Cuestiones de
América
EEUU gano en
Afganistán pero perdió el país
James
Petras *
Desde el 11 de septiembre
de 2001 han ocurrido grandes cambios. La invasión y ocupación de Afganistán, la
proliferación de bases militares estadunidenses en todo el mundo, un incremento
en la legislación represiva “antiterrorista” y la articulación e instauración
de la doctrina Bush de guerra permanente, intervención militar e impunidad
criminal. En el nivel institucional el Pentágono, dirigido por Rumsfeld, ha
dado una definición exclusivamente militar de la política exterior de
Washington y los intereses internacionales, promoviendo nuevas guerras en Medio
Oriente (Irak y posiblemente Arabia Saudita) y estableciendo una nueva red
internacional de policía secreta (Fuerzas de Operaciones Especiales) para matar
a líderes de Al Qaeda y otros adversarios.
Si bien han ocurrido estos
cambios importantes durante este último año, si miramos la evolución general de
los acontecimientos experimentamos una sensación de déja vu. En muchos sentidos
el régimen de Bush junior repite la trayectoria de la presidencia de su padre.
En el curso del año, el régimen
de Bush ha dado un giro completo desde la debilidad aparente hasta un poderío
mundial en apariencia sin paralelo, y de ahí a una caída en picada. Antes del
11 de septiembre, la influencia de Estados Unidos en Medio Oriente y el sureste
asiático iba en declive. Irak, Irán y Libia habían debilitado el embargo
estadunidense, Israel se enfrentaba a un levantamiento importante en una
condición de total aislamiento diplomático, y Europa progresaba hacia la
unificación y presentaba a Estados Unidos un desafío económico en los
principales mercados. En el ámbito interno, el gobierno de Bush se consideraba
como una minoría en el poder a causa de un cuestionable recuento de votos y
enfrentaba críticas por la alta inflación y por su inadecuada atención a la
salud pública.
El 11 de septiembre permitió al
régimen de Bush tomar la iniciativa tanto en el ámbito nacional como en el
internacional. La movilización bélica y la campaña antiterrorista unificó al
país en respaldo al gobierno. Aliados, clientes e incluso antiguos adversarios
apoyaron dócilmente la guerra estadunidense y la conquista de Afganistán. Las
antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central concedieron bases militares a
Washington, mientras los foros internacionales y regionales expresaban apoyo a
la campaña antiterrorista. A fines de 2001, la influencia y el poder de
Washington parecían abarcar el mundo entero.
Sin embargo, de enero en
adelante, cuando la Casa Blanca comenzó a aplicar la doctrina Bush de guerra
permanente, surgió el disentimiento entre los aliados europeos y los clientes
de Medio Oriente.
Encabezada por Francia y
Alemania, Europa rechazó una nueva guerra con Irak y el apoyo incondicional de
Estados Unidos a Ariel Sharon. De manera similar, Saudiarabia, Kuwait, Jordania
y la mayor parte del mundo árabe cuestionó el apoyo estadunidense a la
violencia israelí y rehusó apoyar una guerra contra Saddam Hussein.
En Afganistán, la derrota del
talibán y de Al Qaeda no condujo a la captura de Bin Laden y de casi ningún
otro dirigente. Los señores de la guerra, cuya lealtad fue comprada,
combatieron al talibán sólo para asegurar sus propios dominios. En varias
regiones surgieron reyertas entre los aliados estadunidenses. Washington compró
el voto de la Loya Jirga (concilio tribal) a favor de Karzai, pero éste estaba
en tal aislamiento político y tan carente de apoyo, que el régimen de Bush se
vio forzado a suministrar a sus Fuerzas Especiales para que le sirvieran de
guardia presidencial. Afuera de Kabul no había gobierno central ni ejército
nacional. La Alianza del Norte se desintegró y los llamados “garantes de la
paz”, comandados por los británicos y más tarde los turcos, permanecieron en
Kabul. Sin contar con un control territorial efectivo, Washington también
subestimó la base popular del talibán. Decenas de miles de dolientes
peregrinaron en homenaje y recordación hacia el sitio donde fueron enterrados
los últimos mártires de la resistencia en Kandahar. Estados Unidos ganó en
Afganistán, pero perdió el país.
En lo interno, la crisis
económica minó la popularidad del régimen. Después de estar sujeta a siete
meses de intensa propaganda bélica, la población comenzó a cansarse de las
constantes amenazas de ataques inminentes que jamás se materializaban. La
campaña antiterrorista ocasionó grandes pérdidas y bancarrotas en la industria
del transporte aéreo, el turismo y servicios conexos. Los enormes escándalos de
corrupción empresarial y los vínculos que prominentes defraudadores tienen con
el gobierno de Bush incrementaron la desconfianza de los inversionistas y
ocasionaron fuga de capitales de los mercados de valores y del dólar. Después
de tres meses de recuperación, entre enero y marzo, el país volvió a caer en
recesión y Bush se vio forzado a emprender una gira de discursos en la que lo
único que tenía que ofrecer para levantar la alicaída economía era “optimismo”.
Sin embargo, el hecho significativo fue que la opinión pública mostraba mayor
interés por la crisis que por el histrionismo “antiterrorista” de Bush,
Rumsfeld y Powell.
Washington no compró lealtad
eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra
Por si fuera poco, se
intensificaron las luchas entre los burócratas de la administración por
cuestiones de jurisdicción y tácticas. El intento de Rumsfeld de tomar control
sobre la política exterior y las operaciones clandestinas lo puso en oposición
con Powell y Tenent (jefe de la CIA). Mientras que Powell favorece la
propagación de la doctrina antiterrorista por medio de regímenes clientes
“legales” (Macapagal en Filipinas, Uribe en Colombia, etcétera), Rumsfeld se
inclina por la intervención militar directa y el uso de las Fuerzas Especiales
Delta para asesinar a opositores del extranjero, aun sin consultar a los países
involucrados. Rumsfeld está creando su propia red clandestina de inteligencia a
expensas de la CIA. La cuestión es que la megalomanía de Rumsfeld se percibe
cada vez más en círculos empresariales y gubernamentales como una desventaja y
una amenaza para el sistema. A principios de agosto un columnista se refirió a
Rumsfeld como “cañón suelto” (Financial Times, 10/11 de agosto 2002, pág. 7).
El gobierno de Bush ha dado un
giro completo, de un régimen unificado que dictaba políticas al resto del mundo
y anunciaba el futuro, a un imperio abandonado por sus aliados y resistido por
sus clientes y por un gobernante afgano que ni siquiera puede mantener seguro
el palacio presidencial. En vez de un apoyo casi unánime, Bush enfrenta ahora
un público que cuestiona cada vez más su política y ética económicas.
Bush hijo y sus asociados de
línea dura en el gabinete derivaron varias lecciones del esfuerzo fallido de
Bush padre por instaurar un nuevo orden mundial: (1) la importancia de no
depender de aliados, es decir, la necesidad de “ir solos”; (2) la necesidad de
emprender guerras continuas, incluso de conquista; (3) la necesidad de
construir una red mundial de bases militares desde las cuales lanzar nuevos
ataques para consolidar el imperio.
El esfuerzo actual de Bush hijo
por construir un nuevo orden mundial no ha podido sacar otras lecciones del
pasado reciente:
1) que las crisis económicas
internas socavan la construcción de imperio y conducen a la derrota de los
presuntos imperialistas;
2) que las campañas antiterroristas
en Afganistán pueden tener un efecto bumerán. Los señores de la guerra a
quienes Estados Unidos financió y dio armas para combatir a los talibanes no
deben lealtad a Washington, sino al control de sus dominios. Washington no
compró lealtad eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra para tareas
específicas, que eran combatir al talibán y votar por Karzai en la Loya Jirga.
Después de cumplir su tarea y recibir su paga, los señores de la guerra
siguieron su curso, exprimiendo a su gente con impuestos, traficando drogas,
guerreando entre sí, oprimiendo a sus mujeres y desafiando al gobierno central
(y a Washington).
3) Que “ir solos” no es una
estrategia viable para mantener un imperio duradero, puesto que Washington no
tiene ni fondos para financiar un gran ejército de ocupación ni la voluntad de
enviarlo al frente; (4) que la supremacía, expansión y conquista no
necesariamente se traducen en ganancias económicas. Todos los movimientos
militares del año en cualquier territorio han sido costosos y han obtenido
escasas ganancias económicas; (5) la militarización no puede remplazar un
modelo económico fallido. Si bien Washington se aseguró el apoyo de sus
regímenes clientes de América Latina, la mayoría resultaron abyectos fracasos
políticos y económicos. La lista de regímenes fracasados -aquellos cuya
popularidad anda entre 5 y 20 por ciento y que se enfrentan a pobreza creciente
y bancarrota económica- es larga: Duhalde en Argentina, Toledo en Perú, Cardoso
en Brasil (su protegido para la presidencia va en cuarto lugar en las
encuestas), Noboa en Ecuador, Macchi en Paraguay y el ex presidente Quiroga en
Bolivia (cuyo partido logró 3 por ciento en los comicios presidenciales de
2002). El incremento de la ayuda bélica, las bases militares, los golpes
castrenses y amenazas fallidas no han reducido la recesión económica. El
derrumbe de los regímenes clientes, la fuga de inversionistas y la creciente
oposición sociopolítica a Washington siguen en aumento.
Las “lecciones” no han sido
aprendidas, y esto explica el fracaso del régimen de Bush en construir
imperios. La razón estructural de que no pueda aprenderlas está en la
naturaleza del liderazgo político del gobierno.
***
Conclusión
La declaración de Rumsfeld de
que está organizando a las fuerzas de Operaciones Especiales para involucrarse
en acciones clandestinas en la campaña contra el terrorismo es un reflejo de su
frustración por el fracaso de la guerra y por el creciente aislamiento político
y diplomático de Washington. Enviar, como Rumsfeld propone, fuerzas Delta en
misiones encubiertas de asesinato, sin consentimiento o conocimiento de los
países involucrados, es admitir que no existen acuerdos y alianzas políticas
abiertas o no funcionan. Andar por el mundo persiguiendo líderes y activistas
de Al Qaeda es reconocer el fracaso del propósito principal de la guerra en
Afganistán, que era destruir la organización. Recurrir a medidas extremas y
desesperadas de asesinatos políticos en distintos países no sólo es indicativo
de una mente desequilibrada sino, sobre todo, apunta a un liderazgo político
carente de estrategia política.
La rápida caída del apoyo
nacional e internacional al gobierno de Bush es resultado de su composición y
de la naturaleza de su liderazgo. Es un régimen basado en el capitalismo
tramposo, ha privilegiado sus vínculos con un estrecho grupo de magnates
texanos de la energía y “capitalistas extractivos” que siempre han confiado en
los lazos políticos dentro del país y en la fuerza en el exterior para acumular
riqueza. En segundo lugar, y relacionada con esto, está la autonomía del
componente militar del gobierno. Mientras la camarilla de tramposos estimula
una estrecha visión de la construcción imperial, el Pentágono proporciona una
definición militar estratégica de la realidad política global, ajena a las
consideraciones económicas. El tercer elemento en el gobierno de Bush es su
profunda inmersión en la corrupción empresarial, encarnada en el vicepresidente
Cheney. La corrupción empresarial tiene sus orígenes en las políticas
desregulatorias del régimen de Clinton, pero se ha desparramado por toda la
clase capitalista.
La trapacería, la autonomía
militar y la corrupción florecen en la mediocridad de la que Bush es el
representante perfecto. Esta clase de liderazgo es incapaz de entender el
ascenso y caída de los imperios. El problema es que la podredumbre interna no
sólo derrumba los imperios, sino que aventureros políticos como Rumsfeld son
capaces de llevarse con ellos a buena parte del mundo.
El año que termina el próximo
11 de septiembre ofrece la esperanza de que la oposición a la guerra, a la
corrupción y a la injusticia puede una vez más ganar ascendiente. Pero para eso
se necesita echar abajo la imagen de un imperio omnipotente y reconocer el
poder en aumento de los movimientos sociopolíticos y los partidos electorales.
De las selvas de Colombia al Congreso de Bolivia, de la fuerza de las urnas al
poderío de la gente en las calles, la izquierda está una vez más en marcha.
* La Jornada, 12 de
Septiembre de 2002. Reproducido por Rebelión.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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