Una noche nos fuimos a dormir con una Venezuela dirigida por el
militar Hugo Chávez, en medio de una efervescencia de cambios sociales que
apuntaban al beneficio popular y nacional, con el apoyo masivo y el soporte de
milicias bolivarianas. Al día siguiente nos despertamos con imágenes en todos
los noticieros donde nos anunciaban el cambio de nombre de la República, los
soldados perseguían a los chavistas -convertidos en asesinos que disparaban a
la multitud- y la historia volvía atrás por el arte caótico de la insurrección.
Como en una cámara oscura, la realidad había sido invertida en un instante. La
ideología de los medios nos hacía ver el mundo cabeza abajo. Solo que la terca
realidad se enderezó; al final, vivimos en días vertiginosos el primer caso en
la historia latinoamericana en que un golpe derechista es revertido. Sin
embargo, todavía no acaban sus consecuencias ni tampoco la lucha de imágenes
por reconstruir la realidad venezolana a favor del cambio o del regreso al
pasado.
Hugo Chávez no fue derrocado sólo por un golpe de empresarios,
de los organismos de inteligencia de E.U., de grupos militares, de sindicatos
aburguesados, de intereses petroleros y de capas descontentas de la población
por las reformas neobolivarianas; cayó también por un golpe de imágenes, por la
reconstrucción mediática de la realidad. Tratamos ese hecho en el número de
abril de Cuestiones de América. Hoy queremos recuperar la historia,
insistir sobre la trascendencia de este aspecto para pensar la democracia y la
justicia social en el siglo XXI, porque cada día se busca destruir con imágenes
y comentarios las posibilidades de la realidad venezolana en particular y
americana en general. La batalla se da mediante operaciones estratégicas y
puntuales como la del golpe antichavista o a través de golpes constantes,
cotidianos, incesantes que tornan la mentira en verdad por la terca repetición,
que construyen historias cuya realidad reside en su persistencia mediática.
Hoy la verdad tiene límites claros fijados por la globalización
de la sociedad de la información y la imagen. Y uno se pregunta, en este mundo
unificado, virtual, audiovisual, ¿dónde está la realidad? ¿Puede avanzar la
democracia en un mundo mediatizado? ¿Cómo evitar la perversión de la
imaginación por el servicio al poder? ¿Cómo luchar desde los medios? ¿Tiene
sentido pensar hoy una política sin pensar en los medios? ¿Qué puede más, la
verdad o el rating? ¿Cómo empezó todo esto?
De los medios a la realidad
En aquel número de abril recordábamos que Venezuela es un caso
singular y el más importante ejemplo americano del peso que cobra la televisión
en la política. En los años del presidente Carlos Andrés Pérez una telenovela
empezó a hacer tambalear su cuestionado gobierno con el aumento de cada punto
del rating. El melodrama introducía cada día una escena en donde los
personajes de la ficción hablaban de los sucesos de la realidad dados a conocer
en el periódico de la mañana. El efecto fue demoledor; toda la población se
pegó al televisor para ver el fin de la historia y el último capítulo rebasó
todas las expectativas: Carlos Andrés Pérez cayó, en la realidad. La frontera
entre imagen y realidad se difumina. La división entre rating y
popularidad es una tela desleída.
Los medios actuales -fusión de informática, telefonía y medios
masivos- son el más claro caso de las inoperantes divisiones entre “estructura”
y “superestructura”, entre “economía” y “política”, entre “producción” y
“reproducción”. Los medios son parte clave de la economía, de la producción y
la estructura del capital financiero mundial y americano: desde Microsoft hasta
TV Azteca, Televisa, O’Globo y Teléfonos de México.
A la vez, son el corazón de la superestructura, de la política y de la
reproducción ideológica y cultural del imperialismo contemporáneo que va de Hollywood
a los noticieros de CNN y a
la información en la red electrónica. Los medios son parte de la realidad y de
su interpretación. Tanto su producción como su reproducción afectan la vida
toda de cada país y del mundo. La visión de los medios no sólo interpreta,
también transforma la realidad, tiene un efecto radical sobre ella.
Los medios desarrollan las ficciones guerreras e
individualistas, los mundos virtuales donde se venden las ilusiones con las
cuales crecen los niños cuidados por la niñera electrónica, llámese televisión
o computadora; es el mejor mundo posible para el desarrollo de la economía
virtual, del complejo militar industrial y de la competencia que rige el
movimiento del capital en escape perpetuo de la crisis que la mueve debido al
conflicto entre la apropiación privada de la riqueza y la producción social de
la misma.
La ficción no es inocente. La ficción es parte del mundo. La
ficción cambia el mundo.
De la realidad a los medios
Los medios han estado antes, durante y después del golpe contra
el régimen de Chávez. Sobre su participación en el golpe escribíamos:
“Difundieron una visión de la realidad venezolana encaminada no
a informar a la población sino a derrocar al presidente, obligándolo así a
prohibir la transmisión y a hacerlo aparecer como un dictador y violador de la
libertad de expresión, que en realidad era una manipulación de la libertad y de
la expresión. Al declararse la crisis, CNN -cadena estadounidense- cumplió el
papel de presentar al mundo la versión antichavista de los acontecimientos...
La difusión en los medios de un llamado y movilización por la huelga general
cada diez minutos hizo que una huelga fallida se convirtiera en un triunfo en
la virtualidad televisiva y electrónica. Los intereses privados y minoritarios
del capital, los manejos cupulares aparecieron a la luz de los medios como la
gran movilización obrera contra el gobierno de Chávez... Los medios no son
informadores sino deformadores y actores participantes. Sirva de muestra un
botón más. En los intercambios de disparos en Caracas, la capital venezolana,
la mayor parte de los muertos eran chavistas, no antichavistas. Los disparos
provenían en ocasiones, efectivamente, de milicias bolivarianas –las cuales,
además, están en ocasiones infiltradas por la derecha y los E.U.- pero también
de un grupo ultrarradical que nada tiene que ver con Chávez y de la policía de
Caracas que, casualmente, es antichavista...”
Hoy sabemos que en el montaje de las imágenes de los disparos
durante le golpe, las cadenas cambiaron los espacios y los ejes para construir
hechos que no sucedieron. Los balazos reales no iban dirigidos contra los
hombres que nos muestra el montaje. Esta es una práctica corriente. Tras el
infausto 11 de septiembre del 2001, las cadenas televisivas mostraron, al menos
en América Latina, imágenes de supuesto júbilo palestino por los
acontecimientos; las imágenes, en realidad, provenían del stock de la
celebración de la Intifada. No importa ya cuál sea la realidad, los medios
construyen la que les resulte conveniente.
Los medios producen el mundo en donde los capitales deben poder
moverse en un instante: permiten conocer la realidad a lo largo y ancho del
globo, intercambiar impresiones, mover los capitales, todo en cuestión de
segundos. Al mismo tiempo, reproducen la ideología que es operante para el
sistema mundo dominado por el capital financiero global, por un minúsculo
número de trasnacionales y de estados centrales. Su mundo no es el mundo real,
es el mundo que buscan construir para su beneficio. En tal sentido, la
enseñanza en la escuela básica y media de la crítica de los medios es
fundamental para la liberación popular. La crítica mediática audiovisual es hoy
tan importante como la alfabetización, porque la población vive mucho más
tiempo entre imágenes y electrónica que entre letras, libros y diarios.
La génesis de la creación de la realidad por
los medios
Los medios, la computadora y la Internet forman parte
del núcleo financiero del capital trasnacional y del núcleo cultural e
ideológico del siglo XXI. En lo ideal se puede especular, en la realidad actual
y del futuro inmediato, no pueden pensarse la economía, la política, la
ideología y la cultura sin ellos.
La guerra de las Malvinas se dio en buena parte en la esfera de
la información. Los acontecimientos de la confrontación fueron construidos por
la inteligencia militar británica. En el Golfo Pérsico, la construcción de los
sucesos y los ocultamientos fueron totalmente deliberados, formaron parte de la
estrategia militar. En la Guerra de Chiapas en México, en 1994, la batalla se
libró más en los medios y la Internet que en los campos de conflicto.
Hoy los medios son la continuación de la guerra, son parte de la guerra.
En la política de los golpes de Estado y asonadas, la prensa y
el radio siempre jugaron un papel clave. Baste recordar el papel de la prensa
en el derrocamiento de Allende en 1973 y, en sentido inverso, la reconstrucción
de la realidad desde la izquierda por el equipo de cine de La Batalla de
Chile, que fue capaz de indagar más hondo en la realidad que los propios
científicos sociales. En México, Televisión Azteca intentó derrocar al
gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en la Ciudad de México. En Venezuela, el golpe
fue de los medios. Es claro, pues, que independientemente de nuestro gusto, los
medios son parte de la realidad y crean una realidad más o menos ficcional que
tiene un efecto discursivo y material sobre la vida política para provocar su
mantenimiento o cambio.
En las elecciones, la imagen es central. Para la derecha lo es
desde hace décadas. Casi no hay país moderno en donde los debates mediáticos no
sean un hecho decisivo de las elecciones presidenciales. El movimiento popular
también sabe ya aprovechar el fenómeno: lo hizo en la campaña del No,
para tirar a Pinochet en Chile; lo hizo en Bolivia para construir una
alternativa popular a partir de la radio; lo hizo en México para llevar a
Cárdenas a la gubernatura de la capital en 1997.
Los medios se fundan en el glamour y el carisma, el rating
y la popularidad. Lo que no se mueve en ese mundo es invisible. Los medios
producen un efecto de “visibilidad”. Un líder como Marcos en Chiapas se
vuelve protagónico en cuestión de semanas porque los medios lo “inmortalizan”,
en cambio, los indios siguen siendo invisibles. Son invisibles los cambios
contra el sistema-mundo imperial en Vietnam, Cuba y Venezuela, y seguramente
también serán invisibles las transformaciones en el Brasil de Lula. Son
invisibles las producciones de neoesclavos en Canadá, Estados Unidos y China.
Los medios no son medios para mirar la realidad, son medios para protegerla de
las miradas indiscretas, para mantener el mundo lo mejor posible para la
reproducción trasnacional.
En esta guerra es necesario marcar una y otra vez la paradoja:
la información es hoy instantánea pero no es información verdadera; la
comunicación es hoy global pero los pueblos no pueden comunicarse; hoy todo
puede verse para que lo principal resulte invisible. El control y manipulación
de los noticieros hace que la invención de la realidad transforme la realidad
para conservarla. Los medios son el moderno Gatopardo: todo es visto
para que nada pueda mirarse. Cambiar esto es parte de la batalla perpetua por
la generación de medios populares y civiles alternativos, así como de la
transformación de los grandes medios cuyo problema no es su existencia, sino su
uso para beneficio privado, la ausencia en ellos de criterios del bien y la
verdad.
Los medios desde la democracia popular
En el mundo antiguo la familia era un eje del dominio
esclavista. En la Edad Media, la Iglesia era centro de la economía y la
ideología. En el capitalismo emergente, la escuela fue el núcleo aglutinador de
la nueva visión tecnocientífica del mundo. Hoy los medios son el corazón del
sistema imperial globalizado, son un eje de la economía, el centro de la
ideología, herramienta clave de la política. No se pueden poner en un segundo
plano. Urgen medidas y políticas comunes del movimiento popular de América en
torno a los medios. Desde Cuestiones de América quisiera promover por
ello siete puntos para la agenda de lucha del movimiento popular en América con
relación a los medios:
1. Establecer límites
legales a la propiedad privada de los medios. No puede permanecer sólo y concentrado
en manos privadas un servicio que afecta de manera radical la vida pública. No
puede, por ningún motivo, entregarse a un solo dueño real o encubierto, más de
un canal de televisión de cobertura nacional, ni cadenas de radio o prensa, ni
servicios de telefonía que permitan la desestabilización de una región o país.
2. Los movimientos civiles
y populares deben tener garantizado su acceso a la radio y la televisión por
los más diversos mecanismos. Es necesario poner fin a la apropiación privada y
estatal exclusiva de la radio y la televisión para permitir e impulsar la
ciudadanización de los medios.
3. Debe reavivarse y
actualizarse la lucha por “el derecho a la información”, para incluir en
el centro el papel de la Internet, la televisión y la radio.
4. Todo partido político
debe tener acceso a los medios en condiciones de equidad en las batallas
electorales.
5. Debe promoverse un “código
internacional de ética mediática”, en defensa de la verdad y el bienestar
colectivo, el cual ha de enseñarse en todas las escuelas de periodismo,
comunicación y computación a lo largo y ancho del mundo.
6. Colocar en el centro
del programa inmediato de lucha popular la transformación radical de los
medios, desde la programación infantil hasta la regulación de la publicidad
nociva, la regulación de la violencia, la garantía del acceso ciudadano, los
derechos de réplica, la producción alternativa y la denuncia de la
manipulación.
7. Pugnar por la enseñanza
escolar básica de la crítica a los medios.
La batalla de Venezuela está vinculada a los medios y la pongo
hoy en el centro en este número, porque nunca peor que ahora se va a presentar
la batalla ideológica mediática. El capital y la ultraderecha cocinan ya nuevos
golpes contra el emergente eje popular Brasil-Venezuela-Ecuador-Cuba. No
podemos permitir que otra vez los medios nos construyan la realidad para su
beneficio destruyendo la realidad de la esperanza en América.
* Editor de Cuestiones de
América.
Cuestiones de América Nº 12,
Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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