Cuestiones de América
Respuesta a Algunos Historiadores
Roberto López *
En las páginas de Historia a Debate (www.h-debate.com)
se han expresado diversas opiniones que valoran al proceso político que vive Venezuela.
A continuación puntualizaré algunas consideraciones al respecto.
En primer lugar, no hablo a nombre del gobierno, ya que no tengo mayores
vínculos con los miembros del partido de gobierno ni he ocupado cargo alguno en
instituciones del estado. Acaso relaciones de amistad con uno que otro
funcionario de menor rango que, como yo, tienen una trayectoria en la lucha
social. Tampoco represento a organización política alguna. En cuanto al
marxismo, puedo decir que tengo profundas divergencias con el régimen cubano,
con lo que fue la URSS y con el llamado “marxismo-leninismo”. Particularmente,
discrepo de las tesis de Lenin sobre el partido, así como del control del
Estado sobre la economía, receta ejecutada por los soviéticos y por todos los
demás países socialistas. Agrego, suscribo en casi todos sus puntos lo que Marx
valoró de la Comuna de París (véase “La guerra civil en Francia”).
Creo que una sociedad superadora del capitalismo debe basarse en la
autogestión popular, en el cooperativismo económico, en la democracia
participativa, en la autodeterminación de los pueblos, en el federalismo, en la
disolución de las fuerzas armadas profesionales, en el respeto a la diversidad
étnica, en un sistema político que considere la rendición de cuentas, la delegación
funcional del poder, la rotación en los cargos públicos, la revocatoria del
mandato, las asambleas como máximas instancias de discusión y decisión, que
respete la libertad de discusión y de crítica, cuyos medios de comunicación
estén al servicio de las comunidades organizadas y no de intereses privados. No
creo en las revoluciones por decreto, administrativas, en las cuales un grupo
de audaces (el partido de vanguardia) toma el poder y procede a “transformar”
ejecutivamente a la sociedad. Ese es el modelo leninista que fracasó en la URSS
y el resto de países socialistas. Por supuesto esta es una reflexión mucha más
profunda que aquí se abrevia al máximo por razones obvias.
Mi posición sobre el gobierno de Chávez se puede resumir en un “apoyo
crítico”. Uno de los puntos principales del apoyo se centra en el rechazo
absoluto a los intentos por derrocarlo que vienen haciendo diversos sectores
desde el mismo día del triunfo electoral en 1998. Desde el punto de vista
histórico, el gobierno de Chávez es el primer gobierno, desde la caída del
partido bolivariano en 1830, que se sustrae del control del capital extranjero.
Esto no quiere decir que Chávez haya formulado propuestas “socialistas”. Su
discurso y su acción de gobierno no ha trascendido el nacionalismo burgués.
Pero sucede que los poderes imperiales nunca han tolerado al nacionalismo
burgués en América Latina. Figuras como Getulio Vargas, Perón, Velasco
Alvarado, Torrijos y otros que no pueden ser calificados como marxistas,
también sufrieron las arremetidas conspirativas del capital multinacional que
no permite que su patio trasero se le salga fuera de su control.
En otro terreno, el discurso político de Chávez como gobernante, y
muchas de sus acciones de tipo efectista, se ha acercado al sentir popular, tal
vez por primera vez en nuestra historia. Es indudable que el discurso chavista
ha levantado una conciencia popular que había permanecido dormida desde la
crisis del colonialismo español. Aunque sus acciones de gobierno hayan
favorecido poco a los humildes, el pueblo ha asumido que este gobierno proviene
de los suyos, representa a los suyos, y constituye una esperanza para construir
un futuro mejor. Si algo existe actualmente en Venezuela es conciencia de
clase, en el sentido marxista del término. Particularmente jamás había
presenciado las formas de organización y de participación que casi
espontáneamente han asumido gruesos sectores populares. Como bien dijo alguien
en estos días por la red, una movilización que hace 20 años organizábamos con
muchas semanas de esfuerzo y que en el mejor de los casos lograba incorporar a
unas diez mil personas, hoy se organiza sin que nadie lo decida, casi de un día
para otro, y medio millón de venezolanos salen a la calle, con una disposición
que incluye la posibilidad de dar la vida en defensa de este proceso. Presencié
algo de esto, o más grande, en la movilización del 1° de mayo en Caracas. El
pasado sábado 29 se duplicó este fenómeno con la concentración en la avenida
Bolívar.
En lo personal tengo muy pocos argumentos para sentirme liderado por
Chávez. Pero no puedo negar que
centenares de miles, o millones de venezolanos, reconocen y sienten que Chávez
es su líder, que representa sus intereses, enfrentados a los intereses de una
oligarquía que en estos años hemos visto y palpado en su verdadera cara
intolerante, antidemocrática, manipuladora, militarista y fascista. Es cierto
que el chavismo oficial guarda poca relación con el chavismo popular. El mismo
Chávez centró hasta ahora su gestión de gobierno en una alianza sociopolítica
fundamentada en los militares, los partidos reformistas (MVR, PPT, MAS) y
sectores de la burguesía; en esta alianza de clases, el pueblo no tuvo un
espacio específico antes del golpe de estado. Pero el 11 de abril echó por
tierra los fundamentos de ese bloque social gobernante. Del mismo sólo queda,
sumamente debilitado, el sector de los partidos políticos, estremecidos
profundamente por las numerosas traiciones de un gran número de sus líderes más
conocidos y representativos (los dos principales líderes del Mas, uno de los
dos principales jefes del PPT, el jefe del MVR y otros de sus líderes figuran
entre los traidores). De los militares ni se diga: 80 generales involucrados en
el golpe, y otro tanto de oficiales subalternos. Y de los sectores burgueses,
desde finales del 2001 dijeron adiós a su luna de miel con Chávez.
El 11 de abril dejó ver una realidad que hasta ese momento pocos habían
reconocido. El proceso de Chávez ha servido como potenciador espontáneo de una
conciencia y una organización popular que subterráneamente se ha expandido por
todos los rincones del país. Y decimos que espontáneo, porque desde los
partidos chavistas se han hecho todos los esfuerzos por evitar esa organización
y participación popular. A pesar de que el chavismo oficial ha repetido todos
los errores del clientelismo y la corrupción politiquera que heredamos de la
cuarta república, en los barrios populares ha crecido una enorme tendencia que
no sólo cuestiona profundamente ese burocratismo oficial, sino que intenta
insurgir como contralor de la acción de gobierno y en no pocos casos como
ejecutor directo que sustituye la inoperancia de las instituciones del estado.
Obviamente, para el que no puede trascender el análisis simple del
blanco y negro, de lo malo o lo bueno, puede hacerse difícil entender cómo a
pesar de tantas manifestaciones negativas de la obra de gobierno chavista, el
mismo proceso de transformaciones sociopolíticas ha permitido que el “clima”
social evolucione significativamente hacia posiciones abiertamente
revolucionarias, aunque esta no haya sido la verdadera intención de los
chavistas y tal vez ni del propio Chávez.
Creo que algunas ejecuciones del gobierno han contribuido a fortalecer
un proceso de participación popular que se inició desde el 27 de febrero de
1989. Una de ellas fue la Asamblea Constituyente de 1999, la cual a pesar de su
concepción burocrática y reformista, desmontó el sistema político que por 40
años le había servido a la burguesía para controlar al país. AD y COPEI fueron
enterrados políticamente, y con ellos, la burguesía perdió a sus
representantes, cuestión que hasta el presente no ha logrado sustituir. Algunas
otras acciones de gobierno, formuladas más que ejecutadas, como sucede con los
49 leyes aprobadas por la habilitante, sirvieron para terminar de deslindar con
el imperialismo y la burguesía, aunque esas leyes no impliquen transformaciones
profundas. Como ya dijimos, el imperialismo no está dispuesto a permitir que
las naciones latinoamericanas se desprendan de su tutela económica. Mucho menos
en el contexto actual en que la “guerra contra el terrorismo” sirve de pretexto
a los Estados Unidos para fortalecer su dominio en el mundo globalizado.
La enorme presión que la burguesía ha realizado sobre Chávez,
principalmente a través de los medios de comunicación, y más recientemente con
la etapa de huelgas y movilizaciones que iniciaron el 10 de diciembre del 2001
y que culminó en el golpe del 11 de abril, ha sido también una de las causantes
de la radicalización que tanto el pueblo como Chávez y algunos de los
dirigentes gubernamentales se han visto obligados a asumir en los últimos
meses.
La reinstalación de Chávez en el poder el 13 de abril es un fenómeno
inédito en nuestra historia, y tal vez nunca visto en el mundo. Chávez fue
objetivamente derrocado. Su gobierno cayó. Su regreso no fue producto de ningún
plan preconcebido. Los centenares de miles de venezolanos que tomaron las
calles, y los oficiales y mandos medios que se insubordinaron, hicieron posible
ese milagro. En los hechos, los militares que contribuyeron al regreso de
Chávez lo hicieron por las mismas razones que nosotros damos nuestro apoyo
crítico al proceso. La salida de Chávez del poder significaría un enorme
retroceso para los intereses del pueblo. Se perdería la democracia, se perdería
la organización popular, se perdería el protagonismo de los humildes (aunque
ese protagonismo sea hasta hoy poco satisfactorio). Las 24 horas de la carmonada revelaron los enormes peligros que
encierra una eventual caída de Chávez. La eventual sustitución del presidente
debe planificarse de forma que quién lo sustituya fortalezca y potencie todos
los logros populares alcanzados. Esa situación no existe actualmente. Chávez es
el líder de este proceso, reconocido por millones de venezolanos, y el proceso
mismo sólo puede continuar con él al frente.
Concebir siquiera la posible salida de Chávez del poder significa
colocarse junto al imperio y sus representantes criollos. Quienes critican los
errores de Chávez lo hacen partiendo de esa visión burocrática sobre el proceso
revolucionario. Creen que es posible transformar mediante decretos sabios una
sociedad que posee desigualdades sociales construidas en los últimos 500 años.
Creen que una revolución es la toma del poder por unos chicos chéveres que
inteligentemente van a conducir a la sociedad por el camino del progreso. No
conciben una revolución en la cual “la chusma desdentada” tenga una
participación estelar. La razón debe estar siempre del lado de los
“especialistas”, de los líderes cuidadosamente formados, no de parte del
populacho ignoro. (estas ideas no son exclusivas del antichavismo; muchos
líderes chavistas piensan igual, estoy consciente de ello).
Resulta que el 13 de abril toda la brillante sapiencia del imperio y sus
múltiples agencias de inteligencia se estrellaron contra un muro de concreto
que los humildes de Venezuela levantaron sin mayores recursos mediáticos y
materiales. Pero un pueblo que ha estado sometido por siglos no puede construir
de la nada las herramientas que le permitan consolidar su libertad. Creo que el
proceso de cambios está obligado a determinar los caminos a recorrer por ese
masivo movimiento popular que a partir del 10 de diciembre del 2001 se levantó
en todo el país para defender y profundizar la esperanza que nació con el
triunfo de Chávez en el 98. Un nuevo poder popular tiene que nacer de todo
esto, para permitir que los cambios históricos terminen de concretarse. Pero en
ningún caso, las fuerzas ultraconservadoras que desean salir de Chávez representan
alternativa válida alguna para el pueblo venezolano. Su dominio sería el
dominio del capital multinacional, significaría la hegemonía del racismo y el
odio hacia los sectores populares que pregonan todos los días los medios.
Finalmente, reitero mi apego por la autogestión popular, por la
verdadera democracia de protagonismo ciudadano. Una sociedad de hombres libres
es antagónica con una sociedad tecnocrática neoliberal. Nuestro futuro está en
que todos participemos activamente, en igualdad de condiciones, en la
determinación del rumbo que tomen nuestras sociedades. A ello apuesto. Y creo
que en Venezuela se han abierto caminos que si sabemos transitarlos nos pueden
acercar a ese ideal.
* Universidad del Zulia,
Maracaibo, 2 de julio de 2002.
Cuestiones de América Nº 12,
Diciembre de 2002 -Enero de 2003
Regresar a la Página Principal de Cuestiones de América...