Cuestiones de
América
Tomás Eloy Martínez *
El ataque del 11 de septiembre a las Torres Gemelas tuvo no sólo
uno sino dos resultados trágicos. El primero: la pérdida desconsoladora de
miles de almas ese día. El segundo: la pérdida del rumbo moral, desde entonces,
que a su vez está debilitando las bases ideológicas del país.
Un domingo de agosto vi, en lo alto de un edificio de apartamentos
de Seaside, una playa de New Jersey, dos enormes banderas con la leyenda: “O
AMAS ESTE PAIS O TE VAS AL INFIERNO”. Me perturbó mucho ese letrero.
La frase refleja con nitidez el nacionalismo y la intolerancia que
se han apoderado de EE.UU. desde el 11 de septiembre. Lo inició el Presidente
George W. Bush a partir de su célebre declaración de guerra al terrorismo que
incluyó esta sentencia inolvidable: “O están con nosotros, o están con los
terroristas”.
Tal vez terminará con apagar la luz de un país que iluminaba la
esperanza e inspiración democrática en todo el mundo. Con su declaración, Bush
define la guerra contra el terrorismo en términos de blanco y negro. Pero no es
tan fácil dibujar el terrorismo con un pincel tan rudimentario.
Y no se trata de una guerra convencional entre naciones. Se trata
de un enemigo inasible, que podría estar en cualquier parte, con determinación
suicida y con un poder militar que no es fácil calcular. Es importante,
entonces, que Bush y sus huestes definan qué entienden por terrorismo y quién
es en verdad el adversario. Otros centenares de personas inocentes están
muriendo porque nadie sabe cuál es el verdadero blanco de esta contienda en la
que casi todo se hace a ciegas.
La boda que se celebró el 1 de julio pasado en la aldea de Kakrak,
al centro de Afganistán, es un ejemplo. Algunos de los invitados tuvieron la
mala idea de disparar rifles al aire en el momento en que pasaba un bombardero
AC-130 estadounidense. Los tripulantes del avión imaginaron que los disparos
eran hostiles y replicaron con fuego pesado. Murieron 54 personas, casi todas
mujeres y niños, y unos 120 fueron heridos.
¿Eso es también terrorismo? ¿O tan sólo fatalidad, estupidez? ¿O
prejuicio por parte de los Estados Unidos como el que revelaba el cartel en
Seaside? Después del 11 de septiembre, Estados Unidos ha abierto infinitos
frentes contra el terrorismo tratando de cazarlo como puede, porque no sabe
dónde está el enemigo.
La palabra terrorismo es nueva y tal vez sea difícil ponerse de
acuerdo sobre lo que significa. El diccionario Oxford de la lengua inglesa la
remonta por primera vez a 1798 y la asocia con el régimen jacobino de Francia.
En el diccionario de la Real Academia Española aparece por primera vez en 1884.
Tanto para uno como para otro diccionario, el fin del terrorismo es siempre
político y los medios para alcanzarlo son violentos. El Oxford incluye dentro
de esa categoría algunos movimientos glorificados ahora por la historia, como
el de la resistencia francesa contra los nazis, el grupo sionista Irgun en
Palestina y la guerrilla independentista de los Mau Mau en Kenia.
Saber de qué lado está la justicia es una búsqueda que las
pasiones oscurecen. Para Edmund Burke, uno de los maestros de la teoría
política, los terroristas eran -y los jacobinos le servían de ejemplo- aquellos
que aterrorizaban a las poblaciones para retener el poder. En un notable
articulo de Grenville Byford, publicado en el último número de la revista
Foreign Affairs, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima sería, de
acuerdo con ese criterio, un acto de terrorismo, porque “fue menos una misión
militar que de advertencia”, destinada a silenciar la resistencia japonesa.
Pero Bush y sus filósofos de cabecera -el vicepresidente Dick
Cheney, el fiscal general John Ashcroft y la asesora de seguridad Condoleezza
Rice- tal vez no vean las cosas así. Para ellos juzgar quién es terrorista y
quién no lo es depende de los intereses de los Estados Unidos. Así fue antes y
así es ahora.
De esa manera el significado de “aliado” y “enemigo” se ha
transformado. No hay que olvidar que el demonio Saddam Hussein no era menos
demoníaco en 1979, cuando asumió el gobierno de Irak y purgó la administración
de izquierdistas, o entre 1980 y 1987, cuando se enzarzó en una guerra contra
Irán con la bendición norteamericana. Pero entonces convenía mirarlo de otra
manera.
También los Estados Unidos de Ronald Reagan cortejaron al entonces
dictador de la Argentina, Leopoldo F. Galtieri, cuando necesitaron del
asesoramiento militar argentino para los contras de Nicaragua. Eso no impidió
que le dieran la espalda meses más tarde, cuando el incauto conquistador
invadió las islas Malvinas y ofendió a la Gran Bretaña, un aliado intocable.
América Latina olvidada
Mientras que la administración Bush ha enfocado su poder en los
conflictos del Oriente Medio y del Oriente Extremo, ha perdido la vista del
patio de atrás. Para ese equipo, América Latina es un asunto resuelto,
desdeñable, y así la puede abandonar a sus propios recursos.
En Venezuela, Bush cuenta con la cada vez más fuerte oposición
interna a Hugo Chávez, cuyos continuos errores le facilitan el juego. En
Colombia confía en la mano dura del Presidente Alvaro Uribe para controlar
tanto el narcotráfico como los ejercitos guerrilleros.
El recio letrero de Seaside es también una señal de miedo e ira.
Lo que ha sucedido no fue una agresión salvaje pero identificable como la de
Pearl Harbour en 1941. Sucedió un ataque atroz a las llaves del imperio: Wall
Street y el Pentágono.
¿Y si el ataque se repite? La sola idea le resulta intolerable a
un país que nunca había sido tan vulnerado.
Mientras la retórica antiterrorista sube de tono, Estados Unidos
corre el peligro de inferir aún más daño, esta vez a sí mismo. Y a la vez que
los escándalos financieros han debilitado la economía, los gigantescos gastos
militares la están desangrando.
Lamentablemente las simpatías que el país despertó, especialmente
en América Latina, en los últimos 100 años por su defensa de las libertades
individuales y por sus luchas contra los totalitarismos, están siendo
dilapidadas a toda velocidad.
El ataque del 11 de septiembre no sólo destruyó las Torres
Gemelas. Puede estar destruyendo también, solapadamente, silenciosamente, los
ideales del país: la cultura de puertas abiertas, de respeto a las libertades
civiles y al pensamiento independiente; además de su apoyo a los principios
democráticos en el país y en el exterior. Ideales que los Estados Unidos
construyeron durante dos largos siglos.
* La
Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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