Cuestiones de América
Cheney… Entre la guerra y el
negocio
Molly Ivins *
Cuando el ahora vicepresidente fue funcionario de
la firma Halliburton, abastecedora de campos petroleros, llevó a cabo operaciones por 23.8 millones de dólares con
el gobierno de Bagdad. Al salir de esa empresa recibió 3.4 millones de dólares por
paquete de
renuncia, pese a que el contrato más grande en su carrera fue la
adquisición de Dresser Industries, que terminó siendo un gran fraude,
porquela compañía cargaba ya con obligaciones legales relativas a un asunto de asbestos
UN VIEJO
CONOCIDO DE SADDAM
ENCABEZARIA LA INVASION
ESTADUNIDENSE EN IRAK
Austin. Texas. Disculpe
usted: no quiero enchinchar
ni nada parecido, pero ¿no se le ha ocurrido a nadie en Washington que enviar
al vicepresidente Dick Cheney a encabezar una invasión en Irak, invocando el
pretexto de que Saddam Hussein es un “dictador asesino”, es algo intermedio
entre el mal gusto y la hipocresía rampante?
Cuando Dick Cheney fue
funcionario de la firma abastecedora de campos petroleros Halliburton, la
compañía hizo negocios por 23.8 millones de dólares con Saddam Hussein, ese
malvado que se prepara a “compartir sus armas de destrucción masiva con los
terroristas”.
Así que, si Saddam es el “peor
líder del mundo”, ¿cómo es que Cheney le vendió equipo para que sus
despilfarradores campos petroleros funcionaran hasta el punto de permitirle
fabricar armas de destrucción masiva?
En 1998, Naciones Unidas pasó
una resolución que permitía a Irak comprar refacciones para sus campos de
petróleo, pero otras de las muchas sanciones contra dicho país quedaron como
estaban. Estados Unidos sigue presionando a la ONU para que deje de exportarle
medicinas y otros abastos básicos sobre la base de que podrían tener “doble
uso”. Siendo secretario de Defensa durante el gobierno de Bush el viejo, Cheney
tenía una posición particularmente vulnerable, por la hipocresía de mantener
negocios con Irak. (Aunque en 1991, después de la Guerra del Golfo, Cheney le
dijo a un grupo de ejecutivos de la industria petrolera que él estaba
enfáticamente en contra de derrocar a Hussein.)
Mediante dos subsidiarias
-Dresser-Rand e Ingersoll-Dresser-, Halliburton ayudó a reconstruir los campos
petroleros de Saddam, dañados por la guerra. El valor combinado de estos
contratos a cuenta de partes y equipo fue mayor que el de cualquier otra
compañía estadunidense con
negocios en Irak: empesas como Schlumberger, Flowserve, Fisher-Rosemount,
General Electric. Su acción la mediaban subsidiarias extranjeras o compañías
filiales en Francia, Bélgica, Alemania, India, Suiza, Bahrein, Egipto u
Holanda.
En muchos casos, queda claro
que lo único que hicieron las compañías europeas fue prestarle el nombre a las
firmas estadunidenses para que trataran con Hussein. Irak se convirtió en el
segundo abastecedor petrolero más grande del Medio Oriente a Estados Unidos.
El relato de todo esto apareció
por vez primera en el Financial Times de Londres, hace más de dos años,
y desde entonces la prensa europea le ha dado mayor cobertura. Pero como ha
pasado con el caso de Harken Energy y otras historias más, existe una
diferencia entre un relato que se publica y uno al que se le presta atención
(distinción que a algunos periodistas les cuesta trabajo). Así, el gobierno
pudo, en el caso de Harken y sus nebulosas negociaciones, menospreciar nuevas
informaciones pues “eran noticia vieja”, simplemente por el hecho de que nunca
le prestaron atención cuando la noticia vieja era nueva.
Cuando Cheney dejó Halliburton
recibió 34 millones de dólares de paquete de renuncia, pese a que el contrato
más grande en su carrera de cinco años en esa empresa fue la adquisición de
Dresser Industries, que terminó siendo un gran fraude porque la compañía
cargaba ya con obligaciones legales relativas a un asunto de asbestos. (En su
campaña, Cheney se ufanó mucho de que “había estado en el sector privado
creando empleos”. Lo primero que hizo después de la fusión de Dresser fue
despedir a 10 mil personas.)
Halliburton, la compañía
estadunidense número uno en servicios petroleros, es la quinta más grande
concesionaria militar de la nación y la empresa que más empleos no
sindicalizados ocupa en Estados Unidos. Tiene contratados a más de 10 mil
trabajadores en el mundo y gana más de 15 mil millones de dólares anuales. Con
Cheney, Halliburton hizo negocios con varias dictaduras brutales, incluido el
despreciable gobierno de Birmania. La compañía tuvo acomodos cuestionables en
Argelia, Angola, Bosnia, Croacia, Haití, Somalia e Indonesia.
Halliburton hizo negocios con
Irán y Libia, ambos países en la lista de Estados terroristas del Departamento
de Estado. La subsidiaria de Halliburton, Brown&Root, la vieja firma
constructora texana que emprende muchos negocios con los militares
estadunidenses, fue multada con 3.8 millones de dólares por exportar a Libia,
en violación a las sanciones estadunidenses.
Si quieren saber por qué los
demócratas no se arrebataron este reportaje, ni hicieron gran escándalo con él,
diremos que porque -como siempre- los demócratas también tienen negocios
semejantes. El antiguo director de la CIA, John Deutsch, está en la junta
directiva de Schlumberger, la segunda firma de servicios petroleros después de
Halliburton, que también hace negocios con Irak a través de subsidiarias.
Hace ya rato que los
estadunidenses están conscientes de que el dinero ha corrompido la política
interior en favor de los intereses corporativos, y que ambos partidos están
sojuzgados por las enormes donaciones de campaña provenientes de las
corporaciones. Estamos menos acostumbrados a conectar puntos cuando se trata de
política exterior. Pero las corporaciones le confieren igual importancia a sus
ganancias en el extranjero que a las de sus negocios nacionales.
Enron, como siempre, nos puede
adosar algunos ejemplos, de manual, de cómo pueden ser indiferentes a los
derechos humanos las compañías estadunidenses. Los negocios de Halliburton en
Nigeria, en sociedad con Shell y Chevron, proporcionan otro ejemplo así, que
implica serias violaciones a los derechos humanos y abusos ambientales.
Nadie se va a poner a
argumentar que Saddam Hussein es un gran tipo, pero Dick Cheney no es el hombre
correcto para enfrentarlo. Nunca he entendido por qué la prensa de Washington
no puede recordar nada por más de 10 minutos, pero escuchar a Cheney
denunciando a Hussein es como para decirle: “Te pasas, de veras”.
* La Jornada, 11
de septiembre de 2002. Traducción: Ramón Vera Herrera
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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