Cuestiones de
América
El
11-9 puede ser recordado como el ataque a Pearl Harbor o al acorazado Maine en
1898
Aprender a vivir con el terrorismo para evitar una
Tercera Guerra Mundial
Arthur
Schlesinger Jr *
El ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que el
Presidente Franklin D. Roosevelt describió como “un día que permanecerá en la
infamia”, cambió nuestro mundo para siempre.
¿Dentro de un siglo los ataques terroristas del 11 de septiembre
al World Trade Center y al Pentágono serán vistos como otro importante punto de
quiebre en la historia? ¿O pasará a un semiolvido el 11 de septiembre de 2101?.
Eso fue lo que pasó el 15 de febrero de 1898, el día en que el
acorazado Maine explotó en la bahía de La Habana, matando a 260 oficiales
norteamericanos.
El hundimiento del Maine, atribuido -probablemente en forma
incorrecta- a los españoles, causó una ola de nacionalismo en 1898. Ayudó,
además, para que nos lanzáramos a una guerra contra España y se aseguró que
sería un día que viviría para siempre en la infamia. Pero con ocasión del
centenario del hundimiento, el 15 de febrero de 1998, la mayoría de los
norteamericanos se habían olvidado del Maine. Hoy el 15 de febrero es
simplemente otro día.
Tanto Pearl Harbor como el 11 de septiembre fueron, por supuesto,
ataques sorpresa, golpes despiadados sin advertencia. Pero hay destacadas
diferencias.
Pearl Harbor representó un ataque de un estado soberano a otro. El
objetivo fue la Marina de Estados Unidos, sabíamos quién era el enemigo y
sabíamos que nos involucraríamos en una larga y amarga guerra global.
El 11 de septiembre no fuimos atacados por un Estado soberano. El
objetivo no fue la fuerza militar norteamericana, sino civiles norteamericanos.
El ataque no nos obligó a lanzarnos en una guerra prolongada entre estados
soberanos, y las hostilidades no terminarán con una rendición formal.
El enemigo golpeó desde las sombras y escapó hacia las sombras, y
el ataque nos obligó a una política de acción contra conspiradores clandestinos
y países que le dan refugio, no la movilización total de una Tercera Guerra
Mundial.
Hubo una diferencia también en el impacto del ataque en los
norteamericanos. Pearl Harbor, después de todo, se produjo en una isla remota
del Océano Pacífico.
¿Tercera Guerra Mundial?
Los ataques de Al Qaeda fueron muy distintos: para los norteamericanos violaron
la concepción nacional de sí mismos. Produjeron un sentido personal de
vulnerabilidad desconocido para la mayoría de los norteamericanos, y las vagas
“alertas” por la seguridad interior se intensificaron.
¿Quién sabe dónde golpearán nuevamente Osama bin Laden y su banda
de asesinos? A la vuelta de la esquina, en la calle, en el mall, donde sea.
Los inspectores hoy miran de forma sospechosa los zapatos de los
viajeros en los aeropuertos, y los viajeros miran con sospecha a los demás
pasajeros. Si el fiscal general de Estados Unidos se sale con la suya, cada
norteamericano mirará con sospecha a cada uno de los demás norteamericanos.
Las personas sienten naturalmente que su mundo cambió para
siempre. ¿Pero se sentirán siempre así? Eso depende de los resultados de la
guerra contra el terrorismo -que significa que aún mantenemos cierta capacidad
para determinar nuestro futuro.
Enfrentamos hoy la misma elección que enfrentamos hace medio
siglo, al principio de la guerra fría. En ese entonces, algunos plantearon que
la contención y la fuerza disuasoria eran los remedios contra la hostilidad
soviética. Otros argumentaron que la guerra preventiva era la solución al poder
soviético.
Las democracias sabiamente eligieron, en la frase de George Kennan
de 1947, “una paciencia de largo plazo, pero una firme y vigilante contención”,
que para fines de los '80 llevó al quiebre del poder soviético sin una Tercera
Guerra Mundial.
Hoy la guerra contra el terrorismo provoca un debate comparable,
aunque menos comparable en lo relativo a las vastas amenazas del enemigo: no se
ha demostrado ningún vínculo entre el fundamentalismo religioso de Osama bin
Laden y el secular Saddam Hussein, y si existiera ese vínculo, Bin Laden seguramente
habría buscado refugio en Irak.
En todo caso, Saddam, por su supuesta posesión de armas de
destrucción masiva, se volvió el último objetivo de la guerra contra el
terrorismo. Es el centro del “eje del mal” del Presidente George W. Bush.
Algunos ejes: Irak e Irán se odian entre ellos y no les importa nada Corea del
Norte.
Los defensores de la guerra preventiva han recurrido a términos
más suaves. Nuestro Presidente ha declarado que el objetivo nacional de que el
“régimen cambie” en Irak, y filtraciones sobre planes militares salen cada día
del Pentágono.
Al contrario de la Guerra del Golfo, que fue esencialmente pagada
por Arabia Saudita, Kuwait y Japón, ahora debemos pagar para esta guerra por
nuestra cuenta, y el impacto en los precios del petróleo y en nuestra economía
pueden ser desastrosos.
Y deberemos asumir el costo de esta guerra por nuestra cuenta.
Nuestros supuestos amigos en el Medio Oriente -el Rey Abdula II de Jordania,
los turcos, los egipcios e incluso los kurdos -se oponen a una acción militar.
Más aún, esa guerra puede producir el gran enemigo del que ahora
carecemos. Si bombardeamos e invadimos Irak -seguramente matando a cientos de
civiles iraquíes-, si desestabilizamos los países árabes, si permitimos que
Israel les niegue a los palestinos un estado separado, corremos el riesgo de
unir al mundo árabe en contra nuestro y fijar las bases de esa más temida
“guerra de las civilizaciones”.
Esto puede llevar a una Tercera Guerra Mundial, un horrible
conflicto con armas biológicas, químicas, radiológicas e incluso, que el cielo
nos ayude, armas nucleares.
Si estas consecuencias tienen lugar, el 11 de septiembre será, por
supuesto, una fecha que vivirá en la infamia.
¿Pero por qué correr esos riesgos? Una destacada característica
del último año es nuestra dócil aceptación de la idea de una guerra preventiva.
Igualmente destacada es nuestra dócil aceptación de la idea que la decisión
para la guerra la debe tomar el Presidente Bush, ya que el artículo 1 de la
sección 8 de la Constitución, que le da al Congreso el poder exclusivo de
autorizar una guerra, ha sido misteriosamente cancelado.
La guerra preventiva está basada en una ilusión: que es posible
ver por adelantado lo que vendrá. Pero los precogs de Steven Spielberg no
tienen oficina en la Casa Blanca o en el Pentágono, y la historia tiene un
angustioso hábito de superar todas nuestras certezas.
¿Por qué no intentar la mezcla de contención y disuasión que nos
permitió ganar la Guerra Fría? No es probable que Saddam ataque otros países.
El sabe que la represalia será inmediata y avasalladora y Saddam no tiene
interés en el suicidio. La única situación que puede inducirlo a usar sus armas
es un ataque de Estados Unidos a Irak.
El terrorismo nunca desaparecerá completamente. Los norteamericanos
podemos aprender a vivir con un terrorismo menor, como los habitantes del Reino
Unido, España, India, Irlanda, Italia, Rusia, Sri Lanka y, la mayoría del
mundo, ya aprendió a hacer. Haciendo eso nos aseguraremos que el 11 de
septiembre no lleve a una Tercera Guerra Mundial y no cambie nuestro mundo para
siempre.
Si la contención en lugar de la guerra preventiva es la elección
que haremos, entonces la catástrofe del World Trade Center, como el acorazado
Maine, comenzará a olvidarse en la memoria colectiva de la república.
* La
Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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