Cuestiones de América
Venezuela: Un Pueblo que no Soportó 48 Horas
de Guerra Sucia
Jorge Arreaza Montserrat *
Existe la certeza, o al menos la sospecha en el mundo, de que en
Venezuela ocurre algo “poco usual”. Se sabe que a Bush no le agrada lo que
pasa; que a Aznar le produce urticaria; que las relaciones entre el nuevo
gobierno de Bogotá y el de Venezuela, no son auspiciosas; que los paramilitares
colombianos consideran objetivos militares a miembros del gobierno de Caracas;
que los principales empresarios venezolanos son abiertos opositores del
gobierno; que los grandes medios de comunicación están a la vanguardia de esa oposición; que la Central obrera más
importante del país convoca huelgas insurreccionales; que muchos ciudadanos le
solicitan la renuncia al Presidente Chávez, pero que, según las encuestas, no
son mayoría; que durante el Golpe del 11 de abril trató de formarse un gobierno
patronal, en el cual se excluía, precisamente, a la mayoría e incluso a la
mayoría de la oposición que es democrática; que aquí hubo muertes provocadas el
11-A y es lógico intuir a quiénes beneficiaron, un beneficio que no duró más de
48 horas; que hubo un pueblo que salió a las calles el 13 de abril, en plena
dictadura, con un librito azul en la mano (la Constitución) a reclamar que se
restaurara un gobierno legítimo; que los EEUU sabían del Golpe y ...; que en
Venezuela el Foro Social Mundial es mucho más relevante que el Foro Económico
Mundial; que James Carter quiso sentar en una mesa a opositores y gobernantes,
y los primeros se negaron; que se vociferaba en los medios que el gobierno
venezolano y la guerrilla colombiana secuestraron en conjunto a un importante
empresario, para luego enterarnos que los plagiarios eran paramilitares
colombianos de la extrema derecha; que en Venezuela hay un pueblo
experimentando una alternativa económica y política que, de resultar
exitosa, va a propiciar muchos procesos
semejantes en países hermanos;
Por supuesto que lo ocurrido el 11-A se
venía venir. Demasiada irreverencia tan cerca de las costas de Florida, del
Canal de Panamá; demasiados pozos de petróleo en un mismo país; demasiadas
críticas a la aldea global desde voces mestizas, negras, blancas e indias;
demasiadas pretensiones de ejercer soberanía; demasiadas alusiones a la
integración latinoamericana y caribeña. Así que los factores del poder
económico mundial, incluyendo los nacionales, decidieron aliarse y socavar las
bases de un proceso considerado un adefesio para el capitalismo convencional.
Para ellos lo que ocurre en Venezuela es una especie de virus que puede
provocar una epidemia mundial si no se toman las medidas curativas y
preventivas inmediatamente. Pero qué
difícil! Si hubiesen decidido dar al traste con el gobierno de Pinochet o con
el de Fujimori, se les hubiese hecho más fácil la labor. Pero qué problema: en
Venezuela el gobierno no viola los derechos humanos, no hay desaparecidos, ni
periodistas muertos, ni hubo manifestaciones con resultados sangrientos hasta
el 11-A. Cómo demostrar ante el mundo y los organismos internacionales que era
preciso derrocar a Hugo Chávez, si lo habían elegido democráticamente dos veces
en dos años. Había que buscar muertos,
al menos un par de ellos, de lo contario, su labor era injustificable. Hasta
que por fin, después de diversas marchas multitudinarias, después de distintos
intentos por provocar al gobierno y a sus simpatizantes para que se desataran
en arrebatos de violencia, planificaron su obra maestra: el desvío de la marcha
opositora al palacio de gobierno para fomentar esas muertes que tanto deseaban
fotografiar y divulgar. Que conveniente: los francotiradores, la sangre y las
infinitamente repetidas imágenes de los pistoleros que, erráticamente,
dispararon sus armas desde un puente hacia la Policía. Los medios le hicieron
creer al mundo, e incluso parte del
país, que le disparaban a una manifestación pacífica de gente desarmada y con
intenciones democráticas.
La Casa Blanca
responsabilizó, en principio, al gobierno venezolano por el Golpe de Estado,
alegando su responsabilidad al distanciarse de las prácticas democráticas y de
usar armas de guerra para detener una manifestación. Incluso, muchos militares
venezolanos, que no comprometidos con
la planificación del golpe, se dejaron llevar por los medios de comunicación y
le dieron la espalda a las instituciones. La guerra sucia dio resultados...
efímeros. El máximo líder empresarial del país se auto proclama Presidente de
un supuesto gobierno de transición democrática. Un decreto que días antes había
pasado clandestinamente por las manos de juristas y constitucionalistas, la
mayoría de los cuales lo improbaron, es promulgado: al mejor estilo
tiránico, liquidan las instituciones
democráticas; obtienen facultades para legislar, para destituir a funcionarios
elegidos por el pueblo; e incluso llega a establecer que el ordenamiento legal
existente, tendría vigencia en tanto no afectase las disposiciones emanadas del
supuesto nuevo gobierno. El decreto es aplaudido eufóricamente y firmado en
acto público por una serie de manos y rostros desconocidos en su mayoría, entre
ellos líderes empresariales, voceros eclesiásticos, partidos políticos
prehistóricos y militares de alto rango, muy satisfechos. La conclusión de los
presentes en semejante acto es una: el pueblo entero se levantó contra Chávez,
antes de renunciar él mandó a asesinar a los protestantes, él ha de ser
encarcelado y sus partidarios han de ser perseguidos y “juzgados”.
De inmediato comenzaron
las persecuciones, los allanamientos, la represión policial. El día 11
fallecieron unas 20 personas, entre el 12 y el 13 unas 60. Hugo Chávez estaba bajo custodia militar, no
había renunciado. El pueblo democrático venezolano comenzó a reaccionar. Tras
la lectura del decreto la inmensa mayoría de los opositores se dieron cuenta de
la manipulación de la que habían sido objeto y se refugiaron en sus hogares, no
hubo apoyo de calle a la dictadura. Los partidarios del gobierno y los
demócratas convencidos, comenzaron a movilizarse de distintas formas. Muchos se
fueron a las calles, sin temor alguno, arriesgando su vida, con la Constitución
Nacional en sus manos, a solicitar la reinstauración del gobierno legítimo. Se
concentraron ante el Fuerte Tiuna (base
militar donde se suponía estaba secuestrado Hugo Chávez), ante el canal de
televisión del Estado ( que había sido tomado y sacado del aire el día del
golpe por una policía regional ), ante el mismísimo Palacio de Miraflores (en
cuyo interior se encontraban los golpistas tratando de concretar las
juramentaciones de su tren ministerial); y en el interior de la República, se
agrupaban ante instituciones públicas y bases militares. Otros ciudadanos, haciendo uso de sus
teléfonos, del internet, del fax, etc... se dedicaron a enviarle al resto del
mundo, denunciando con centenares de
documentos con alegatos constitucionales, la realidad del golpe, de la
dictadura, de la guerra sucia.
El país comenzó a
movilizarse desde sus entrañas. Los medios de comunicación comerciales se auto
silenciaron, las protestas en la calle eran espontáneas, francas. El Fiscal
General engañó a los medios al convocar una conferencia de prensa para anunciar
su supuesta dimisión, lo que hizo fue advertir que el Presidente Chávez no había
renunciado. Los militares, saliendo de la confusión, comenzaron a reaccionar y
a buscar la manera de restituir el orden constitucional. No había anochecido el
13 de abril, cuando ya el dictador anunciaba su renuncia, los ministros del
gobierno de Chávez entraban al Palacio de Gobierno protegidos centenares de
ciudadanos y se anunciaba la reinstauración del régimen constitucional. No
había amanecido el 14, cuando Hugo Chávez, liberado, se dirigía una vez más al
país desde la silla presidencial. El Pueblo y la Fuerza Armada lo habían
logrado. Bastaron horas para derrocar un gobierno derechista cuyos integrantes
habían tratado de derrocar a Chávez desde 1998. Se le puso un freno popular,
humano y humanista, constitucional y ético, a las pretensiones de implantar un
régimen de consecuencias impredecibles, que en escasas 48 horas mostró la faz
de una guerra sucia que, apenas comenzaba, y que no ha de continuar jamás.
No afirmamos que el
gobierno venezolano haya sido intachable, que la Revolución Bolivariana sea perfecta
y pulcra. De lo que se trata es de
hacer notar que gracias a que los venezolanos soberanamente hemos querido
darnos nuestro propio sistema de gobierno, en el marco de la democracia, el capitalismo y el respeto a los Derechos
Humanos, estuvimos al borde de caer en las garras del fascismo que se opone a
que seamos un pueblo autónomo, viable e innovador (o inventamos, o erramos,
decía Simón Rodríguez, Maestro del libertador). El nuestro, es un proceso de
reivindicaciones sociales innegable, que avanza con sus contradicciones, con
sus turbulencias, con sus errores y con sus virtudes, pero avanza. Ha sido
nuestra decisión emprenderlo y sólo podrá detenerse a través de la voluntad de
los ciudadanos. Afortunadamente, la situación actual ha hecho que se caigan las
máscaras, han salido a la luz los opositores golpistas, supuestos partidarios
del proceso también golpistas, la oposición institucional, los chavistas
enceguecidos. Se trata ahora de seleccionar a los actores democráticos para
entablar un diálogo nacional de amplia base, que nos permita canalizar métodos
compartidos para alcanzar las metas propuestas en la Constitución Nacional. Se
trata de afianzar la democracia, de gobernar con eficiencia, de respetar la
voluntad de los pueblos, de respetar las diferencias y de evitar la guerra
sucia, venga de donde venga.
*
Profesor de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV
Cuestiones de América Nº 10, Agosto-Septiembre de
2002
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