Cuestiones de América

 

La campaña del odio contra EE.UU. se origina, en parte, en Washington
Las lecciones que no aprendimos

Noam Chomsky *

 

El 11 de septiembre golpeó a muchos norteamericanos que se dieron cuenta de que debían prestar más atención a lo que el gobierno de Estados Unidos hacía y cómo era percibido. Varios temas que no estaban antes en la agenda se abrieron a la discusión. Eso fue lo bueno.

Es también lo único saludable si esperamos reducir las probabilidades de que en el futuro se produzcan nuevas atrocidades. Puede ser reconfortante pretender que nuestros enemigos “odian nuestras libertades”, como declaró el Presidente Bush, pero difícilmente puede ser sabio ignorar el mundo real, que lleva consigo lecciones distintas.

El Presidente no fue el primero en preguntar, “¿por qué nos odian?”.

Hace 44 años el Presidente Dwight Eisenhower describió “la campaña de odio contra nosotros (en el mundo árabe), no de los gobiernos sino de las personas”. Su Consejo de Seguridad Nacional delineó las razones básicas: EE.UU. apoya a gobierno corruptos y opresivos, y se “opone al progreso político y económico” debido a sus intereses de controlar los recursos petrolíferos de la región.

Los sondeos posteriores al 11 de septiembre en el mundo árabe revelaron que las mismas razones se mantienen hoy, acompañadas de resentimientos por políticas específicas. Sorprendentemente, esto es incluso verdad entre los sectores privilegiados y pro-occidentales de la región.

Para citar sólo un ejemplo reciente: el internacionalmente reconocido especialista regional Ahmed Rashid escribió que en Pakistán “hay una creciente rabia por el hecho de que el apoyo de Estados Unidos está permitiendo al régimen militar (de Musharraf) retrasar la prometida democracia”.

Hoy nos hacemos un flaco favor al creer que “ellos nos odian” y “odian nuestras libertades”. Al contrario, lo que ellos odian es la política oficial que les niega las libertades a las que también aspiran.

Por esas razones, las declaraciones de Osama bin Laden luego del 11 de septiembre -por ejemplo sobre el apoyo de EE.UU. a regímenes corruptos y brutales, o sobre la “invasión” de EE.UU. a Arabia Saudita- tienen cierta resonancia, incluso entre aquellos que lo desprecian y lo temen. A partir del resentimiento, la rabia y la frustración, las bandas terroristas esperan atraer apoyo y reclutas.

Washington, ¿un régimen terrorista?
También debemos ser conscientes de que gran parte del mundo mira a Washington como un régimen terrorista. En años recientes Estados Unidos ha llevado a cabo o respaldado acciones en Colombia, Nicaragua, Panamá, Sudán y Turquía, para nombrar sólo algunas, que coinciden con las definiciones de “terrorismo” que los funcionarios estadounidenses aplican a sus enemigos.

En el más sobrio periódico del establishment, Foreign Affairs, Samuel Huntington escribió en 1999 que “mientras Estados Unidos regularmente denuncia a varios países como 'estados canallas', en los ojos de muchos países se está transformando en la superpotencia canalla... la única y gran amenaza externa a sus sociedades”.

Esas percepciones no cambiaron por el hecho de que el 11 de septiembre, por primera vez, una nación occidental fue sometida en su propio suelo a un horrendo ataque terrorista de un tipo muy familiar entre las víctimas de las potencias occidentales. El ataque fue mucho más allá de lo que alguna vez se llamó “terror selectivo” del IRA, el FLN o las Brigadas Rojas.

El terrorismo del 11 de septiembre despertó duras condenas en el mundo entero y un sentimiento de simpatía hacia las víctimas inocentes. Pero con consideraciones. Un sondeo internacional de Gallup a fines de septiembre del 2001 encontró muy poco apoyo para un “ataque militar” de Estados Unidos en Afganistán. En América Latina, la región con la mayor experiencia en intervenciones norteamericanas, el apoyo iba de un 2% en México a un 16% en Panamá.

La actual “campaña de odio” en el mundo árabe es también alimentada con las políticas de Estados Unidos hacia el tema palestino-israelí y hacia Irak. Estados Unidos entregó el apoyo crucial para la violenta ocupación militar israelí que lleva 35 años.

Una forma de aliviar las tensiones palestino-israelíes sería deteniendo la negativa a unirse al consenso internacional que pide el reconocimiento de los derechos de todos los estados en la región a vivir en paz y seguridad, incluyendo un estado palestino en los actuales territorios ocupados.

Saddam: de amigo a enemigo
En Irak una década de duras sanciones bajo las presiones de Estados Unidos ha reforzado a Saddam Hussein, mientras llevó a la muerte a cientos de miles de iraquíes -quizás más personas “que las que han sido muertos por todas las llamadas armas de destrucción masiva a través de la historia”, escribieron los analistas militares John y Karl Mueller en Foreign Affairs en 1999.

La actual justificación de Washington para atacar Irak tiene mucha menos credibilidad que cuando el Presidente Bush padre daba la bienvenida a Saddam como un aliado y un socio comercial, luego de que él hubiera cometido sus peores atrocidades -como en Halabja, donde Irak atacó a los kurdos con gas venenoso, en 1988. En ese entonces el asesino Saddam era más peligroso de lo que es ahora.

En cuanto a un ataque de EE.UU. contra Irak, nadie, incluyendo a Donald Rumsfeld, puede imaginar los posibles costos y consecuencias. Los extremistas islámicos seguramente esperan que un ataque a Irak matará muchas personas y destruirá gran parte del país, proveyendo reclutas para ellos.

Ellos presumiblemente también celebran la “doctrina Bush” que proclama el derecho de atacar ante amenazas potenciales, que son virtualmente ilimitadas. El Presidente ha anunciado que “no es posible decir cuántas guerras tomará asegurar la libertad en la nación”. Eso es verdad.

Las amenazas están en cualquier parte, incluso en casa. Los anuncios de infinitas guerras plantean un peligro aún mayor para los norteamericanos que para aquellos percibidos como enemigos, por razones que las organizaciones terroristas comprenden muy bien.

Hace 20 años el ex jefe de la inteligencia militar israelí, Yehoshaphat Harkabi, planteó un punto que todavía es cierto. “Ofrecer una solución honorable a los palestinos respecto de su derecho a la autodeterminación es la solución al problema del terrorismo”, dijo. “Cuando el pantano desaparezca, no habrá más mosquitos”.

En ese entonces Israel disfrutaba de una virtual inmunidad para las represalias dentro de los territorios ocupados. Pero la advertencia de Harkabi era válida y la lección se aplica en forma más general.

Mucho antes del 11 de septiembre se entendió que con moderna tecnología, los ricos y poderosos perderían su cuasi monopolio sobre los medios de la violencia y podrían esperar sufrir atrocidades en su propio suelo.

Si insistimos en crear más pantanos, habrá más mosquitos, con impresionante capacidad de destrucción. Si dedicamos nuestros recursos a limpiar el pantano, solucionando las raíces de “la campaña de odio”, podemos no sólo reducir las amenazas que enfrentamos sino también vivir con los ideales que profesamos y que están lejos de haber sido alcanzados.

* La Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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