Cuestiones de
América
Boris
Muñoz *
Leer
un texto escrito hace 119 años puede convertirse en una experiencia de una
quemante actualidad. En 1885, el cronista José Martí asistió a la apertura del Puente
de Brooklyn, luego de 17 extenuantes y fatales años de construcción. Decenas de
obreros murieron en la que sería una de las mayores obras de ingeniería del
siglo XIX. Pero pronto surgieron interpretaciones positivas de estos
sacrificios. Cualquier precio parecía estar justificado. Al unir Nueva York y
Brooklyn a través de ese prodigio colgante de piedra y acero, se abrían las
puertas de la modernidad y el progreso. En su recorrido, Martí exclama: “¡Oh,
broche digno de estas dos ciudades maravilladoras! ¡Oh, guión de hierro de
estas dos palabras del Nuevo Evangelio!” Además del considerable ingenio que
demandaron el diseño y la épica construcción del puente, en el entusiasmo
utópico de Martí tuvo mucho que ver la armonía con la cual una increíble diversidad
de razas y religiones trabajó en la monumental empresa: “hebreos de perfil
agudo y ojos ávidos, irlandeses joviales, alemanes carnosos y recios, escoceses
sonrosados y fornidos, húngaros bellos, negros lujosos, rusos de ojos que
queman, noruegos de pelo rojo, japoneses elegantes, enjutos e indiferentes
chinos”. Era una época de optimismo y el puente simbolizaba la profecía de una
metrópoli babélica y cosmopolita. Sin entenderlo cabalmente, Martí presenciaba
el nacimiento de Nueva York como capital del siglo XX.
Hasta el 11 de
septiembre de 2001 la metrópoli fue fiel a las dos imágenes personificadas por
el Puente de Brooklyn: la modernidad y la globalización como procesos que
pueden coexistir en relativa armonía. Es curioso, pero ocurre que ciertos eventos
dejan trazos imborrables. Si algo cambió dramáticamente en el mismo instante en
que las Torres Gemelas fueron embestidas por dos máquinas enloquecidas, fue la
idea de que Nueva York podía seguir siendo el emblema feliz de la Aldea Global.
Probablemente
es muy temprano para juzgar el cambio que se ha experimentado desde el 11 de
septiembre. Hace un año, dos días después de la emboscada terrorista, me
aventuré a ir a la Zona Cero. Al bajar del tren en Penn Station, vagué por un
inframundo. La ciudad parecía sumida en la resaca de una atroz pesadilla. Las
paredes y los postes de luz estaban empapelados con las fotografías de los
desaparecidos. Se anotaban las señas: los ojos color miel, el lunar del lado
izquierdo de la barbilla, las marcas de una cirugía, la inscripción en el revés
de la alianza matrimonial, la ropa que llevaban ese día. En las calles sólo se
veían rostros sonámbulos y desolados. Y en algunas plazas y esquinas se habían
improvisado altares funerarios con oraciones en las más variadas lenguas,
exvotos, dibujos infantiles de las torres, flores, veladoras. Las usuales
multitudes que se encuentran en Nueva York a todas horas habían desaparecido
para darle paso a camiones de rescate, ambulancias y caravanas de maquinaria
pesada que se movían con una velocidad desquiciada, perdiéndose en el inmenso
hueco que se abría en el horizonte sur de la ciudad. Más abajo de la calle
catorce, aparecían grupos de voluntarios con mascarillas para protegerse de los
vapores envenenados que manaban del área del desastre. Hace una semana hice el
mismo recorrido. Era un día transparente como aquel 11 de septiembre, pero tal
vez más caluroso y húmedo. Y aunque en mi camino encontré los monumentos
espontáneos en memoria de las víctimas, al pasar por Canal Street me vi
envuelto por una abigarrada muchedumbre que deambulaba en medio del desorden
multicolor de mercancías y buhoneros. Todo había vuelto al ritmo y la neurosis
habituales. Se necesita algo más que un meteorito para derrumbar a una ciudad
tan testaruda y pagada de sí misma como Nueva York, me dije.
Como el Puente de
Brooklyn, las Torres Gemelas constituían una maravilla arquitectónica y
estética que desafiaba las posibilidades tecnológicas y constructivas de su
época. Aunque terminaron por ser parte del paisaje, al principio la idea de
unas ciclópeas torres de Babel no era metáfora. Sin embargo, la titánica
remoción de los escombros llevada a cabo durante meses en la Zona Cero denota
el cambio de la visión histórica de la ciudad. No es increíble que algunos
defiendan visceralmente la idea de sustituir el World Trade Center por otro
complejo de la misma ambición y envergadura. Hasta ahora los proyectos compiten
en arrogancia pero carecen de la simplicidad y presencia que tenía el conjunto
original. Seguramente, de todos modos, cualquier construcción terminará por ser
un monumento funerario. Al derrumbarse las torres, enterrando con ellas a casi
tres mil víctimas, a los ojos del mundo también queda en el pasado el poderoso
símbolo de un capitalismo monolítico. La verdad que emerge de las ruinas es la
imposibilidad de que la ciudad pueda seguir encarnando al futuro como lo había
hecho hasta ahora. En todo caso, será muy difícil persuadir a los reticentes
neoyorquinos para que acepten cualquier proyecto. La Zona Cero es la enorme y
obsesionante cicatriz de un trauma que ha terminado por convertir al miedo en
una sustancia omnipresente.
El
día de mi recorrido crucé Chambers Street y bordeé el río Hudson hasta llegar a
Battery Park, donde se celebraba una gran feria para homenajear a los obreros
de construcción de la ciudad. Salvo por la incorporación de sangre
latinoamericana, era la misma clase obrera que vio Martí en el Puente de
Brooklyn. Muchos de estos hombres estuvieron involucrados a fondo en las
labores de rescate -600 obreros perdieron la vida en el Apocalipsis- y
trabajaron activamente en la limpieza de los vestigios de las torres. Ahora
estaban allí para recibir homenaje y pagar tributo a sus camaradas caídos. Así que
me decidí a recoger algunos testimonios al azar. La pregunta que les formulé
fue muy simple: ¿Cómo ha cambiado su vida y la ciudad desde el 11 de
septiembre? Dejando de lado las impresionantes anécdotas de aquel día y el
unánime reconocimiento de la solidaridad épica engendrada por el horror, lo
notable era la monotonía de las respuestas. “Seguridad, seguridad, seguridad”,
era la palabra que repetían. El mayor temor es que puedan ocurrir males peores.
“Uno se ha vuelto quisquilloso”, me decía James Marin, un obrero del sindicato
de pintores del distrito 9. “El enemigo está cerca de nosotros y no sabemos si
un día le da por volar el Holland Tunnel”. James Glasser, otro obrero de
construcción, filosofó sobre el presente estado de cosas: “La seguridad no es muy
buena, así que es como si voláramos en un avión: estamos en las manos de Dios”.
Casi en los mismos términos, una veterana jueza de 79 años, por cierto bastante
crítica del Gobierno de Bush, me dijo: “La seguridad es una preocupación
siempre presente. Estoy segura de que no envenenarán las fuentes de agua,
porque le harían daño a su propia gente, pero quién sabe si se les ocurre hacer
algo en el subway. Yo no he viajado este año, pero ya lo haré, porque Dios me
cuida y yo no le temo a nada. Por lo demás, la ciudad está volviendo a la
normalidad. Aunque estuvimos muy unidos, patrióticos y gentiles por un tiempo,
de nuevo somos impacientes y agresivos. Esa es la normalidad”. Quizás la visión
más conmovedora fue la de Fred Fass, un macizo electricista de ojos azules y
honestos: “Trabajé 18 años en el World Trade Center, desde el comienzo de la
construcción, y es realmente duro expresar lo que siento con palabras. Estuve
allí tantas veces que todavía no puedo creer lo que ha sucedido. Es como si
algo muy hermoso que has hecho con tus manos hubiera desaparecido de golpe.
Perdí amigos, familiares y conocidos. Es difícil de creer que el uno por ciento
de gente que piensa distinto a nosotros pueda cambiar nuestra vida de esta
manera”.
La
discreta cáscara que recubría el sentimiento de seguridad de la ciudad estalló
dejando a sus habitantes expuestos al miedo como un nervio desnudo. El
desbarajuste ha estremecido los cimientos del drama colectivo sobre el que se
funda el sentido de comunidad urbana hasta extremos que sólo Dios sabrá. Lo que
queda claro tras el 11 de septiembre es que los valores que inspiraron el
surgimiento de Nueva York como la capital del siglo XX -un titanismo
empresarial hecho a partes iguales de individualismo, genio, competitividad, prepotencia,
hedonismo, consumismo- no podrán gobernar la capital del siglo XXI. Walter
Benjamín lo avizoró en “París, capital del siglo XIX”: cada época no sólo sueña
con la próxima, sino que se empeña por despertar de ese sueño. “En las
convulsiones de la economía de mercado comenzamos a reconocer los monumentos de
la burguesía como ruinas incluso antes de que éstos se hayan desmoronado”.
Aunque el maniqueísmo marxista de Benjamín hoy nos hace sonreír con
escepticismo, su meditación sobre la metrópoli no deja de tener algo
inquietante.
* El
Nacional, Caracas, 11 de Septiembre de 2002.
Cuestiones de
América Nº 11, Octubre-Noviembre de 2002
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