La Guerra Sucia en México en la Década de
los Setenta: una Historia de Infamia, Genocidio y Represión
Javier Pérez Duran y Héctor Magaña Vargas *
La Guerra
Sucia en México durante los años setenta perpetrado por los aparatos de
represión de los gobiernos priístas, llevó a un sector de la población
mexicana, principalmente jóvenes en la plenitud de sus facultades a enarbolar
la bandera de la libertad y la justicia. Los estudiantes fueron los principales
protagonistas y también las primeras víctimas del genocidio gubernamental.
Definitivamente
nunca se presentó una conflagración, en realidad no se puede decir que haya
sido una guerra, ni mucho menos un enfrentamiento entre dos fuerzas militares.
Se habla metafóricamente de guerra sucia, como se hace referencia a la guerra
de baja intensidad, la guerra fría, la guerra psicológica.
Es
una forma de decir las cosas, un eufemismo para no decir genocidio, ejecuciones
sumarias, asesinatos a sangre fría, desaparecidos, torturados...
Es
la larga noche de una historia que no termina de escribirse y lo que
pretendemos con este número de Cuestiones de América es hacer una contribución
al conocimiento y la reflexión de esta época que marcó para siempre la
conciencia de una nación.
34
años después los responsables de tales acciones no han sido castigados. El
partido en el poder se ha encargado de encubrir a los verdaderos responsables
de la muerte y desaparición forzosa de millares de compatriotas, vaya, hasta el
expresidente Miguel de la Madrid Hurtado declaró recientemente que le había
resultado imposible obtener información verídica sobre los acontecimientos del
68. ¿Cinismo o incapacidad?
“A mi modo de
ver, nos ha faltado que el gobierno mexicano aclare con mayor precisión los
acontecimientos de aquellos años, del 68 y de la llamada guerra sucia”.
¿Por qué
no se hizo nada en su sexenio para esclarecer los hechos? Le pregunta un
reportero y responde de una manera inverosímil
“_Traté de
hacerlo pero las circunstancias me lo impidieron. Falta de archivos ordenados”
decía el expresidente y continuaba con su retórica absurda e incoherente
¿Había
presiones políticas o del mismo ejército que no le permitían seguir?
Había
actitudes de resistencia.
¿De quién?
Políticas.
Entonces,
¿el Presidente no tenía control absoluto en su sexenio?
Pues yo no
pude vencer esas resistencias.
¿De qué
magnitud eran estas resistencias políticas?
Pues cuando
yo pedía materiales, me decían que no existían.
¿Al
Presidente le decían eso?
Eso, eso.
¿Y cómo
era posible que pasara esto en un país en donde sabemos que el presidente tiene
una figura central?
Para que vea
usted que el Presidente no es tan
todopoderoso.
¿Les creía
cuando le decían “no hay”? [1]
Si, me decían
que no había.
Esta es la
disciplina priísta, no hablar más de lo debido, seguir las reglas no escritas,
ser fiel a su antecesor, ocultar la verdad y mantener en secreto lo que se
sabe.
La
década de los setenta en el continente se expresa por fuertes convulsiones
sociales y políticas. Desde la guerra de los cohetes en la confrontación entre
las grandes superpotencias de ese entonces, la Unión Soviética y los Estados
Unidos. El auge y consolidación de movimientos revolucionarios empezando por la
Revolución Cubana, el Movimiento de la Nueva Joya en Granada, la Revolución
Sandinista en Nicaragua, el creciente
proceso insurgente de El Salvador con el FMLN-FDR, la ORNG en Guatemala, el
proceso de emancipación nacional en Chile con Salvador Allende, y demás
movimientos de liberación nacional en el Cono Sur y otras partes del mundo.
Principalmente
está presente la figura de Ernesto Che Guevara. El símbolo de la resistencia y
la entrega a la lucha revolucionaria en América Latina.
En
todo este contexto destaca una concepción antiimperialista, de lucha por
derrocar el régimen capitalista y por construir una opción alternativa: El
socialismo.
Estas
ideas impregnaban las mentes de los luchadores sociales. Buscaban una verdadera
y genuina transformación social.
Construir
un mundo mejor, forjar una patria nueva, ¿Cuál era realmente el propósito de
estos jóvenes?
La represión primero selectiva y después masiva, indiscriminada contra toda población inerme, era un mensaje claro: si participas y te involucras en estas luchas terminas así.
Las
secuelas del movimiento estudiantil del 68 se reflejaban en diversos sectores
de la población. La gran mayoría de los grupos organizados de manera
independiente mantenían vínculos con los sucesos de octubre de 1968.
El
objetivo era claro, dar un golpe certero a cualquier intento de organización y
de resistencia, la muerte ronda cerca, el último recurso del gobierno, la
mínima posibilidad
La
Guerra Sucia en México tuvo dos actores principales: los desaparecidos
forzosos, los masacrados, perseguidos, silenciados, torturados, vejados y
asesinados y por otro lado, la más feroz de la acción gubernamental aplicada
con todo el poder del Estado mexicano en los setenta.
Las
secuelas del movimiento del sesentayocho generaron una radicalización de las
fuerzas democráticas y progresistas. No hay opción por la vía pacifica y es
entonces que se emprende otras formas de lucha.
Algunas
de las organizaciones que participaron en esta etapa de nuestra vida política
nacional fueron:
De
parte del Estado se crearon las brigadas blancas, grupos paramilitares, el batallón
Olimpia y demás grupos de élite estrenados para enfrentar la lucha insurgente.
Posteriormente
surgen infinidad de organizaciones civiles como el grupo Eureka de doña Rosario
Ibarra de Piedra, el Comité Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y
Exiliados Políticos de México, la Asociación de Familiares de Personas
Desaparecidas y el Comité de Chihuahua pro Defensa de los Derechos Humanos
(CICH) realizaron un plantón en la plaza de armas de Ciudad Juárez para exigir
la presentación con vida de 530 personas que fueron secuestradas en el estado
de Chihuahua en los últimos años. En Huejutla, Hidalgo, el Comité de Derechos
Humanos de la Huasteca y la Sierra Oriental (CDHHSO e infinidad de madres,
hermanos y familiares que aún buscan a sus desaparecidos.
La
Psicología de los Personajes:
los
Torturadores y los Torturados, las Víctimas y los Victimarios.
¿Qué
genera el impulso de asesinar a un ser humano indefenso, sobre todo un crimen
legalmente constituido por el propio Estado? Es decir, cualquier otro tipo de
asesinato se castiga por ley, todos, excepto los crímenes de guerra, los
asesinatos masivos, las ejecuciones sumarias o como decían algunos policías
mexicanos, “este sujeto es desechable”.
Se
ha escrito demasiado sobre el leit motiv que hace que un torturados infrinja
daño a otras personas, es su trabajo dice él, para eso lo contratan. Empero,
hay en el fondo algo más que pretendemos develar. Es un tránsito de los estados
latentes a los manifiestos, aquello que está vedado, que no es evidente, que
perméa el ambiente. Por ejemplo se sabe que algunos violadores en su infancia
también sufrieron de una violación. Que padres maltratadores y golpeadores
tienen una historia de maltrato en su infancia. ¿Nos preguntamo si esto mismo
se puede aplicar a los torturadores, es decir que ellos en algún momento de su
vida sufrieron de violencia hacia su persona.
Sin
tratar de justificar ni mucho menos compadecer a los victimarios, tratamos de
hurgar en la psique humana para desentrañar algunos vestigios de estos miserables
personajes.
Citaremos
tan sólo un ejemplo que nos permita ilustrar lo que sucede con algunos de los
que participaron en violaciones a los derechos humanos y sobre ejercieron
acciones de represión y tortura hacia otras personas.
El
escenario es la guerra de Argelia y los actos de genocidio y tortura del
ejército francés. El objetivo: ganar a toda costa la guerra. Los verdugos:
oficiales de alto rango del ejército francés. Las victimas: los revolucionarios
argelinos. Se justificaban de múltiples maneras aduciendo simplonamente que
“Yo, por lo que a mí concierne estoy decidido a interrogarlo hasta que responda
a mis preguntas”. Otro general llamado Bollardière fundamenta su decisión de
torturar sin ningún remordimiento ni sentido de culpa y dice. “No se solía
llamar hombres a los argelinos, se les llamaba ratones. O chivos. Y en tales
circunstancias se le hace a uno fácil torturar a un ratón, ya que uno se figura
que no se trata de un hombre”.[2]
¿Quiénes
son estos verdugos? Son nada menos que militares graduados con los más altos
honores, los generales Massu y Aussaresses; miembros de la resistencia
antifascista en la segunda guerra mundial. Robert Lacoste primer responsable de
las ejecuciones de torturas en Argelia era un destacado miembro de la Resistencia
contra los alemanes. El capitán Thomas era un francotirador guerrillero durante
la liberación y combatiente en indochina, fue el responsable directo de
ejecutar a 10 rehenes en castigo por una acción del enemigo. Y así siguen las
historias.
La
paradoja se impone, lo inverosímil nos muestra que la realidad es otra, que es
posible construir realidades alternas.
En
el caso de México con la matanza-genocidio de los estudiantes de la plaza de
las tres culturas en 1968 y en el trágico jueves de corpus, en 1971, se
abren dos heridas sangrientas en la vida social y política.
Una
parte de la verdad pasa necesariamente en reconocer, identificar y determinar
definitivamente la participación del gobierno de los Estados Unidos en apoyar y
financiar e inclusive preparar militarmente a los gobiernos mexicanos que
estuvieron involucrados directa e indirectamente en esta Guerra Sucia.
La
información respectiva no es posible investigarla en México, aún, forma parte
de esa historia vedada, de archivos que no fueron desclasificados y que no le
conviene a los grupos de poder que se conozca la verdad.
Se
ha afirmado que no, que los estados Unidos nada tuvieron que ver en las
acciones de la Guerra Sucia en México, que nunca apoyaron ni ofrecieron ningún
tipo de respaldo, ni militar ni de ningún otro tipo. Así lo han declarado los
que han comparecido frente a la justicia mexicana recientemente, de la misma
manera se ha expresado el ex presidente Luis Echeverría Álvarez en su declaración
ante al ministerio público en el mes de julio de 2002.
Sin
embargo, la realidad se impone y son los propios Estados Unidos que en
documentos recientemente desclasificados, siguiendo sus propias leyes que según
un tiempo determinado después de los hechos, es obligación por ley que se
ofrezcan a la luz pública los documentos respectivos.
Durante
la administración de Richard Nixon se reconoce explícitamente que los Estados
Unidos solaparon y apoyaron la política de exterminio de los guerrilleros y movimientos
de liberación nacional de grupos opositores y sobre todo el derrocamiento de un
movimiento comunista mexicano.
El
semanario mexicano Proceso publica en su archivo-hemeroteca estos documento y
en ellos se confirma la tesis de que el gobierno estadounidense se conformó un
contubernio con el mexicano para exterminar a estos jóvenes opositores.
En
diciembre de los Estados 1973, el gobierno de Luis Echeverría adoptó la
política ilegal de matar guerrilleros aun cuando estuvieran detenidos en
cárceles u hospitales. Lo anterior lo consignan varios informes secretos del
Departamento de Estado de Estados Unidos, recientemente desclasificados. A
partir del caso del guerrillero Pedro Orozco Guzmán —quien pertenecía al Frente
Estudiantil Revolucionario (FER) y murió luego de ser herido y detenido por la
policía, en Guadalajara, en diciembre de 1973—, el cónsul estadounidense en esa
ciudad, M. J. Ortwein, envió a Washington al menos tres documentos secretos
para informar sobre las acciones que estaba aplicando el gobierno de Echeverría
contra los grupos guerrilleros mexicanos.
Las
órdenes son tomar medidas drásticas: hacer que los terroristas sean
‘desechables’ cuando no haya duda de su culpabilidad (...) las órdenes son
reprimirlos hasta donde sea posible, señaló a Ortwein el jefe de la Unidad del
Servicio Secreto de México en Guadalajara, Trinidad López Castro, en una
conversación privada enviada a Washington en el Airgram número A-92 de fecha 28
de diciembre de 1973.
Más
aún: El Servicio Secreto está trabajando ahora inconstitucionalmente (sin el
debido proceso legal), pero con apoyo del gobierno (...) Todas las autoridades
que trabajan ahora contra los terroristas están autorizadas a omitir el debido
proceso legal, informó López Castro a Ortwein, de acuerdo con el mismo
documento.
La
política de desechar a miembros de los grupos armados coincidió con un
compromiso explícito que entabló el entonces presidente Luis Echeverría con su
homólogo estadounidense, Richard Nixon, de encargarse de la amenaza comunista
en el flanco sur de Estados Unidos. Así lo asegura un telegrama confidencial
enviado al Departamento de Estado por el embajador de Washington en México,
Robert McBride, en 1971.
En
el contexto de la Guerra Fría, Echeverría aplacó las preocupaciones del gobierno
estadounidense, el cual —conforme a los documentos desclasificados— siguió de
cerca la guerra sucia mexicana y sus atrocidades
Tanto
Elizondo como Urquijo dejaron claro que su propósito, para el cual Urquijo dijo
que había recibido carta blanca del presidente (Gustavo Díaz Ordaz), es crear
una organización policial que ofrezca una nueva aproximación a los problemas
subyacentes de estudiantes y otros desórdenes instigados o liderados por
comunistas, resolviéndolos antes de que se magnifiquen, informó al Departamento
de Estado el consulado estadounidense de Monterrey, según consigna un telegrama
confidencial de junio de 1967.
Agregó
que si es exitoso, esto podría servir como un modelo para todo México. Y
recomendó a Washington dar al pedido el máximo posible de apoyo.
Washington
respondió que dicha solicitud debía ser canalizada formalmente por el gobierno
mexicano, pero la traba burocrática se solucionó con una llamada telefónica del
propio Echeverría, entonces secretario de Gobernación, a la embajada de Estados
Unidos en México.
Se
acordó que el pago de los entrenamientos corriera por cuenta de las autoridades
mexicanas y que los participantes en el curso dijeran a sus amigos que están
visitando Estados Unidos como turistas, debido a que no se desea publicidad
sobre el verdadero motivo del viaje, indicó otro telegrama al Departamento de
Estado.
Poco
tiempo después de asumir la Presidencia, Echeverría demostró a Washington que
se disponía a aplicar mano dura. En enero de 1971, su canciller Emilio Rabasa
telefoneó a la embajada estadounidense y pidió nuevo entrenamiento para
mexicanos seleccionados en trabajo policial y control de masas, como consta en
el telegrama confidencial 676, enviado por el embajador McBride.
Según
este documento, el encargado de coordinar dicha operación sería, por parte de
México, el coronel Manuel Díaz Escobar, lo que despertó dudas en la diplomacia
estadounidense por ser el hombre que comandaba a Los Halcones, el grupo de
matones organizado por el gobierno para reprimir a opositores.
Otro
telegrama remitido al Departamento de Estado el 6 de enero de ese año, también
firmado por el embajador McBride, advirtió sobre el riesgo que significaba para
el gobierno de Nixon acceder al pedido para que luego Los Halcones trataran
duramente y quizás fuera de la ley a líderes estudiantiles y manifestantes, lo
que podría descubrir el entrenamiento secreto.
Pero
Estados Unidos accedió nuevamente al pedido y Díaz Escobar viajó a Washington
para ultimar los detalles.
Mientras
un primer grupo de 17 supuestos policías mexicanos se entrenaba en la Academia
Internacional de Policía, en Washington, entre marzo y julio de 1971, en México
Los Halcones reprimieron violentamente una manifestación estudiantil el 10 de
junio. [3]
Lo
más lamentable de esta situación es que sean los propios estadounidenses los
que nos ilustren sobre la verdad, en nuestro país parece que sigue siendo un
secreto de estado el ventilar los hechos y sobre todo castigar a los culpables.
¿Qué
intereses se mueven al interior del sistema político mexicano para no conocer
la verdad sobre la Guerra sucia en la década de los ochenta?
¿Qué
tipo de contubernio o compromisos políticos han entablado el anterior gobierno
priísta con el actual del presidente Vicente Fox que no se ha querido llegar
ala verdad y sobre todo el castigo a los culpables
¿Es
posible lograr que se cumpla cabalmente el estado de derecho y se haga justicia
a todas las familias afectadas?
¿El
gobierno de Vicente Fox y su partido el PAN asumirán el compromiso con el pueblo
mexicano para que los delitos de guerra y exterminio llevado a cabo en los 70
no prescriban y sean castigados todos los involucrados?
Testimonio
I (entrevista concedida en Julio de 2002)
“Mi nombre es J.G.G. y milité en el MAR
(Movimiento Armado Revolucionario) donde usaba un seudónimo cualquiera.
Los cuadros iniciales de la organización se
van a Corea del Sur donde reciben un entrenamiento político-militar, regresan y
forman dicha organización… Mi vida como militante en esta organización empezó
desde que era estudiante de la Escuela Nicoláita de Michoacán en el movimiento
estudiantil de 1966 donde esta universidad fue masacrada, después vino el 68 y
con los antecedentes que teníamos veíamos que era necesario crear una nueva
organización de tipo político y determiné incorporarme al MAR que junto con
otros compañeros de Michoacán que eran el grueso, que de alguna manera nos
conocíamos coincidimos en las formas y pensamientos políticos… como estudiante
específicamente lo que me motivo a unirme al MAR fue la situación política
nacional, especialmente los acontecimientos internacionales (caso de Cuba), los
mismos hechos históricos de la conformación de las Normales rurales y uno de
los aspectos principales es el golpe hacia las universidades populares… con estos
acontecimientos estábamos convencidos que la única solución era la vía armada,
fue muy poco lo que logramos sembrar, pero la semilla creo que sigue vigente”.
La represión:
Con respecto a la represión sabíamos en lo
que estábamos, ya que con el 2 de octubre del 68 sabíamos que el gobierno en el
poder no se iba a tentar la mano para aplicar la represión, al iniciar
estábamos concientes de que la represión la íbamos a encontrar, porque el
gobierno no iba a dejar su control político-militar que tenía y que sigue
manteniendo… nosotros pensábamos que un cambio en este país requiere ciertos
sacrificios y estábamos convencidos de formar parte de esos sacrificios para
una humanidad mexicana socialista… la represión se siente dura y fehaciente de
inmediato a nuestra detención, empezando por los castigos clásico conocidos
como toques en nuestras partes íntimas, el castigo de la vieja tabla que ellos
llamaban la momia (en la cual te enredaban todo el cuerpo con
vendas y posteriormente te metían en el agua y nos sacaban a punto de
ahogarnos).
Cuando inició el proceso en contra de
nosotros nos hicieron firmar varios cargos delictivos de los cuales nosotros no
éramos responsables, se nos castigaba constantemente porque querían saber más
acerca de nuestra organización y sobre nuestros integrantes… no sé dio la
delación de los demás militantes… al final de cuentas cuando nos trasladaron de
Michoacán a Lecumberri nos encontramos que nuestros compañeros ya estaban
detenidos… nos avisan que nos van a presentar ante la opinión pública, yo pensé
ya estamos del otro lado, pero la represión continuaba, concientemente sabíamos
que esta situación la estaban enfocando en el terreno meramente político porque
nuestro expediente estaba congelado, de antemano sabíamos que en cualquier momento
iban por nosotros y nos desaparecían a pesar de que ya habíamos sido presentado
ante la prensa… fuimos llevados a varios cuarteles militares y después de
varias vueltas fuimos aterrizados en la cárcel de Lecumberri.
Integración a la sociedad.
“Al incorporarse a la sociedad hay miedo (de
todo, ganas de vivir, incertidumbre)… después de salir existe la necesidad de
buscar trabajo y el primer trabajo que logro encontrar es en el PCM (Partido
Comunista Mexicano), porque era uno de los requisitos de la libertad (trabajar)
y con los antecedentes ¿Quién te iba a dar trabajo? Solo las organizaciones de
izquierda, en este caso el PCM y posteriormente me incorpore al sindicato de la
UNAM y aquí estamos”.
“Una de las razones que me hicieron quedarme
en el Distrito Federal fue que mientras estábamos en la cárcel (Santa Marta
Acatitla) la Escuela Nacional de Antropología e Historia nos invita a terminar
una licenciatura y empecé la carrera de Antropología Social, misma que esta
trunca”.
“Con respecto a mis compañeros les perdí la
pista, después de que nos dimos por ejecutados muchos se regresaron a Michoacán
y yo me he dedicado a la vida sindical”
Así es como J.G. nos ha relatado una parte
de lo que sucedió en la década oscura de los 70 y entre comentarios se mencionó
que la represión no únicamente se dirigió a los presos sino a sus familiares,
ya que se habló de algunos familiares de sus compañeros que sufrían
constantemente un acoso psicológico (seguirlos, amenazas, etc.).
Justicia pendiente en Los
Piloncillos, Guerrero
Gloria Leticia Díaz
Acapulco, Gro. (apro).- Después de 28 años
de impunidad, habitantes de Los Piloncillos, comunidad serrana de Atoyac,
fueron tomados en cuenta luego de abrirse una investigación formal contra
miembros del Ejército Mexicano que el 24 de abril de 1973 ejecutaron
extrajudicialmente a seis campesinos, señalados como colaboradores de Lucio
Cabañas Barrientos.
Así, la fiscalía recabó los testimonios de
Tranquilina Álvarez Sánchez, María Romero, Herminia Reyes Gutiérrez y Urbano
Calderón Santana, deudos y campesinos que estuvieron presentes la mañana en que
fueron ejecutados Crescencio Reyes, de 60 años; Toribio Peralta, de 19;
Margarito Valdez, de 60; Santos Alvarez; de 20, Eleazar Alvarez, de 16, y
Saturnino Sánchez, de 70, acusados sin pruebas de abastecer de alimentos a
Lucio Cabañas y a sus milicianos.
El primero de octubre del 2000, en su número
1248, Proceso relató el fusilamiento de cinco de estas personas y el asesinato
de Saturnino Sánchez en su casa, hechos que fueron atribuidos a militares, de
acuerdo con los testimonios de Francisca Sánchez Romero, hija de Saturnino, y
Cutberto Calderón Santana, quien formó parte de la comisión de habitantes de
Los Piloncillos que acudió al gobernador Israel Nogueda Otero y al entonces
secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, para exigir justicia.
Al semanario, los dos testigos aseguraron
que el tiempo no ha borrado de su memoria el olor de la sangre y las imágenes
dantescas de las detenciones ejecutadas por los militares, que llevaron al
paredón, que está en el centro de Los Piloncillos, a cinco de los seis
masacrados.
A estas alturas, don Cutberto, de 63 años, y
doña Francisca, de 45, no alcanzan a entender por qué su pequeña comunidad cafetalera
de escasas 15 casas, en extrema pobreza desde entonces, fue el objetivo de tal
matanza y de escarmiento para el resto de los pueblos de la sierra. Lo único
que supieron más tarde es que las seis muertes evitaron que todo el pueblo
fuera quemado, como eran los planes originales de los militares si a su llegada
no encontraban hombres.
El 24 de abril de 1973, a las ocho y media
de la mañana, doña Francisca se percató que un grupo de hombres, vestidos de
blanco y con un pañuelo rojo y armados, atravesaron corriendo Los Piloncillos.
Al mismo tiempo vio cómo al menos 400 soldados con cuatro tanques de guerra
rodeaban el pueblo. Al instante observó cómo sacaban a hombres, mujeres y niños
de sus casas y los llevaban al centro del pueblo. A cinco hombres de diferentes
edades, Chencho Reyes, Toribio Peralta, Margarito Valdez, Santos Álvarez y
Eleazar Álvarez, los soldados los obligaron a colocarse “con el rostro hacia el
paredón grande, cubriéndose los ojos, y por detrás les tiraron. Nomás les
dijeron que dónde estaba el bastimento de Lucio Cabañas”.
De su padre, ejecutado en su casa, Francisca
recuerda que a los militares les mostró documentos que acreditaban que acudía a
México para la rehabilitación de su pierna, pero no fue escuchado y, acorralado
en su propia casa, trató de esquivar las balas.
“De mi papá
quedaron pedazos de carne pegados en la pared; sus tripas, en el piso. A los
demás los desbarataron de la cara y el cuerpo. Cuando terminó la balacera, las
señoras recogieron quijadas, brazos y piernas y los enterraron en petates,
sábanas y costal. Mi papá sí tenía una gaveta que le mandó hacer una tía antes
que esto pasara. Cuando los enterraron, pusieron a tres en una tumba, a dos en
una y a mi papá aparte”, dice Francisca.
Hasta la fecha, Cutberto Calderón agradece a
su costumbre de salir a trabajar al campo antes que el sol salga, el que no
haya sido víctima de los excesos militares.
Fue en un momento de descanso, cuando su
mujer le llevó de comer al campo, cuando escuchó las detonaciones en Los Piloncillos.
Una vez que calcularon que los militares habían despejado el área, regresaron
al pueblo para ayudar.
Lo que más le impacta a Cutberto hasta ahora
es la imagen de la desolación, que no ha podido borrar: Me tocó ver cómo unas
señoras recogían los cuerpos y otras espantaban a los perros que se acercaban
para comerse los restos
Cuestiones de América Nº 10,
Agosto-Septiembre de 2002
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[1] Scherer, García. Julio y Monsiváis, Carlos (2002) Parte de
guerra II. Los rostros del 68. México:
Nuevo siglo- UNAM. Páginas 37-38..
[2] Citado en: Tzvetan, Todorov. La tortura
durante la guerra de Argelia. Revista Letras Libres. Año IV, número 43.
julio de 2002. páginas 12-15.
[3]
Tomado de: Gerardo Lissardy. Las
huellas criminales de Echeverría. Revista semanal Proceso.
Archivo-Hemeroteca. www.proceso.com.mx
Otras obras
de consulta
Carlos
Montemayor, en Guerra en el paraíso. Grijalbo
Salvador
Castañeda en ¿Por que no dijiste todo? (Grijalbo. 1980) y ahora en La
patria celestial (Cal y Arena, 1992).
Scherer,
García. Julio y Monsiváis, Carlos
(2002) Parte de guerra. Tlatelolco 1968. México: Nuevo Siglo Aguilar.