Cuestiones de
América
11 de septiembre: Un año después
James Petras *
El gobierno de George W. Bush ha dado un
giro completo, de un régimen unificado que dictaba políticas al resto del mundo
y anunciaba el futuro, a un imperio abandonado por sus aliados y resistido por
sus clientes y por un gobernante afgano que ni siquiera puede mantener seguro
el palacio presidencial. En vez de un apoyo casi unánime, Bush enfrenta ahora
un público que cuestiona cada vez más su política y ética económicas.
EU
GANO EN AFGANISTAN PERO PERDIO EL PAIS
Desde
el 11 de septiembre de 2001 han ocurrido grandes cambios. La invasión y
ocupación de Afganistán, la proliferación de bases militares estadunidenses en
todo el mundo, un incremento en la legislación represiva “antiterrorista” y la
articulación e instauración de la doctrina Bush de guerra permanente,
intervención militar e impunidad criminal. En el nivel institucional el
Pentágono, dirigido por Rumsfeld, ha dado una definición exclusivamente militar
de la política exterior de Washington y los intereses internacionales, promoviendo
nuevas guerras en Medio Oriente (Irak y posiblemente Arabia Saudita) y
estableciendo una nueva red internacional de policía secreta (Fuerzas de
Operaciones Especiales) para matar a líderes de Al Qaeda y otros adversarios.
Si
bien han ocurrido estos cambios importantes durante este último año, si miramos
la evolución general de los acontecimientos experimentamos una sensación de déja
vu. En muchos sentidos el régimen de Bush junior repite la trayectoria de
la presidencia de su padre.
En el
curso del año, el régimen de Bush ha dado un giro completo desde la debilidad
aparente hasta un poderío mundial en apariencia sin paralelo, y de ahí a una
caída en picada. Antes del 11 de septiembre, la influencia de Estados Unidos en
Medio Oriente y el sureste asiático iba en declive. Irak, Irán y Libia habían
debilitado el embargo estadunidense, Israel se enfrentaba a un levantamiento
importante en una condición de total aislamiento diplomático, y Europa
progresaba hacia la unificación y presentaba a Estados Unidos un desafío
económico en los principales mercados. En el ámbito interno, el gobierno de
Bush se consideraba como una minoría en el poder a causa de un cuestionable
recuento de votos y enfrentaba críticas por la alta inflación y por su
inadecuada atención a la salud pública.
El 11
de septiembre permitió al régimen de Bush tomar la iniciativa tanto en el
ámbito nacional como en el internacional. La movilización bélica y la campaña
antiterrorista unificó al país en respaldo al gobierno. Aliados, clientes e
incluso antiguos adversarios apoyaron dócilmente la guerra estadunidense y la
conquista de Afganistán. Las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central
concedieron bases militares a Washington, mientras los foros internacionales y
regionales expresaban apoyo a la campaña antiterrorista. A fines de 2001, la
influencia y el poder de Washington parecían abarcar el mundo entero.
Sin
embargo, de enero en adelante, cuando la Casa Blanca comenzó a aplicar la doctrina
Bush de guerra permanente, surgió el disentimiento entre los aliados europeos y
los clientes de Medio Oriente.
Encabezada
por Francia y Alemania, Europa rechazó una nueva guerra con Irak y el apoyo
incondicional de Estados Unidos a Ariel Sharon. De manera similar, Saudiarabia,
Kuwait, Jordania y la mayor parte del mundo árabe cuestionó el apoyo
estadunidense a la violencia israelí y rehusó apoyar una guerra contra Saddam
Hussein.
En
Afganistán, la derrota del talibán y de Al Qaeda no condujo a la captura de Bin
Laden y de casi ningún otro dirigente. Los señores de la guerra, cuya lealtad
fue comprada, combatieron al talibán sólo para asegurar sus propios dominios.
En varias regiones surgieron reyertas entre los aliados estadunidenses.
Washington compró el voto de la Loya Jirga (concilio tribal) a favor de
Karzai, pero éste estaba en tal aislamiento político y tan carente de apoyo,
que el régimen de Bush se vio forzado a suministrar a sus Fuerzas Especiales
para que le sirvieran de guardia presidencial. Afuera de Kabul no había
gobierno central ni ejército nacional. La Alianza del Norte se desintegró y los
llamados “garantes de la paz”, comandados por los británicos y más tarde los
turcos, permanecieron en Kabul. Sin contar con un control territorial efectivo,
Washington también subestimó la base popular del talibán. Decenas de miles de
dolientes peregrinaron en homenaje y recordación hacia el sitio donde fueron
enterrados los últimos mártires de la resistencia en Kandahar. Estados Unidos
ganó en Afganistán, pero perdió el país.
En lo
interno, la crisis económica minó la popularidad del régimen. Después de estar
sujeta a siete meses de intensa propaganda bélica, la población comenzó a
cansarse de las constantes amenazas de ataques inminentes que jamás se
materializaban. La campaña antiterrorista ocasionó grandes pérdidas y
bancarrotas en la industria del transporte aéreo, el turismo y servicios
conexos. Los enormes escándalos de corrupción empresarial y los vínculos que
prominentes defraudadores tienen con el gobierno de Bush incrementaron la
desconfianza de los inversionistas y ocasionaron fuga de capitales de los
mercados de valores y del dólar. Después de tres meses de recuperación, entre
enero y marzo, el país volvió a caer en recesión y Bush se vio forzado a
emprender una gira de discursos en la que lo único que tenía que ofrecer para
levantar la alicaída economía era “optimismo”. Sin embargo, el hecho
significativo fue que la opinión pública mostraba mayor interés por la crisis
que por el histrionismo “antiterrorista” de Bush, Rumsfeld y Powell.
Washington
no compró lealtad eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra
Por
si fuera poco, se intensificaron las luchas entre los burócratas de la
administración por cuestiones de jurisdicción y tácticas. El intento de
Rumsfeld de tomar control sobre la política exterior y las operaciones
clandestinas lo puso en oposición con Powell y Tenent (jefe de la CIA).
Mientras que Powell favorece la propagación de la doctrina antiterrorista por
medio de regímenes clientes “legales” (Macapagal en Filipinas, Uribe en
Colombia, etcétera), Rumsfeld se inclina por la intervención militar directa y
el uso de las Fuerzas Especiales Delta para asesinar a opositores del
extranjero, aun sin consultar a los países involucrados. Rumsfeld está creando
su propia red clandestina de inteligencia a expensas de la CIA. La cuestión es
que la megalomanía de Rumsfeld se percibe cada vez más en círculos
empresariales y gubernamentales como una desventaja y una amenaza para el
sistema. A principios de agosto un columnista se refirió a Rumsfeld como “cañón
suelto” (Financial Times, 10/11 de agosto 2002, pág. 7).
El
gobierno de Bush ha dado un giro completo, de un régimen unificado que dictaba
políticas al resto del mundo y anunciaba el futuro, a un imperio abandonado por
sus aliados y resistido por sus clientes y por un gobernante afgano que ni
siquiera puede mantener seguro el palacio presidencial. En vez de un apoyo casi
unánime, Bush enfrenta ahora un público que cuestiona cada vez más su política
y ética económicas.
Bush
hijo y sus asociados de línea dura en el gabinete derivaron varias lecciones
del esfuerzo fallido de Bush padre por instaurar un nuevo orden mundial: (1) la
importancia de no depender de aliados, es decir, la necesidad de “ir solos”;
(2) la necesidad de emprender guerras continuas, incluso de conquista; (3) la
necesidad de construir una red mundial de bases militares desde las cuales
lanzar nuevos ataques para consolidar el imperio.
El
esfuerzo actual de Bush hijo por construir un nuevo orden mundial no ha podido
sacar otras lecciones del pasado reciente: (1) que las crisis económicas
internas socavan la construcción de imperio y conducen a la derrota de los
presuntos imperialistas; (2) que las campañas antiterroristas en Afganistán
pueden tener un efecto bumerán. Los señores de la guerra a quienes Estados
Unidos financió y dio armas para combatir a los talibanes no deben lealtad a
Washington, sino al control de sus dominios. Washington no compró lealtad
eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra para tareas específicas,
que eran combatir al talibán y votar por Karzai en la Loya Jirga.
Después de cumplir su tarea y recibir su paga, los señores de la guerra
siguieron su curso, exprimiendo a su gente con impuestos, traficando drogas,
guerreando entre sí, oprimiendo a sus mujeres y desafiando al gobierno central
(y a Washington).
(3)
Que “ir solos” no es una estrategia viable para mantener un imperio duradero,
puesto que Washington no tiene ni fondos para financiar un gran ejército de
ocupación ni la voluntad de enviarlo al frente; (4) que la supremacía,
expansión y conquista no necesariamente se traducen en ganancias económicas.
Todos los movimientos militares del año en cualquier territorio han sido
costosos y han obtenido escasas ganancias económicas; (5) la militarización no
puede remplazar un modelo económico fallido. Si bien Washington se aseguró el
apoyo de sus regímenes clientes de América Latina, la mayoría resultaron
abyectos fracasos políticos y económicos. La lista de regímenes fracasados
-aquellos cuya popularidad anda entre 5 y 20 por ciento y que se enfrentan a
pobreza creciente y bancarrota económica- es larga: Duhalde en Argentina,
Toledo en Perú, Cardoso en Brasil (su protegido para la presidencia va en
cuarto lugar en las encuestas), Noboa en Ecuador, Macchi en Paraguay y el ex
presidente Quiroga en Bolivia (cuyo partido logró 3 por ciento en los comicios
presidenciales de 2002). El incremento de la ayuda bélica, las bases militares,
los golpes castrenses y amenazas fallidas no han reducido la recesión
económica. El derrumbe de los regímenes clientes, la fuga de inversionistas y
la creciente oposición sociopolítica a Washington siguen en aumento.
Las
“lecciones” no han sido aprendidas, y esto explica el fracaso del régimen de
Bush en construir imperios. La razón estructural de que no pueda aprenderlas
está en la naturaleza del liderazgo político del gobierno.
***
Conclusión
La
declaración de Rumsfeld de que está organizando a las fuerzas de Operaciones
Especiales para involucrarse en acciones clandestinas en la campaña contra el
terrorismo es un reflejo de su frustración por el fracaso de la guerra y por el
creciente aislamiento político y diplomático de Washington. Enviar, como
Rumsfeld propone, fuerzas Delta en misiones encubiertas de asesinato, sin
consentimiento o conocimiento de los países involucrados, es admitir que no
existen acuerdos y alianzas políticas abiertas o no funcionan. Andar por el
mundo persiguiendo líderes y activistas de Al Qaeda es reconocer el fracaso del
propósito principal de la guerra en Afganistán, que era destruir la
organización. Recurrir a medidas extremas y desesperadas de asesinatos
políticos en distintos países no sólo es indicativo de una mente desequilibrada
sino, sobre todo, apunta a un liderazgo político carente de estrategia
política.
La
rápida caída del apoyo nacional e internacional al gobierno de Bush es
resultado de su composición y de la naturaleza de su liderazgo. Es un régimen
basado en el capitalismo tramposo, ha privilegiado sus vínculos con un estrecho
grupo de magnates texanos de la energía y “capitalistas extractivos” que
siempre han confiado en los lazos políticos dentro del país y en la fuerza en
el exterior para acumular riqueza. En segundo lugar, y relacionada con esto,
está la autonomía del componente militar del gobierno. Mientras la camarilla de
tramposos estimula una estrecha visión de la construcción imperial, el
Pentágono proporciona una definición militar estratégica de la realidad
política global, ajena a las consideraciones económicas. El tercer elemento en
el gobierno de Bush es su profunda inmersión en la corrupción empresarial,
encarnada en el vicepresidente Cheney. La corrupción empresarial tiene sus
orígenes en las políticas desregulatorias del régimen de Clinton, pero se ha
desparramado por toda la clase capitalista.
La
trapacería, la autonomía militar y la corrupción florecen en la mediocridad de
la que Bush es el representante perfecto. Esta clase de liderazgo es incapaz de
entender el ascenso y caída de los imperios. El problema es que la podredumbre
interna no sólo derrumba los imperios, sino que aventureros políticos como
Rumsfeld son capaces de llevarse con ellos a buena parte del mundo.
El
año que termina el próximo 11 de septiembre ofrece la esperanza de que la
oposición a la guerra, a la corrupción y a la injusticia puede una vez más
ganar ascendiente. Pero para eso se necesita echar abajo la imagen de un
imperio omnipotente y reconocer el poder en aumento de los movimientos
sociopolíticos y los partidos electorales. De las selvas de Colombia al
Congreso de Bolivia, de la fuerza de las urnas al poderío de la gente en las
calles, la izquierda está una vez más en marcha.
* La
Jornada, México, 11 de septiembre del 2002. Traducción de Jorge Anaya.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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