Cuestiones de América

 

César Gaviria en Venezuela *

 

La tercera visita del secretario general de la OEA a Venezuela terminó el jueves 31 de octubre bajo un ambiente de buenos auspicios, después de cuatro días de diálogos incesantes y no pocas veces incómodos. Después de un viaje de 48 horas a Ecuador, César Gaviria retorna a Venezuela el lunes 4 de noviembre. Una primera conclusión lógica indicaría que el secretario considera que está comenzando a pisar terreno firme y, por tanto, está persuadido de que tiene posibilidades de preservar a los venezolanos de un conflicto civil de implicaciones impredecibles. Esta sensación de fatalidad predominaba en el país en el momento en que Gaviria llegó a Caracas, y pocos pensaron que estuviera en capacidad de prevalecer.

El Presidente de la República endureció su lenguaje y sus acciones, e, incluso, durante los dos primeros días de la semana dio señales de intransigencia, llevó a cabo una asamblea de supuestos líderes sindicales oficialistas dispuestos a "liquidar" la CTV, y a "paralizar el país si los militares no abandonaban la Plaza Francia de Altamira". "De aquí nadie me saca", tronaba a su vez el líder. En ese ambiente, Gaviria se entrevistó dos veces con el Presidente Chávez y se mantuvo en contacto frecuente con el vicepresidente de la República.
Exploró todos los criterios, pero en el frente oposicionista privilegió a la Coordinadora Democrática, a la CTV, a Fedecámaras y al Bloque de Prensa, con una conversación de buenos resultados con los prelados de la Conferencia Episcopal. Al secretario general lo perturbó la toma de la Plaza Francia por los oficiales declarados en desobediencia, y llegó a incomodarlos con una declaración radical: no eran los militares quienes podían ser sus interlocutores, ni podían asumir el rol de los civiles en la calle, como oficiales activos y uniformados.

Estos alegaron que Gaviria los veía con la visión tradicionalista de los militares que se alzan contra las democracias. Ellos, por una parte actuaban en nombre del artículo 350 de la Constitución, y por la otra, no pretendían tomar el poder sino restablecer el Estado de derecho vulnerado por Chávez, y rescatar el apoliticismo de las Fuerzas Armadas, divididas y penetradas por la "revolución bolivariana". A los alegatos de los militares se unieron denuncias de extrema gravedad formuladas por uno de los pilotos del Airbus presidencial, quien acusó al Presidente de celebrar reuniones secretas a bordo del jet con sus partidarios políticos, el trasporte de armas en los aviones oficiales, y toda clase de abusos. El Gobierno, imperturbable siempre, descalificó al piloto, pero no negó sus denuncias.

Al cabo de las gestiones de Gaviria (preliminares, por ahora) se comprende su reacción: la presencia militar en Altamira amenazaba con estorbar su trabajo y le daba una excusa fácil al Presidente Chávez para justificar su intransigencia alegando que ningún Gobierno negocia con la pistola en la frente. Era, además, demostración de que estábamos frente a serios riesgos institucionales. Gaviria fue despejando el camino. Lo hizo con paciencia, aunque a veces se vio precisado a alzar la voz, contra su manera de ser.

En suma, Gaviria avanzó en su tercera visita a Venezuela desde el 11 de abril. Su conclusión esencial es que "la salida a la crisis debe ser electoral", descartando toda otra alternativa que pudiera significar confrontación violenta. Con un preacuerdo de esa naturaleza se alejaba, incluso, la idea de una huelga indefinida. No sin cierto simbolismo, quizás con ánimo de enviar mensajes cifrados, el secretario general escogió la Asamblea Nacional para dar el resumen de su visita en una conferencia de prensa, junto al Presidente y vicepresidentes. Gaviria piensa que tanto la Asamblea Nacional como otros poderes del Estado deben contribuir a la búsqueda de soluciones electorales, mediante reformas o lo que fuere necesario.

Gaviria reiteró su convencimiento de que tanto el gobierno como la oposición "puedan llegar a acuerdo que permitan eventualmente con la cooperación de la Asamblea Nacional y de otros poderes y de los propios tribunales, allanar el camino para que esas diferencias se resuelvan apelando a los ciudadanos y para que el país pueda iniciar una nueva época político-administrativa más consensuada y tal vez recorriendo caminos menos confrontacionales de los que hemos visto hasta este momento".

En un análisis preliminar de las gestiones del secretario general puede observarse que él entiende bien los desafíos políticos venezolanos y las vías para resolverlos. Abogó por la creación de políticas de Estado que "no sean de partido o de gobierno, y que en lo fundamental las compartan todos los sectores". Al instalarse las mesas de diálogo a partir del martes 5 de noviembre, luego del regreso del secretario general, se irá comprobando hasta donde está bien fundado su optimismo. Allí pueden surgir, a su juicio, propuestas para modificar el orden legal. No olvidó los otros puntos de su agenda, el desarme y los muertos de abril, procesos que aspiran sean supervisados por organismos internacionales. En un gesto inesperado, como augurio de tiempos inimaginables, el Presidente de la República habló de una ley de amnistía para darle una salida a los militares declarados en desobediencia. Un lenguaje olvidado de la política venezolana, como si en verdad las cosas comenzaran a cambiar aunque no fuera más que en las palabras.

* Visión Venezolana.

 

 

 

  

Cuestiones de América Nš 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003

 

 

 

 

 

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