Cuestiones de América

 

Batallas reales, metáforas vacías

Susan Sontag *

Desde el 11 de septiembre del año pasado, el gobierno de George W. Bush le ha dicho al pueblo estadounidense que Estados Unidos está en guerra. Pero se trata de una lucha peculiar: ante la naturaleza del enemigo, parece ser un combate sin un final previsible. ¿Qué tipo de guerra es ésta?

Hay algunos precedentes. Las guerras contra enemigos como el cáncer, la pobreza y las drogas también son guerras sin fin; siempre habrá cáncer, pobreza y drogas. Y siempre habrá terroristas despreciables como los que perpetraron el ataque hace un año, lo mismo que combatientes de la libertad (como la Resistencia Francesa y el Congreso Nacional Africano) que alguna vez fueron tachados de terroristas por aquellos a quienes se oponían, pero que después fueron reivindicados. Cuando un presidente de Estados Unidos declara la guerra contra el cáncer o la pobreza o las drogas, sabemos que la palabra “guerra” es una metáfora. También la guerra que nuestro país le ha declarado al terrorismo es una metáfora, aunque con poderosas consecuencias. La guerra ha sido anunciada, no declarada realmente, puesto que se considera que la amenaza es evidente.

Las guerras verdaderas no son metáforas. Tienen un principio y un fin. Incluso el horrible conflicto entre israelíes y palestinos terminará un día. Pero la guerra contra el terrorismo no terminará nunca. Ese es un indicio de que no se trata de una guerra, sino más bien un mandato para extender el uso del poder estadounidense.

Cuando el gobierno declara la guerra contra el cáncer, la pobreza o las drogas, significa que está pidiendo que se movilicen nuevas fuerzas para atender el problema. También quiere decir que no hay mucho que el gobierno pueda hacer para solucionar esos problemas.

Cuando el gobierno declara la guerra al terrorismo definido como una red multinacional de enemigos que en su mayoría viven en la clandestinidad, quiere decir que el gobierno estadounidense se está otorgando a sí mismo permiso para hacer lo que desee. Cuando quiera intervenir en alguna parte, lo hará. Su poder no tendrá límites.

Hace mucho tiempo que Estados Unidos desconfía de los “embrollos” con el extranjero. Pero esta administración ha asumido la posición radical de que todos los tratados internacionales son potencialmente contrarios a los intereses de Estados Unidos, puesto que, al firmarlos, el país se compromete a obedecer ciertas reglas que algún día podrían ser utilizadas para limitar la libertad de acción del gobierno estadounidense.

Sin embargo, cuando se describe la nueva política exterior como acciones tomadas en tiempos de guerra, lo que en realidad se está haciendo es desincentivar cualquier debate sobre lo que está ocurriendo. Esta renuencia a hacer cuestionamientos fue evidente inmediatamente después de los ataques. Aquellos que se opusieron al lenguaje tipo Yihad usado por el gobierno estadounidense (el bien contra el mal, civilización contra barbarismo) fueron acusados de justificar los ataques, o por lo menos la legitimidad de los reclamos. Bajo la consigna de “Unidos prevaleceremos”, los llamados a la reflexión se convirtieron en disidencia, y la disidencia en falta de patriotismo.

Los atentados del 11 de septiembre del 2001 fueron comparados con los ataques contra Pearl Harbor, ocurrido el 7 de diciembre de 1941. Una vez más, Estados Unidos era objeto de un sorpresivo ataque letal que costó muchas vidas en este caso civiles, que superaron el número de soldados y marinos fallecidos en Pearl Harbor. No obstante, dudo que el 7 de diciembre de 1942 se hayan necesitado de grandiosas ceremonias conmemorativas para mantener en alto la moral y la unidad del país. Esa era una guerra real, y un año después aún continuaba. En cambio, ésta es una guerra fantasma y, por lo tanto, requiere de un aniversario, el cual sirve a diversos propósitos.

Es un día de duelo, una reafirmación de la solidaridad nacional. Pero de una cosa podemos estar seguros: no es un día de reflexión nacional. La reflexión, se ha dicho, podría deteriorar nuestra “claridad moral”. Por lo tanto, se tomarán prestadas algunas frases de otros tiempos, cuando la retórica era posible.

Detrás de la afirmación de que los ataques del 11 de septiembre fueron demasiado horribles, devastadores y dolorosos como para traducirlos en palabras, nuestros líderes tienen la excusa perfecta para esconderse detrás de las frases de otros. Decir algo podría resultar controvertido. Es más, podría convertirse en una declaración e invitar a la refutación. No decir nada es lo mejor.

No pongo en duda que tenemos un enemigo cruel y aborrecible que se opone a la mayoría de las cosas que yo aprecio, incluyendo la democracia, el pluralismo, el laicismo, la igualdad de los sexos, etcétera. Y tampoco pongo en duda la obligación que tiene el gobierno estadounidense de proteger las vidas de sus ciudadanos. Lo que sí cuestiono es la seudodeclaración de una seudoguerra. Estas acciones necesarias no deberían llamarse “guerra”. No hay guerras sin fin, sino declaraciones de mayores poderes por parte de un Estado que piensa que no puede ser desafiado. Estados Unidos tiene todo el derecho de perseguir a los responsables de estos crímenes y a sus cómplices. Pero esta determinación no es necesariamente una guerra. Batallas militares limitadas, concentradas, no se traducen en un “tiempo de guerra” en casa. Hay mejores formas de vigilar a los enemigos estadounidenses, menos destructivas de los derechos constitucionales y de los acuerdos internacionales que interesan a todos, que seguir invocando la peligrosa, lobotomizadora noción de una guerra infinita.

* El Universal, México, 11 de septiembre de 2002. Susan Sontag, novelista y ensayista, es autora del libro “Regarding the Pain of Others”, que saldrá próximamente a la venta.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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