logros y desempeños.

Cuando la pauta valorativa dominante es la per­secución de la gratifi­ca­ción inme­diata, el no posponer las recompensas, se da en los actores una orientación hacia el pre­sente, sin posibili­dades de existencia para una plani­ficación orga­nizada del porvenir.

4. Difusividad • Especificidad: Esta dicotomía se refiere al modo como los actores en­frentan sus roles.  En nuestra cultura se tiende a enfrentar los propios roles actuando como «personas totales», sin distinguir espacios, tiempos y contextos.  Este hecho se tra­duce, por ejemplo, en la dificultad para que los individuos asuman límites netos que sepa­ran el or­den de lo privado y el orden de lo público, lo personal y lo profesional, lo indivi­dual y lo colec­tivo:  lo público, lo profe­sional y lo colectivo carecen de racionali­dad propia y se su­bordinan a la discre­cionalidad y arbitrariedad particulares de lo pri­vado, lo per­sonal y lo individual.

5. Orientación hacia sí • Orientación hacia la colectividad:  Esta dico­tomía se refiere a los intereses que se privi­legian en la actuación social.  En nuestra cultura se atiende prioritariamente a los pro­pios intere­ses, que pri­van sobre los colectivos, eludiendo la atención prioritaria a éstos.

1.3. Las normas

Las normas son formulaciones que expresan la conducta deseable.  Son, en realidad, la traducción de los valores en términos de conducta concreta.  Sin las normas, los valores se mantienen como entidades abstractas.  Mediante las normas, una cultura intenta proponer modelos de conducta que realizan determinados valores o impiden su deterioro en situaciones concretas.  Es claro que las normas son un instrumento eficaz para el mante­nimiento del orden social como realización o expresión de los valores de la cultura.

La formulación de las normas es un hecho contingente respecto a los valores que expresan, pues los cambios sociales imponen la necesidad de re­formulación de las normas para lograr eficientemente expresar y proteger los valores en las situaciones cambiantes.

Nuestra investigación no se ha dedicado al estudio de las normas de la cultura dominante en la sociedad venezolana por dos motivos:  en primer lugar, porque toda cultura establece normas numerosísimas para regular si­tuaciones muy variadas, de modo que su estudio exhaustivo es práctica­mente imposible; y en segundo lugar, por el carácter contingente de las nor­mas, que las hace dependientes de las estructuras valorativas y de las creen­cias.  Lo realmente decisivo es el estudio de las creencias y de las estructuras valorativas.

2. Modernidad y pre-modernidad en Venezuela

La modernidad se gesta en Europa;  la cultura tradicional de Venezuela no fue la matriz natural de semejante proceso cultural.  Al contrario, la mod­ernización se presenta como un proceso exógeno respecto a la cultura tradicional vene­zolana.

2.1. Los reitera­dos intentos de implantación de la modernidad

La historia de la Venezuela Republicana bien podría verse bajo la óptica de los reitera­dos intentos de implantación de la modernidad:

       El intento de la Emancipación, para cuyo pensamiento la ruptura con la monarquía es­pañola era la superación del obstáculo primordial a la mod­ernidad;

       El de las élites positivistas, con su pretensión de superar el obscuran­tismo que encaden­aba al atraso premoderno;

       El de la institucionalización del Estado desde el s. XIX y de las fuerzas armadas al inicio del presente;

      El de los programas modernizadores de AD, COPEI y el PCV;

       El de la inserción del país en el mercado internacional por medio del petróleo y la correl­ativa transferencia interna de la Renta petrolera para la creación de «clases medias» modernas con acceso al consumo que posibili­taran la democracia;

       El de la Iglesia mediante la educación privada católica;

       El del «ideal nacional» perezjimenista;

       El de la Gran Venezuela, el de los dos intentos de ajuste estructural de la economía y hasta el de la Agenda Venezuela.

El resultado de todos estos intentos, a fines del s. XX, ciertamente no es una «sociedad mod­erna» en el sentido convencional de la expresión, sino otra preñada de tensiones y discon­tinuidades producidas por la implantación de al­gunos productos de la modernidad, pero toda ella edificada sobre una matriz cultural premoderna que tenazmente se resiste a desaparecer y que condiciona todos los modos y planos de relación.

2.2. El Estado como inductor o implantador de modernidad

En el s. XX, los intentos de inducir la modernidad en la sociedad vene­zolana han contado como agente principal al Estado, como posibilitante a la renta petrolera, como mecanismo inductor la distribución de la renta y me­diante las élites, el desar­rollo social o el mercado.

Ahora bien, como hemos dicho, ningún modelo cultural con su respec­tivo sistema de valores cambia fácilmente.  Un modelo cultural vigente es un sistema de valores que se ha acreditado por su capacidad para mantener la vida del grupo.  Un nuevo modelo supone una incógnita y un riesgo que única­mente se corre cuando el viejo sistema de valores ya no sea capaz de asegurar la vida del grupo.

En el proceso de modernización de Venezuela, la renta petrolera ha per­mitido «subsidiar» los productos de la modernidad, sin que éstos fueran gesta­dos necesariamente por la colectividad.  Es decir, se ha tenido acceso a los pro­ductos de la modernidad sin que fuera necesario un cambio de los sis­temas valorativos propios del modelo cultural tradicional.  El Estado, medi­ante su función distribuidora de la renta petrolera, implantó un «baypass» cultural que permitió el acceso al consumo de los bienes materiales de la modernidad sin necesidad de que social y culturalmente hubiera sido nece­saria la gestación de un nuevo modelo de valoraciones culturales que le sirviera de sustrato.

Los productos de la modernidad —a los que ha dado acceso la renta petrolera—, no garantizan el «ethos» de una cultura moderna.  «Los reduci­dos grupos sociales —tecnócratas por lo general— que sí han asimilado ese ethos, apenas pueden calificarse ya como culturalmente latinoamericanos.  La gente no se identifica con ellos, ni siquiera los poderosos, y ellos no se identifican con la gente.  No hay tal cosa como una modernidad latinoamer­icana» (González F., Raúl, «¿Tenemos los venezolanos que ser modernos?, en SIC, abril 1994, p. 112).

De este modo, la modernidad es un modelo cultural ajeno e impuesto.

2.3. El familismo amoral criollo

En la cultura tradicional venezolana el individuo se vive primaria­mente desde la relación con las personas que forman su círculo primario de pertenen­cia, y sólo secundariamente en relación con las personas o grupos que están fuera de ese círculo primario, con las instituciones o con las cosas.  Su «mundo de vida cotidiana» no es la producción o la apropiación —relación con las cosas—, sino la convivencia interpersonal al modo de­scrito al caracterizar las sociedades familistas premodernas.  Las personas que están fuera del círculo primario son menos importantes (menos «valiosas») que las incluídas en él.  Y mucho menos valiosas todavía, son las cosas.

2.3.1. La regla preferencial de

actuación

La hipótesis del «familismo amoral criollo», sostiene que los individ­uos socializados en nuestra cultura, consciente o inconscientemente, asumen como regla preferencial de actuación la que impone «la maxi­mización de las ventajas materiales o de prestigio social e inmediatas («inmediatas» está usado en el sentido de «a corto plazo») para sí mismos y para sus círculos inmediatos de pertenencia, suponiendo que todos los demás actores hacen exactamente lo mismo».

a.      El ethos del «familismo amoral criollo», a su vez, es el resultado de múltiples factores que han operado conjuntamente en el proceso histórico de formación de la sociedad venezolana, y que se concentran en la atipicidad e in­estabilidad de las estructuras familiares, y en la precaria implantación de todas las instituciones que tradicionalmente desempeñan la función social­izadora:  familia, escuela, Iglesia, Estado, etc.

b.      Tanto las estructuras socializadoras como los contenidos mismos de la socialización primaria en la cultura criolla venezolana, propician la trans­misión y perpetuación de un ethos caracterizado por el particularismo, el ego­centrismo, la implicación afectiva, la adscripción (reconocimiento a los actores por la posición que ocupan en la estructura de relaciones) y la difu­sividad. Estas características se oponen al universalismo, a la orientación hacia lo colec­tivo, a la neutralidad afectiva (diferimiento disciplinado de las gratificaciones inmediatas), al desempeño (reconocimiento a los actores en base a sus acciones, logros y méritos) y a la especificidad, que son característi­cas del ethos requerido por las comunidades políticas democráticas moder­nas.

c.      La cultura tradicional criolla se caracteriza por un apreciable vacío normativo en áreas cruciales de la convivencia.  En terrenos tan fundamen­tales como el ejer­cicio de la sexualidad, la estructura familiar, el ejercicio de la paternidad, la so­cialización en la primera infancia, las relaciones entre el individuo y la colec­tividad, el trabajo y la producción económica, las rela­ciones con las figuras que detentan autoridad, etc... no existen normas claras y firmemente establecidas o institucionalizadas.  En todos estos terrenos, la conducta de los individuos es el resultado de adaptaciones individuales a las situaciones particulares, dirigidas por la regla preferencial del familismo amoral.  Este vacío normativo es conse­cuencia de la precaria implantación institucional de la sociedad venezolana desde sus orígenes y de la ineficien­cia de los agentes socializadores primarios.

La presente hipótesis pierde vigencia relativa en los sectores de la so­ciedad venezolana donde el proceso histórico de implantación ha cristal­izado en sólidas instituciones sociales tradicionales (los Andes y los núcleos tradi­cionalmente conocidos como «godos»).

2.3.2.  Familismo amoral y círculos primarios de pertenencia

El familismo amoral es la condición por la cual los individuos mantienen relaciones de lealtad y responsabilidad exclusiva o, al menos, preferentemente con su núcleo primario de pertenencia y no hacia la colec­tividad e instituciones de las que forman parte.  Este hecho explica la débil lealtad y compromiso de los individuos con las instituciones sociales y con las empresas productivas.

El familismo amoral constituye un ethos especial que se opone o blo­quea el establecimiento de las que hemos llamado «condiciones de mod­ernidad mínima» (cf. apartado 4.1).

Tal vez, la denominación «familismo amoral» parezca repugnante, pero debe tenerse en cuenta que pretende indicar que la moralización de las rela­ciones se extiende sólo al ámbito de los círculos inmediatos de pertenen­cia.  El alcance de las prescripciones morales se identifica con la conducta de los rela­cionados entre sí y no con la conducta referida a otros actores.

El ethos del «familismo amoral», en comunidades tradicionales, ru­rales, reducidas en su tamaño, dispersas en el territorio y cuyas economías se mantienen a niveles de subsistencia, resulta prácticamente funcional:  equiv­ale a la sobre-estimación de las vinculaciones primarias de parentesco que de hecho constituyen la colectividad.  En tales contextos, la conducta familista amoral no es percibida como violación a los patrones morales, pre­cisamente porque el contexto familista (la red de relaciones primarias) se identifica prácti­camente con la comunidad (sociedad).

Sin embargo, a la luz del proceso de modernización y en el contexto de so­ciedades de masas, urbanizadas y que pretenden legitimar el poder racional­mente, el «familismo amoral» se revela como factor restrictivo de las posibili­dades de ejercicio democrático, y como conducta que contraviene las normas de una moral universalista.

En las sociedades modernas industriales y postindustriales en ethos del familismo amoral tiene su espacio funcional propio y legítimo en el ámbito de las relaciones primarias informales.  Pero su extensión a los ámbitos for­males, institucionales, organizacionales y colectivos resulta disfuncional.

Una de las conquistas sociales de la convivencia en las sociedades mod­er­nas es la especificidad por la que los actores distinguen netamente el ám­bito familista-primario del ámbito universalista-secundario, y aplican a cada uno su propia racionalidad ética.

2.3.3.  La difusión del familismo amoral:  hipótesis descriptivas

Se proponen a continuación algunas implicaciones lógicas de carácter de­scriptivo derivadas de la hipótesis del familismo amoral (cf. E. Bandfield, "A predictive hypothesis", en: The Moral Basis of a Backward Society, Illinois):

a.      En una sociedad de familistas amorales nadie promoverá el interés colec­tivo, excepto si ello beneficia a su interés particular.  En otras palabras, la esper­anza de ventajas materiales o de prestigio inmediatas será el único mo­tivo para interesarse por los asuntos públicos o colectivos.

Este principio es consistente con la ausencia de asociaciones orientadas al mejoramiento de la comunidad, organizaciones de beneficencia y ciu­dadanos prestigiosos que asuman iniciativas en beneficio de sus comu­nidades.  También explica la ausencia de iniciativas privadas de alcance colectivo.

La importancia de las asociaciones y organizaciones voluntarias para el funcionamiento de la democracia, ha sido explicado a partir del caso de los Estados Unidos (cfr. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México).  En general, se reconoce a las organizaciones y asociaciones volun­tarias una función de propiciación de la movilidad social.  Este hecho no es in­consistente respecto a la hipótesis básica del familismo amoral:  quienes pertenecen a organizaciones y asociaciones voluntarias orientadas a "hacer el bien a la comunidad" se procuran ventajas (es decir, status, poder, presti­gio,...etc.) que poco tienen que ver con los propósitos comunitarios para los cuales existen esas organizaciones (y por eso las organizaciones son fun­cionales para la movilidad social).  Aún así, estos propósitos comunitarios no carecen de importancia en la motivación de los participantes.  Es más, la mayoría de las gratificaciones individuales que se garantizan de este modo no se relacionan con ventajas materiales o de prestigio , o al menos no con ventajas materiales o de prestigio o de prestigio inmediatas.

— La gente se mantiene al margen de las actividades comunitarias y es­pe­cialmente de la política.  Se suele aducir como justificación que todos los par­tidos son iguales y que quienes pertenecen a ellos buscan el propio in­terés.  Se aduce además que al pertenecer a un partido se establece una es­pecie de con­flicto con los miembros de otros partidos (Se podría perder clientes, por ejem­plo.).

— Nadie se postula para cargos comunitarios porque se estima que ya es bastante con las preocupaciones privadas para encima cargar con las públicas.  Además, se supone que quien ocupa un cargo público debe soportar fre­cuentes exigencias de favores y atenciones y debe dedicar todo el tiempo a atender nedesidades ajenas, dejando de lado las propias.

— En relación con el trabajo, los individuos establecerán un «margen dis­crecional de dedicación», de modo que tenderán a entregar a la empresa lo es­trictamente necesario para mantener el cargo, y considerarán excesiva e in­justi­ficada cualquier exigencia que supere los mínimos necesarios.

— Se supone que quienes entran en la contienda por puestos públicos lo hacen para maximizar las ventajas personales en el ejercicio público, o para someter a los pares.  Sin embargo, entre las ventajas obtenidas con un puesto publico, no está el prestigio (que es inmaterial y no inmediato).

b.      En una sociedad de familistas amorales sólo los funcionarios se ocu­parán de los asuntos públicos, pues sólo ellos son pagados para hacerlo.  Cuando un ciudadano común muestra un serio interés por un problema público, su in­terés tiende a ser considerado como impropio.

— El ciudadano que se interesa en problemas colectivos es "mal visto" tanto por la burocracia competente en la resolución de tales problemas como por sus pares.  La burocracia competente reaccionará desconociendo el dere­cho o autoridad del ciudadano para elevar quejas o peticiones, porque con­sidera que tales intervenciones son una indebida intervención en sus com­petencias:  una intrusión extraña en la esfera del Estado.  Esa convicción y sentimiento es refrendada por la arrogancia de los funcionarios.

— El ciudadano individual, sin embargo, podría interesarse en los prob­le­mas de otro individuo, sin despertar sospechas (v. gr. podría ayudar a un traba­jador anciano a obtener su jubilación).  La dificultad surge cuando los proble­mas a los que se atiende son colectivos.

— Los individuos no asumirán responsabilidades o roles de servicio público porque suponen que esa es tarea de los funcionarios de la burocracia o del Estado más en general.  En materias comunitarias, se espera que los fun­cionarios asuman las iniciativas y resuelvan los problemas.  Este hecho llega al límite de que personas con prestigio ni siquiera ejercen su influencia porque toda intervención en el ámbito de lo colectivo-público es entendido como una intrusión en las competencias del Estado (v. gr. no se invierte en empresas rentables económicamente y beneficiosas socialmente, porque se supone que es el Estado el que tiene que hacer tales inversiones).

c.  En una sociedad de familistas amorales habrá muy poca vigilancia sobre los funcionarios, porque hacerlo corresponde solamente a otros fun­cionarios. Análogamente, no se desarrollará un sentido de tutela de los bi­enes de una in­stitución —una empresa, por ejemplo—, porque se supondrá que tal atención corresponde a gerentes y propietarios.

— Los funcionarios sólo denunciarían casos de corrupción de sus subal­ter­nos.  Si los casos se producen en otras dependencias burocráticas, aunque vinieran al conocimiento de tales funcionarios, éstos no los denunciarían porque "no son asuntos suyos".

— Aunque sea posible probar un caso de corrupción, un ciudadano no lo denunciaría porque probablemente terminaría siendo acusado y víctima:  no existe confianza en los aparatos judiciales y se supone que "los corruptos" están en todas las áreas y tienen inmenso poder para impedir las acciones de "los honestos".

d.      En una sociedad de familistas amorales, será muy dificil lograr y man­tener cualquier tipo de organización (es decir, acción deliberadamente concer­tada):

i.       Los incentivos que hacen que la gente contribuya con su actividad a las organizaciones (es decir, la identificación con los propósitos de la organi­zación), son en grado considerable, nada egocéntricos y a menudo son inma­te­riales (es decir, el interés intrínseco en la participación como un "juego").

ii.      Además, para que la organización sea exitosa, es condición que entre los miembros exista cierta confianza mutua y lealtad a la organización.  En una organización con alta moral de grupo, se da por descontado que los miembros harán pequeños y hasta grandes sacrificios por ella.

— Las únicas organizaciones que existen son la Iglesia y el Estado porque son sostenidas desde fuera; de otro modo no podrían subsistir.  Esa incapacidad para lo organizacional obstaculiza todo tipo de desarrollo.

— La rivalidad entre los representantes de las organizaciones bloquea las iniciativas de los mismos e impide la cooperación entre ellos.  Además, si las iniciativas tienen distinto origen y están apoyadas por alguna de las orga­niza­ciones existentes, serán saboteadas por los representantes de las otras or­ganiza­ciones.

— Los familistas amorales no desarrollan lealtad hacia las organiza­ciones.  Por ese motivo no pueden constituir empresas exitosas:  la mística de la em­presa se funda en la lealtad de sus empleados y en particular a los equipos de trabajo;  tales grupos son inviables cuando la lealtad se reduce al ámbito del grupo primario de pertenencia.

— La desconfianza entre grupos, estratos o clases sociales impide la or­gani­zación y procesos económicos más racionales.  Así los individuos preferirán trabajos anti-económicos de carácter informal (por cuenta propia) en lugar de trabajar en grandes empresas, para evitar la relación con jefes y gerentes:  ninguno piensa que los ingresos devengados en una empresa or­ganizada com­pensan el peso de la relación con los jefes  (no deber obedecer a nadie, no tener que actuar con miramientos, preocupación de perder la propia libertad, los propietarios piensan que los obreros les roban, odio al rico que disfruta todo el año y se acerca a la empresa a recoger sus beneficios).

e.      En una sociedad de familistas amorales, quienes ocupan cargos, al no sen­tir identificación con los propósitos de la organización, no trabajarán más de lo necesario para mantener los cargos, o (si es posible) lograr promo­ciones.  Igualmente, los profesionales y la gente educada carecerán de vo­cación de ser­vicio.  Es más, la posición lograda y el entrenamiento especial será considerado por sus poseedores como armas a ser usadas contra otros como forma de obtener ventajas para sí.

— Los trabajadores carecerán del sentido del deber y del servicio.  Rinden sólo el mínimo indispensable.  No partirá de ellos la iniciativa de ac­tualizarse o proveerse de recursos profesionales salvo en el caso de que reciban inmedi­atas ventajas materiales o de prestigio.  Nada se podrá esperar de ellos fuera de los horarios o términos pautados de trabajo.

— El estudio y la capacitación son utilizados sólo para incrementar la propia ventaja sobre los demás (desarrollo de la astucia propia vs. ignorancia ajena).

f.      En una sociedad de familistas amorales se pasará por alto la ley cuando no haya que temer castigos.  Debido a eso, los individuos no asumirán compro­misos que dependan para su cumplimiento de procesos legales, a menos que sea obvio que se cumplirá con la ley y sólo en el caso de que el costo de asegu­rarse su cumplimiento no sea tan grande que el lograrlo sea de muy poco provecho.

— Se da por supuesto que todo el que puede saltarse la ley, de hecho lo hace.  Se ignorarán incluso las leyes del trabajo que regulan las relaciones con conciudadanos empleados conocidos personalmente.  Las víctimas sólo pueden esperar justicia, si son del lugar y apelan a las autoridades, que no im­pondrán la ley, sino que harán valer su "poder e influencia" informales ante los poderosos fraudulentos.

— Con frecuencia las víctimas de la injusticia no acuden a las autori­dades por propio beneficio:  las represalias pueden ser permanentes.  Es mejor verse burlado que quedarse definitivamente sin trabajo.

g.      El familista amor