Cuestiones de América
Entender
la revolución venezolana
Thierry Deronne *
La lucidez es
la herida más cercana al sol
René Char
Cuando
desembarqué en Venezuela hace ocho años mi retina seguía quemada por el flash
de la revolución sandinista. La utopía latinoamericana había empezado a nacer
en Nicaragua cuando el anciano de Hollywood le declaró la Gran guerra. Segando
desde la distancia a toda una juventud, ausentándola por siempre de la
reconstrucción de un país. Como fieles relevos de la Casa Blanca los medios
europeos calificaban a los sandinistas de “totalitarios”. Los descubrieron “demócratas”
el día de su derrota electoral. Los habían olvidado el día en que la salud fue
devuelta a las clínicas privadas, la tierra a los terratenientes, y Managua a
Miami.
En
Venezuela, la sorpresa mía fue volver a encontrar, debajo del barniz de vidrio
y de acero, un feudo que me arrastraba hacia la Nicaragua de antes o de después
del paréntesis revolucionario, en plena novela de Sergio Ramírez. “Quién
remendó su calle? Usted, Señor Presidente”. Todo estaba aquí nuevamente, hasta
el funcionario de corbata fuera de aliento que persigue al organizador de los
mítines presidenciales. “Apúntenme, por favor, sí estuve, estuve...” El
petro-populismo hedía a encerrado y sus shows electorales a ron y a sudor. Cada
noche de escrutinio los techos de las casas de cartón sonaban bajo la lluvia
para aplaudir al nuevo anciano-presidente de la Republica. Quedaba la esperanza
del asfalto, redención de las masas pobres que vivían en alguna parte del
infierno, al otro extremo del cielo lindo del Parque Ávila, cuya neblina
luminosa arropaba a la Santa Virgen en persona, Miss Universo. ¡Ay, Venezuela!
¿Que imagen ibas a tener afuera si no te habías visto nunca a ti misma?
¿Qué
es lo que hace entonces que en noviembre 2002 veamos a Venezuela? ¿De dónde
viene la insaciable palabra que te abraza, que te sorprende? ¿De dónde viene
esta lengua política, múltiple, que contrasta con la pobreza del “Fue-ra!
fue-ra!” que una derecha impaciente echa cada día en cara del primer presidente
“negro”? ¿Y por qué la misma revolución sandinista parece envejecer en relación
a lo que está pasando en Venezuela?
En
Nicaragua la agresión norteamericana y la militarización del régimen terminaron
cercenando el afán popular. Cuando aquí el pueblo no se ha callado nunca, y si
bien Chávez fue su voz por un momento, el movimiento popular ha seguido
creciendo, en conciencia y en número. La revolución bolivariana no se ejerce
como en Managua bajo las especies de un colegio de comandantes defendiendo la
Patria sino como una tradición presidencialista fecundada por la creciente
organización popular. Sorpresa de la brasileña Carla, quien tiene diez años de
trabajar en Porto Alegre : “en tres años ustedes han avanzado más que nosotros
en Brasil”. Más rápido y más alto.
Hijo
de una familia humilde de maestros, Chávez habla, habla largamente a la
población, pedagogo de la economía solidaria, de los derechos inscritos en la
Nueva Constitución, de la Historia censurada de Venezuela. Allí donde algunos
ven con preocupación el germen del populismo, veo más bien su antídoto. El
lento rescate de una memoria histórica “no oficial” y la sedimentación de la
democracia como hecho participativo rompen con el endémico discurso
paternalista con consecuencias bien palpables. El 13 de abril del 2002, las
imágenes de la población venezolana rescatando el Estado de Derecho recorren el
mundo. Millones de ciudadano(a)s que restablecen de forma pacífica, por la sola
fuerza de la multitud, una democracia constitucional: hecho escaso en la
Historia humana. Pero los periodistas europeos y algunos intelectuales
latinoamericanos retoman el discurso de la oposición venezolana : “logorrea
castrista !discurso agresivo-polarizador!” Y si en realidad Chávez no hacía
sino reanudar la labor de Ali Primera, voz mayor de América Latina, el que
enseñó a lo(a)s venezolano(a)s que existe un ayer y un afuera. El cantor de las
casas de cartón, desde lo alto de su voz ronca y de su guitarra herida, contaba
tantos muertos en Haití como lo que el colibrí bate de alas en un siglo.
Siempre se negó a vender su canto o a aparecer en los canales de la televisión
comercial venezolana, monopolística y racista, y siguió buscando el abrazo de
las multitudes hasta su muerte. Hombres de letras, hombres de Estado, una
carrera de relevo para todo un continente. Al hablar con humor a quienes nunca
se les hablaba, Primera y luego Chávez despertaron al pueblo y le devolvieron
el sentimiento de existir. Existir. Dignidad. Estas palabras son las que mejor
traducen al cuerpo moreno, negro, pobre surgido de la sombra para buscarte,
para tocarte el brazo, hasta bajo la lluvia, aquel rostro que súbitamente y
demasiado presente te habla, te habla de lo que ahora se niega a perder.
Este
es el pueblo que rompió el cerco mediático para elegir dos veces, con una
fuerte mayoría, a Hugo Chávez Frías como presidente de la República. Dos veces
en dos años, antes y después de la nueva constitución bolivariana, aprobada
también por una vasta mayoría. Fue este el que también reinstala a Chávez al
poder, en pocas horas, en lugar del empresario impuesto por los golpistas.
Es la misma “mayoría de vanguardia” que lucha hoy para transformar un falso
Estado aun petrificado en su decorado de country-club en un Estado verdadero.
Muchos no entienden porque con tanto apoyo Chávez sigue rodeándose de un
aparato político conservador. ¿Falta de confianza en el pueblo, a pesar de la
fe proclamada? ¿Herencia del respeto endémico por los Doctores? ¿Tolerará el
cerco de cortesanos que busca aislarlo del pueblo, cerrar el acceso, controlar
sus contactos? ¿Será que decidió de una vez conservar el monopolio de la imagen
revolucionaria en el seno de su equipo? “Chávez es el único infiltrado nuestro
en el gobierno” se ríe el barrio.
El
tiempo pasa. Frustrando los pronósticos de los medios occidentales, el
presidente venezolano no se ha vuelto dictador. Por más que le guste atraer las
miradas y ocupar el centro de la imagen, Chávez saca de sus orígenes populares
(poniendo aparte el verbo reactivo usado por los medios para crear una imagen
de “dictador”) una necesidad de escuchar, de dialogar, de negociar que nunca
habían tenido sus antecesores. No ha habido bajo su presidencia ninguna
universidad cerrada, ningún periódico censurado, ningún desaparecido, ningún
preso de opinión. Al socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, miembro de la
Internacional Socialista, no le tembló la mano a la hora de enviar la tropa a
disparar sobre los civiles hambrientos en 1989, asesinando miles de habitantes
de Caracas en medio de la indiferencia mundial.
Muchos
se preocupan por el excesivo democratismo de Chávez, que raya en el gusto por
el martirio. El perdón cristiano como política, la permanente amnistía ofrecida
a los golpistas, la impunidad de los medios privados que organizan golpes en
vivo para tumbarlo (lo que ningún otro gobierno toleraría) preocupan y
decepcionan la organización popular, pues dejan intacto un vasto Estado que,
desde la policía política hasta las embajadas, y desde las grandes redes
de corrupción hasta la empresa petrolera nacional, sigue en manos de la misma
mafia que gobernó el país durante cuarenta años. “Si sigue dejando hacer todo,
esto le va a costar el poder”. “Nosotros lo elegimos, nos sentimos agradecidos
por todo lo que ha hecho, pero no vamos a dejar perderse esta revolución”.
Extremadamente conciliador, el presidente ha renunciado a decretar grandes
leyes de justicia social como las que motivaron el complot armado de la
derecha. Parece querer aguantar el mayor tiempo posible, llamando al pueblo a
reforzar su organización. Calculada o no tal “debilidad” ha tenido la virtud de
poner la población al pie de la pared y de provocar una creciente definición de
los sectores populares. Caso reciente de la policía dirigida por el alcalde de
Caracas, férreo opositor al presidente. Para denunciar la corrupción de su
jefe, parte de los policías quienes ayer reprimían las marchas pro-chavistas se
lanzan en una huelga de hambre, pidiendo a gritos la intervención del gobierno.
Cuya pasividad inicial permitió al alcalde reprimir la huelga pero también
estimuló a los policías a participar en una “Radio Pueblo” mediante la cual los
pobres dialogan libremente con ellos al pie de la Alcaldía. Cansados de la
lentitud del nuevo Instituto de Tierras en implementar la Ley de
Tierras los campesinos deciden fortalecer un movimiento autónomo. La total
impunidad de los medios co-organizadores del golpe de Estado de abril
genera la formación de comités de usuarios surgidos de la clase media, los
cuales exigen con firmeza el cese del golpe mediático permanente y la creación
de una ley “a la Francesa” para fijar derechos y deberes de cada uno. La
pasividad del gobierno ante el grupo de militares golpistas que exigen en vivo
y en cadena televisiva desde los barrios de la elite la renuncia inmediata del
presidente, suscita la respuesta cada día más masiva de la población y del
ejército (en su mayoría de extracción popular) para defender una vez más el
derecho del Presidente a ir hasta el término de su mandato constitucional. ¿Bastará
la movilización popular para mantener la continuidad del proceso revolucionario
en caso de que la derecha llegase a sus fines? Esta es la pregunta. “Si matan
al negrito va a pasar aquí lo de Colombia, una guerra civil para mucho tiempo. Si
los gringos nos quieren quitar el petróleo...”
¿De
donde viene esta conciencia en movimiento? Del barrio. Esta máquina de excluir
los olvidados del petróleo, la mayoría pobre la hizo máquina de transformar,
cerebro colectivo templado en el mestizaje, reacio a toda forma de racismo,
hambriento de aprender. En esos autobuses repletos desde la madrugada, en los
cuales el perfume de las muchachas aún te habla de la esperanza de
conseguir diploma, por esas calles donde los jugadores de baloncesto establecieron
un código de vida, se ha forjado un sentimiento de pertenecer a una piel y a un
cabello que son también del presidente, “negrito” al igual que ellos. Desde
este barrio arrancó la reconquista, calle por calle, de la ciudad del
desprecio. Transformada en fábrica de cielo abierto, resurgencia del mercado
indígena donde cada metro de acera sirve para montar un negocio. Poniendo en
jaque las políticas burguesas de higiene social, reivindicando el respeto del
cual gozan desde la elección de Hugo Chávez, los vendedores informales saben
que ya no los podrán expulsar “como animales, a golpes” porque, simplemente,
ellos son la ciudad y porque cada día ésta les pertenece más. La
calle-fábrica-mercado : la imagen más nítida de la revolución venezolana, y el
antídoto a toda idealización. Salón revolucionario de cielo abierto pero sobre
todo matriz material de una organización social luego política. La montaña fue
el crisol vertical de una vanguardia. La calle ha fabricado
su mayoría de vanguardia. B. me recuerda que criticar la voluntad de
ciertos sectores populares de defender pie por pie su territorio, por la fuerza
si es necesario, y pedir al pueblo pobre que sólo actúe desde su capacidad de
presión como mayoría política, nos podría hacer perder de vista que allí mismo
en esta defensa física del territorio urbano está la fuerza moral de una
revolución de los pobres, capaces de bajar de los cerros para formar cordones
defensivos alrededor de un palacio presidencial, capaces de defender con su
propio cuerpo los artículos de la Constitución.
“¿La
huelga?” La mujer del barrio ríe suavemente. “¿Pero que huelga? ¿Por qué? Si no
tenemos tiempo. Somos nosotros quienes decidimos cuando el país se para!” Los
sindicalistas sobrevivientes del antiguo régimen que llaman en Globovision a la
huelga final contra Chávez, han perdido desde hace tiempo el control sobre este
ser autónomo, poderoso, capaz de moverse a la velocidad de la luz para hacer
fracasar un Golpe de Estado.
Había
que ver el 13 de abril del 2002 a aquellas madres Carrar reaccionar ante la
depresión de los hombres y echarse a la calle exigiendo, incluso hasta las más
protectoras, a sus hijos que fueran a defender la nueva Constitución. “Tengo
que ir pues éste es mi deber” dijo la mujer hasta allí confinada en su cocina.
Como si al eliminar al presidente le arrancaran su propia piel. “Este proceso
dio un sentido a mi vida” me dice un joven miembro de una televisora
comunitaria recién legalizada. “Ah si yo tuviera veinte años, porqué dormí
tanto tiempo”, añade una mujer de edad. Cuando toda la prensa (toda opuesta a
Chávez) trata de “lumpen” o de “marea de monos” una marcha prochavista, los
manifestantes responden al desprecio con el humor, blandiendo monos de peluche.
En pleno golpe de Estado cuando Chávez fue llevado fuera del palacio
presidencial y cuando el conjunto de los medios comerciales celebraban la
despedida del “demente” la calle respondió con un solo grito. “¡Devuélvannos
nuestro loquito!”
Encerrada
en urbanizaciones selectas cuyas calles cierran al tráfico externo, reducida a
un poco por ciento de la población, la burguesía venezolana no oye nada. Su
ausencia de programa traiciona un mundo irreal donde el pueblo solo entraba por
la puerta de servicio. Soledad que la deshumanizó. ¿Un “negro” presidente? Ella
sueña enseguida con el asesinato que “arreglará el problema”. Cuando un grupo
de militares aplaudidos por algunos miles de simpatizantes, ocupa una plaza de
la zona selecta de Caracas para exigir la renuncia inmediata del presidente, no
expresa sino esto: “somos la mayoría ya que el pueblo no existe”. Tal opacidad
al Otro social, como diría un historiador de la nobleza francesa del siglo
XVII, entra a veces en conflicto con los intereses transnacionales. En pleno
Golpe de Estado el director de un canal de televisión venezolano llama a CNN
para pedir que deje de difundir imágenes no controladas que perjudican el
silencio informativo de los canales golpistas. Al organizar autoatentados
semejantes al de Caracol TV en Bogotá, al financiar y mediatizar a ultranza
cada show de masa “a la norteamericana” para exigir la renuncia del presidente,
al propiciar el caos y el enfrentamiento con la esperanza de que el gobierno
reprima, el monopolio mediático venezolano trabaja incesantemente para crear la
imagen de una “dictadura comunista” dirigida a organismos como Reporteros Sin
Fronteras, sin dejar por otra parte de incentivar la represión efectiva por sus
fuerzas de seguridad de los medios comunitarios que surgen ahora en todo el
país.
Esta
negación del pueblo empapa aún numerosas esferas del Estado, tribunales,
ministerios. “Participación, protagonismo” clama el Pueblo. “Anarquía” responde
en voz baja el Estado. Cuando el Instituto de la Mujer (que hace una labor
excelente) sigue pidiendo a las mujeres de extracción popular unos
diplomas como requisitos para ocupar puestos de responsabilidad, cuando un
productor del canal del Estado pide expurgar de sus groserías los
programas aportados por los medios comunitarios, cuando el Instituto de Tierras
tarda en reunirse con una delegación de campesinos, uno puede medir el
peso de la cultura dominante. Aún la izquierda, reducida a unos clubes
masculinos, siempre ha cuidado la distinción al usar la imagen del Pueblo sin
nunca mezclarse con él.
Desde
lo hondo de la cueva europea, cuesta a los periodistas e investigadores
entender que el poder del Estado sigue en manos de la oposición. Siguen viendo
a Chávez como figura central. “Dictador, populista, autoritarista, exgolpista,
líder paranoico angustiado”. Conceptos flojos pero que garantizan la
sobrevivencia en el mercado de la información. Aburguesamiento de las escuelas
de periodismo, irresponsabilidad posmoderna que otorga el mismo valor a la
estancia breve como a una investigación de seis meses, dependencia umbilical de
los cables de la AFP o de los comunicados de Reporteros Sin Fronteras, sin
olvidar el gran reajuste de la imagen del mundo por los Estados Unidos: todo
conspira para que Europa pierda una vez más su cita histórica con lo que América
tiene de más innovador.
En
cuanto al pueblo venezolano, valiéndose de su historia y de su cultura de
resistencia, sigue buscando, inventando en política, como siempre lo ha hecho,
para sobrevivir. Ha vivido demasiado, ha luchado demasiado, ha reprimido
demasiadas lágrimas, demasiado aprendido, demasiado entendido. En esta sociedad
fundada en la violencia del amo y del esclavo, en la eterna castración del
sujeto, la rabia de la humillación se ha acumulado al punto de vencer el miedo.
La misma violencia tuvo que ceder ante el levantamiento de la vida, lo que nos
promete más años de transformación. Para restablecer lo que ya era, en el
barrio, una forma de civilización superior. Manos negras hundiéndose en la
tierra negra que no piden sino nutrir los cuerpos, para que el pensamiento
pueda surgir en el tiempo, lentamente, volverse universidad popular, música,
pensamiento, sentimientos. Pues si se suele recordar que las ideas de Rousseau
llegaron aquí dentro de las cajas llenas de imprentas arrastradas en la arena
nocturna por los generales de Bolívar, se olvida que tuvieron que convivir
desde un principio con un imaginario arraigado en la médula del cumbe, aquella
tierra liberada por los esclavos fugitivos para reinventar el mundo. Y aún
cuando la imprenta, esa artillera del pensamiento (Bolívar) cayera en manos de
una burguesía post-bolivariana para volverse herramienta de distinción contra
la “chusma analfabeta”, la palabra popular, en cambio, nunca dejará de
imprimirse en el aire, en la médula, en letras de sangre, en la risa soberana,
allí donde se levantan cada mañana los puestos de buhoneros, allí donde la
muchacha morena levanta un brazo musculoso y mientras hace su pregunta vuelve a
sentar al niño en el piso, allí donde una asamblea de ciudadanos denuncia la
corrupción de falsos revolucionarios, allí donde un pueblo crítico invade cada
espacio cedido por un gobierno aún tan tímido, y conoce por fin el sabor de la
caminata en terreno plano.
* Caracas, noviembre 2002.
Cuestiones de
América Nº 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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