Determinantes Culturales
de la Pobreza
Intervenciones Posibles
en Orden al Cambio Cultural Modernizador
Mikel
de Viana
Borradores de Trabajo del Proyecto
La Pobreza en Venezuela. Causas y Posibles
Soluciones
No.
10 - Diciembre 1998
En
1996, un grupo de personas convocadas por la Asociación de Universidades
Jesuíticas de América Latina (AUSJAL) se reunión en Caracas para discutir un
proyecto embrionario de investigación sobre la pobreza en el subdesarrollo con
una perspectiva Latinoamérica. A raíz de esa discusión el Instituto de
Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello
presentó un proyecto de investigación para el caso venezolano.
Este
proyecto se planteo como un conjunto de investigaciones parciales cuyo objetivo
general es la identificación de los obstáculos (o causas) que impiden que los
grupos sociales que calificarían como pobres dejen de serlo. Las causas u obstáculos
para la superación de la pobreza se enmarcan en lo que el proyecto de
investigación delimita como:
·Determinantes
Socio-culurales
·Determinantes
Económicos y, los
·Determinantes
Político-Institucionales
Cada
uno de estos determinantes de la pobreza corresponden a una diferenciación
analítica del problema y se enmarca en lo que son los campos o disciplinas para
el estudio de la sociedad, las cuales, para los efectos del estudio propuesto,
representan investigaciones parciales del proyecto global de carácter
multidisciplinario .
La
aspiración es que el encuentro de los distintos abordajes del problema permita
la construcción de una perspectiva global sobre la pobreza en Venezuela, la
cual se alimente de los resultados que vallan arrogando las distintas
investigaciones parciales y su lectura permanente a partir de la confrontación
con teorías agregadas sobre el tema de la pobreza.
Este
esfuerzo de largo plazo, residenciado en la UCAB a través de su Instituto de
Investigaciones Económicas y Sociales, sólo ha sido posible gracias al auspicio
de la Asociación Civil para la Superación de la Pobreza y el Subdesarrollo,
organización que nuclea a un conjunto de empresas y personas, las cuales además
de ser el soporte financiero al proyecto, velan por que los estudios tengan
aplicación práctica y sean fuente de inspiración para las acciones públicas del
Estado y la sociedad civil venezolana.
Mikel
de Viana es venezolano, sociólogo, Ms. en Filosofía, Teólogo Moralista de la
Pontificia Universidad Gregoriana (Roma-Italia). Es profesor de en la
Universidad Católica Andrés Bello y asesor de varios organismos públicos y
privados. En el marco del Proyecto “La Pobreza en Venezuela, Causas y Posibles
Soluciones” es el encargado de coordinar el área cultural del estudio.
Contenido............................................................................. 1
1.Introducción...................................................................... 4
1. La cultura........................................................................ 4
1.1. Creencias........................................................................ 5
1.2. Las estructuras
valorativas..................................................... 6
1.3. Las normas...................................................................... 7
2. Modernidad y
pre-modernidad en Venezuela............................... 7
2.1. Los reiterados intentos de implantación de la
modernidad................. 7
2.2. El Estado como inductor o implantador de
modernidad.................... 7
2.3. El familismo amoral
criollo..................................................... 8
2.3.1. La regla
preferencial de..................................................... 8
actuación............................................................................. 8
2.3.2. Familismo amoral y círculos primarios de
pertenencia.................... 8
2.3.3. La difusión del familismo amoral: hipótesis descriptivas................. 9
3. Hallazgos
empíricos............................................................ 12
3.1. Los Perfiles de
Creencias y Valores.......................................... 12
3.2. Tipologías
Culturales y Ambitos Axiológicos................................. 17
4. Marco general para las intervenciones
posibles en orden al cambio cultural modernizador 18
4.1. Objetivo general.............................................................. 18
4.2. Objetivos
relacionados con el sistema de creencias......................... 18
4.3. Objetivos
relacionados con las estructuras valorativas:..................... 18
modos de evaluación o............................................................. 18
preferencias valorativas............................................................ 18
4.4. Caracterización del proceso de cambio
cultural............................ 19
5. Intervenciones posibles en orden al cambio
cultural modernizador.... 19
5.1. La familia...................................................................... 19
5.2. El Estado....................................................................... 20
5.2.1. La Reforma del
Estado..................................................... 21
5.2.2. Líneas maestras de la Reforma del Estado............................... 21
5.2.3. Reforma del Estado y modernización de la
sociedad venezolana....... 21
5.3. La escuela..................................................................... 22
5.4. Las asociaciones voluntarias de ciudadanos................................. 23
5.5. El trabajo..................................................................... 23
El presente informe recoge las recomendaciones acerca de intervenciones
posibles en orden al cambio cultural modernizador que se presentan se
desprenden del análisis preliminar de los datos obtenidos de la encuesta acerca
de «Los determinantes culturales y pobreza» (Para una descripción de los
aspectos técnicos de la encuesta y el correspondiente trabajo de campo, puede
consultarse el Documento Nº 12 de la presente colección). La mencionada encuesta aporta la base
empírica a uno de los tres módulos que integran el estudio «La pobreza en el subdesarrollo. Un estudio interdisciplinario de
aproximación a las causas y posibles soluciones al problema de la pobreza en
Venezuela», en curso de realización por el Instituto de Investigaciones
Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello.
La pertinencia y justificación de una investigación acerca de
los determinantes culturales de la pobreza vienen dadas por los siguientes
motivos:
a. Circula una amplia
anecdótica acerca de las relaciones entre la cultura venezolana «tradicional»
o «popular» y la pobreza. Esa
anecdótica supone que la sociedad venezolana no llega a ser próspera y
productiva por la presencia de elementos culturales (valores, normas, conductas
más o menos institucionalizadas) que bloquean conductas individuales y modos
de agregación propios de una sociedad productiva.
A pesar de la abundante anecdótica, hay un apreciable vacío de
estudios con base empírica que verifiquen el supuesto, caractericen los
supuestos elementos culturales bloqueadores y eventualmente aporten pistas de
intervención.
b. La cultura es la
gran matriz de los hechos sociales. El
modo de enfrentar el mundo de la vida por parte de los individuos, grupos,
organizaciones y colectividades cristaliza en la cultura, sus valores, sus
normas, sus criterios de orientación de las opciones, sus instituciones,
etc. El modo en que una colectividad
resuelve el problema de la producción de su vida material —y, consecuentemente,
es pobre o próspera y productiva— es uno de los contenidos básicos de la
cultura. Preguntarse por la pobreza de
una sociedad y sus causas es necesariamente preguntarse por su cultura.
c. Las hipótesis del
estudio que se ha propuesto se plantean sobre el horizonte de la noción de
productividad: la superación de la
pobreza no es función simple del crecimiento económico, sino que está en
relación con un elemento más complejo, la productividad. El hecho es que el incremento de la productividad
es el modo más seguro y permanente para superar la pobreza de una
colectividad.
La noción de productividad es de difícil definición; son múltiples los enfoques posibles
(elementalmente, productividad como "resultados de la Producción";
como sinónimo de "productivo" o eficiente relativamente; como "producción por hora/hombre"; como "aumento de las ganancias o márgenes
de beneficio"; etc.). Sin embargo, parece claro que en sus
términos más generales establece la relación entre los insumos de la
producción y sus productos (formalmente, productividad = producto/insumos); pero a pesar de la aparente claridad de
la formulación, no está libre de dificultades porque tanto el numerador
como el denominador pueden representar diversos contenidos y niveles
de complejidad, y ser expresados de modo diverso.
En cualquier caso, la clave de la productividad está en
que el trabajo productivo se realice de modo «inteligente». La productividad se incrementa cuando
la aplicación de todos los recursos empleados en la producción
material, recursos humanos, materias y capital, mejora suficientemente
como para aumentar de modo sostenido la relación de productos por insumos.
Suponemos que el elemento decisivo de la relación es el recurso
humano, del que depende la «inteligencia» del proceso. El papel de factor humano está directamente
afectado por los elementos culturales.
Parece relevante el estudio de la relación entre los elementos culturales
y la intervención del factor humano en el proceso de producción en la
perspectiva de la productividad.
El módulo «Factores culturales y pobreza» parte de la hipótesis
según la cual, las creencias y los modos de evaluación o preferencias
valorativas propios de la cultura dominante de la sociedad venezolana afectan
las disposiciones y capacidades de los individuos para el éxito económico,
para la producción y la productividad, constituyéndose en factor
interviniente en la causación del complejo problema de la pobreza de la mayor
parte de la sociedad.
Por sí solos, los factores culturales no son necesariamente
decisivos de las condiciones concretas de vida en una colectividad. Los factores culturales son un componente
más del complejo sistema de factores causales y condicionales de las condiciones
de vida. Los factores culturales se
insertan en el sistema de factores causales y condicionan en términos motivacionales
la acción de modo que, a mediano y largo plazo, seguramente incentivan determinadas
conductas y desestimulan otras.
La cultura es la herencia social del hombre y el mapa de la
realidad compartido por una colectividad.
En ese mapa se representa el mundo, el yo y la colectividad.
Al afirmar su carácter de «herencia», lo que se dice es que la
cultura no es «natural», es decir, no forma parte del patrimonio
biológico-genético de la especie humana, sino que es una creación
«artificial». El desarrollo de la cultura
depende de la capacidad humana de aprendizaje y de transmisión de conocimiento
a las generaciones de relevo.
En efecto, a diferencia del resto de los animales cuyo
comportamiento está rigurosamente regulado por inflexibles mecanismos
biológicos —los instintos, transmitidos como parte de la herencia biológica—,
los seres humanos carecen de instintos que sirvan como guía de sus conductas.
Lo que parece ser innato en el hombre es una serie de sistemas
de señales y de gestos universales etológicamente presentes, desde el mismo
nacimiento, en todas las sociedades;
pero su combinatoria social, su significado y su modo de integración en
conductas asumidas, permitidas u obligadas, eso ya es contingente y cultural.
Al afirmar el carácter «social» de la herencia cultural, lo que
se dice es que la cultura es una creación colectiva. Las sociedades humanas, en el proceso de su evolución, intentan
adaptarse del modo más eficiente posible a las condiciones medio-ambientales
(naturales), diseñando modelos de conducta compartidos por sus miembros.
Desde el punto de vista de su contenido, cultura está
constituida por las pautas integradas del conocimiento, creencias y conducta
humanos; incluye las capacidades y
habilidades adquiridas por los hombres en cuanto miembros de una sociedad
determinada. Así definida, la cultura
consiste en el lenguaje, las ideas, las creencias, las costumbres, los códigos,
las instituciones, los instrumentos, las técnicas, las obras de arte, los
rituales, las ceremonias y otros elementos relacionados.
Por todo lo dicho, se entiende que la cultura incluye todo lo
que puede ser considerado producto de la actividad humana. Sin embargo, en nuestra perspectiva,
consideramos a la cultura desde una perspectiva particular: en cuanto funciona como la gran matriz de la
conducta social. En efecto, los individuos
obtienen de la cultura los parámetros que dan sentido y regulan sus
conductas. Desde esta perspectiva de la
conducta, la cultura se estructura al menos en tres planos o niveles: las creencias, las estructuras valorativas y
los sistemas normativos. Las creencias
y los valores de la cultura proveen a los individuos de las motivaciones
particulares que movilizan la conducta.
El conocimiento de las creencias y valores de una cultura es la clave
para la comprensión del porqué los individuos actúan de determinado modo.
Una creencia es una afirmación que se considera verdadera. Además, las creencias son nuestras
interpretaciones de la experiencia: el
conjunto de ellas constituye nuestro modelo o idea del mundo. Las creencias son como filtros que afectan
la percepción que tenemos del mundo, de los demás y de nosotros mismos. Las creencias constituyen el sustrato más profundo
de una cultura: sobre ellas se
construye el complejo de las estructuras valorativas y de las normas de
acción.
La gente vive en el pasado mucho más de lo que solemos
imaginar. Esto se debe a que
interpretamos en mundo con ayuda de los mapas de la realidad que hemos
recibido en el proceso de socialización y que fueron diseñados a partir de
experiencias del pasado. Lo más fácil y
frecuente es el uso de los mapas prefabricados, que se basan en las
experiencias del pasado de los miembros de la colectividad.
Los cambios en las creencias son difíciles. Cuestionar una
creencia básica tiene como consecuencia la desestabilización de todas las
demás creencias vinculadas y de las estructuras valorativas construidas sobre
ellas. La inestabilidad de las creencias
produce inseguridad gnoseológica respecto a nuestra idea de mundo y ansiedad
psicológica; por este motivo somos reacios
a cambiar las propias creencias.
Normalmente, el cambio de creencias compartidas por una
colectividad se debe a dos tipos de fenómenos:
• Las experiencias que evidencian la inadecuación o
inviabilidad de una determinada idea de mundo.
• El cambio intergeneracional, por el que son relevadas las
cohortes de los individuos que forman la colectividad.
Las creencias influyen determinan-temente sobre las capacidades
individuales: los individuos sólo
hacen libremente lo que su sistema de creencias les permite hacer. Por ejemplo, basta creer que a partir de
determinada edad se es ya viejo para aprender, una creencia muy extendida, para
que, alcanzada esa edad, la capacidad de aprendizaje se reduzca drásticamente,
inclusive hasta anularse.
En el ámbito de nuestra investigación hemos prestado
atención a las creencias referidas a la atribución de causalidad: aquéllas por las cuales los individuos se
explican los cambios que se producen en la realidad que viven. Se llama «foco
o locus de control» a la instancia a la cual el individuo atribuye la
causalidad de la ocurrencia de cambios o transformaciones en la realidad que
él vive. La reacción de un individuo
ante un determinado acontecimiento, o ante el conjunto de los mismos, es totalmente
distinta cuando lo percibe como dependiente de su propia acción, que cuando lo
percibe como dependiente de otro agente, distinto a él mismo, y ubicado fuera
de él.
En términos generales, es posible distinguir entre foco de
control externo y foco de control interno.
El proceso de la modernidad cultural está íntimamente asociado a la
presencia de creencias correspondientes al «foco interno de control».
a. La noción de foco de control externo está asociada a
la creencia de que la ocurrencia o desarrollo de cambios en la realidad es
independiente de la capacidad, voluntad y conducta del individuo. Los cambios en la realidad son percibidos
como producto del azar, el destino, la suerte o de la acción y control de otros
poderes ajenos; o bien, son cambios
impredecibles e incontrolables debido a la gran complejidad de las fuerzas que
rodean al individuo.
La creencia en el locus de control externo está asociada a
otras creencias como por ejemplo:
• Los acontecimientos no responden a los esfuerzos desplegados
por el individuo. El mérito personal no
es reconocido.
• Creencia en un mundo difícil, complejo, lleno de tareas
irresolubles.
• Creencia en un mundo injusto
• Creencia en la insensibilidad del ámbito político
b. La noción de foco de control interno está asociada a
la creencia en que la ocurrencia y desarrollo de cambios en la realidad son
dependientes para su aparición y curso futuro, de la propia acción. La noción de foco de control interno está asociada,
pues, con creencias como por ejemplo:
• Creencia en la capacidad de intervención personal sobre la
realidad.
• Creencia en un mundo en el que las dificultades y problemas
tienen solución.
• Creencia en la posibilidad de un orden de relaciones justo,
que responde a las intervenciones de los individuos.
• Creencia en que los asuntos públicos pueden ser dirigidos
mediante la acción y presión de los interesados.
Como ha sido indicado, la noción de «foco interno de control»
está asociada a lo que podríamos llamar «precondiciones de modernidad mínima».
Las estructuras valorativas están constituidas por los valores
propiamente dichos, y por los modos de evaluación o preferencias valorativas.
a. Los valores, como su nombre lo indica, son objetos o
estados de cosas que se consideran valiosos hasta el punto de preferirlos
frente a otros objetos o estados de cosas, que bien podrían ser sacrificados
para obtener aquéllos. Los valores establecen
preferencias, es decir, motivan la acción, son lo que mueve a actuar a los
individuos. Sirven para juzgar si algo
es bueno o malo, valioso o despreciable.
Los valores son fundamentales pues dirigen las decisiones y
elecciones individuales. Los valores
tienen como objeto las acciones libres en las que el hombre se define a sí
mismo: en la medida en que los
individuos no son forzados exteriormente, sino que internamente deciden el
curso de sus acciones, lo hacen en razón de sus propios valores.
También los valores influyen o condicionan las capacidades
individuales, pues delimitan lo que es deseable hacer y alcanzar; es decir, predeciden las capacidades a ser
empeñadas en la acción, los modos de la acción y sus rumbos preferenciales.
Los valores y las creencias de los individuos delimitan lo que
les es factible.
b. Toda relación social expresa preferencias valorativas. Los modos de evaluación o preferencias
valorativas, por su parte, son las reglas empleadas para evaluar
individuos, objetos, situaciones y acciones. Gracias a los modos de evaluación
o preferencias valorativas, el mismo valor puede ser percibido de modo distinto
en contextos culturales diversos. El
proceso de evolución cultural permite descubrir nuevas relaciones entre valores
y hacer reajustes a su jerarquización.
Los modos de evaluación o preferencias valorativas han sido
tipificadas en un conjunto de dicotomías.
El primer término de las dicotomías caracteriza las preferencias valorativas
en el ámbito primario-familístico —ése es su «espacio natural» y allí siempre
tendrán vigencia—. El segundo término
de las dicotomías caracteriza las preferencias valorativas en los espacios
públicos de las sociedades de masas modernas.
Los problemas surgen cuando, en una sociedad de masas, las preferencias
valorativas propias del ámbito primario-familístico se extienden más allá de
sus «límites naturales», hasta el ámbito colectivo, público, institucional,
estableciéndose como patrones de valoración omnipresentes.
1. Afectividad •
Neutralidad afectiva: Esta
dicotomía se refiere al modo en que se disponen los actores a manejar las gratificaciones
de sus deseos y necesidades subjetivos.
En nuestra cultura, se tiende a privilegiar el polo de la afectividad,
es decir, se persigue la gratificación inmediata —a corto plazo— de los
deseos y necesidades subjetivos, evitando el diferimiento de la
gratificación inmediata en orden a gratificaciones futuras o a exigencias del
entorno social.
2. Particulartismo • Universalismo: Esta dicotomía se
refiere al modo en que se evalúan las situaciones. En nuestra cultura, la valoración de las situaciones en el ámbito
social-secundario preferentemente responde a los criterios del particularismo,
es decir, se tiende a actuar en función de lealtades particulares y no en
función de principios y normas universales.
3. Adscripción • Adquisición: Esta dicotomía se refiere a los criterios empleados para la
valoración de los actores sociales. En
nuestra cultura, preferentemente la valoración de los actores en el ámbito
social-secundario responde a los criterios de adscripción, es decir, se
valora a los actores en función de su posición social y las relaciones en las
que participan, y no en función de sus logros y desempeños.
Cuando la pauta valorativa dominante es la persecución de la
gratificación inmediata, el no posponer las recompensas, se da en los
actores una orientación hacia el presente, sin posibilidades de existencia
para una planificación organizada del porvenir.
4. Difusividad • Especificidad: Esta dicotomía se
refiere al modo como los actores enfrentan sus roles. En nuestra cultura se tiende a enfrentar los
propios roles actuando como «personas totales», sin distinguir espacios,
tiempos y contextos. Este hecho se traduce,
por ejemplo, en la dificultad para que los individuos asuman límites netos que
separan el orden de lo privado y el orden de lo público, lo personal y lo
profesional, lo individual y lo colectivo:
lo público, lo profesional y lo colectivo carecen de racionalidad
propia y se subordinan a la discrecionalidad y arbitrariedad particulares de
lo privado, lo personal y lo individual.
5. Orientación hacia sí • Orientación hacia la colectividad: Esta dicotomía se refiere a los intereses
que se privilegian en la actuación social.
En nuestra cultura se atiende prioritariamente a los propios intereses,
que privan sobre los colectivos, eludiendo la atención prioritaria a éstos.
Las normas son formulaciones que expresan la conducta
deseable. Son, en realidad, la
traducción de los valores en términos de conducta concreta. Sin las normas, los valores se mantienen
como entidades abstractas. Mediante las
normas, una cultura intenta proponer modelos de conducta que realizan
determinados valores o impiden su deterioro en situaciones concretas. Es claro que las normas son un instrumento
eficaz para el mantenimiento del orden social como realización o expresión de
los valores de la cultura.
La formulación de las normas es un hecho contingente respecto a
los valores que expresan, pues los cambios sociales imponen la necesidad de reformulación
de las normas para lograr eficientemente expresar y proteger los valores en las
situaciones cambiantes.
Nuestra investigación no se ha dedicado al estudio de las
normas de la cultura dominante en la sociedad venezolana por dos motivos: en primer lugar, porque toda cultura
establece normas numerosísimas para regular situaciones muy variadas, de modo
que su estudio exhaustivo es prácticamente imposible; y en segundo lugar, por
el carácter contingente de las normas, que las hace dependientes de las
estructuras valorativas y de las creencias.
Lo realmente decisivo es el estudio de las creencias y de las
estructuras valorativas.
La modernidad se gesta en Europa; la cultura tradicional de Venezuela no fue la matriz natural de
semejante proceso cultural. Al
contrario, la modernización se presenta como un proceso exógeno respecto a la
cultura tradicional venezolana.
La historia de la Venezuela Republicana bien podría verse bajo
la óptica de los reiterados intentos de implantación de la modernidad:
• El intento de la
Emancipación, para cuyo pensamiento la ruptura con la monarquía española era
la superación del obstáculo primordial a la modernidad;
• El de las élites
positivistas, con su pretensión de superar el obscurantismo que encadenaba al
atraso premoderno;
• El de la
institucionalización del Estado desde el s. XIX y de las fuerzas armadas al
inicio del presente;
• El de los
programas modernizadores de AD, COPEI y el PCV;
• El de la inserción
del país en el mercado internacional por medio del petróleo y la correlativa
transferencia interna de la Renta petrolera para la creación de «clases medias»
modernas con acceso al consumo que posibilitaran la democracia;
• El de la Iglesia
mediante la educación privada católica;
• El del «ideal
nacional» perezjimenista;
• El de la Gran Venezuela,
el de los dos intentos de ajuste estructural de la economía y hasta el de la
Agenda Venezuela.
El resultado de todos estos intentos, a fines del s. XX,
ciertamente no es una «sociedad moderna» en el sentido convencional de la
expresión, sino otra preñada de tensiones y discontinuidades producidas por la
implantación de algunos productos de la modernidad, pero toda ella edificada
sobre una matriz cultural premoderna que tenazmente se resiste a desaparecer y
que condiciona todos los modos y planos de relación.
En el s. XX, los intentos de inducir la modernidad en la
sociedad venezolana han contado como agente principal al Estado, como
posibilitante a la renta petrolera, como mecanismo inductor la distribución de
la renta y mediante las élites, el desarrollo social o el mercado.
Ahora bien, como hemos dicho, ningún modelo cultural con su
respectivo sistema de valores cambia fácilmente. Un modelo cultural vigente es un sistema de valores que se ha
acreditado por su capacidad para mantener la vida del grupo. Un nuevo modelo supone una incógnita y un
riesgo que únicamente se corre cuando el viejo sistema de valores ya no sea capaz
de asegurar la vida del grupo.
En el proceso de modernización de Venezuela, la renta petrolera
ha permitido «subsidiar» los productos de la modernidad, sin que éstos fueran
gestados necesariamente por la colectividad.
Es decir, se ha tenido acceso a los productos de la modernidad sin que
fuera necesario un cambio de los sistemas valorativos propios del modelo
cultural tradicional. El Estado, mediante
su función distribuidora de la renta petrolera, implantó un «baypass» cultural
que permitió el acceso al consumo de los bienes materiales de la modernidad sin
necesidad de que social y culturalmente hubiera sido necesaria la gestación de
un nuevo modelo de valoraciones culturales que le sirviera de sustrato.
Los productos de la modernidad —a los que ha dado acceso la
renta petrolera—, no garantizan el «ethos» de una cultura moderna. «Los reducidos grupos sociales —tecnócratas
por lo general— que sí han asimilado ese ethos, apenas pueden calificarse ya
como culturalmente latinoamericanos. La
gente no se identifica con ellos, ni siquiera los poderosos, y ellos no se identifican
con la gente. No hay tal cosa como una
modernidad latinoamericana» (González F., Raúl, «¿Tenemos los venezolanos que
ser modernos?, en SIC, abril 1994, p. 112).
De este modo, la modernidad es un modelo cultural ajeno e
impuesto.
En la cultura tradicional venezolana el individuo se vive
primariamente desde la relación con las personas que forman su círculo
primario de pertenencia, y sólo secundariamente en relación con las personas o
grupos que están fuera de ese círculo primario, con las instituciones o con las
cosas. Su «mundo de vida cotidiana» no
es la producción o la apropiación —relación con las cosas—, sino la convivencia
interpersonal al modo descrito al caracterizar las sociedades familistas premodernas. Las personas que están fuera del círculo
primario son menos importantes (menos «valiosas») que las incluídas en él. Y mucho menos valiosas todavía, son las
cosas.
La hipótesis del «familismo amoral criollo», sostiene que los
individuos socializados en nuestra cultura, consciente o inconscientemente,
asumen como regla preferencial de actuación la que impone «la maximización de
las ventajas materiales o de prestigio social e inmediatas («inmediatas» está
usado en el sentido de «a corto plazo») para sí mismos y para sus círculos
inmediatos de pertenencia, suponiendo que todos los demás actores hacen
exactamente lo mismo».
a. El ethos del
«familismo amoral criollo», a su vez, es el resultado de múltiples factores que
han operado conjuntamente en el proceso histórico de formación de la sociedad
venezolana, y que se concentran en la atipicidad e inestabilidad de las estructuras
familiares, y en la precaria implantación de todas las instituciones que
tradicionalmente desempeñan la función socializadora: familia, escuela, Iglesia, Estado, etc.
b. Tanto las
estructuras socializadoras como los contenidos mismos de la socialización
primaria en la cultura criolla venezolana, propician la transmisión y
perpetuación de un ethos caracterizado por el particularismo, el egocentrismo,
la implicación afectiva, la adscripción (reconocimiento a los actores por la
posición que ocupan en la estructura de relaciones) y la difusividad. Estas
características se oponen al universalismo, a la orientación hacia lo colectivo,
a la neutralidad afectiva (diferimiento disciplinado de las gratificaciones
inmediatas), al desempeño (reconocimiento a los actores en base a sus acciones,
logros y méritos) y a la especificidad, que son características del ethos
requerido por las comunidades políticas democráticas modernas.
c. La cultura
tradicional criolla se caracteriza por un apreciable vacío normativo en áreas
cruciales de la convivencia. En
terrenos tan fundamentales como el ejercicio de la sexualidad, la estructura
familiar, el ejercicio de la paternidad, la socialización en la primera
infancia, las relaciones entre el individuo y la colectividad, el trabajo y la
producción económica, las relaciones con las figuras que detentan autoridad,
etc... no existen normas claras y firmemente establecidas o institucionalizadas. En todos estos terrenos, la conducta de los
individuos es el resultado de adaptaciones individuales a las situaciones
particulares, dirigidas por la regla preferencial del familismo amoral. Este vacío normativo es consecuencia de la
precaria implantación institucional de la sociedad venezolana desde sus
orígenes y de la ineficiencia de los agentes socializadores primarios.
La presente hipótesis pierde vigencia relativa en los sectores
de la sociedad venezolana donde el proceso histórico de implantación ha
cristalizado en sólidas instituciones sociales tradicionales (los Andes y los
núcleos tradicionalmente conocidos como «godos»).
El familismo amoral es la condición por la cual los individuos
mantienen relaciones de lealtad y responsabilidad exclusiva o, al menos,
preferentemente con su núcleo primario de pertenencia y no hacia la colectividad
e instituciones de las que forman parte.
Este hecho explica la débil lealtad y compromiso de los individuos con
las instituciones sociales y con las empresas productivas.
El familismo amoral constituye un ethos especial que se opone o
bloquea el establecimiento de las que hemos llamado «condiciones de modernidad
mínima» (cf. apartado 4.1).
Tal vez, la denominación «familismo amoral» parezca repugnante,
pero debe tenerse en cuenta que pretende indicar que la moralización de las
relaciones se extiende sólo al ámbito de los círculos inmediatos de pertenencia. El alcance de las prescripciones morales se
identifica con la conducta de los relacionados entre sí y no con la conducta
referida a otros actores.
El ethos del «familismo amoral», en comunidades tradicionales,
rurales, reducidas en su tamaño, dispersas en el territorio y cuyas economías
se mantienen a niveles de subsistencia, resulta prácticamente funcional: equivale a la sobre-estimación de las
vinculaciones primarias de parentesco que de hecho constituyen la
colectividad. En tales contextos, la
conducta familista amoral no es percibida como violación a los patrones
morales, precisamente porque el contexto familista (la red de relaciones
primarias) se identifica prácticamente con la comunidad (sociedad).
Sin embargo, a la luz del proceso de modernización y en el
contexto de sociedades de masas, urbanizadas y que pretenden legitimar el
poder racionalmente, el «familismo amoral» se revela como factor restrictivo
de las posibilidades de ejercicio democrático, y como conducta que contraviene
las normas de una moral universalista.
En las sociedades modernas industriales y postindustriales en
ethos del familismo amoral tiene su espacio funcional propio y legítimo en el
ámbito de las relaciones primarias informales.
Pero su extensión a los ámbitos formales, institucionales, organizacionales
y colectivos resulta disfuncional.
Una de las conquistas sociales de la convivencia en las
sociedades modernas es la especificidad por la que los actores distinguen netamente
el ámbito familista-primario del ámbito universalista-secundario, y aplican a
cada uno su propia racionalidad ética.
Se proponen a continuación algunas implicaciones lógicas de carácter
descriptivo derivadas de la hipótesis del familismo amoral (cf. E. Bandfield,
"A predictive hypothesis", en: The
Moral Basis of a Backward Society, Illinois):
a. En una sociedad de
familistas amorales nadie promoverá el interés colectivo, excepto si ello
beneficia a su interés particular. En
otras palabras, la esperanza de ventajas materiales o de prestigio inmediatas
será el único motivo para interesarse por los asuntos públicos o colectivos.
Este principio es consistente con la ausencia de asociaciones
orientadas al mejoramiento de la comunidad, organizaciones de beneficencia y
ciudadanos prestigiosos que asuman iniciativas en beneficio de sus comunidades. También explica la ausencia de iniciativas
privadas de alcance colectivo.
La importancia de las asociaciones y organizaciones voluntarias
para el funcionamiento de la democracia, ha sido explicado a partir del caso de
los Estados Unidos (cfr. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México). En general, se reconoce a las organizaciones y asociaciones voluntarias
una función de propiciación de la movilidad social. Este hecho no es inconsistente respecto a la hipótesis básica
del familismo amoral: quienes
pertenecen a organizaciones y asociaciones voluntarias orientadas a "hacer
el bien a la comunidad" se procuran ventajas (es decir, status, poder,
prestigio,...etc.) que poco tienen que ver con los propósitos comunitarios
para los cuales existen esas organizaciones (y por eso las organizaciones son
funcionales para la movilidad social).
Aún así, estos propósitos comunitarios no carecen de importancia en la
motivación de los participantes. Es
más, la mayoría de las gratificaciones individuales que se garantizan de este
modo no se relacionan con ventajas materiales o de prestigio , o al menos no
con ventajas materiales o de prestigio o de prestigio inmediatas.
— La gente se mantiene al margen de las actividades
comunitarias y especialmente de la política.
Se suele aducir como justificación que todos los partidos son iguales y
que quienes pertenecen a ellos buscan el propio interés. Se aduce además que al pertenecer a un
partido se establece una especie de conflicto con los miembros de otros
partidos (Se podría perder clientes, por ejemplo.).
— Nadie se postula para cargos comunitarios porque se estima
que ya es bastante con las preocupaciones privadas para encima cargar con las
públicas. Además, se supone que quien
ocupa un cargo público debe soportar frecuentes exigencias de favores y
atenciones y debe dedicar todo el tiempo a atender nedesidades ajenas, dejando
de lado las propias.
— En relación con el trabajo, los individuos establecerán un
«margen discrecional de dedicación», de modo que tenderán a entregar a la
empresa lo estrictamente necesario para mantener el cargo, y considerarán
excesiva e injustificada cualquier exigencia que supere los mínimos
necesarios.
— Se supone que quienes entran en la contienda por puestos
públicos lo hacen para maximizar las ventajas personales en el ejercicio
público, o para someter a los pares.
Sin embargo, entre las ventajas obtenidas con un puesto publico, no está
el prestigio (que es inmaterial y no inmediato).
b. En una sociedad de
familistas amorales sólo los funcionarios se ocuparán de los asuntos públicos,
pues sólo ellos son pagados para hacerlo.
Cuando un ciudadano común muestra un serio interés por un problema
público, su interés tiende a ser considerado como impropio.
— El ciudadano que se interesa en problemas colectivos es
"mal visto" tanto por la burocracia competente en la resolución de
tales problemas como por sus pares. La
burocracia competente reaccionará desconociendo el derecho o autoridad del
ciudadano para elevar quejas o peticiones, porque considera que tales
intervenciones son una indebida intervención en sus competencias: una intrusión extraña en la esfera del
Estado. Esa convicción y sentimiento es
refrendada por la arrogancia de los funcionarios.
— El ciudadano individual, sin embargo, podría interesarse en
los problemas de otro individuo, sin despertar sospechas (v. gr. podría
ayudar a un trabajador anciano a obtener su jubilación). La dificultad surge cuando los problemas a
los que se atiende son colectivos.
— Los individuos no asumirán responsabilidades o roles de
servicio público porque suponen que esa es tarea de los funcionarios de la
burocracia o del Estado más en general.
En materias comunitarias, se espera que los funcionarios asuman las iniciativas
y resuelvan los problemas. Este hecho
llega al límite de que personas con prestigio ni siquiera ejercen su influencia
porque toda intervención en el ámbito de lo colectivo-público es entendido como
una intrusión en las competencias del Estado (v. gr. no se invierte en empresas
rentables económicamente y beneficiosas socialmente, porque se supone que es el
Estado el que tiene que hacer tales inversiones).
c. En una sociedad de
familistas amorales habrá muy poca vigilancia sobre los funcionarios, porque
hacerlo corresponde solamente a otros funcionarios. Análogamente, no se
desarrollará un sentido de tutela de los bienes de una institución —una
empresa, por ejemplo—, porque se supondrá que tal atención corresponde a
gerentes y propietarios.
— Los funcionarios sólo denunciarían casos de corrupción de sus
subalternos. Si los casos se producen
en otras dependencias burocráticas, aunque vinieran al conocimiento de tales
funcionarios, éstos no los denunciarían porque "no son asuntos suyos".
— Aunque sea posible probar un caso de corrupción, un ciudadano
no lo denunciaría porque probablemente terminaría siendo acusado y
víctima: no existe confianza en los
aparatos judiciales y se supone que "los corruptos" están en todas
las áreas y tienen inmenso poder para impedir las acciones de "los
honestos".
d. En una sociedad de
familistas amorales, será muy dificil lograr y mantener cualquier tipo de
organización (es decir, acción deliberadamente concertada):
i. Los incentivos
que hacen que la gente contribuya con su actividad a las organizaciones (es
decir, la identificación con los propósitos de la organización), son en grado
considerable, nada egocéntricos y a menudo son inmateriales (es decir, el interés
intrínseco en la participación como un "juego").
ii. Además, para que
la organización sea exitosa, es condición que entre los miembros exista cierta
confianza mutua y lealtad a la organización.
En una organización con alta moral de grupo, se da por descontado que
los miembros harán pequeños y hasta grandes sacrificios por ella.
— Las únicas organizaciones que existen son la Iglesia y el
Estado porque son sostenidas desde fuera; de otro modo no podrían
subsistir. Esa incapacidad para lo
organizacional obstaculiza todo tipo de desarrollo.
— La rivalidad entre los representantes de las organizaciones
bloquea las iniciativas de los mismos e impide la cooperación entre ellos. Además, si las iniciativas tienen distinto
origen y están apoyadas por alguna de las organizaciones existentes, serán
saboteadas por los representantes de las otras organizaciones.
— Los familistas amorales no desarrollan lealtad hacia las
organizaciones. Por ese motivo no
pueden constituir empresas exitosas: la
mística de la empresa se funda en la lealtad de sus empleados y en particular
a los equipos de trabajo; tales grupos
son inviables cuando la lealtad se reduce al ámbito del grupo primario de
pertenencia.
— La desconfianza entre grupos, estratos o clases sociales
impide la organización y procesos económicos más racionales. Así los individuos preferirán trabajos
anti-económicos de carácter informal (por cuenta propia) en lugar de trabajar
en grandes empresas, para evitar la relación con jefes y gerentes: ninguno piensa que los ingresos devengados
en una empresa organizada compensan el peso de la relación con los jefes (no deber obedecer a nadie, no tener que
actuar con miramientos, preocupación de perder la propia libertad, los
propietarios piensan que los obreros les roban, odio al rico que disfruta todo
el año y se acerca a la empresa a recoger sus beneficios).
e. En una sociedad de
familistas amorales, quienes ocupan cargos, al no sentir identificación con
los propósitos de la organización, no trabajarán más de lo necesario para
mantener los cargos, o (si es posible) lograr promociones. Igualmente, los profesionales y la gente
educada carecerán de vocación de servicio.
Es más, la posición lograda y el entrenamiento especial será considerado
por sus poseedores como armas a ser usadas contra otros como forma de obtener
ventajas para sí.
— Los trabajadores carecerán del sentido del deber y del
servicio. Rinden sólo el mínimo
indispensable. No partirá de ellos la
iniciativa de actualizarse o proveerse de recursos profesionales salvo en el
caso de que reciban inmediatas ventajas materiales o de prestigio. Nada se podrá esperar de ellos fuera de los
horarios o términos pautados de trabajo.
— El estudio y la capacitación son utilizados sólo para
incrementar la propia ventaja sobre los demás (desarrollo de la astucia propia
vs. ignorancia ajena).
f. En una sociedad de
familistas amorales se pasará por alto la ley cuando no haya que temer
castigos. Debido a eso, los individuos
no asumirán compromisos que dependan para su cumplimiento de procesos legales,
a menos que sea obvio que se cumplirá con la ley y sólo en el caso de que el
costo de asegurarse su cumplimiento no sea tan grande que el lograrlo sea de
muy poco provecho.
— Se da por supuesto que todo el que puede saltarse la ley, de
hecho lo hace. Se ignorarán incluso las
leyes del trabajo que regulan las relaciones con conciudadanos empleados
conocidos personalmente. Las víctimas
sólo pueden esperar justicia, si son del lugar y apelan a las autoridades, que
no impondrán la ley, sino que harán valer su "poder e influencia"
informales ante los poderosos fraudulentos.
— Con frecuencia las víctimas de la injusticia no acuden a las
autoridades por propio beneficio: las
represalias pueden ser permanentes. Es
mejor verse burlado que quedarse definitivamente sin trabajo.
g. El familista amor