Cuestiones de América
Las secuelas de los atentados
Los trabajadores indocumentados mexicanos y
latinos
Héctor Magaña Vargas *
Como producto
de la recesión en el país vecino, México no logrará cumplir con los objetivos
de la política económica, el crecimiento del PIB no llegará ni al 2 por ciento,
no se recuperarán los empleos perdidos y las promesas de crecimiento económico
sostenido serán una vez más postergadas. Pero quizá lo verdaderamente
impactante en los sucesos del 11 de septiembre sea el caso de los trabajadores
mexicanos y latinoamericanos en general, que se encuentran desempeñando
cualquier tipo de trabajo para sostener a sus familias.
Después de
las víctimas de las torres gemelas, los trabajadores indocumentados mexicanos y
latinos en los Estados Unidos, han sido uno de los sectores principalmente
afectados por la psicosis generalizada en la sociedad estadounidense.
El más
delicado asunto es con relación a los trabajadores indocumentados mexicanos, a
los millones de compatriotas que permanecen constantemente laborando en el vecino
país (entre 8 y 10 millones). A ellos les han limitado la probable legalización
y regularización de su situación migratoria. Los endebles acuerdos entre la
administración Bush y Fox se han venido abajo. Las oficinas gubernamentales
migratorias no han continuado con los trámites para ofrecer condiciones mínimas
para continuar laborando.
Los acuerdos
mínimos a los que habían llegado los dos mandatarios han quedado virtualmente suspendidos
y la embajada de Estados Unidos en México, sigue aplicando medidas más
restrictivas para el ingreso de connacionales a su territorio. Los requisitos
no son los mismos de antes que después del 11 de septiembre.
La
administración del presidente Bush ordenó inmediatamente la militarización de
algunas partes de la frontera con México y por ende el hostigamiento sobre
miles de mexicanos se ha agudizado.
Por otro
lado, se sabe que al cerrarse las fronteras del norte, los cargamentos de
estupefacientes que cotidianamente llegaban de América Latina, se han visto
frenados y ha provocado que la droga se quede en nuestro país generando una
grave problema: a mayor oferta más demanda. Los narcotraficantes han utilizado
a la población de niños en edad escolar para iniciar en el consumo de la droga,
primero como un obsequio y luego que provocan la adicción, la venta a precio
bajo. Diversos organismos de derechos humanos y de prevención de adicciones han
denunciado que el consumo de droga como la cocaína entre otras, ha aumentado
significativamente y sobre todo en la población de jóvenes y niños, y como
nunca antes en las mujeres.[1]
Las limitadas
facilidades de atravesar la frontera que tenían algunos trabajadores, han
desaparecido. Inmediatamente tomaron cartas en el asunto y bloquearon los
principales accesos a los Estados Unidos. Esto provocó que miles de familias se
vieran empobrecidas antes las escasas posibilidades de obtener empleo en el
campo mexicano, que no está por demás decir que es un terreno completamente
devastado.
La psicosis
que se provocó en la población de los Estados Unidos a raíz del primer
aniversario, ha sido mayúscula y de ahí ha pasado a una paranoia que ha llevado
a perseguir a cualquier persona que sea sospechosa:
"Es inconcebible. Somos la contradicción
mundial: mientras criticamos y condenamos cualquier violación a los derechos
humanos fuera de nuestras fronteras, queremos esconder debajo de la alfombra
las crudas violaciones y expresiones de racismo que estamos mostrando por la
crisis de pánico en la que vivimos desde los ataques terroristas del año
pasado", dice a Apro, Russell A. Stone, profesor de sociología de la
Universidad Americana.
Un decreto emitido por Bush que llama a cualquier
ciudadano de los Estados Unidos a que denuncie a las personas sospechosas,
desata de inmediato una persecución, tal cual sucedió con tres estudiantes en
recientes acontecimientos de la Florida.
Este delirio de persecución indudablemente ha
afectado a los grupos de inmigrantes latinoamericanos. Ponemos a su disposición
este testimonio de un mexicano oriundo de Puebla, trabajador de la ciudad de
Nueva York, que forma parte de los más de 100 mil poblanos que desde hace
décadas han llegado la ciudad de los rascacielos y formado verdaderas colonias
de inmigrantes. Ellos son los que han aportado su fuerza de trabajo para la
limpieza y edificación de muchas de las construcciones aledañas al Word Trade
Center. “No emplean a los gringos porque ellos nunca han estado dispuestos a
realizar este tipo de faenas. Empero, el problema no es la falta de compromiso
para desempeñarse en este tipo de actividades, el problema fundamental reside
en que es un trabajo de alto riesgo para la salud. Hay altos niveles de
contaminantes emanados por las toneladas de polvo impregnado de componentes
químicos y algunos de ellos severamente peligrosos como el asbesto causante
directo del cáncer. Los residuos tóxicos han quedado en la atmósfera durante
semanas y esto es lo que inhalan los primeros trabajadores que contrataron para
la limpieza de la denominada zona cero”.
Lo mismo sucedió con la guerra del Golfo Pérsico,
los primeros pelotones y batallones en entrar a la zona de fuego fueron
principalmente latinos y minorías raciales de diverso tipo, con la promesa de
que si regresaban vivos les concederían la ciudadanía estadounidense.
Esta es la historia de los hechos, se habla de 100
mexicanos que están sufriendo en estos momentos las secuelas de los actos
terroristas, pero la más criminal son los contratistas que sin ningún recato y
violando todas las leyes, mandaron a trabajar a estos hombres sólo con unos
guantes y tapabocas, todo ello a cambio de dinero. Las secuelas que tienen
estos trabajadores son irreversibles y es doble el castigo, te enfermas y no
puedes trabajar.
“Me
pidieron que limpiara un edificio de ladrillos rojos, de 25 pisos. Estábamos
empezando a armar los andamios y a meter el material, cuando me tocó salir (de
la zona). En uno de los retenes de la Guardia Nacional me detuvieron por ser
‘sospechoso’. Me interrogaron durante casi seis horas. Me amenazaron con
expulsarme del país. Finalmente, me soltaron y mi patrón me acomodó en otro
lugar fuera de la Zona Cero: me fui al número 44 de Wall Street”. Para lavar
ese edificio, Santiago —al igual que muchos otros trabajadores— sólo recibió de
su patrón un par de guantes de plástico y un cubre bocas, de los que se usan
regularmente en los hospitales. Trabajó allí seis meses.
“Cuando
lo estábamos lavando era como tierra mojada, de color negro y salía un vapor
bien concentrado. Pero cuando estaba seco, el más mínimo movimiento hacía que
eso se levantara. Era de color blanco cenizo y cuando se levantaba brillaba con
el sol; se veía como si fueran cristales. Sentías que los inhalabas. Todo mundo
los inhaló. Eso te daba bastante ‘piquín’ en la piel. Así estuvimos trabajando
con bajas temperaturas todo el invierno”, cuenta Santiago.
De
aquellos días, recuerda una gran masa de cenizas grises, como una hilera de
humo. Recuerda también que el Ejército de Salvación les daba desayuno y comida
gratis, justo a un lado de los escombros de las Torres Gemelas. “Los síntomas
me comenzaron a los 15 o 20 días del atentado. Me comenzó a molestar la nariz,
la comezón en los oídos y el cansancio (...) Luego, sentía que tenía estancado
algo en la nariz. Me limpiaba y no me salía nada, no tenía nada, totalmente
limpio, pero no podía respirar. A veces hasta me sangraba la nariz de tanto
sacudírmela. Desde entonces, me comenzó la comezón en los oídos. Era leve, se
soportaba, pero de unos meses para acá se volvió más mala. Fui al Lincol Center
Hospital y les dije que había estado ahí. No pasó nada. Sólo me dieron unas
gotas para los oídos, que no me funcionaron. Volví y me dijeron que no era nada
malo, que siguiera usando las gotas... Hace casi un año de eso y está
empeorando. Uno de mis compañeros tuvo que irse un día del trabajo porque le
empezó a sangrar mucho la nariz. Fue a un hospital en Queens y le hicieron un
lavado nasal... No supe ya después nada de él.”
Santiago
teme que se enteren de su enfermedad en la compañía en la que trabaja. Me van a
echar, dice. Afirma que puede conseguir trabajo en otra empresa, pero mientras
tanto estaría sin empleo. “Tengo una niña de 13 meses y una esposa que
mantener. Soy el único sostén de mi familia, comenta con preocupación. Si esto
se quitara con una demanda, sería bastante bueno, pero si mi cuerpo se empieza
a amolar más... está de pensarse, reflexiona. De los últimos seis meses para acá, me salía de los oídos un
líquido blanco, como agua. Pero de un mes para acá, el líquido me sale con
sangre, sangre negra. A veces no me doy cuenta, cuando veo ya me está
escurriendo. Es de los dos oídos. Y la resequedad en la boca: la tengo desde el
primer mes.” [2]
Esta es una de las pocas
historias conocida; seguramente hay más. ¿Sabremos algún día la verdad
completa?
* Profesor de Carrera de la UNAM.
Cuestiones de América Nº 11,
Octubre-Noviembre de 2002
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[1] Al respecto véase: Instituto Mexicano de Psiquiatría. Resultados de las encuestas de consumo de drogas de estudiantes SEP:IMP. México. Y también las denuncias del Gobierno del Distrito Federal, sobre la distribución de drogas al interior y alrededor de las escuelas en el DF.
[2]
Revista proceso hemeroteca. Síndrome silencioso Rodolfo
Valtierra