Pedro
Reygadas
Los
electores mayoritarios votaron por no votar. La mitad del padrón fue de
abstencionistas. De quienes votaron, la mayoría votó por el vicepresidente
demócrata Al Gore. Bush ganó sin tener el voto popular directo. Perdió, en
principio, por 337 mil votos. Es el primer presidente de E.U. que pierde el
voto popular desde 1888. Sólo el sistema de conteo indirecto que rige en los
Estados Unidos es el que permitió a Bush obtener la presidencia. Pero incluso
en este sistema de conteo por zonas es probable que haya perdido. El poder
judicial a través de la Suprema Corte ordenó la suspensión del recuento manual
de votos en Florida, que hubiera dado quizá el triunfo final a Al Gore; el
último recuento, a principios de enero, le daba a Bush una ventaja de apenas 24
votos. La decisión judicial fue una decisión que apareció como favorable al
Partido Republicano pero no a la República. Es decir, efectivamente, Bush no
ganó la presidencia, fue premiado con ella. Su presidencia es una presidencia
bastarda fundada en menos de un cuarto del voto popular.
Bush
es hijo de un presidente. Forma parte de una dinastía estadounidense que
empieza a compararse con los Kennedy. El poder se lo debe a la red de la
dinastía Bush. Le debe la presidencia a la red republicana en la Suprema Corte
y, destacadamente, a su hermano, gobernador de Florida, el estado que decidió
la elección en su favor.
Además del débil voto, hay una muy
pequeña minoría republicana en los diputados, el senado está 50-50 y el
vicepresidente Cheney tiene el voto decisivo. La situación requiere tiento.
Mike Gerson, el escritor de los discursos de Bush, empezó a redactar sus notas
una semana antes de que el candidato emitiera su discurso triunfador, dado en
el interior de la casa de gobierno de Texas, controlada por demócratas. El
lugar fue cuidadosamente elegido: el territorio de Bush, donde a pesar de haber
sido gobernador no supo conservar el voto como hubiera querido. Fue un primer
intento simbólico de retomar la dirección en su Estado. El día en que fue
premiado con la presidencia, Bush habló, por la noche, con lágrimas en los
ojos: “Trabajaré para ganar su respeto”. El implícito es claro: de entrada, no
tiene respeto, no tiene capital político para empezar su mandato. Todo estará
en su poder de persuasión que hace virtudes de sus defectos de vaguedad,
inexperiencia, falta de seguimiento de los detalles y desconocimiento legal.
Veremos si su imagen de ranchero texano, de hombre sencillo que trabaja sin
exceso y regresa a comer a su casa los fines de semana, de anti-intelectual, de
deportista que va al gimnasio le sirve para levantar retóricamente lo que
perdió en la realidad. Veremos que resulta de su mezcla de arrogancia y
humildad, de sus consejeros de inteligencia “práctica”, de sus gestos que le
hacen defender abiertamente su fe religiosa y apretar una cruz en la bolsa del
pantalón cuando se ve en dificultades.
La
casa está dividida. La elección fue cuestionada durante largas semanas, muchos
votantes en Florida sienten que su voto no fue contado. El debate reveló
irregularidades en buena parte del sistema electoral que pueden alimentar la
desconfianza de un electorado que ya de por sí no vota. Bush trata de remontar
la situación y empezar a construir el consenso: “Es una oportunidad para ambos,
Republicanos y Demócratas, para mostrar al país que podemos unirnos, que
nuestro Gobierno Federal puede funcionar y levantarse por encima del
partidismo.” Habla desde el nosotros inclusivo, cuidadosamente, en lugar de remarcar
su ascenso personal a la presidencia o el triunfo partidario republicano.
Para
fundamentar la posición “por encima del partidismo” y restablecer el consenso,
Bush hizo prontas llamadas a los líderes demócratas Dick Gephardt y Tom Daschle
e intercambió palabras conciliatorias con Jesse Jackson, líder de la Coalición
Arcoiris, que representó el fenómeno electoral más abierto e interesante de las
últimas décadas en Estados Unidos. Además, Bush nombró a Collin Powell
Secretario de Estado y Breaux, demócrata de Luisiana, lo ayudará a crear una
coalición centrista. Las fronteras ideológicas, como en muchos países después
de la Guerra Fría y el fin del socialismo europeo, se borran. El programa del
capital no tiene oponente a la vista y Bush pudo decir a la prensa: “Diferimos
(con Gore) en los detalles de las propuestas (…) pero había un remarcable
consenso acerca de los asuntos importantes ante nosotros: excelentes escuelas,
retiro y seguro médico, alivio fiscal, un ejército fuerte, y más sociedad
civil”.
Bush
tendrá que atacar los signos de recesión en las grandes corporaciones, General
Motors, Whirlpool, Chase Manhattan Bank. Pretende hacerlo con un cierto alivio
fiscal y ahorro ciudadano que difícilmente contendrán la presión recesiva, pero
tiene en su haber la construcción demócrata de un periodo de prosperidad y
bolsillos llenos.
Bush tendrá que enfrentar la
oposición de color que hizo a alguien acuñar la broma de que tiene el 100% del
voto negro… pero en la Suprema Corte que lo premió. Tendrá que lidiar Bush con
Daschle, líder demócrata, con su propio compañero de partido Delay, que no
parece aceptar la coalición centrista y afirmó “Haré cualquier cosa que pueda
para unir las coaliciones,” pero “para lograr que se cumpla su agenda (de
Bush)”. Tendrá que lidiar con Mc Cain, que quiere impulsar una reforma sobre el
financiamiento de campañas que puede representar un revés para Bush. También
tendrá que conceder o aplazar las reformas del “conservadurismo compasivo” que
profesa y que pretende disminuir los gastos médicos y la Seguridad Social.
Tendrá que remontar su imagen de anti-intelectual, de persona insensible a los
asuntos raciales.
En
realidad, ante la falta de consenso, habrá de hacer concesiones. Además, se
enfrenta a la inercia del prolongado gobierno demócrata previo. Por ello
Clinton dijo al saber el resultado electoral: “Quizá los últimos años han
extraído el suficiente veneno del sistema”.
Al Gore, el contendiente de Bush,
pareció abonar a favor de la reconciliación el día en que se dio el mandato de
la Suprema Corte de Justicia. Expresó su diferencia con la decisión del poder
judicial, pero a la vez reconoció a Bush. Aunque un discurso nos lleva siempre
a otros y hay quien dice, como el Time, que el subtexto de Gore nos conduce a
la concesión de Stepehen Douglas a Abraham Lincoln después de la elección de
1860: “El sentimiento partidario debe dar paso al patriotismo. Estoy con usted,
Señor Presidente, y Dios lo bendiga.” Semanas después estalló la guerra civil.
No son tales tiempos, pero Bush tendrá que invertir en poner la casa en paz
entre los políticos mientras el pueblo, el sustento de la democracia se mueve
entre la apatía y el descontento por una votación en que los muertos votaron
por miles, el sufragio negro no se contó en muchas ocasiones como debiera, los
conteos fueron deficientes y hubo ciudadanos que votaron más de una vez. El
espectáculo de 3 millones de dólares de la democracia gringa, que pretende ser
modelo de exportación mundial, fue un fracaso que pone en la mesa de discusión la
necesidad de que en E.U. se rediscuta la democracia directa, se cuente con
instituciones electorales autónomas, se cuenten los votos con precisión y se
controlen las irregularidades masivas.
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