Otra dirigencia es posible
Roberto Hernández Montoya *
El cañón truena, los
miembros vuelan; se oyen el gemir de las víctimas y el rugir de los
sacrificadores. Es la humanidad que lucha por su felicidad.
Charles Baudelaire sobre
la Revolución de 1848
Para ser político hay que
carecer de sentido del ridículo. Por eso los políticos dicen hoy una cosa y la
contraria mañana. Como los aficionados al béisbol: gana la discusión el que
dice el disparate más atroz. Un político dice que este gobierno irrespeta los
derechos humanos y pertenece a un partido que inventó la figura del
desaparecido o ejecutó las masacres de Cantaura, Yumare, El Amparo o febrero de 1989. Esos mismos dieron un
golpe ante millardos de televidentes del mundo y ahora dicen que no fue golpe.
Otro, por el lado contrario, ensalza al Che cada diez párrafos y se sorprende de
que la gente de clase media y alta se le espante. ¿Qué persigue con semejante
estrategia?
Será por eso que nunca me metí
a político.
El genial novelista mexicano Jorge Ibargüengoitia
escribió una novela, Los relámpagos de agosto (Caracas: Archivos-Conac-CELARG,
2002), en la que un general corrupto, no demasiado ficticio, se defiende
de las acusaciones de sus enemigos. Mejor ni lo hubiera intentado, pues, al
carecer totalmente de sentido ético, la defensa es peor que la acusación (ver
un genial ejemplo de humorismo involuntario similar haciendo clic aquí). Igual ocurre en Venezuela.
Organizan una marcha. La gente, espantada por las menciones al Che (o a Mao)
cada diez minutos, acude entusiasmada con la promesa descabellada de que hasta
ese día dura Hugo Chávez en el poder, pero al final
tiene que presenciar el bochorno de unos dirigentes desenfrenados disputándose
un micrófono como si fuera un cetro. Y cuando al fin lo capturan lo usan solo
para proferir interjecciones. Pero ni siquiera interjecciones coherentes entre
ellos, sino que cada uno prorrumpe con su propia sarta de demasías y
contrasentidos. Pluralismo, me dirás. Pero no, te respondo: Una cosa es
pluralismo y otra sinrazón. Un amigo opositor me dice que si así va a mandar la
oposición, mejor que se quede Chávez. Otra me comenta que las marchas de la
oposición son un coitus interruptus mientras las de Chávez son
multiorgásmicas.
Un día después del paro del 21
de octubre, 14 oficiales se pronunciaron por la televisión en el más ortodoxo
estilo fúnebre del golpe de estado: la formación de oficiales detrás de uno que
monótonamente lee un texto agobiado de lugares comunes. Todos de pie con
aquella cara de patibularios. La puesta en escena no ha variado en más de un
siglo. ¿Qué entiende cualquiera que vea eso en Sicilia, en Cochabamba? Que le
dieron un golpe a Chávez. Inmediatamente los diputados chavistas rechazaron el
pronunciamiento. No así los de la oposición, que no aparecieron ese día para la
televisión. Señal —no sé qué piensas tú— de que los cogieron desprevenidos y no
sabían qué declarar —esos declaradores profesionales (es lo único que saben y
lo hacen mal). «¡Nos dejaron fuera!», deben haber pensado convulsos cuando
vieron a los generales en la cadena de emisoras privadas. Después de 48 horas
de maquinaciones, fueron acudiendo desglosados a la Plaza Francia, a donde
convocaron los pronunciados a ejercer lo que llamaban «desobediencia legítima»
(el ratón que parió la montaña; todo para tomar una plaza de un barrio
acomodado). Pero los civiles no fueron a dar apoyo a los pronunciados sino para
intentar dejarlos fuera de su elipse de una ambición de poder. Carlos Ortega,
presidente impugnado de la central obrera, advierte a los militares que no se
«engolosinen». Carlos Fernández, presidente encargado de la patronal, declaró, cuando le dijeron que
el pueblo se alzaría ante un golpe:
—Los militares se encargarán de
eso.
Solo para «eso» hacen falta,
según él. Son militares de quita y pon.
Los quita y pon decretan que la
Plaza Francia es «territorio liberado». En la academia no les enseñaron el
significado de esa expresión. Cuando Fidel vibraba en la montaña, «territorio
liberado» eran las zonas que los milicianos iban arrebatando militarmente a la
dictadura de Fulgencio Batista. Como pasaba en el Vietnam con el Vietcong. No
soy militar, pero creo entender algunas cosas. En un territorio liberado hay
una legalidad distinta, supongo. ¿Si no para qué? Entonces uno se pregunta —si
es que no es así, pues los pronunciados hablan en nombre de la Constitución— qué
entienden por territorio liberado: si hay que pedir visa, por ejemplo. Pues sí,
tal cual: los vecinos de la plaza deben mostrar un salvoconducto
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para entrar y salir de sus
residencias, asediadas por los aguerridos oficiales día y noche con altoparlantes
a todo volumen, respaldados por el alcalde que debiera estar ocupado en aplicar
alguna ordenanza municipal contra ruidos molestos y otras perturbaciones. Esa
es la idea de libertad que traen: desprecio olímpico por los ciudadanos (no
importa no dejarlos dormir durante días y días; no importa imponerles un
sistema de salvoconductos, violencia física si protestan, etc.). Todo bajo la
mirada complacida y complaciente del mismo alcalde que durante el golpe de
abril apresó gente, posando para la televisión, en plan de esbirro orondo. ¡Eso
sí es democracia!
Hablando del Che. Guevara es el autor de la tesis del
«foquismo»: un foco de guerrilleros se instala en un territorio liberado
(precisamente) y se multiplica en mil focos nacionales e internacionales, para
que haya «un, dos, muchos Vietnams» en el mundo, como decía el Che. La cosa
funcionó en Cuba.
Ahora tenemos una variante del
foquismo en la Plaza Francia, pero de derecha. Ha rendido poco: unos cuantos
vehículos ornados con banderas, luces intermitentes y un corneteo ostinato
«taatatatá», que uno no sabe si calca la consigna antichavista «¡ni un paso
atrás!» o la chavista «¡no volverán!». Retoman viejas consignas de izquierda,
como «el pueblo, unido, jamás será vencido», música llanera, tan del gusto de
Chávez, etc. Otro arenga enardecido una masa de cinco personas, en plena
madrugada, ante los vecinos estragados por la falta de sueño. Por el día, en su
ápice, llegan, si acaso, a unos pocos miles. En su bajamar normal son unas
cuantas docenas. De ahí no pasa el efecto épico del foco liberado de la Heroica
Plaza. En una semana llevaban 52 oficiales pronunciados, de alrededor de 15.000
que hay en el país. A ese ritmo épico llegan a 2021. Tampoco toman otras
plazas. Los cacerolazos disminuyeron en la misma proporción en que aumentó la
histeria de los que han ido quedando. El martes 29 de octubre convocaron a un
cacerolazo para que lo oyera César Gaviria, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos.
Fracaso total. Lo que extraña, después de cacerolazos tan estruendosos al
principio de la Singular y Verdadera Epopeya de la Plaza Francia. Varios
esforzados paladines asedian heroicamente en un restaurant al Comandante de la
Guardia Nacional y en el mismo hazaños acto lo acusan de dictatorial. El
dictatorial comandante soportó pacientemente tres horas de secuestro, insultos
y amenazas. Algo similar sufrió Gaviria durante una rueda de prensa, acusado de
vendido al chavismo porque osó señalar como impropia la presencia de militares
uniformados en una plaza. A una señora la confundieron con la esposa del
Vicepresidente Ejecutivo de la República y por poco no la lincharon unos
bravíos antichavistas. Eso sí es democracia. El 4 de noviembre, una multitud,
muy reducida, comparada con la marcha antichavista del 11 de abril, acude al Consejo Nacional Electoral a consignar las
dos millones de firmas que dicen haber recogido, en respaldo a un referendo
consultivo que pida la «renuncia voluntaria».
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La
oposición consigna una pregunta al electorado: «¿Exige usted la renuncia
voluntaria del presidente Hugo Chávez?». Extraña forma de voluntad conminada.
Pero tal falta de lógica no sorprende en la oposición: Carlos Ortega dice que
la mesa de diálogo propiciada por la OEA debe estar destinada a imponer
elecciones adelantadas o, si no, convocan al paro indefinido. Es decir, solo
dialogo si aceptas que solo yo tengo la razón, en cuyo caso no hace falta
diálogo. Carlos Monsiváis lo dijo a un grupo de opositores que ventilaban el
golpe de estado como única salida: «¿Por qué, si la mayoría quiere un golpe,
no se convoca a un referendo para aprobarlo, en cuyo caso no hace falta el
golpe?». |
Allí hay enfrentamientos
directos con la Policía Metropolitana por parte de algunos chavistas, que solo llamaré
imprudentes mientras me entero de su verdadera naturaleza, que pretendían
detener la marcha de la oposición. ¿Agentes provocadores? Como el 11 de abril,
hubo agresiones violentas de la PM, francotiradores, heridos, etc. No hubo
muertos, pero solo por suerte, porque al parecer esa era la idea. La arrojada
Lina Ron y su corajuda hueste jugaron su papel sospechosamente violento de
siempre.
El paro del 21 de octubre fue
un éxito, según dictamen inapelable de
los medios, solo porque no abrieron los comercios de los barrios pudientes. El
sector privado contribuye apenas con el 21% del PIB y no todo él fue a la
huelga. No detuvieron el sector petrolero —casi el único de la economía
venezolana. Tampoco pararon la industria metalmecánica, ni la Zona del Hierro,
ni el aluminio, ni los bancos, ni los supermercados, ni los empleados públicos,
ni el transporte. Muchas industrias no pararon porque tienen compromisos internacionales
que cumplir. O sea, el resto de la economía. El consumo eléctrico bajó solo el
3%. Pero de que fue un éxito, fue un éxito... Las franquicias de churros
pararon. Más victoria imposible. Ya se oyen los claros clarines/la espada se
anuncia con vivo reflejo, etc.
Y hablando de 2021, Chávez
proclama a cada rato que llegará hasta ese año, pero no aclara en condición de qué.
Alguna vez puntualizó que estaría en la política hasta ese año, no en la
Presidencia, pero al no precisar ese detalle, cada vez que menciona el número 2021
lanza a miles de espantadizos miembros de la clase media en brazos de la
Coordinadora Democrática, para lo que ella disponga con esa masa incauta. ¿Qué
persigue con semejante estrategia?
Y hablando de clase media. Mi
clase... Ya he hablado de ella acá y acullá. Añado una pincelada: debe ser
horrible vivir en su estado natural de terror. A pesar de pertenecer a ella, no
tengo esos terrores nocturnos. Será que nunca tuve miedo de la gente pobre.
Cosas mías. Como todo paranoico, no atina a percibir dónde está el verdadero
peligro, al cual se entrega imprudente. El Tribunal Supremo de Justicia es uno de sus
focos de heroísmo, pero no por haberla exonerado del crédito mexicano, sino
por haber absuelto a los generales golpistas. La clase media no sabe lo que le
espera bajo un gobierno carmonista. Algo anda mal en una clase social que teme
más a Chávez que al crédito mexicano, destinado a hacerla desaparecer en una
sola generación. Que teme más a Chávez que a lo que causó el neoliberalismo en la
Argentina. Que teme más a Chávez que al microcrédito. Dejó de pensar por sí
misma al marchar ansiosa tras el discreto encanto de la oligarquía.
Bueno, no toda la clase media, afortunadamente.
Gaviria, dicen los
vociferantes, está vendido a Chávez. Según ese pensamiento (de algún modo hay
que llamarlo) Chávez compró también a Jimmy
Carter (seguramente también compró a la Academia Sueca para que le concediera de
la Paz), a la ONU, al Grupo de los 77 + China, a la Comunidad Andina de Naciones y al
mismísimo Bush. Es más, ya al cubano Otto Reich, funcionario del gobierno
estadounidense para la América Latina, lo deben estar calificando de infiltrado
de Fidel Castro. Debe ser largo y escabroso el camino que conduce a la derecha
nada menos que de Otto Reich. La ex guerrillera Ángela Zago es verdaderamente
una caminante de largo aliento. El embajador estadounidense Charles Shapiro lo
advirtió a los militares pronunciados el jueves 31 de octubre, en una sus
acostumbradas intromisiones en los asuntos internos de Venezuela: «Una cosa es
la carrera política y otra la carrera militar». Los instó a dejar el cuartel y
entrar en la liza civil. Lo mismo que dice Gaviria, coincidencia que, por
cierto, da que pensar. Ya los golpistas no son como los de antes, que obedecían a Washington sin
chistar. No sé qué habrán dicho los líderes de la oposición sobre Shapiro, pero
si Ángela Zago, una de sus dirigentes (ex guerrillera foquista ella en la
década de 1960), dijo que prefería una ocupación estadounidense antes que a
Chávez (yo la oí asombrado en el programa Golpe a golpe, de Radio
Caracas Radio), no extrañaría que diga ahora, con igual lucidez, que Shapiro
está vendido. O comprado. En efecto: es razonable pensar que fue comprado. Con
petróleo. Y estabilidad, porque esa dirigencia opositora doesn’t deliver,
como dicen allá; es decir, ‘no rinde’. Así debe haberlo dictaminado algún
agente de la «estación» en Venezuela de la «compañía», como llaman a la CIA en la CIA: A los intereses de los
Estados Unidos no conviene esa dirigencia porque no tendría gobernabilidad si
toma el poder, como se vio el 13 de abril.
Propongo a los que marchan y
cacerolean que se busquen otra dirigencia, porque esta los lleva
·
al
fracaso total, como hasta ahora, o a
·
la
tragedia, si triunfa, como en abril.
Una nueva dirigencia pondría en
aprietos al gobierno, criticando inteligentemente todo error o desmán. Pondría
en la calle una alternativa política, económica, cultural y social viable que
nos dijera, por ejemplo, qué hacer por los pobres en coordinación con los
pobres. Como el infeliz que vendió el sofá donde su mujer lo engañaba, hasta
ahora los actuales dirigentes de oposición, impuestos por los medios golpistas,
solo hablan de salir de Chávez, pero nada de la pobreza, salvo declaraciones inanes.
Un liderazgo de conceptos; no de interjecciones mediáticas. Que vaya
pacientemente de barrio en barrio como hizo Chávez cuando buscaba ser elegido.
¿Ese líder es Ledezma? ¿Peña? ¿Peña Esclusa? ¿Un procaz como Mendoza?
¿Energúmenos?
No es aceptable que los medios
hayan sustituido al sector académico en la formulación de alternativas. Eso
ocurre porque la oposición lo único poderoso que tiene son los medios. Es más:
no es que los medios están con el golpismo, sino que son ellos los golpistas,
como vimos durante el golpe mediático de abril. Imagínate que por dos días
ningún medio mencione la Plaza Francia y verías el efecto: pasaría
desapercibida y la olvidaríamos en minutos, porque son solo unos cientos de
almas en pena. Sé lo que digo porque tengo que pasar a diario por ahí. Solo la
trompeta mediática le entona una fanfarria perversa incesante, insuficiente
(para parodiar a Borges). Insuficiente porque solo cuentan con violencia
simbólica y un pedazo del 21% del PIB, cuya magnitud está por verse.
Amigo opositor: Te invito, más
formalmente que lo que probablemente piensas, a poner un aviso en la prensa
para buscar otra dirigencia. «Se solicita dirigencia opositora con ideas, con
dominio de la lógica, paciente y capaz de hilvanar dos frases con sindéresis».
Hay gente así en la oposición, me consta, te consta, pero silenciada por los
histéricos o insólitamente embrutecida, espero que solo temporalmente. Una
oposición inteligente haría cambiar al gobierno, porque también allí hay gente
inteligente dispuesta a rectificar —te consta, me consta. Y se demostraría lo
que pretendo concluir: que otra oposición es posible porque otro modo de
gobernar también es posible. LQQD.
* Revista Question, Caracas,
martes 5 de noviembre de 2002.
Cuestiones de América Nº 12, Diciembre de 2002 -Enero de 2003
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