Cuestiones de América
El
impacto económico de los ataques y de la guerra contra el terrorismo
Paul Samuelson *
Tras el 14 de agosto de 1914 el
futuro de Europa y del mundo cambió irreversiblemente. Antes de la I Guerra
Mundial la civilización se estaba alejando de las grandes guerras. Después de
1914-1918, nadie podría sorprenderse de que un Adolf Hitler trajera una
sangrienta lucha que casi destruyó al capitalismo democrático y a una sociedad
civilizada.
Los ataques del 11 de
septiembre contra las torres del comercio mundial en Nueva York y el Pentágono
en Washington marcaron una encrucijada similar en el camino entre el pasado y
el futuro. En los doce meses que han pasado desde entonces no ha ocurrido un hecho
comparable a estos actos de terrorismo.
El animal humano comparte con
el avestruz una tendencia a olvidar pronto las amenazas desagradables del
pasado. Pero lo que diferencia a nuestra especie del conjunto de otras especies
darwinianas es la capacidad para recordar y a veces enfrentar los nuevos
hechos.
El crecimiento económico de los
próximos años de este nuevo siglo será definitivamente menor. Las naciones en
todas partes están dándose cuenta de los enormes recursos que deben traspasar
de la producción de aquellas cosas buenas que prolongan la alta calidad de
vida, para dedicarlos ahora y en el futuro a la protección contra actos
destructivos que se originen de pequeños grupos disidentes cuya habilidad para
infligir daño ha aumentado enormemente por el avance de la tecnología moderna.
La ciencia da, sí. Pero la ciencia también puede restar.
En los antiguos días un déspota
iraquí podía, como los piratas del siglo XVIII en la costa de Barbaria, matar o
herir a unas docenas de viajeros que pasaban por ahí. Pronto, un pequeño país
que ha tenido acceso a los almacenes nucleares y a las armas biológicas podrá
llevar los daños a la puerta de un millón de personas en otro continente.
Esa es la fría realidad. La
economía, que creyó haber dejado atrás la reputación de ser la “ciencia
impopular”, debe ahora enfrentar nuevas adversidades.
Las regiones avanzadas -Europa,
las Américas y las economías asiáticas- tienen un superávit de poderes
productivos. ¡Si tan sólo fuera simple dedicar el 10% del PIB de los próximos
años para restaurar el status quo previo al 11 de septiembre! Pero no es parte
del menú de factibilidades. En las leyendas cada vez que uno cortaba las
cabezas de 10 dragones, emergían cien nuevas cabezas. La organización de Osama
bin Laden no ha sido permanentemente contenida. Pero cuando se logre seguirá la
triste verdad de que otros grupos también tendrán la capacidad de causar daños
nunca soñados en las crónicas de la historia humana.
Beneficios
económicos de una guerra
Algunos de los legados inadvertidos del reciente terrorismo pueden,
paradójicamente, ayudarnos al bienestar corto plazo. La marcha de Hitler a la
guerra, que comenzó mientras Alemania estaba plagada de un desempleo masivo,
terminó con la gran depresión económica de ese país. Y lo que finalmente
terminó la gran depresión en Estados Unidos fue toda nuestra movilización para
derrotar a Hitler y ganar la Segunda Guerra Mundial.
Actualmente todos los ojos
están puestos sobre la burbuja desinflada de Wall Street y la posible amenaza
de una recesión que se extendería como una plaga bubónica mucho más allá de las
playas de América. En este punto de la historia de la Reserva Federal, que con
11 reducciones en las tasas de interés nos ha dejado con una tasa muy baja del
1.75%, una buena parte de la política monetaria para combatir una recisión ya
ha sido utilizada.
“No hay de qué preocuparse, sin
embargo,” pueden decir muchos expertos. Para hacer más creíble el discurso del
Presidente George W. Bush de que todo está bien, la Casa Blanca tendrá que
seguir aumentando el gasto militar. Eso de alguna manera aleja en el corto
plazo la amenaza maligna de una recesión en Estados Unidos. Si las hemorragia
de pérdidas corporativas en Nueva York se logra frenar de esta manera, pueden
estar seguros de que Tokio, Londres y otras bolsas mundiales reaccionarán con
simpatía a esa estabilización de Wall Street.
Un especialista en economía y
en finanzas no puede pretender adivinar si el equipo de Bush va o no a
bombardear a Irak. Si ocurre,probablemente será una acción solitaria de
América. Ello difiere de la Guerra del Golfo de 1991, que fue un esfuerzo
internacional ampliamente compartido y cuya carga financiera cayó más en el
resto del mundo que en los bolsillos de América.
No a la
invasión de Irak
Esta vez, con las Naciones Unidas fuera del cuadro y una OTAN que se mantiene
al margen, será el tío Sam quien pague la cuenta. Además, un Medio Oriente
convulsionado probablemente eleve los precios del petróleo por las nubes. Una
crisis del petróleo reactivará los temores a la inflación y tenderá a anular
los efectos de estímulos fiscales macroeconómicos.
Por estas y otras razones
tendría que alertar en contra la adopción de un punto de vista norteamericano
cínico que busque frenar la cayente popularidad de Bush -originada por su
postura pro-empresarial en medio de graves faltas éticas del mundo de negocios-
, invadiendo Irak.
Al principio las guerras son
populares. Los miembros de cualquier clan se unen en lo que parece ser
autodefensa. Pero pronto la triste realidad de las guerras acaba con la
voluntad del pueblo -- especialmente del pueblo de una nación que está cayendo
en la derrota. Incluso los líderes de naciones victoriosas pueden enfrentar la
ingratitud de los votantes. Winston Churchill perdió el puesto poco después de
su heroico rol en la derrota de Hitler. El Presidente Woodrow Wilson, en
vísperas del triunfo de América en la Primera Guerra Mundial, se vio avasallado
por el aislacionismo republicano.
Sería una lástima sí, además de
la destrucción impuesta por los terroristas sobre nuestras propiedades y vidas,
hubiera un efecto colateral sobre las libertades civiles.
* La
Tercera, Santiago, 8 de septiembre de 2002.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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