Cuestiones de América 

 

El peligro de actuar solos

Henry Kissinger *

 

Los ataques en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 marcaron un profundo desafío al concepto de soberanía, que ha sido el fundamento legal del sistema internacional desde el Tratado de Westphalia en 1648. Sus principios constitutivos veían la política exterior como un asunto para estados concebidos legalmente iguales y obligados a no intervenir en los asuntos domésticos de los otros.

El 11 de septiembre el mundo entró en un nuevo período en el que organizaciones privadas, no estatales, demostraron ser capaces de amenazar la seguridad nacional e internacional a través de ataques cuidadosamente preparados. La actual controversia sobre prevención es un síntoma del impacto de esta transformación. En la base está el debate entre la noción tradicional de soberanía y la adaptación requerida por la moderna tecnología y la naturaleza de la amenaza terrorista. Desde mi punto de vista, la prevención es inseparable de la guerra contra el terrorismo, pero los objetivos por los cuales es implementada requieren un cuidadoso análisis y un diálogo nacional e internacional.

Las bases de Osama bin Laden estaban en el territorio de un estado nacional, pero él no era una causa nacional. Individuos altamente disciplinados fueron distribuidos alrededor del globo, algunos en el suelo de los más cercanos aliados de Estados Unidos e incluso dentro del propio Estados Unidos. Disfrutaron del apoyo financiero y la organización de diversos estados, más frecuentemente de individuos privados que no estaban bajo el control de sus gobiernos. Bases de entrenamiento para terroristas fueron establecidas en varios países, pero usualmente en áreas donde los gobiernos pudieran plausiblemente negar control o donde efectivamente no estuvieran en control, como en Yemen, Somalia y quizás Indonesia. De esta forma el sistema internacional, basado en los estados-nación soberanos fue desafiado por una amenaza transnacional que debe ser combatida en los territorios soberanos de otras naciones por asuntos que trascienden los estados-nación.

Al desafiar a Estados Unidos directamente, los terroristas llevaron a que la lucha fuera moldeada por el carácter especial de la nación norteamericana. Estados Unidos nunca se vio a sí mismo como una simple nación entre otras. Su ethos nacional ha sido expresado como una causa universal, identificando la promoción de la democracia como la clave para la paz. La política exterior norteamericana se acomoda más a las categorías de bueno y malo que a los cálculos sobre el interés nacional de la diplomacia europea.

Los críticos europeos que manejan conceptos más tradicionales han acusado a Estados Unidos de sobrerreaccionar porque el terrorismo es un fenómeno nuevo para los norteamericanos, pero los europeos ya lo superaron en los '70 y '80 sin lanzar cruzadas globales. Pero el terrorismo de hace dos décadas era de carácter diferente. Fue dentro del componente de los nacionales de un país donde el terror tomó lugar (o en el caso del IRA en el Reino Unido, por un grupo con especiales reclamos nacionales). Aunque algunos recibieron apoyo externo de inteligencia, sus bases estaban en los países donde operaban. Sus armas estaban mayoritariamente adaptadas para asaltos individuales. En cambio, los terroristas del 11 de septiembre operan sobre una base global, están motivados no tanto por un reclamo específico sino por un odio generalizado y tienen acceso a armas a través de las cuales pueden concretar su estrategia de asesinar a miles de personas.

En el período inmediatamente posterior al 11 de septiembre, estas diferencias de énfasis quedaron sumergidas bajo el shock general que demostró a la mayoría de las naciones la importancia de Estados Unidos como garante de la estabilidad internacional en el sentido tradicional. Los aspectos de inteligencia y de política de la guerra contra el terrorismo -la parte más compatible con la cooperación entre estados soberanos- recibió un apoyo casi universal de parte de la comunidad internacional.

Como el ataque a Estados Unidos fue lanzado desde el territorio soberano de una nación-estado, la guerra contra Al Qaeda y los talibanes en Afganistán generó una amplia cooperación. Pero tan pronto como las operaciones en Afganistán concluyeron, la siguiente fase de la campaña antiterrorista comenzó a plantear el tema de cómo enfrentar el incipiente terrorismo. Al contrario del período de Westphalia cuando el movimiento de los ejércitos presagiaba las amenazas, la moderna tecnología al servicio del terror no entrega advertencias y sus perpetradores desaparecen al cometer sus actos. Por lo tanto, si hay una seria amenaza de la emergencia de un ataque terrorista en el territorio de una nación soberana, algunas acciones preventivas -incluyendo acciones militares- deben ser inherentes a esos desafíos. Los países que albergan cuarteles generales de terroristas o centros de entrenamiento de terroristas no pueden refugiarse detrás de las nociones tradicionales de soberanía debido a que su integridad territorial ya ha sido violada por los terroristas.

Irak y sus armas de destrucción masiva

En este punto, el tema de prevención general contra el terrorismo se mezcla con el asunto de Irak. Tal vez el más importante problema de largo plazo enfrentado por la comunidad internacional es el problema de la proliferación de las armas de destrucción masiva, especialmente en estados sin control interno de las decisiones.

Si el mundo no quiere entrar a una “máquina del juicio final”, debe encontrarse una forma de prevenir la proliferación de estas armas. Los principios de disuasión de la guerra fría no se aplican cuando hay una multiplicidad de estados, algunos de ellos refugiando terroristas, en la posición de hacer estragos. La Guerra Fría reflejaba cierta uniformidad de objetivos en cada lado y cierta conformidad en la evaluación de los riesgos entre las partes. Pero cuando varios estados se amenazan entre ellos por objetivos incongruentes ¿quién debe hacer la disuasión y frente a qué provocación? Y lo que debe disuadirse no es sólo el uso de armas de destrucción masiva sino la amenaza que ellas plantean. ¿Debe Estados Unidos asumir este rol en términos globales ante cada contingencia? Un sistema internacional de prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva es imperativo.

Por lo tanto la acumulación de armas de destrucción masiva en Irak no puede separarse de la fase post Afganistán de la guerra contra el terrorismo. Irak está ubicado en el medio de una región que ha sido la cuna de la actividad terrorista mundial, donde fue organizado el ataque a Estados Unidos. El desafío planteado por Irak no es el del mismo grado que el de Al Qaeda, aunque Irak ha usado el terrorismo contra sus vecinos, contra Israel e incluso en Europa. Para Estados Unidos el acceso a crecientes stock de armas de destrucción masiva en el lugar donde las nuevas formas de terrorismo han sido engendradas, obliga a minar el control, no sólo respecto de la proliferación de armas, sino del impulso sicológico hacia el terrorismo en su conjunto. La libre continuación de esta acumulación de armas por más de una década después de la Guerra del Golfo y la descarada evasión de las limitaciones de armamentos impuestas por las Naciones Unidas como condición del armisticio, simbolizó para los terroristas y quienes los apoyaban una falta de deseo o habilidad de las sociedades amenazadas para protegerse. Desde esta perspectiva, acciones contra Irak no son un obstáculo para la guerra al terrorismo, sino un precondición para ella (algunos sostienen que estas armas almacenadas no existen ni existirán. Estoy preparado para aceptar la palabra de la administración Bush en este tema).

A pesar de lo convincente que es este principio de prevención, no puede autoimplementarse.

Los líderes del mundo

Al ser la más poderosa nación en el mundo, tenemos una capacidad especial para reivindicar nuestras visones. Pero también tenemos una obligación especial para basar nuestras políticas en principios que trasciendan el tema del poder preponderante. El liderazgo mundial requiere aceptar algunas limitaciones incluso en lo relativo a uno mismo para asegurar que otros ejerzan limitaciones comparables. No puede estar ni en nuestro interés nacional ni en el de otros países, que se desarrollen principios que le den a cada nación el derecho de prevención basado en su definición de amenaza a su seguridad. Por eso la prevención debe ser parte de un serio esfuerzo de consultas que permitan desarrollar principios generales que otras naciones pueden tener en cuenta para defender sus propios intereses.

Pero hay que ser claros, consultar no es una cura mágica y algunos lo consideran sólo un medio para dilatar una acción. No hay un tiempo ilimitado disponible para ello. Postergar por otro año mantendrá la situación en status quo con todas sus implicancias. Y al final, Estados Unidos se reservará el derecho a actuar sólo. Pero hay una importante diferencia si Estados Unidos actúa sólo como último recurso o como una opción estratégica. Sobre todo, una vez que el Presidente anunció su decisión e hizo que la administración tuviera una sola voz acerca del tema -como no la había tenido en meses recientes- es difícil creer que nuestros aliados se olviden de medio siglo de cooperación atlántica.

Gran parte de los comentarios europeos está guiado por políticas internas. La preocupación de la administración sobre la proliferación en Medio Oriente involucra uno de los temas fundamentales del emergente orden internacional. No debe ser descartado con comentarios sobre una supuesta actitud aventurera, que es improbable considerando que la dirección de Estados Unidos es clara y las presiones electorales europeas están siendo subsidiadas.

En lo que se debe consultar

El tema central de las consultas debería ser el del control de las armas de destrucción masiva, como resultado de las resoluciones de Naciones Unidas. Esto evitará buscar establecer el derecho de una nación de llevar a cabo un cambio de régimen como un principio de política internacional. Pero el énfasis en las armas de destrucción masiva no debería implicar la restauración del fracasado sistema previo de inspección. En lugar de ello, la administración debería concretar un rígido sistema de inspección instituido con un estricto límite de tiempo. Esto debería incluir inspección a demanda y acceso ilimitado y no debe permitir ninguna interposición de funcionarios iraquíes entre los inspectores y su objetivo. Para obtener ese sistema una fuerza militar sancionada internacionalmente debería ser establecida con una autoridad permanente para remover cualquier obstáculo a la transparencia. En la práctica ese sistema debería llevar a un cambio de régimen, porque el sistema de Saddam Hussein es incompatible con la transparencia requerida.

Esa estrategia también nos permitirá definir objetivos políticos capaces de ser adaptados a una situación en evolución. Un gran período de reconstrucción o de construcción de una nación en Irak es necesario; pero para acercarse a la política intangible del turbulento Medio Oriente es mejor hacerlo en etapas. Irak no es un estado nacional; fue creado a fines de la Primera Guerra Mundial como un contrapeso a Irán y como una rueda de equilibrio de las rivalidades regionales. Un unido y responsable Irak sigue siendo importante, pero no podemos saber en este punto la medida precisa de las políticas requeridas.

El objetivo de un gobierno democrático es noble e importante. Pero establecerlo es más laborioso e implica más tiempo que algunas de las tareas inmediatas de la construcción de una nación. En el proceso debemos ser sensibles para distinguir entre aquellos que usan el slogan de la democracia para lograr poder, pero que no tienen intención de compartirlo, disolviendo las estructuras existentes sin preocuparse en mejorarlas, y los líderes genuinos dedicados a un sistema abierto. Después de todo, en Turquía, la única democracia que existe en la región, la democracia pluralista llegó después de 20 años de una benevolente autocracia.

Un período comparable de gobierno militar por un poder occidental en medio de un mundo musulmán sería difícil de imaginar. Analogías históricas como la ocupación de Alemania son de poca ayuda. No podemos resolver todos estos problemas de antemano, pero podemos comenzar a corregirlos sin demora y debemos comprender que demasiados intereses están involucrados para Estados Unidos como para ser capaces de presagiar la evolución política de un Irak post Hussein.

Como la necesidad de decisiones está cerca, nuestros aliados no pueden quedar a un lado. Y como Estados Unidos asumió la posición de liderazgo no debe lanzarse por si solo, unilateralmente, hasta que no haya evaluado las consecuencias de actuar como un custodio de los intereses globales.

* La Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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