Cuestiones de América

 

En vez de “Choque de Civilizaciones”, el mundo post 11 de septiembre muestra fuertes divisiones

entre Europa y Estados Unidos
Occidente se está fracturando

Francis Fukuyama *

 

Osama bin Laden, Al Qaeda, los talibanes y el islamismo radical generalmente representan desafíos ideológicos para las democracia liberales de Occidente, que son en cierta medida más profundos que los ofrecidos por el comunismo. Pero en el largo plazo es difícil ver que el islamismo ofrezca una alternativa realista como ideología gobernante para las sociedades pragmáticas en el mundo.

No sólo resulta poco atractivo para los no musulmanes, sino que no calza con las aspiraciones de la vasta mayoría de los propios musulmanes. En los países que tuvieron recientes experiencias con teocracias musulmanas -Irán y Afganistán- es evidente de que éstas se han vuelto extremadamente impopulares.

Mientras islamistas fanáticos armados con armas de destrucción masiva plantean una severa amenaza en el corto plazo, el desafío de largo plazo en la batalla de las ideas no va a venir desde esa esquina. Los ataques terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos representan un serio giro, pero al final la modernización y la globalización seguirán siendo los principios estructurales del mundo político.

Otro importante tema que ha surgido con nitidez es si “Occidente” es realmente un concepto coherente, y si Estados Unidos y su política exterior pueden convertirse en los ejes centrales de la política internacional.

Hubo un gran y espontáneo apoyo a Estados Unidos y los norteamericanos en el mundo entero después del 11 de septiembre, con gobiernos europeos uniéndose inmediatamente para ayudar a Estados Unidos a llevar adelante su “guerra contra el terrorismo”. Pero con la demostración de dominio militar norteamericano total en Afganistán, nuevas expresiones de anti-americanismo comienzan a aparecer.

¿Eje del mal?
Después de que George W. Bush denunciara a Irak, Irán y Corea del Norte como “el eje del mal” en su mensaje del Estado de la Unión en enero, no sólo fueron los intelectuales europeos, sino también políticos y público en general los que comenzaron a criticar a Estados Unidos en una amplia variedad de frentes.

¿Qué está pasando? El fin de la historia se suponía que implicaba la victoria de Occidente, y no sólo de los valores e instituciones norteamericanas, haciendo de la democracia liberal y la economía de mercado las únicas elecciones posibles.

La Guerra Fría fue combatida por alianzas basadas en valores compartidos de libertad y democracia. Sin embargo, un enorme espacio se abrió entre las percepciones norteamericanas y europeas sobre el mundo, y la sensación de compartir valores se está diluyendo fuertemente.

¿Tiene el concepto de “Occidente” aún sentido en la primera década del siglo XXI? ¿Es la línea divisoria de la globalización no una división entre Occidente y el Resto del Mundo, sino en realidad una división entre Estados Unidos y el resto del mundo? Las disputas que se han dado entre Estados Unidos y Europa desde el discurso sobre el eje del mal se refieren en gran medida al unilateralismo norteamericano y la ley internacional.

Hay ahora una lista familiar de quejas europeas sobre la política norteamericana, incluyendo, pero no limitándose, al abandono de la administración Bush del Protocolo de Kioto sobre el calentamiento global, su fracaso en ratificar el Acuerdo de Río sobre biodiversidad, su abandono del Tratado de Misiles Antibalísticos y su propuesta de un sistema de defensa misilístico, su rechazo a prohibir las minas terrestres, su tratamiento de los prisioneros de Al Qaeda en la base de Guantánamo, su oposición a nuevas precisiones sobre la convención de armas biológicas y, más recientemente, su oposición al Tribunal Penal Internacional.

El más serio acto de unilateralismo estadounidense a los ojos de los europeos tiene que ver con la anunciada intención de la administración Bush de promover un cambio en el régimen de Irak, si es necesario a través de una invasión en solitario.

El discurso sobre el eje del mal marcó un cambio importante en la política exterior norteamericana, pasando de la disuasión a una política activa de prevención del terrorismo. Esta doctrina fue ampliada en el discurso de Bush en West Point, en junio, en el que declaró que “la guerra contra el terrorismo no será ganada de forma defensiva”. “Debemos llevar la batalla donde están nuestros enemigos, alterar sus planes y enfrentar las peores amenazas antes de que aparezcan”, continuó. “En el mundo que hemos entrado, el único camino para la seguridad es el camino de la acción”.

La visión europea es que Europa busca crear un genuino orden internacional adaptado a las circunstancias del mundo de la post Guerra Fría. Ese mundo, libre de conflictos ideológicos y competencia militar a larga escala, es uno que entrega sustancialmente más espacio al consenso, el diálogo y la negociación.

Malestar europeo
Los europeos están horrorizados por el anuncio de una abierta doctrina de prevención contra los terroristas o los estados que los apoyan, en la que Estados Unidos por sí solo decide cuándo y dónde usar la fuerza. Hay un profundo tema de principios involucrado, que asegura que las relaciones transatlánticas seguirán siendo neurálgicas en los años venideros.

Los norteamericanos tienden a no ver ninguna fuente de legitimidad democrática mayor que las naciones-Estado constitucionalmente democráticas. Cualquier organización internacional tiene legitimidad siempre que las mayorías democráticas debidamente constituidas manejen esa legitimidad a través de un proceso negociado y contractual.

Los europeos, en cambio, tienden a creer que la legitimidad democrática fluye del deseo de una comunidad internacional mayor que cualquier estado-nación individual. Esta comunidad internacional no está reunida concretamente en un simple orden constitucional democrático global. Pero sí transmite la legitimidad a las instituciones internacionales existentes, al considerar que en parte las encarnan.

Por ello, las fuerzas de paz en la ex Yugoslavia no son meramente arreglos ad-hoc entre gobiernos, sino una expresión moral del deseo y las normas de una comunidad internacional.

Uno puede estar tentado a decir que la rígida defensa de la soberanía nacional del tipo practicada por el senador Jesse Helms es una característica sólo de ciertas partes de la derecha de Estados Unidos y que la izquierda es tan internacionalista como los europeos.

Esto sería ampliamente correcto en el campo de la política exterior y de seguridad, pero completamente equivocado en relación con el lado económico del internacionalismo liberal.

La izquierda no valida a la Organización Mundial de Comercio (OMC) o a cualquier otro organismo similar dándole un estatus especial de legitimidad. Sospechan mucho de la OMC cuando cambia una ley laboral o medioambiental en el nombre del libre comercio. Son tan celosos sobre la soberanía democrática en estos temas como Helms.

El patrón del unilateralismo norteamericano y el multilateralismo europeo se aplica primeramente a asuntos de política exterior y de seguridad, y secundariamente a preocupaciones medioambientales.

En la esfera económica, Estados Unidos está enredado en las instituciones multilaterales a pesar de su dominación en la economía global.

EE.UU. se arma, Europa se desarma
La Unión Europea colectivamente reúne una población de 375 millones de personas y tiene un PIB de cerca de US$ 10 trillones, comparado con una población estadounidense de 280 millones y un PIB de US$ 7 trillones. Europa puede ciertamente gastar dinero en defensa a un nivel que la pondría a la par con Estados Unidos, pero eligió no hacerlo.

Europa gasta apenas US$ 130 mil millones colectivamente en defensa, una suma que ha venido descendiendo, comparado con el gasto en defensa de Estados Unidos que llega a US$ 300 mil millones y seguirá aumentando.

El incremento en defensa en Estados Unidos posterior al 11 de septiembre, solicitado por Bush, es mayor que el presupuesto total en defensa del Reino Unido. A pesar de que Europa dio un giro conservador el 2002, ningún candidato de derecha o de centro derecha está promoviendo en sus campañas un aumento significativo de los gastos en defensa.

La habilidad de Europa para desplegar el poder que posee ha sido, por supuesto, fuertemente debilitada por los problemas colectivos planteados por el actual sistema de toma de decisiones de la UE. Pero el fracaso para crear un poder militar más útil es claramente un asunto político.

Sea en relación con las políticas de bienestar, crimen, regulación, educación y asuntos exteriores, hay una constante diferencia que separa a Estados Unidos de cualquier otro. Es consistentemente más antiestatista individualista, laissez-faire e igualitario que otras democracias.

Los europeos miran la violenta historia de la primera mitad del siglo XX como el resultado directo del desenfrenado ejercicio de soberanía nacional.

La casa de la UE, que los europeos vienen construyendo desde los años '50, fue deliberadamente entendida para fundir esas soberanías en múltiples capas de normas, leyes y regulaciones que prevengan que esas soberanías vuelvan a salirse de control.

Los norteamericanos piensan que el mundo fundamentalmente se volvió un lugar más peligroso desde el 11 de septiembre. Ellos creen que cuando un líder como Saddam Hussein posea armas nucleares se las pasará a los terroristas como si fuera un sistema de suministro. Ellos, como Bush, creen que esta es una amenaza para la civilización occidental en su conjunto.

Muchos europeos, en cambio, creen que los ataques del 11 de septiembre fueron un evento único en el que Bin Laden tuvo suerte y obtuvo la máxima ganancia. Pero la probabilidad que Al Qaeda logre un éxito similar en el futuro es pequeña, teniendo en cuenta el estado de alerta y las medidas defensivas y preventivas puestas en marcha desde el 11 de septiembre.

Los europeos creen que la probabilidad que Saddam pase armas nucleares a los terroristas es pequeña. Por eso, una invasión a Irak no es necesaria; la contención funcionará como lo ha hecho desde la Guerra del Golfo.

Y, finalmente, Europa tiende a creer que los terroristas musulmanes no representan una amenaza general para Occidente, sino que están enfocados a Estados Unidos como consecuencia de la política norteamericana en el Medio Oriente y la región del Golfo.

Las desavenencias entre Estados Unidos y la UE que emergieron en 2002 no son sólo un problema transitorio que refleja el estilo de la administración Bush o la situación del mundo en el despertar del 11 de septiembre. Es una reflexión sobre visiones distintas sobre la legitimidad democrática dentro de los límites de la civilización occidental.

* La Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.

 

 

 

 

Cuestiones de América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002

 

 

 

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