El 24 de marzo
de 1976 se asesinaron los sueños, las ilusiones, las fantasías y las esperanzas
de miles de hombres y mujeres. El 24 de marzo se instaló en nuestro país una
nueva dictadura, pero con seguridad una de las mas feroces, terribles y
cobardes. Esta dictadura instauró a lo largo de todo el país cientos de centros
clandestinos de detención, donde pasaron, pasamos miles de seres humanos, donde
conocimos el horror de la tortura, el terror a los guardias, el miedo por lo
desconocido, las perdidas de tantos compañeros. Pero ante tanto horror algo no
perdimos, la solidaridad entre los que habitábamos esos submundos, pequeñas
muestras, pequeños hechos, una mano en el hombro, un golpe en las paredes de
las celdas, una palabra a escondidas, nos permitía seguir, nos permitía
sobrevivir.
Uno de esos
tantos centros funcionó aquí, donde hoy estamos, donde hoy los convocamos. Aqui
abajo, el pozo, el Jardín, como yo lo conocí, era el Club Atlético. Por el
pasaron alrededor de 1800 compañeros, luchadores, militantes. Tenían sueños y
esperanzas, los mismos que todavía tenemos muchos de nosotros. En el permanecí
desaparecida 92 días, en el perdí muchas cosas, mi nombre y apellido
reemplazados por una letra y un número, la visión, oculta tras un tabique de
trapo, mi andar sereno, impedido por las cadenas en los pies, el poder de
comunicarme, por la prohibición de hablar. Conviví con esto y con el miedo,
conviví con muchos de estos compañeros, que estaban igual que yo, impedidos de
vivir y condenados a resistir, Hugo, mi primer esposo, Teresa Israel, Anabella
Pitelli de Canon, Irene Bellochio de Pisoni, Rolando Pisoni, Hugo Claveria,
Norma Puerto de Risso, Daniel Risso, Clelia Fontana, Pedro Sandoval, Daniel
Dinella, Ruben Medina, todos ellos no están, siguen desaparecidos.
¿No están? Sí, vuelven, en cada uno de nosotros, en ustedes,
que no permiten que se olvide. Vuelven en cada lucha social, vuelven en cada
trabajador, vuelven en cada desocupado, vuelven en cada niño que esta en la
calle, vuelven en cada joven que cae.
Ellos vuelven,
vuelven con Uds. que están aqui para reivindicarlos, para recordarlos, para no
permitir olvidar.
Así como
recordamos a quienes lucharon por la vida, también debemos recordar a los
personeros de la muerte, a los torturadores, a los secuestradores, a los
asesinos, que están libres, que caminan al lado nuestro, que comparten con
nosotros algún espectáculo, que viajan al lado nuestro en el colectivo, que
están plácidamente sentados en un bar, como el Turco Julián, conocido represor
de este centro y de otros. Están libres por puntos finales, obediencias
debidas, indultos. Están impunes. Como esta impunidad que crece día a día.
Mientras estén
sueltos, mientras ocupen cargos, mientras estén amparados por el gobierno de
turno, ellos seguirán estando, seguirán trasmitiendo su nefasta experiencia a
los nuevos y futuros represores, mientras estén sueltos, seguirá la
desaparición, Guardatti, Bru, Nuñez, seguirá el gatillo fácil, Bulascio,
Mirabete, Roldan, Campos. Mientras estén sueltos no habrá justicia. Su lugar es
la cárcel por eso luchamos. Lo piden nuestros 30000, lo pide todo un pueblo que
no acepta el NUNCA MAS, si no se hace justicia.
Cuando se
despedía hacia el brumoso silencio de los desaparecidos mi primer esposo, Hugo
Alberto Scutari, me transmitió un proyecto de vida: "Sé fuerte y no me
abandones". Estuve 92 días en el Club Atlético. Miles de mis hermanos no
volvieron. No los abandono. No los hemos abandonado. En ese submundo convivía
el dolor real y tangible en que te sumía ser un desaparecido. Uno de los
represores era "Poca Vida" con el llego al pozo la música, los desaparecidos
debíamos cantar porque él lo ordenaba. Pero adentro nuestro canto era un gesto
de fortaleza y resistencia. A la pregunta de la canción puedo hoy contestar
"cantamos porque los sobrevientes y nuestros muertos quieren que
cantemos".
Cantamos porque
aún en el negro pozo del Club Atlético, seguíamos siendo militantes de la vida.
Como hoy, como
hasta el ultimo día.
* Nizkor, 26 de julio de 1997, Madrid, España.
Cuestiones de América Nº 10, Agosto-Septiembre
de 2002
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