Cuestiones de América
Vigilias
y recuerdos
Beatriz
Sarlo *
Millones de dólares en
souvenirs del 11 de setiembre se han vendido y continuarán vendiéndose en los
días del primer aniversario. Está dentro de la lógica del capitalismo que la
vida y la muerte sean celebradas en el mercado. Sería ingenuo pensar que esa
lógica podría autosuspenderse sólo porque lo que sucedió en 2001 fue terrible,
sangriento e inesperado. A fin de cuentas, el atentado provocó una recesión,
probando la sensibilidad de Wall Street ante acontecimientos de esta magnitud.
Precisamente, porque fue
un hecho que excedió toda previsión y se colocó fuera de serie, precisamente
porque tocó territorio de una nación que, desde Pearl Harbour, ignoraba lo que
significa una herida en el centro de su poder, de su cultura y de su legítimo
orgullo, el 11 de setiembre impulsa la industria de la recordación. Un
asesinato de masas no puede ser olvidado. Y cada país recuerda del modo en que
su cultura lo ha adiestrado para hacerlo.
Así, el escenario del
mayor torneo de tenis que se disputa en Nueva York fue cubierto el domingo a la
tarde por una gigantesca bandera, mientras Garfunkel y su pequeño hijo cantaron
“America the beautiful” ante las decenas de miles que llenaban el estadio. La
televisión lo registró con esa emotividad que intuye en los grandes momentos,
alternando los rostros de dos iconos, como Pete Sampras y Andre Agassi, con la
formación de soldados y el cielo azul donde revoloteaban las palomas que los
organizadores lanzaron acompañando los últimos acordes.
Esas palomas, por
supuesto, están fuera de lugar en los jardines de la Casa Blanca, donde Bush se
acerca día a día a una guerra contra Irak. La lógica de la guerra, podría
concluirse fácilmente, es también una de las lógicas del capitalismo, aunque
las naciones europeas, excepto Gran Bretaña, no parezcan hoy inclinadas a mover
sus ejércitos en obediencia.
Pero los Estados Unidos
sí están dispuestos a hacerlo. El gobierno de Bush, envuelto en escándalos
financieros que también son la enfermedad endémica para la que el capitalismo
no encuentra remedio, quiere salir nuevamente al mundo sostenido por la
creencia de que sus ejércitos, en lugar de producir muerte, sufrimiento y
miseria, producen también los efectos benéficos de la democracia. Y sostenido,
sobre todo, en el derecho de una alegada autodefensa que se planea ejercer sin
límites.
Desde el 11 de setiembre
de 2001, los Estados Unidos resolvieron que ese asesinato masivo habilitaba un
intervencionismo militar para el cual su gobierno quiere el realineamiento del
mundo según el orden binario de amigos y enemigos, orden que conduce
inevitablemente a la guerra si, a diferencia de las décadas de guerra fría,
cuando el enemigo era una nación tan poderosa como la Unión Soviética, del lado
enemigo están naciones miserables como Afganistán o repúblicas autoritarias
como Irak. Ahora se nos informa que Irak puede poseer o fabricar armas
atómicas, agregando a la lógica binaria la amenaza que podrían sufrir los
Estados Unidos o cualquiera de sus aliados (Israel, por ejemplo, también movido
por el primitivo derecho de la venganza y el ojo por ojo).
Conmemoramos la
sobrecogedora agresión del 11 de setiembre, en una nueva vigilia de armas. Las
vigilias populares, con sus altares cívicos a las víctimas, sus flores y los
mensajes escritos por el pueblo norteamericano, las reacciones emocionantes de
los sobrevivientes que recuerdan con solemnidad y sentimiento, esas vigilias
tienen un siniestro duplicado en los edificios que se salvaron del ataque
homicida. El Pentágono vela también sus armas.
* Página/12,
Buenos Aires, 11 de septiembre de 2002. La autora es ensayista, directora de la
revista Punto de Vista.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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