11 de abril. 12
horas que conmovieron a Venezuela
J.M. Barreto
Miércoles 5 de junio de 2002
Está circulando un librito titulado 11
de abril. 12 horas que conmovieron a Venezuela, sin pie de imprenta. Está
firmado por un seudónimo ambiguo, “J.M. Barreto”, que no es el Juan Barreto,
diputado chavista, que cualquiera podría pensar.
El autor, un periodista que según
dice estuvo de reportero durante los acontecimientos, maneja mucha información
sobre la conspiración y la masacre del 11 de abril. Cambió algunos nombres para
protegerse él, pero son fácilmente colegibles. Nos parece una precaución
inútil. Los hemos explicitado entre corchetes [ ] en la transcripción del
fragmento que sigue. También clarificamos entre corchetes algunos modismos
venezolanos y otras informaciones para el lector extranjero. También mejoramos
en algo la puntuación algo errática, así como algunos errores menores.
Según la hipótesis de este autor
anónimo, la masacre del 11 de abril fue producida por un grupo de tiradores
profesionales reclutados por Isaac Pérez Recao y bajo el comando del
contralmirante Carlos Molina Tamayo o tal vez el general Héctor Ramírez Pérez.
Coincido con esa hipótesis en mi trabajo ¿Quién los mató?
A continuación algunos fragmentos
sobre el tiroteo.
12:30
Alvarado [¿Carlos Molina
Tamayo? ¿Héctor Ramínez Pérez?] gira órdenes a diestra y siniestra. La clave
cuatro se ha activado y a todos sus hombres les toca tomar posición. Los edificios
desde donde desatarían la masacre ya habían sido previamente seleccionados.
—Primero me le
dan a todo bicho que cargue encima una cámara. Necesito unos cuantos cadáveres
de periodistas.
Sabía que un periodista muerto
a tiros era de vital importancia para la misión. No imaginaba, por supuesto,
los resultados finales. La misión consistía solamente en dejarle unos cuantos
muertos regados a la administración de Chávez, el resto vendría poco a poco.
[...] Sus hombres se desplazan y toman las principales azoteas del Hotel Edén,
en la avenida Baralt, el Ausonia y el edificio La Nacional, donde funcionaba la
oficina administrativa municipal. Si el golpe fallaba la culpa recaería sobre
funcionarios del gobierno. La mente diabólica de Alvarado así lo había expuesto
ante aquel grupo que luego de año y medio de conspiración creía ver
cristalizado su objetivo. [p. 42-43].
[...]
Le toca tomar posición en un
sitio estratégico entre la avenida Baralt y el Puente Llaguno. Desde allí con
facilidad puede mantener a tiro a uno y otro bando. “No importa a quién le
des”, le habrían dicho. Y él sonrió, era como jugar al tiro al blanco, podía
escoger, tenía la plena libertad de escoger, decidir por primera vez.
—Haz lo que
quieras —le habían dicho—. Estás libre. Mata. Mata. Mata.
Así que llegó esa mañana al
Hotel El Edén. Un tiradero [nido de amor]. Pero él venía solo.
—¿Es posible?
—Bueno —habría
respondido el dependiente—. Depende.
El “depende” costó veinte mil
bolos [bolívares]. Eliécer le habría dado cien, si se los hubiesen pedido.
Sospechoso. Habría pelado bolas porque ante esa cantidad el dependiente habría
llamado a la policía. Pero el tipo se conformó con veinte mil. El pobre loco,
debe estar recién llegado del interior y no tiene dónde pasar el trasnocho, así
será el ratón [resaca de una borrachera].
Entra en la habitación. Tímido,
tembloroso. Son las 12:45 pm. Abre el bolso y extrae el arma larga en
pedazos. Los ojos se le agrandan, babea, besa el cañón. La mira telescópica, la
cacha... [p. 67-68].
12:45 pm
Distribuidos estratégicamente,
siete hombres de incógnito portando armas largas camufladas y un sofisticado
equipo de comunicaciones israelí, reciben instrucciones de tomar las posiciones
previstas de acuerdo con la clave cuatro. En la esquina de Solís nadie notaría
que ese humilde limpiabotas, sentado en un banco de concreto al lado de la
estación del Metro, recoge su bolso y sus implementos de trabajo para
parsimoniosamente, como para evitar despertar interés, se dirige hacia la
avenida Baralt. Recorre unos cien metros y entra cautelosamente en el edificio
La Nacional, sede de la administración del municipio Libertador. Adentro se
mueve como pez en el agua. Días antes había hecho su trabajo de campo. Había
visitado el edificio: “Familiarícense con sus posiciones”, les había dicho el
General.
En la esquina de Piñango, otro
miliciano aparentando ser un recogedor de latas se incorpora molesto por la
bullaranga que no le permite descansar, relajarse un poco. Habla con el aire y
se ríe solo. De pronto se molesta y exclama una sarta de groserías, recoge su
saco y entre mentadas de madre a chavistas y antichavistas, al gobierno, a la
revolución, a la burguesía, a Fedecámaras, a su mamá Etervina, al negro Felipe
y a todo lo que ve, el recogelatas, inmundo, y con las bolas afuera, atraviesa
por debajo del Puente Llaguno, sin que nadie repare en él. De haberlo detenido
se habría descubierto a un joven bañado en betún. Un joven de mirada fría,
hielo en la sangre. Un chico a quien no le late el corazón. Una especie de
zombi, un arma humana letal que se dirige como una máquina a cumplir una orden.
Orden que equivale a asesinar seres humanos sin discriminación de ningún tipo.
En el saco de latas, un rifle de alta potencia subyace en pequeñas piezas.
Armarlo sólo tomará unos segundos, máximo un minuto. Fue el mejor calificado en
el entrenamiento que se le dio a su grupo en Miami. Una manzana a 300 metros no
era nada para él, sólo un tiro de rutina.
Sube las escaleras del Puente
Llaguno desde la avenida Baralt hasta la Urdaneta. Camina hacia la esquina de
Veroes y en un abrir y cerrar de ojos desaparece en un zaguán. Minutos más
tarde lo veremos en las alturas de una amplia azotea, tarareando una canción de
Shakira y armando su instrumento letal. [p. 58-59].
[...]
Los cuatro hombres de Reverte
[Pérez Recao] más los tres de confianza del General [¿Carlos Molina Tamayo?
¿Héctor Ramínez Pérez?], ya han tomado sus lugares. Encapuchados para no ser
reconocidos, esperan la orden de su alto mando. La marcha entre por la Plaza
Miranda y sigue hacia la O’Leary. Una parte se divide hacia la esquina de Junín
para subir por las esquinas de Muñoz y Solís. La llegada se hace traumática. La
Guardia Nacional los espera ataviados con equipo antimotín. Por los lados de El
Calvario, el puente de la avenida Sucre se convierte en un campo de batalla.
Otro frente se abre entre Muñoz y Solís. El Centro se llena de bombas
lacrimógenas. Llueven piedras de ambos bandos. Mientras tanto, otro tentáculo
de la manifestación inicia su subida hacia Miraflores por los lados de la
avenida Baralt. En la esquina de La Gorda se arma la sampablera. Plomos van,
plomos vienen. Alvarado [¿Carlos Molina Tamayo? ¿Héctor Ramínez Pérez?] da la
orden. Una bala con el zumbido de una abeja le vuela la cabeza a uno de los
manifestantes progobierno. En ese mismo instante, otro zumbido destroza el
occipital de un reportero gráfico. No han transcurrido veinte segundos cuando
otro proyectil le arranca la mejilla a una mujer, quien cae de espaldas
mientras la bala le sale por un costado de la cabeza. Alguien grita.
—¡Eso es plomo!
—¡Es plomo!
Se arma una algarabía, el caos
se apodera de los manifestantes. La ira se apodera de ambos bandos. La policía
huye despavorida. Plomos van y plomos vienen. Desde el puente de la avenida
Urdaneta un grupo dispara a diestra y siniestra contra todo lo que se mueve en
la Baralt.
A una cuadra de Miraflores cae,
víctima de otra bala que le vuela la masa encefálica, un funcionario de la Casa
Militar. Siete muertos se cuentan durante los primeros treinta minutos de
batalla.
—Suficiente
—dice Alvarado [¿Carlos Molina Tamayo? ¿Héctor Ramínez Pérez?] y da la orden de
retirada—. Lo demás viene solo.
Los francotiradores en lo alto
reciben el parte. Como buenos profesionales desarman con rapidez el fusil de
alta potencia. Recogen las conchas y se toman unos minutos para revisar bien el
área antes de abandonar su puesto de mando. Una hora más tarde todos se
encuentran en el Bunker del General [¿Carlos Molina Tamayo? ¿Héctor
Ramínez Pérez?]. Pasarán la tarde entre llamadas telefónicas y observando la
televisión. Nadie debe moverse de aquel sitio, es la orden que hay. Allí, en
Parque Cristal todo es paz y armonía, como si nada estuviese sucediendo. Apenas
es las 2:30 pm.
El Golpe
Mientras los canales de
televisión transmiten constantemente las imágenes de los muertos y heridos, que
para la hora ha habían aumentado vertiginosamente, el General [¿Carlos Molina
Tamayo? ¿Héctor Ramínez Pérez?] ya ha recibido varias llamadas y ya conoce en
qué va a desembocar la situación. Los muertos se acrecentaron tal cual como lo
había previsto. Siete fueron los suyos, siete por los que se responsabilizaba,
siete por la patria, siete. Bien valió la pena para salir de este gobierno.
Cada uno de sus muchachos cumplió su propósito.
—Un solo muerto
por cabeza —les había expresado la noche anterior.
—Si lo desean
pueden herir a varios —lo había agregado al ver el gesto de Eliécer Rivero, el
nerviosillo [francotirador salvadoreño]. De no haberle permitido seguir
disparando para herir a otros tantos, la misión habría corrido peligro.
Todos, hasta Peter [uno de los
francotiradores], se habían encargado de una presa. Las otras conchas las
habían desperdiciado practicando tiro al blanco contra fachadas de edificios, avisos
luminosos, faroles, hasta bustos y estatuas de las plazas que bordean el centro
de la Capital. De esta manera creaban mucho más caos.
Pero Riverito... Eliécer no se
había conformado con volarle la cabeza a aquel muchacho con cámara en mano, tal
cual como se lo había ordenado su jefe.
—No me pelen un
carajo con una cámara, necesito varios periodistas muertos.
De los siete muertos, cuatro
portaban cámaras, tres de ellos eran chicos de inteligencia de la Casa Militar.
Se les había ordenado filmar a líderes y dirigentes que estuviesen en la
manifestación para tenerlos en cuenta en el futuro. También se les había
ordenado filmar a todo aquel que propiciase la violencia. De esta manera habría
pruebas claras, en este caso a favor del gobierno, para denunciar a quienes
pretendían “tumbar al Presidente”. El cuarto fue un colega de un diario
capitalino. El verdadero mártir de la contrarrevolución.
Cada uno disparó contra su
objetivo... no así Peter. Pudo haber liquidado al quinto sujeto con cámara.
Ambos se tropezaron bajo el mismo objetivo. Nelson, mi camarógrafo captó la
imagen de quien pudo haber sido su asesino. Se vieron a los ojos, permanecieron
así por instantes, cada uno esperando el disparo del otro. Nelson lo observa
cuando el hombre le hace una seña... una leve picada de ojo para luego despegar
el índice del gatillo, Nelson hace un gesto, un leve movimiento del cuello que
desvía el encuadre de aquel hombre con pasamontañas, ojos claros, limpios, sin
mirada de asesino. Es entonces cuando también Nelson retira su dedo del
disparador. Pierde el Premio Pulitzer y gana otros años de vida.
Pero ya Peter había cumplido.
Su certero disparo le había atravesado la mejilla a una mujer que entró así,
¡de pronto!, dentro de su ángulo de tiro. Aquel camarógrafo de televisión se
había salvado de milagro. Peter no tenía por qué hacer otro disparo. Las
órdenes habían sido claras para él, “un solo muerto por cabeza”. Al fin y al
cabo.
Ahora qué importaba quién
hubiese sido. Cierto, se quedó un rato más observando por la mira telescópica.
Puso a tiro a un gobernador, a dos alcaldes, a un oficial retirado, a un
carajito montado en un morral a la espalda de su padre, a un vendedor de
manzanas, a un vendedor de papitas fritas, a un dirigente obrero, a un
dirigente vecinal... a un fotógrafo que se lo quedó mirando de teleobjetivo a
teleobjetivo. Pudo haberlo matado. En un segundo un zumbido pudo haber surgido
de su rifle y entrarle directo al camarógrafo por su teleobjetivo. Le habría
destrozado el globo ocular y devanado en pedazos la corteza cerebral. Es cuando
recibe la orden de retirarse. Ve al hombre y sabe que éste lo está viendo a él.
Le guiña un ojo y se retira. [p. 70-75].
* Reproducido por
Mariana Hernández, en
su sitio. Ver además Frank A. Salcedo, Ramírez
Pérez, Otto Neustald y el documental —
martes 10 de septiembre de 2002. Mariana Hernández, ¿Quién los mató? — martes 4 de junio de 2002. El Nacional el
13/4/02, Alianza de militares precipitó la caída de Hugo Chávez
Cuestiones de
América Nº 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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