Cuestiones de América N° 10

Agosto-Septiembre de 2002

 

La Guerra Sucia en América

 

La historia de los pueblos del mundo incluye pasajes amargos que nunca podrán ser olvidados. Relatos en los que, como indican los participantes de este número de Cuestiones de América, se asesinaron los sueños, las ilusiones, las fantasías y las esperanzas de miles de hombres y mujeres, territorios signados por la barbarie, páginas de vergüenza e infamia, ignominia y de terror, de dolor y de llanto en las que sobre todo jóvenes en la plenitud de sus facultades perdieron lo más valioso de su naturaleza: la vida, sus facultades y las utopías.

Si bien, como dice Pilar Calveiro, “toda guerra es sucia”, lo cierto es que en ocasiones diversos actores, organizados, supervisados, financiados y al amparo de todos los recursos legales e ilegales existentes, se dieron a la tarea de impulsar —como en los mejores años del tristemente célebre nazismo, autor directo de 50 millones de muertes en la primera mitad del siglo XX— el exterminio de toda oposición a los designios de los negocios conducidos, al menos en América Latina, por el dólar. El uso del extremo, en el combate del enemigo. El cueste lo que cueste y pase lo que pase.

“Muchas veces —dicen los relatos— vienen de noche pero otras veces también a plena luz del día. Sin orden de detención, se llevan al padre, a la madre o al niño. La víctima desaparece, sin dejar huellas...” Así, la Guerra Sucia ha sido, quiérase o no, una realidad desde hace décadas, al asumir formas muy distintas y variadas en los que están implicados grupos clandestinos conocidos y desconocidos, muchos de ellos militares o paramilitares, quienes al amparo de ideologías prevaricadoras, bajo la cobertura de los gobiernos y el financiamiento de poderosos oligarcas que se han nutrido de esos beneficios, han sostenido un sistema que, de otra manera, hubiera caído ya víctima de sus propias contradicciones.

La Operación Cóndor, virtual “internacional de la muerte” que respondía, como muchas de aquellas acciones, a la pretendida la seguridad nacional de los Estados Unidos, fue una fatídica realidad en varios países latinoamericanos. Su puesta en práctica estuvo avalada y estimulada por los servicios de inteligencia norteamericanos. Desde sus orígenes, la propia CIA estuvo de hecho involucrada en otras operaciones encubiertas, que buscaron quebrantar al “enemigo”, desestabilizar gobiernos y asesinar a sus dirigentes. La Escuela de las Américas, por antonomasia la Academia Militar de la Guerra Fría, acusada de ser una “Escuela de asesinos” en la que se graduó medio millar de soldados que fueron en otros momentos acusados de delitos y violaciones a los derechos humanos, no es sino sólo un ejemplo, entre cientos y cientos.

Los militares en Argentina promovieron en su tiempo la llamada teoría de “los dos demonios” para justificar sus acciones. Por fortuna esos años negros han pasado y hoy son muchos los que incluso piensan que los alzamientos militares y las tiranías son cosa del pasado. No obstante, nadie puede garantizar que esa época absurda no pueda regresar. Hoy grandes nubarrones oscurecen los cielos mundiales y con halcones en el poder como los que —al mejor estilo del presidente George W. Bush— insisten en hablar de una supuestamente eterna lucha “del Bien contra el Mal...”, donde a pesar del pretendido Estado de Derecho se siguen registrando casos de desapariciones forzadas de personas, donde muchos tribunales recurren a las mismas medidas fraudulentas de las dictaduras para proteger a los asesinos de entonces, donde nadie —hay que decirlo de nuevo— garantiza que tales hechos sean sólo cosa del pasado.

Hay un presente que alarma y un futuro que inquieta más, en el cual sólo la mayor conciencia de los problemas podrían otorgar a nuestros pueblos la capacidad suficiente para enfrentar cualquier otro “enemigo” que pretendiera arrebatarle la soberanía de decidir el destino de sus acciones y sus esfuerzos diarios. Valgan estos pocos testimonios acerca de la Guerra Sucia en América —solamente una muestra de lo mucho que hay que decir y saber—, para dar esperanza y fortaleza en el camino.

 

 

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