Cuestiones de América

 

Paisajes de una Guerra Sucia

Fernando Estrada Gallego *

 

 

Estas gentes de derechas siempre han carecido de la inteligencia necesaria para aparentar que tienen corazón. Las gentes de izquierdas no saben ni construir ni conservar.

Paul Valéry

 

Wittgenstein en Alpujarra

Siete de la mañana. Desde medianoche, el viaje emprendido para descubrir las huellas de la destrucción nos dejaba ilegalmente en un territorio signado por la barbarie. Llegamos como seres anónimos a Alpujarra (Sur del Tolima) y como seres anónimos nos perdimos entre los escombros y el lamento de unos paisanos abandonados al principio hobessiano del más fuerte. El centro de la población había sido arrasado por la acción conjunta de la artillería guerrillera, cilindros de gas cargados con pentolita y dinamita, bombas vietnamitas y el fuego de proyectiles hechizos  lanzados a “prudente” distancia. No hay cordón de seguridad que impida al curioso apreciar la magnitud del daño: montañas de barro polvoriento, de casas campesinas semidestruidas, de escombros apilados para ser exhibidos en una obra teatral de Bertold Brecht. Las casas viejas contiguas al cuartel de la Policía evocaban un escenario fantasmal  de edificaciones huecas, fachadas acribilladas, ventanales abiertos como bocas hambrientas, un cuadro  mísero de autodestrucción. Resulta duro entender que la población padezca  en tres meses siete ataques, ha sido un asalto sobre ruinas. Aquí le curaron las heridas a Tirofijo hace muchos años. Fue como curarle las heridas a una metáfora.

Al igual que la campaña paramilitar, el rodillo compresor de la guerra barrió a lo largo de una semana entera con la población del Salado (Carmen de Bolívar), en medio de la indiferencia y complicidad de retenes militares. No se trataba entonces de ganar la contienda sino de sembrar el terror entre la gente. En El Salado los paramilitares hicieron una bacanal con trago, sangre, humillación, vallenatos y rancheras, trescientos hombres armados hasta los dientes contra el miedo de un puñado de campesinos, mujeres y niños testigos de la maldad. Uno a uno las víctimas fueron llevadas al centro de la cancha de Básquetbol, degolladas como carneros, mientras la turba paramilitar alcoholizada brindaba sus hazañas.

Si hace tan solo meses verificábamos la reiteración puntual de los atropellos, destrucciones y matanzas descritas por Larry Rohter del New York Times (14 de julio) cuando viajamos a Alpujarra evocamos algo parecido a lo que Juan Goytisolo nos describe en Paisajes de guerra con Chechenia al fondo. Los nombres de Machuca, la Gabarra, Roncesvalles, Santamaría, El Salado, rememoran imágenes de ruina, y nos acercan al rostro de mujeres, viejos y niños agazapados en sus escondrijos, con quienes uno se cruza fugazmente en esta geografía de la desolación. La barbarie no cesa, en Puerto Alvira (4 de mayo de 1998) los paramilitares no tuvieron testigos molestos, tampoco las Farc en Alpujarra y Roncesvalles, las víctimas de la destrucción enmudecen, en casi todas las poblaciones atacadas las gentes son sometidas al raudo mecanismo de un silencio ritual.

Una noche en Alpujarra contrasta con los diarios secretos de Wittgenstein:”Fuertes estampidos de cañones. Haga lo que haga los problemas se acumulan como nubarrones de tormenta. Y no me encuentro en condiciones de adoptar frente a ellos una posición que me satisfaga de modo duradero”. La persona y la obra del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein impresiona más de lo que suele ser normal que impresionen los filósofos, y esto porque viviendo los dramáticos acontecimientos de la guerra experimentaba la necesidad de ver superada la barbarie humana por medio del pensamiento. Una guerra paralela a la Gran Guerra, que él eligiera voluntario como prueba de fuego de su carácter intelectual y moral, y que para él era lo mismo. Leer a Wittgenstein en Alpujarra suena paradójico, pero sirve para comprender que la guerra en casi todos los lugares y tiempos deja secuelas sobre la conciencia del ser humano imposibles de borrar ligeramente.

Ese Aparato de la Muerte

En la Gabarra (Norte de Santander) tuvimos que cambiar de medios de transporte consecutivamente. Luego nos dimos cuenta cómo escapamos por un pelo, los paramilitares se habían adormilado ebrios de licor. Las carreteras estuvieron cortadas mientras se cometía la masacre en los alrededores de la pequeña escuela. Como ya se sabe la fuerza pública tardó ocho días en ingresar a la zona con la excusa de que en los alrededores todo el campo estaba minado. En cuatrocientos municipios del país la población experimenta una extrema inseguridad, es demasiado para compararlo con los peligros que corren quienes llegan a recoger los muertos. Los estudios en filosofía no forman para ver la barbarie. Carecen de sentido las preguntas metafilosóficas: “verdad”, “justicia”, “consenso”. Cuando se cometen las masacres, los paramilitares se cuidan de cercar a los municipios de toda comunicación con el exterior, se aísla completamente a la población, se cierra la puerta al mundo para que llevar a cabo las atrocidades. Apuntar cómo fueron las cosas requiere por parte del testigo de algo más que valor. Decir cómo fueron las cosas compromete fatalmente el destino del escritor y el de su familia.

El filósofo de la guerra, Clausewitz, advierte que en estas situaciones no se opera racionalmente con cálculo porque se está en el reino de la incertidumbre. Comprobación inmediata en la batalla de Ituango (Norte de Antioquia) entre Paramilitares y el Frente 36 de las Farc, el duro fragor de los ataques no permitía distinguir quien era quien, el diluvio de bombas y disparos lleva casi ocho días. Quizás uno de los fenómenos que mayor preocupación debe causarnos en este conflicto, es que los guerreros ya no saben ni porque matan ni a quien matan. Los paramilitares se cruzan información con los guerrilleros sobre toda suerte de mecanismos de asalto y destrucción. Adviértase que se trata golpear intencionadamente a un enemigo común que ocupa el lugar más débil en la cadena de responsables de la guerra. Los defectos inhumanos y desencadenantes de la violencia se vuelven impetuosos e irreversibles. Los alarmantes niveles de insensibilidad humana del conflicto colombiano están llegando a sus límites. Corregir los efectos perturbadores de odios y venganzas es como si alguien intentase detener una avalancha de lodo volcánico con un palustre.

En Sevilla (Valle del Cauca) los paramilitares llegaron con la lista de víctimas en Computadora. Allí los pobladores observaron con horror el aparato de donde los “paras” sacaron siete nombres de pobladores, que luego asesinaron en la calle. Un campesino describe los hechos con lenguaje surrealista: “Era terrible ver como la muerte podía estar ahí en ese aparato”. Los señores de la guerra emplean la más destacada tecnología, esos aparatos, sin embargo no pueden jamás borrar el dolor de una viuda y el llanto de los niños gritando: “El miedo que nos dio con la presencia de esa gente se convirtió en desesperanza, y también nuestra fe en esta tierra que cultivamos con amor”. Estas palabras de una pobre mujer despedazada, que abraza contra su pecho el ataúd donde yace su compañero, deberían ser gravadas concientemente por todos los colombianos, se trata del lamento de cada uno de los desplazados que hoy invaden nuestras ciudades.

La Población Civil

Hoy es 23 de julio, escribo estas líneas desde la periferia, con la tranquilidad que depara estar en casa, hace tan solo días nos encontrábamos en el corazón del conflicto, en su epicentro. ¿Qué es el “corazón” de la guerra en Colombia? Respuesta: exactamente, lo que Clausewitz denomina “el centro de gravedad”. No es algo misterioso, se trata de filosofía del sentido común: el objetivo de una operación antisubversiba son los guerrilleros. El general Mora Rangel no planea destruir Los Pozos para expulsar a Manuel Marulanda, Ehud Barak no destruye con artillería pesada a los comandos de Ebrón para expulsar a los palestinos de Jerusalén. Por el contrario, Alpujarra es un poblado de escasos 2000 habitantes que han quedado en ruinas. Según los casos, explica Clausewitz, el “centro de gravedad de un conflicto” puede estar en la persona del principe, el Ejército y su Estado Mayor, la sede del Gobierno o, como ocurrió en España contra Napoleón, en el “pueblo” o, como lo ha declarado ante las cámaras el jefe paramilitar: en los guerrilleros “vestidos de civil”. Por las buenas o por las malas, los habitantes de Ituango, El Salado, La Gabarra, Sevilla, Tibu o Machuca se han encontrado en este último caso, el de una guerra contra la población civil.

Para predecir el futuro de las negociaciones de paz entre el Gobierno Pastrana con las Farc, el ELN y los Paramilitares dirigidos por Carlos Castaño, es preciso interrogar a los que padecen el dolor y la continuidad, pregúntesele a los niños que han presenciado la muerte de sus padres, a las viudas desplazadas, a los pobres campesinos que hoy venden aguas sucias y cigarrillos al pie de un semáforo. ¿Cuánto creen que durara la guerra, 10 años, 20 años, 2 años? ¿Qué se le pague a un guerrillero o paramilitar para que abandone el monte? Son preguntas ambiguas. Leemos un titular del periódico Portafolio, dicen los empresarios del país: “La paz cuesta” y mueven la muñeca contando los dedos de la mano. La respuesta la tienen los habitantes de los pueblos donde hubo masacres, las madres que buscan a sus hijos secuestrados, los desplazados del campo que habitan los cinturones de miseria de las ciudades principales, los vendedores de limones, jugo de naranja o huevos de tortuga, la niña que ofrece un cigarrillo al conductor mientras el semáforo cambia de verde a rojo. Los que decidirán el resultado del conflicto armado en Colombia son las víctimas, sus hijos, sus nietos y bisnietos. 

Los Violentos se Imitan

No sólo la guerra tiene sus mercenarios aunque, claro, la guerra vuelve a los hombres más fantasiosos. En Colombia se puede revelar cómo los temas principales que han causado el conflicto, una vez superados inconscientemente, dan lugar a la multiplicación cuantiosa de ganancias con lo que el poder de las armas y la temeridad corren una especie de efecto inercial. Ya no se odia pero se hace aritmética. Cada frente guerrillero o paramilitar obtiene completa información sobre el estado de cuentas de los ciudadanos. Las tácticas y estrategias, las retóricas se emulan, también la brutalidad de los asaltos. En la entrevista televisada a Carlos Castaño hace algunos meses, el jefe de las autodefensas reconocía trabajar con las mismas armas, tácticas y estratagemas de sus enemigos. El trabajo de emulación violenta se consigue en parte gracias a los desertores, guerrilleros que se vuelven paramilitares o viceversa, se revelan entonces lugares, nombres, estrategias, vías de comunicación, mecanismos de secuestro, etcétera. Quedan los eslabones perdidos de una larga cadena que vincula los resortes de la guerra con las actividades que lleva a cabo un miliciano, un comerciante, un delincuente común, hasta llegar a niveles de rango y autoridad superior en el Ejército, una ONG o ganaderos terratenientes.

Un testigo narró al corresponsal del New York Times como en El Salado, la lista de quienes iban a ser ejecutados fue dada por dos hombres a un paramilitar que lucía un pasamontañas, estos hombres eran desertores reconocidos de las Farc quienes se habían familiarizado con la población del lugar detectando y describiendo a los simpatizantes de la guerrilla. “Todo fue calculado metódicamente”. Los detalles destacan no sólo la frialdad de la masacre, sino la plena indiferencia de las fuerzas militares que se encontraban a menos de un kilómetro de distancia. El cuadro descriptivo se consuma con la identificación detallada de la forma como llevaron a cabo los crímenes: las víctimas presentaban señales de tortura, testículos calcinados, dedos u orejas cortados. Los verdugos simulaban representar una obra teatral, degollaban a sus víctimas con alambre de púas, luego para contramatarlos les daban un tiro en la frente.

Desolación

En Alpujarra (Sur del Tolima) una pobre mujer desde el portal de una casa destruida por el penúltimo asalto de las Farc, nos enseñaba el desamparo con sus dos pequeños hijos, suplicaba al Mono Jojoy ante las cámaras de televisión, que por favor “ya no más, que ya era suficiente”. Aquí todo el mundo aguarda su turno, vienen al alba, se llevan a los jóvenes, a los niños hay que rescatarlos antes que sea tarde. Se ve que son gente del campo, trabajadores que con sus miserias levantan a sus hijos. En Roncesvalles la gente llora en silencio la pérdida de su tranquilidad. En la noche se procura distraer el miedo, pero cada uno se encierra, cada uno va quedando sumido sobre sí como la piel de zapa. Se fue el tendero, el panadero, la señora que vendía arepas, el carnicero, “ya no hay quien sacrifique una res” musita don Heladio, hasta el bobo del pueblo empacó maletas. Es cruel haber visto al agente Weisner Lozano levantando entre los escombros que dejó el asalto a Roncesvalles el cadáver de sus dos hijitas y su esposa, el hombre casi no puede con tanto dolor, el dolor pesaba más que los muros de las paredes.

Las maravillosas promesas de paz que recitan oficialmente las autoridades chocan con un muro de ironía. Ningún colombiano de estas poblaciones arrasadas por los ataques paramilitares o guerrilleros ignora la inmensidad del abismo económico, social y moral en que se encuentra el país. Sueñan con municipios tranquilos, con un mínimo de legalidad que permita el funcionamiento del comercio, los campesinos aspiran a vender sus productos en la plaza dominical. La vida en la ciudad les suscita envidia, pero la ciudad está llena también de riesgos, de inconvenientes que no da el campo: “aquí no hay mucho lujo pero se conseguía la comida para los hijos” son las palabras de una mujer anciana.

Aceite Sobre las Llamas

En Ituango la gente comenta sus temores, el miedo recorre allí las pocas calles del pueblo, si los hombres del frente 36 de las Farc fueron capaces de atacar el propio resguardo de los paramilitares propinándoles cerca de 60 muertos, las cosas no se quedarán así. Quienes pagaran los platos rotos serán los habitantes de la región, Castaño no está dispuesto a permitirles semejante ventaja, aquí territorio y seres humanos tienen dueño propio desde hace tres meses cuando llegaron sus hombres. ¿Cómo no llorar de rabia, cuando los que nos rodean son supervivientes o muertos del futuro? Ojalá pudiéramos coger de la mano a los señores de la guerra, aquellos que ordenan las muertes de lado y lado, y hacerles saborear la descripción de los “agujeros” en los que se derrumban las pobres familias para ver pasar las noches después de una toma.

Hemos visto sitios en donde las personas no pueden moverse, no pueden levantarse, abandonados en la oscuridad, sin agua, sin comida, bañados en su propia mierda. Los paramilitares se vengan con los habitantes y cobran en especie. En las zonas rojas del conflicto colombiano, los robos y las violaciones son moneda corriente. Las acciones de las Farc contra sus propios compañeros del ELN en el sur del país son un muro de contención sobre los “excesos” de los elenos contra la población civil. Ciertos sectores de los grupos armados no se distinguen por su actuar de la más baja ralea de delincuentes comunes. En los bajos fondos de las causas antaño ideológicas se mezcla el sicario con el militante, el raponero con el ideólogo.

Moviéndonos con torpeza por estas regiones destrozadas por las bombas y las minas, no sólo hemos sido testigos espantados del suplicio inflingido por los actores armados a pueblos admirablemente tranquilos y fantásticamente valientes. Seguramente estamos asistiendo a pequeños Estados Federales del siglo XXI. Quizás el experimento en San Vicente del Caguán o en Ginebra (Suiza) contenga una fuerza narrativa superior a los acontecimientos que hoy vemos en estas regiones del país, los diálogos y las negociaciones al fin y al cabo mantienen la esperanza para superar la barbarie desatada en estas zonas. Pero puede suceder lo contrario si se toman prestados los malos modos del sector radical de las partes en conflicto, con estos asaltos a las poblaciones se puede estar arrojando aceite sobre las llamas. 

* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos, Escuela de Economía UIS; festrada@uis.edu.co, Julio de 2002

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Cuestiones de América Nº 10, Agosto-Septiembre de 2002

 

 

 

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