Pedro Reygadas *
La Guerra Sucia es una realidad de la vida
mundial desde hace décadas. Es parte de la lucha entre opresores y oprimidos a
escala nacional y mundial. Es el ala militar de la estrategia del Banco
Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de comercio
para enfrentar la insurrección que se genera por la privatización, la sangría
financiera, la inflación y el saqueo. En esta nota, más que describir la Guerra
Sucia, quiero recordar algunas anécdotas personales.
En 1981, recorrí la sierra de Guerrero, reconstruyendo para un documental la lucha campesina y guerrillera. En las montañas, nos encontramos, además de con la madre de Lucio Cabañas, con uno de los pocos luchadores lúcidos del proceso de fragmentación de El Partido de los Pobres, sumido en la descomposición tras la muerte de Lucio Cabañas en El Otatal el 2 de diciembre de 1974, atacado por un ejército entero mientras se defendía con un puñado de compañeros desde una hondonada. El luchador en cuestión era Francisco Fierro Loza. Cuando hablamos con él nos dijo: “no voy a salir nunca, porque si salgo me van a matar”. Sin embargo, un día salió y se acogió a la amnistía. Lo mataron. Estas historias de muertes selectivas forman parte del anecdotario cotidiano de la Guerra Sucia. Se llevan en su marcha a un sinnúmero de líderes sociales, en especial a los de mayor arraigo, claridad y potencialidad en todo el mundo. En el recorrido por la sierra, fuimos recogiendo además otros testimonios, pueblo tras pueblo, de un hermano, un padre, un amigo desaparecido en la Guerra Sucia de Guerrero para “quitarle el agua al pez”; es decir, para matar y aterrorizar al pueblo para evitar que se uniera a la guerrilla. Los muertos eran muchas veces militantes, otras veces eran simples ciudadanos utilizados para el escarmiento y que salieron perdedores en la ruleta de los mandos militares y policiacos.
Entre 1990 y 1993 escribí junto con dos militares de izquierda
salvadoreños, dirigentes de los golpes de Estado izquierdistas de 1973 y 1989,
los libros de sus vidas. Cuando se vive dentro de las entrañas de la
institución militar, se comprende como la Guerra Sucia no es sólo un asesinato
selectivo. Consiste en una política permanente a lo largo y ancho del mundo. En
El Salvador comprendía eventos como el de un soldado de la Guardia Nacional
aventando al aire prisioneros para hacer que sus subordinados los clavaran en
sus bayonetas y se enseñaran a no temer a nada; el estudio para la tortura
sistemática; el arrasamiento de un pueblo previa violación de todas sus
mujeres; el confinamiento en iglesias sin dejar a nadie salir a comer o hacer
sus necesidades durante días y matando cada día al que osara “soliviantarse”;
la persecución mediante comandos como los que asesinaron a las monjas
comprometidas y a los jesuitas intelectuales de izquierda como el padre
Ellacuría. La Guerra Sucia es la estrategia imperial de Estados Unidos para
impedir que el descontento alcance proporciones que permitan el triunfo de
cualquier movimiento popular radical.
En 1995, viajé a las Islas Marías para hacer un reportaje sobre
los prisioneros de este legendario centro de encarcelamiento que se había
convertido, por breve tiempo, en una prisión modelo en algunos aspectos. Yendo
en el barco, nos llamó de pronto un militar, encargado de la misión de
transportar a los familiares cada semana a las islas –los familiares esperaban
en una explanada y luego tras horas de espera y revisión, subían al barco y al
descampado de la cubierta, cruzaban el océano nocturno para llegar por la
mañana a ver a sus familiares o amigos convictos-. El susodicho militar nos
mostró la televisión, en donde, en medio de las interferencias, nos informaban
que habían capturado a los “líderes” zapatistas Elorriaga y Benavides. “El
Güero” y “Elisa” eran compañeros míos de trabajo y amigos queridos involucrados
con el zapatismo. Por un momento, pensé que ya no iba a regresar de las Islas
Marías, pero al cabo, nada sucedió, salvo la angustia de no saber que pasaría
con nuestros amigos mientras teníamos que permanecer aislados en las Islas
Marías. La Guerra Sucia comprende estas acciones estratégico-policiacas
permanentes para “descabezar” movimientos sociales, como ese febrero de 1995 en
que encarcelaron a supuestos y reales simpatizantes del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional. En esas fechas, en realidad, nos informó el tristemente
célebre Acosta Chaparro, tenían pensado capturar o matar al subcomandante
Marcos, pero la jugada “no salió”.
En el Distrito Federal, el movimiento por la vivienda del
Frente Popular Francisco Villa, tuvo que vivir escondiendo a sus líderes por un
año o más, acosados por la persecución policiaca, cobijada bajo sendas órdenes
de aprehensión. No les perdonaban que cuando fue el entonces regente de la
Ciudad de México, Espinosa Villareal, le hubieran exigido políticas y
respuestas en lugar de sumarse a su demagogia. Tampoco les perdonaban que
fueran una organización inexpugnable, de vocación socialista. Ni mucho menos
les perdonaban que en el ataque armado a una manifestación en la “Cabeza de
Juárez” en lugar de tener miedo hayan tomado presos a policías y militares
drogados y alcoholizados. La persecución de la Guerra Sucia se hace también
bajo el marco de la ley y el Estado de Derecho.
La Guerra Sucia implica que ningún movimiento de arraigo
popular y profundo con perspectivas de cambio radical puede dormirse en sus
laureles. La democracia es una bonita palabra para llenarse la boca, pero la
realidad es la de una dictadura de los organismos financieros internacionales y
de oligarquías nacionales que aceptan moverse a la apertura política siempre y
cuando no esté en riesgo la reproducción de capital. La realidad es siempre más
cruel y cruda que la pantalla de un sistema electoral.
* Editor de Cuestiones de América.
Cuestiones
de América Nº 10, Agosto-Septiembre de 2002
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