La Premiación de George Bush

Pedro Reygadas

El candidato del partido republicano George W. Bush es el nuevo presidente electo de los Estados Unidos y asumirá el poder en enero del 2001. Las palabras nos llevan de la mano para entender el sentido de la importante y prolongada coyuntura electoral de lucha por la presidencia en los Estados Unidos. Para comenzar, como se dijo inconscientemente en múltiples ocasiones, Bush no ganó la presidencia, fue premiado (awarded) con ella. ¿Cuál es el sentido de esta palabra?

         Los electores mayoritarios votaron por no votar. La mitad del padrón fue de abstencionistas. De quienes votaron, la mayoría votó por el vicepresidente demócrata Al Gore. Bush ganó sin tener el voto popular directo. Perdió, en principio, por 337 mil votos. Es el primer presidente de E.U. que pierde el voto popular desde 1888. Sólo el sistema de conteo indirecto que rige en los Estados Unidos es el que permitió a Bush obtener la presidencia. Pero incluso en este sistema de conteo por zonas es probable que haya perdido. El poder judicial a través de la Suprema Corte ordenó la suspensión del recuento manual de votos en Florida, que hubiera dado quizá el triunfo final a Al Gore; el último recuento, a principios de enero, le daba a Bush una ventaja de apenas 24 votos. La decisión judicial fue una decisión que apareció como favorable al Partido Republicano pero no a la República. Es decir, efectivamente, Bush no ganó la presidencia, fue premiado con ella. Su presidencia es una presidencia bastarda fundada en menos de un cuarto del voto popular.

         Bush es hijo de un presidente. Forma parte de una dinastía estadounidense que empieza a compararse con los Kennedy. El poder se lo debe a la red de la dinastía Bush. Le debe la presidencia a la red republicana en la Suprema Corte y, destacadamente, a su hermano, gobernador de Florida, el estado que decidió la elección en su favor.

Además del débil voto, hay una muy pequeña minoría republicana en los diputados, el senado está 50-50 y el vicepresidente Cheney tiene el voto decisivo. La situación requiere tiento. Mike Gerson, el escritor de los discursos de Bush, empezó a redactar sus notas una semana antes de que el candidato emitiera su discurso triunfador, dado en el interior de la casa de gobierno de Texas, controlada por demócratas. El lugar fue cuidadosamente elegido: el territorio de Bush, donde a pesar de haber sido gobernador no supo conservar el voto como hubiera querido. Fue un primer intento simbólico de retomar la dirección en su Estado. El día en que fue premiado con la presidencia, Bush habló, por la noche, con lágrimas en los ojos: “Trabajaré para ganar su respeto”. El implícito es claro: de entrada, no tiene respeto, no tiene capital político para empezar su mandato. Todo estará en su poder de persuasión que hace virtudes de sus defectos de vaguedad, inexperiencia, falta de seguimiento de los detalles y desconocimiento legal. Veremos si su imagen de ranchero texano, de hombre sencillo que trabaja sin exceso y regresa a comer a su casa los fines de semana, de anti-intelectual, de deportista que va al gimnasio le sirve para levantar retóricamente lo que perdió en la realidad. Veremos que resulta de su mezcla de arrogancia y humildad, de sus consejeros de inteligencia “práctica”, de sus gestos que le hacen defender abiertamente su fe religiosa y apretar una cruz en la bolsa del pantalón cuando se ve en dificultades.

         La casa está dividida. La elección fue cuestionada durante largas semanas, muchos votantes en Florida sienten que su voto no fue contado. El debate reveló irregularidades en buena parte del sistema electoral que pueden alimentar la desconfianza de un electorado que ya de por sí no vota. Bush trata de remontar la situación y empezar a construir el consenso: “Es una oportunidad para ambos, Republicanos y Demócratas, para mostrar al país que podemos unirnos, que nuestro Gobierno Federal puede funcionar y levantarse por encima del partidismo.” Habla desde el nosotros inclusivo, cuidadosamente, en lugar de remarcar su ascenso personal a la presidencia o el triunfo partidario republicano.

         Para fundamentar la posición “por encima del partidismo” y restablecer el consenso, Bush hizo prontas llamadas a los líderes demócratas Dick Gephardt y Tom Daschle e intercambió palabras conciliatorias con Jesse Jackson, líder de la Coalición Arcoiris, que representó el fenómeno electoral más abierto e interesante de las últimas décadas en Estados Unidos. Además, Bush nombró a Collin Powell Secretario de Estado y Breaux, demócrata de Luisiana, lo ayudará a crear una coalición centrista. Las fronteras ideológicas, como en muchos países después de la Guerra Fría y el fin del socialismo europeo, se borran. El programa del capital no tiene oponente a la vista y Bush pudo decir a la prensa: “Diferimos (con Gore) en los detalles de las propuestas (…) pero había un remarcable consenso acerca de los asuntos importantes ante nosotros: excelentes escuelas, retiro y seguro médico, alivio fiscal, un ejército fuerte, y más sociedad civil”.

         Bush tendrá que atacar los signos de recesión en las grandes corporaciones, General Motors, Whirlpool, Chase Manhattan Bank. Pretende hacerlo con un cierto alivio fiscal y ahorro ciudadano que difícilmente contendrán la presión recesiva, pero tiene en su haber la construcción demócrata de un periodo de prosperidad y bolsillos llenos.

Bush tendrá que enfrentar la oposición de color que hizo a alguien acuñar la broma de que tiene el 100% del voto negro… pero en la Suprema Corte que lo premió. Tendrá que lidiar Bush con Daschle, líder demócrata, con su propio compañero de partido Delay, que no parece aceptar la coalición centrista y afirmó “Haré cualquier cosa que pueda para unir las coaliciones,” pero “para lograr que se cumpla su agenda (de Bush)”. Tendrá que lidiar con Mc Cain, que quiere impulsar una reforma sobre el financiamiento de campañas que puede representar un revés para Bush. También tendrá que conceder o aplazar las reformas del “conservadurismo compasivo” que profesa y que pretende disminuir los gastos médicos y la Seguridad Social. Tendrá que remontar su imagen de anti-intelectual, de persona insensible a los asuntos raciales.

         En realidad, ante la falta de consenso, habrá de hacer concesiones. Además, se enfrenta a la inercia del prolongado gobierno demócrata previo. Por ello Clinton dijo al saber el resultado electoral: “Quizá los últimos años han extraído el suficiente veneno del sistema”.

         Al Gore, el contendiente de Bush, pareció abonar a favor de la reconciliación el día en que se dio el mandato de la Suprema Corte de Justicia. Expresó su diferencia con la decisión del poder judicial, pero a la vez reconoció a Bush. Aunque un discurso nos lleva siempre a otros y hay quien dice, como el Time, que el subtexto de Gore nos conduce a la concesión de Stepehen Douglas a Abraham Lincoln después de la elección de 1860: “El sentimiento partidario debe dar paso al patriotismo. Estoy con usted, Señor Presidente, y Dios lo bendiga.” Semanas después estalló la guerra civil. No son tales tiempos, pero Bush tendrá que invertir en poner la casa en paz entre los políticos mientras el pueblo, el sustento de la democracia se mueve entre la apatía y el descontento por una votación en que los muertos votaron por miles, el sufragio negro no se contó en muchas ocasiones como debiera, los conteos fueron deficientes y hubo ciudadanos que votaron más de una vez. El espectáculo de 3 millones de dólares de la democracia gringa, que pretende ser modelo de exportación mundial, fue un fracaso que pone en la mesa de discusión la necesidad de que en E.U. se rediscuta la democracia directa, se cuente con instituciones electorales autónomas, se cuenten los votos con precisión y se controlen las irregularidades masivas.

Enero de 2001

 

Cuestiones de América Nº 1, Enero de 2001

 

 

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