Cuestiones de
América
Once de septiembre, un año después
Joaquin Oramas *
Quién podría imaginar en la
mañana del 11 de septiembre del 2001 que el impacto de dos aviones contra las Torres
Gemelas de Nueva York, de un tercero contra el Pentágono y un cuarto que
posiblemente fue el derribado en Pennsilvania, pues su objetivo era la Casa
Blanca, sería el inicio de un drama que no sólo conmovió al mundo, sino que
podría cambiar los destinos de la humanidad.
Desde los atentados a estos
símbolos del poder en EE.UU., los estadounidenses viven una tragedia nacional
que los ha marcado para siempre. Despertaron del “sueño americano” al sufrir en
su propia carne una realidad: la “potencia unipolar, soberbia e “invencible” no
es invulnerable.
Esto, dicho sea en cuanto al
terrorismo, cuyo origen puede ser externo e interno en Estados Unidos. En lo
que corresponde a lo interno, padecen ahora la cacería de brujas de
inmigrantes, quedaron limitados los derechos civiles y viven en el temor de
nuevas agresiones.
Desde el punto de vista
internacional, Estados Unidos se convertía en gendarme bajo el prisma de la
lucha contra el terrorismo.
Meses después del 11 de
septiembre, el presidente George W. Bush se jactaba de que habían detenido a
unos 2 400 terroristas. Y continuaba creciendo el número de personas
encarceladas en los campos de concentración de Afganistán y en la base de
Guantánamo.
Sin embargo, el Gobierno de
Estados Unidos sólo ha formulado cargos criminales contra una persona arrestada
fuera de Estados Unidos: el estadounidense John Walker Lindh. A los demás les
aplican la justicia de la amenaza del encarcelamiento permanente o ejecutarlo
después de un amañado juicio militar.
Mientras esto ocurre, sus
expertos daban por cerrada la recesión, desoyendo voces prudentes que señalan
que la crisis puede volver, pues se conserva como un peligro latente. En
efecto, las causas que le dieron origen no han desaparecido en Estados Unidos.
Habría que preguntar, entonces,
si la recesión interna podrá tener relación con la guerra contra el terrorismo.
No será inútil recordar que sin
armas, difícilmente haya guerras; y menos en estos tiempos de sofisticación
electrónica. Armas que no se regalan y se venden muy caras. Una primera
respuesta da cuenta de cómo los armamentos desempeñan un papel importante en la
economía de los Estados Unidos. Así, días después de la catástrofe, cuando se
reabrió la bolsa en Nueva York, las acciones de las empresas de armamentos se
fueron al alza, constituyéndose en esperanza para Wall Street.
Como parte de la respuesta
bélica, decenas de miles de hombres de la reserva fueron movilizados por
Washington, a la vez que sus buques de guerra se distribuyeron en lugares
estratégicos del planeta. El Congreso aprobaba un millonario presupuesto de
guerra que prevé crear unos 160 000 nuevos empleos. Este tipo de medidas no
podrían ser más oportunas para el caso de recesión, cuando un buen número de
grandes empresas había despedido a miles y miles de trabajadores.
Ya antes del 11 de septiembre
en Estados Unidos recordaban aquel viernes negro del año 1929 en Wall Street.
Como entonces, el aumento del desempleo se daba la mano con el descenso en la
producción industrial. En aquel momento apareció la perspectiva de una guerra
que prometía un fusil para los hombres inactivos.
Antes de la catástrofe del 11
de septiembre, se hizo presente en EE.UU. una suerte de depresión psíquica
generalizada, común en los períodos de crisis económica. No sólo quebraron negocios,
sino la confianza depositada en el sistema. En cambio, los enemigos declarados
parecían tener el campo libre para sus actividades.
Dentro y fuera del país, se
entrenaban para el operativo bajo las narices de la CIA y del FBI, cuyos
avezados agentes de nada se daban cuenta. Hubo voces que alertaron: una bomba
atómica se puede transportar en un par de valijas, las bacterias o virus de una
bomba biológica en un juguete de bebé. Un periodista árabe en Londres alertaba
sobre un posible ataque de fundamentalistas, voces que no fueron escuchadas por
el Gobierno norteamericano. Así llegó el 11 de septiembre: cuatro aviones de
pasajeros secuestrados se convirtieron en destructivos misiles guiados por
hombres ganados por el fanatismo religioso dispuestos al suicidio.
Ante el brutal ataque, la
prensa norteamericana reiteraba: guerra contra EE.UU., un nuevo Pearl Harbor.
Hecho que hizo recordar, a historiadores, la explosión del acorazado Maine para
justificar la intervención militar en Cuba en 1898, o el incidente del Golfo de
Tonkin, para intervenir en la guerra de Vietnam.
La potencia unipolar se
recuperó de la sorpresa y el presidente Bush lograba sumar aliados y encabezar
una coalición. Si bien no estaba claro cuánto duraría y hasta qué punto tendría
carácter militar.
Los dramáticos sucesos
favorecieron un cambio de su imagen. Bush fue el Presidente norteamericano que
asumía ese cargo con el más bajo apoyo estadounidense y mayor desconfianza
internacional como consecuencia del amañado proceso electoral en que fue
electo.
Sin embargo, el pueblo y los
políticos se agruparon a su alrededor, pues Estados Unidos se vio colocado en
posición de víctima luego de los atentados.
Pero tampoco esa imagen
resultaría eterna, dado que presenta hoy un giro conforme a los acontecimientos:
los bombardeos sobre Afganistán y la persecución racista pasaron a colocar a
este país, y en general al islamismo, en posición de víctima. Los muertos y los
heridos se pasaron al otro bando; en lugar de las Torres Gemelas prevaleció la
imagen de la Cruz Roja atendiendo a las miles de víctimas de los masivos
bombardeos en Afganistán. Ahora, la obsesión de Bush de atacar, con o sin
aliados, a otros países, preocupa a quienes le acompañaron en la venganza
contra Afganistán y al propio pueblo norteamericano. Paralelamente, la
declarada recuperación económica era empañada por los escándalos de grandes
consorcios norteamericanos, en los que estaba vinculado el millonario de Texas
que ocupa la Presidencia de EE.UU.
Si ante los brutales atentados
del 11 de septiembre del 2001 la mayoría de los países e instituciones
mundiales expresaron solidaridad y brindaron su apoyo a Estados Unidos, un año
después muchos de aquellos sinceros propósitos se han tornado en recelo e
inquietud.
Al cumplirse el primer aniversario
del mayor acto terrorista de la historia los peligros son mayores.
Esta vez no se trata de
fanáticos dispuestos a la inmolación actuando bajo las narices de la CIA y el
FBI, que no vieron o no quisieron ver (la historia dirá) lo que iba a ocurrir.
Ahora, el peligro está en los
agredidos del 11 de septiembre convertidos en terroristas de Estado, dispuestos
a atacar a más de 60 países, entre ellos Iraq, poseedores de grandes reservas
petroleras. Tal es el panorama internacional, un año después del ataque a los
emblemáticos símbolos de poder militar, político y económicos de Estados
Unidos.
* Granma,
La Habana, 9 de septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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