Leonardo Boff *
Si hiciéramos un
balance sumario a un año del triste martes 11 de septiembre de 2001, debemos
concluir: ellos vencieron. Si, los Talibanes vencieron, porque ocuparon las
mentes de los Estados Unidos, con el miedo generalizado, rozando la paranoia
colectiva de nuevos atentados. Más que derrumbar las Torres Gemelas, símbolo
del poderío económico globalizado, derrumbaron otras dos torres, símbolo de la
utopía estadounidense: la democracia y la legalidad.
Con la caída de las
torres, los terroristas humillaron materialmente a los EUA en su
invulnerabilidad. Con el derrumbe de las otras dos torres, humillaron
moralmente la cultura política estadounidense, frente a sí misma y a todos los
que nos obstinamos en creer en la democracia y los derechos humanos. Se
demostró que es frágil la tan mencionada democracia y legalidad estadounidense.
Resisten mal a las crisis. Y fue en razón de “una moralidad más alta” y en
nombre de las libertades y de los derechos humanos, contra la “barbarie” de los
terroristas, que se generó una guerra tecnológica desproporcionada contra un
pueblo ya arruinado por años ininterrumpidos de conflictos.
Debido a la censura
de las informaciones, poco sabemos hasta hoy sobre esa guerra. Aún así, vio la
luz lo que el Prof. Marc Harold de la Universidad de New Hamshire denunció:
hasta el día 10 de diciembre del 2001, a un mes apenas del inicio de la guerra,
ya habían sido asesinados en Afganistán 3.667 civiles, una cantidad mayor a
aquella de los desaparecidos en las dos torres. No se lloran las muertes de
esos inocentes, como si no fuesen de la misma familia humana, cuyas vidas no
tuviesen igual valor sagrado.
Lo más grave, no
obstante, fue que en nombre del combate a los terroristas, se sacrificaron los
principios del estado de derecho y de la democracia, fundamento del legítimo
orgullo estadounidense. Fue lo que denunció, hace días, Jimmy Carter. Lo que
era evidente ya no lo es más. Un sospechoso puede ser apresado por tiempo
indeterminado sin que nadie sea notificado, lo que equivale a un secuestro. Un
terrorista puede ser juzgado secretamente, por tribunales militares, en
cualquier parte del mundo, en una caverna de Afganistán o sobre una nave en el
Pacífico, sin que tenga derecho a un abogado. Puede ser condenado a muerte si
dos o tres oficiales-jueces lo encuentran culpable, sin ninguna apelación. No
sirve el principio de igualdad ante la ley ni de la duda a favor del reo. El
Presidente Bush que aprobó todo esto se convirtió en un Talibush, mientras el
ministro de Justicia, el reaccionario John Aschcroft, introdujo una variante de
la Scharia musulmana, transformándose en un Mullah.
Con las pocas
nociones que tiene, Bush impuso la geopolítica de venganza implacable,
legitimando el ataque preventivo y la admisión del uso de “todas las armas”.
Aquí se innova. Hasta ahora, la restricción obligaba a decir que todas las
armas, biológicas, químicas y nucleares eran solo de disuasión. Ahora son de
agresión. No sabemos quien es mas demente: si aquellos que chocaron aviones
contra las torres o aquellos que proponen usar “todas las armas”. Tal acto
implicaría un genocidio monstruoso de civiles, un terrorismo peor que aquel de
los terroristas, además de contradecir los valores en nombre de los que
promueven la guerra al terrorismo. Ni los Talibanes ni los Talibush han de
determinar los destinos de la humanidad. Si nos faltaran otros medios, siempre
nos quedan los de Gandhi, inspirados en el predicador ambulante Jesús de
Nazareth: la oración, el ayuno y la penitencia.
* ALAI, América Latina en Movimiento, 13
de septiembre de 2002. Leonardo Boff es Teólogo. Traducción libre de ALAI del
original en portugués.
Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre
de 2002
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