Jesús Hernández Garibay *
Los Estados
Unidos entran a formar parte de la historia del mundo bajo la idea puritanista
de que Dios había creado por fin al pueblo elegido, cuya misión civilizadora
resultaba esencial para alcanzar la felicidad en la tierra. Muchos de los principios que asumirá ese pueblo tendrán su
origen en las reformas protestantistas de Calvino, que en sus implicaciones sociales señala a la economía, la industria y
el trabajo como parte de una “virtud moral” que se traduce en el éxito en los
negocios como “evidencia de la gracia divina”. Por supuesto que esas ideas
ayudaban a crear un clima muy apropiado para el comercio y la libre empresa; y
por supuesto también que las mismas requerían de un tipo muy peculiar de
hombres, “atrevidos empresarios que acechaban con ojos bien abiertos la
menor oportunidad”, que no se arredraran ante nada en su deseo de conseguir ganancias
(Huberman, 1981, pp. 247).
Así nace la Unión Americana, pensando en
consonancia que debía avanzar planetariamente con esa su “misión divina”, en un
lugar geográfico en el que por obra y gracia tan sólo viendo hacia abajo
encontraba una esplendorosa masa de hombres incivilizados en una extraña
pero seductora provincia que, con el tiempo, “demostraría” más de una
vez a lo largo del tiempo “la necesidad” de aceptar el modelo de pujante país
que iba conformando aquella nación, única en el mundo “capaz de dirigir en fin
de cuentas el renacimiento espiritual”, según el senador A. Beveridge (citado
por Kortunov, 1985, pp. 18). Décadas y décadas de acciones que van delineando
su geografía política y su geografía económica, la dejarán entonces en
condiciones de vivir con plenitud lo que con el tiempo será reconocido como el
siglo americano, del que también participa Latinoamérica.
En efecto, para la Unión Americana era
imposible pensar en sentarse a disfrutar de la obra realizada; por el
contrario, había que continuarla y esperar a que con el tiempo se
perfeccionara. Es decir, si hubo alguna vez gobernantes más humanistas que,
como Jefferson, llegaron a reconocer que el principio de la no-intervención en
la política delineada por los padres fundadores estaba presente al
inicio de su historia, pues los Estados Unidos no debían negar a ninguna nación
“el derecho en el cual nuestro propio gobierno está fundamentado, de que
cada quien puede gobernarse a sí mismo bajo la forma que desee” (citado por Atkins,
1977, pp. 107) 1; si hubo inclusive un tiempo en que el menos
halcón Teodoro Roosevelt exaltaba también su convicción de no acudir al monroismo
como política de Estado (citado por Clementi, 1972, pp. 89), ese tiempo pasaba al olvido en la
misma medida en que las acciones de los Estados Unidos se multiplicaban en la
región.
El llamado Panamericanismo sería
precisamente aquel instrumento que permitiría desde el último tercio del siglo
XIX mantener la ventajosa esperanza de conseguir una “familia interamericana”,
pero bajo el tutelaje del autoconsiderado jefe de la casa en este su siglo
americano; así el sistema intracontinental, fundado primariamente para los
propósitos de promover el comercio hemisférico y desarrollar procedimientos
para prevenir las influencias foráneas (Atkins, op. cit., pp. 94), sería
el verdadero telón de fondo del escenario latinoamericano por muchos años, y
los intereses norteamericanos a través de ello, los que se impusieran en los
acontecimientos de la región. Tal hecho, producto de los nacientes intereses
que olvidan la convivencia civilizada aceptada anteriormente y la transforman
en la pretensión civilizadora del presidente Wilson que sostiene que la
causa de la inestabilidad -una amenaza a los intereses estadounidenses- era la
“inmadurez política”, pues la madurez es mesurable por el grado de
progreso hacia la “democracia constitucional” (citado en ibidem),
determinará la política exterior oficial y extraoficial del aquel gobierno.
Sobre estas bases se desarrollan a partir de entonces las relaciones entre el
norte americano y sur iberoamericano; su historia abarcará cinco grandes
periodos: el primero que surge con la idea monroista del destino manifiesto
en la primera mitad del siglo XIX hasta los primeros años del XX; el segundo,
con la inauguración de la política del buen vecino en los veinte, hasta
mediados de los cuarenta; el tercero, de la posguerra hasta mediados de los
ochenta; y el cuarto, del final de la guerra fría hasta nuestros días.
Durante
el primer periodo los grupos dominantes norteamericanos adquieren conciencia de
las posibilidades de todo un continente, cuando en 1823 el secretario de Estado
Monroe advierte que “(...) debemos considerar cualquier intento [de las
potencias europeas] de extender su sistema a cualesquier porción de este
hemisferio, como un peligro para nuestra paz y seguridad”, y que luego
desvirtúa un diario puritanista: “es nuestro destino manifiesto expandirnos y
poseer todo el continente que la providencia nos ha deparado para el desarrollo
del gran experimento de la libertad y la federación de estados” (Morning
News, Nueva York, diciembre de 1845). Corolario de este periodo -durante el
cual los Estados Unidos despojan a México de más de la mitad de su territorio,
desarticulan las pretensiones de unión bolivariana, coadyuvan a la división de
Centroamérica, tratan infructuosamente de comprar Cuba por cinco ocasiones,
separan a Panamá de la Nueva Granada y aprovechan para hacerse de un canal
interoceánico- es el pronunciamiento de Teodoro Roosevelt, quien a propósito de
un conflicto entre naciones europeas con Venezuela y Santo Domingo actualiza en
1904 dicha doctrina, al indicar la posibilidad de que su nación actúe incluso
como un “poder policiaco internacional” (citado por Atkins, op. cit.,
pp. 96).
El
segundo periodo se desenvuelve en la época del derrumbe europeo, de finales de
los años veinte a mediados de los cuarenta, y su principal característica es la
Política del Buen Vecino (“entendimiento mutuo, apreciabilidad de los
puntos de vista de cada cual...”) anunciada por el mismo Roosevelt desde 1933 (idem,
pp. 97). El origen de esta política, como diría el mandatario, se remonta a los
días en que diversos sucesos de Tampico, en México, sirvieron para justificar
la toma de Veracruz por parte de la flota norteamericana durante algunos meses.
Las muchas víctimas resultantes de esa acción y “el resentimiento que creó
(...) en toda la América Latina” durante “toda una generación” en la cual
“México se había vuelto peligroso”, sentó, dice Roosevelt, las bases para tal
política (ver texto completo del discurso en Wood, 1961, pp. 110). En 1943, al
hacer una revisión de las relaciones interamericanas durante su gobierno,
Herbert Hoover trataría de revivir esa política (Ibidem) 2;
no obstante, por causa de duros como el ministro Lane, que se preguntaba “cómo
pueden o deben compaginarse la política de las Manos Quietas y la del Buen
Vecino...?” (ibidem, pp. 112), y dados los acontecimientos en Nicaragua
de finales de los veinte que llamaron a los EUA a comenzar a ejercer su poder
policiaco en la región, el concepto no habría de alcanzar mucha
trascendencia.
El
tercer periodo inicia con el momento de la guerra fría, cuando los EUA
se consolidan como primera potencia mundial y buscan inocular a Latinoamérica
del peligro soviético. Durante este tiempo la retórica del buen
vecino está presente y la preocupación por el comunismo internacional
–coincidente con la instauración de un sistema socialista mundial- aparece en
reuniones como la Conferencia de Estados Americanos (Bogotá, 1948), que condena
los métodos que tiendan a suprimir los derechos y libertades políticas y
civiles, “especialmente la acción del comunismo internacional” (citado por
Aguilar, 1965, pp. 119) 3. El derrocamiento del gobierno progresista
de Arbenz en Guatemala es la consecuencia inmediata de esa época de
inoculación; luego, el inicio de la revolución cubana concitará una violenta
respuesta acompañada de la promesa de incrementar la ayuda económica para
América Latina y el Caribe (Plan Eisenhower), y que con posterioridad se
traduciría en la Alianza para el Progreso prometida por el presidente Kennedy,
“para ayudar a los hombres y gobiernos libres a fundir las cadenas de la
pobreza”. En el fondo, los Estados Unidos temían que sectores revolucionarios
capturaran las aspiraciones de una cambiante América Latina; por ello su
política estuvo dirigida a prevenir cualquier influencia y mantener una
estabilidad política a través del desarrollismo. El propósito de la
asistencia económica siempre fue crear las condiciones necesarias que
condujeran a cierta estabilidad social, mientras que el propósito de la
asistencia militar estaba dirigido a ser el soporte de la estabilidad política.
Adicionalmente, se intenta convertir a la Organización de Estados Americanos
(OEA) en una alianza anticomunista que acuerda por ello excluir tácitamente a
Cuba en 1962 de su participación en el organismo (Atkins, op. cit, pp.
102).
En
el marco del relativo enfriamiento de las relaciones diplomáticas con los EUA
por el golpe de Estado en Chile y las crecientes disparidades comerciales que
llevan a Washington a increpar a Latinoamérica por sucumbir “a la tentación de
culpar [a los Estados Unidos] de las desilusiones, con base en las intrigas y
excesos de forasteros”, y lamenta que “América Latina está perennemente tentada
a definir su independencia y unidad a través de su oposición a los Estados
Unidos” 4, el secretario Kissinger llama en este mismo año a
retomar “el diálogo en un espíritu de amistad y conciliación”. La elección
presidencial de James Carter y el cuestionamiento a la idea de un Hemisferio
Occidental entre diversos norteamericanos (por “mítica, sentimental e
inaplicable”), en el entorno de la derrota militar de una nación a manos de un
pequeño pero valiente pueblo en el sudeste asiático, marcan el pináculo de este
periodo. El triunfo sandinista en Nicaragua, del Partido de la Nueva Joya en
Grenada, el ascenso revolucionario en El Salvador y Guatemala, y el inicio de
la Era Reagan complicarían luego el panorama; así como la revolución
cubana en su tiempo, la sandinista trastoca de nuevo al panamericanismo en el
contexto de una crisis en la época del Síndrome de Vietnam, donde el
retiro de capitales y el proteccionismo comercial acompaña a los intentos por
un nuevo comercio continental en medio de la impagable deuda externa, que no
alcanza a generar respuestas claras ante las complicadas circunstancias.
El
cuarto y último periodo se inicia a finales de los ochenta y corresponde al
tránsito a una nueva etapa en la interdependencia mundial y la
internacionalización de los capitales, donde la apertura de los mercados en la
intención de globalizar la economía luego de los años dorados, busca un
nuevo impulso a la libre competencia. La desaparición de la Unión Soviética y
la caída del muro con la reunificación de Alemania dan cuenta del final de una
cruenta segunda guerra fría en la que América Latina y el Caribe había
sido también gravemente implicada. La nueva etapa que termina con el mundo
bipolar y lo lleva a una nueva circunstancia continental (donde comenzará a
disputarse el unipolarismo frente al multipolarismo), conlleva un
redespliegue de fuerzas ultra-librecambistas prácticamente en todos los planos
(económico, político, ideológico, educativo y hasta cultural) y en todos
nuestros países.
Es
este peculiar desarrollo del llamado sistema interamericano el lugar donde
durante todo un siglo se desenvuelve la región, y que con gran amplitud exhibe
un determinante peso de los Estados Unidos de Norteamérica en América Latina y
el Caribe. Por este medio, esa nación habría de hacerle ver a quien se
atreviera a pensar distinto, que tendría que fluir libremente por las venas del
continente entero el poema monroísta; de su parte, durante la primera mitad del
siglo nuestros pueblos resistían esos reiterados intentos de conquista, a
través de la guerra de Sandino en Nicaragua, de la insurrección salvadoreña de
1932, de la revolución en Cuba, y durante muchos años más a través de múltiples
esfuerzos por alcanzar una mayor independencia.
La
intención expansionista y “protectora” es así, sin duda alguna, la principal
motivación de los Estados Unidos a lo largo de todo el siglo XX en América
Latina y el Caribe. Con base en ella, Washington comienza a forjar en el
transcurso de varios lustros un patrón de conducta que incluye intervenciones
abiertas o encubiertas en distintos momentos, basadas en una tramposa doctrina
de la seguridad nacional que en el fondo se encuentra liada con sus
intereses en la región. A la construcción de un canal interoceánico le sigue la
intención de asegurar una estabilidad necesaria para mantenerlo, lo que
convierte el hecho en un asunto nacional; después, durante los treinta y
los cuarenta, a la vez que se opone de palabra o en los hechos a gobiernos como
el de Perón en Argentina, Odría en Perú o Vargas en Brasil, impulsa, apoya y
reconoce regímenes dictatoriales como el de los Somoza en Nicaragua, Batista en
Cuba, Duvalier en Haití, Trujillo en la Dominicana o Maximiliano Hernández en
El Salvador, con el beneficio de controlar disidencias y mantener así dicha estabilidad
(Landau, 1988, pp. 28 y siguientes).
Luego de esos años
y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, al amparo de la Doctrina
Truman que en el contexto de la primera guerra fría establecía que “La
política de los Estados Unidos debe ser la de apoyar a los pueblos libres que
resisten los intentos de subyugación por parte de minorías armadas o presiones
extranjeras”, creaba para América Latina y el Caribe -a través del Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR)- el concepto “defensa de la
seguridad hemisférica” como una parte más de lo que en Europa constituiría la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en defensa del mundo
libre (Alfonso, 1986, pp. 8 a 45). Con la creación previa (en 1948) de la
Organización de Estados Americanos (OEA) bajo su tutela, la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) inaugura a mediados de los cincuenta, la era de las
intervenciones secretas. Después de participar en el derrocamiento del
presidente Arbenz en 1954, esa agencia comanda mil 500 exiliados anticastristas
en una invasión fracasada en Bahía de Cochinos en 1961, y en 1965 organiza la
intervención militar en contra del gobierno constitucional de Juan Bosch en
Santo Domingo.
Preocupado sobre todo por el giro
latinoamericano de la revolución cubana, el gobierno de Washington inicia a
partir de los sesenta una amplia y sistemática labor de espionaje y
desestabilización en diversos países. Ya desde 1958 había contribuido con
fondos a la victoria en Chile del conservador Jorge Alessandri en contra del
candidato popular Salvador Allende; luego desde 1961 prestó adiestramiento y
apoyo permanente a exiliados cubanos para labores de hostigamiento que incluían
el proyecto de asesinar a Fidel Castro y otros líderes del Tercer Mundo; en
1962-63 invirtió no menos de veinte millones de dólares para apoyar a
centenares de candidatos derechistas en elecciones para gobernadores,
congresistas y munícipes brasileños con el propósito de evitar la consolidación
política del presidente Joao Goulart; en 1964 impulsó al general René Barrientos
a tomar el poder por la fuerza en Bolivia, mientras suministró más de veinte
millones de dólares en Chile a favor del candidato democristiano Eduardo Frei y
en contra de la segunda candidatura de Salvador Allende; en el mismo año en
Brasil, participó activamente con la CIA en la preparación del golpe militar
que derrocó al presidente Goulart; en mayo de 1965 promovió la intervención
abierta de 40 mil soldados para acallar la insurrección popular en la República
Dominicana.
En este último país, después del
derrocamiento en septiembre de 1963 del presidente constitucional Juan Bosch a
través de un golpe de Estado perfectamente planeado por la CIA, el 24 de mayo
de 1965 –con base en una resolución impuesta por los EUA en el Consejo de la
OEA- intervienen las llamadas Fuerzas Armadas Interamericanas (legitimadas por
el TIAR), compuestas por 20 mil soldados norteamericanos y unos mil 600
latinoamericanos, quienes permanecieron ahí hasta septiembre de 1965 cuando fue
impuesto Joaquín Balaguer. Con posterioridad, en 1970, la CIA intervino
nuevamente en Chile con fondos en favor del candidato conservador Alessandri y
en contra de Salvador Allende quien, sin embargo, triunfó de manera contundente
y se mantuvo en la presidencia hasta septiembre de 1973, cuando es derrocado y
asesinado por un golpe de Estado preparado y orquestado a través de planes de
la CIA como el Camelot y otras operaciones. Apoyados en el Plan Pirámide
montado para derrocar al gobierno progresista de Maurice Bishop, en 1983 los
marines invaden la isla de Grenada e instauran un gobierno del agrado
estadounidense. Luego, a finales de 1989, después de la intervención mercenaria
en Centroamérica, 24 mil marines invaden Panamá en busca del presidente Antonio
Noriega a quien acusan de narco, mientras en la base norteamericana del Canal
juramentan a Guillermo Andara como un presidente de su mayor agrado (ver, entre
muchos otros, Borosage y Marks, 1984; Buendía, 1984; Morris, 1967; Neuberger y
Opperskalski, 1985; Serguéev, 1988; Woodward, 1988; Zubenko y Tarásov, 1984; y
Autores varios, 1979).
En el transcurso de esas acciones la tesis
de la seguridad nacional se convierte en el expediente que pretende
justificar la constante intervención en el afán de lograr la deseada
estabilidad, sin duda necesaria para el impulso a la diplomacia del dólar.
Así, la retórica de formar “una gran familia interamericana” se acompaña a lo
largo del siglo de una fuerza militar o paramilitar que pretende garantizar el
liderazgo norteamericano en detrimento de cualquier aspiración popular que
hubiera por alcanzar una mayor independencia. Sin excepciones -inclusive Cuba y
el bloqueo económico de cuarenta años-, las naciones latinoamericanas se
encontrarían así supeditadas a la intención estadounidense de controlar el
curso de los acontecimientos en la región, no obstante lo cual –como se
demostraría en muchas ocasiones a través de múltiples formas- nuestros pueblos
mantendrían también vigentes sus aspiraciones por alcanzar un bienestar común,
sin ingerencias externas.
Luego
de la apropiación del Canal de Panamá, pocos cambios hubo en la percepción
estadounidense hacia América Latina y el Caribe; de Centroamérica, por ejemplo,
decían que se trataba de una región marginal a menudo turbulenta cuya
pacificación, dada su proximidad estratégica, se imponía a cualquier precio. De
hecho, fue una vez que los EUA se posesionaron del Canal cuando comenzaron a
hablar de la necesidad de “la paz y la seguridad”. El Congreso llevado a cabo
en Washington en 1907 y la instauración del llamado Tribunal de Justicia
Centroamericana –obras ambas de Root y Roosvelt-, cumplían con esa intención.
El secretario de Estado Knox adicionaría una sencilla fórmula para inaugurar en
el istmo la nueva época de la diplomacia del dólar: por un lado se
induciría a las repúblicas istmeñas, recién apaciguadas, a contratar
empréstitos con banqueros norteamericanos para liquidar reclamaciones europeas
y normalizar la hacienda de cada país, mientras por otro se estimularía a los
empresarios estadounidenses a obtener concesiones y desarrollar empresas que
mejorarían los servicios públicos y, según esto, fomentarían las riquezas
nacionales 5.
Tal y como Ramiro Guerra lo preveía, las
primeras décadas del siglo fueron un periodo de rápida expansión estaounidense
por América Latina y el Caribe, ya no territorial sino económica y financiera,
donde al amparo de gobiernos débiles y conservadores crecieron y ampliaron su
rango de acción grandes monopolios, mediante negocios fáciles. La mayor explotación
del trabajo y la corrupción a cuya sombra proliferaron las mafias y el
gansterismo, provocaron una polarización y crecientes tensiones entre las
distintas clases sociales. Las relaciones con Estados Unidos se estrecharon
grandemente en los años inmediatos anteriores a la crisis de 1929, mientras la
influencia masiva del capital norteamericano fue inevitable, volviendo a las
economías más dependientes y subdesarrolladas (Aguilar, op. cit., pp.
69). En tanto los EUA avanzaban en promover las nuevas relaciones comerciales y
financieras, así como la mayor presencia de sus consorcios, en América Latina y
el Caribe crecía sin embargo también, poco a poco, un más profundo sentimiento
popular anti-norteamericano por alcanzar frente a dicho predominio aquella segunda
independencia de la cual hablara José Martí (citado por Pividal, op. cit.,
pp. 89 y 90); primero en forma intuitiva como en la Revolución Mexicana -que
con el sencillo concepto de la “no reelección” (axioma inevitable luego de tres
décadas de dictadura porfirista) llevará a cabo el primer gran movimiento
social reivindicatorio de Latinoamérica- y luego mediante luchas que, como la
de Sandino y Farabundo Martí en Centroamérica, darían cuenta de la creciente
conciencia en las carencias y las necesidades de los latinoamericanos.
El curso de esta historia no podría ser
entendida, desde luego –como es el caso del resto del mundo en el siglo XX-,
sin advertir la importancia que se se asignará la revolución rusa y sus
repercusiones directas e indirectas (Hobsbawm, op. cit., pp. 90), donde
el ejemplo y la doctrina socialista tiene de inmediato un enorme impacto en las
ideas y las acciones de decenas de acontecimientos y cientos de miles, y hasta
millones de latinoamericanos, otorgando un buen motivo a los Estados Unidos
para esmerarse más en su intervencionismo. Así, en mucho de lo que un más
exhaustivo recuento destaca acerca del interés de nuestros pueblos por lograr
una nación y una región propia, se mantiene en forma indeleble el pensamiento,
la ideología y el ejemplo de revolucionarios como Luis Emilio Recabarren en
Chile, Juan Carlos Prestes en Brasil, José Ingenieros en Argentina, José Carlos
Mariateghi en Perú, Julio Antonio Mella en Cuba, por sólo nombrar algunos.
Todos y cada uno de ellos -a los que habría que agregar muchísimos esfuerzos
políticos partidistas o no, y líderes de la clase obrera latinoamericana que se
ven impactados desde el inicio por los acontecimientos de octubre del 17 y que
con sus acciones inciden en sus respectivos países-, influyeron en las ideas de
decenas y centenares de dirigentes políticos que, aún como Perón o Vargas
contaminados también por otras corrientes en boga –el fascismo, por ejemplo- y
desde luego expuestos a la acción silenciosa pero contumaz y depredadora de la
ideología y la acción del imperio, entendieron la necesidad de hacerse eco de
lo mejor de aquel experimento social que la humanidad iniciaba y que otros
pueblos se atrevían a seguir también, en busca de un verdadero bienestar
presente y futuro. Los mejores frutos de esa siembra, en mayor o menor medida
los tratarían de recoger tanto quienes como el esfuerzo cepalino quedarían
atrapados sin embargo entre el estatismo y la libre empresa, como las luchas de
liberación nacional que se repiten a lo largo del siglo, o como los nuevos
aportes que amoldados a las nuevas circunstancias de los últimos años,
adicionarían también su contribución al esfuerzo de independencia de la región
(ver Guerra y Prieto, 1980; o Zapata, 1997).
*
Avance de un libro elaborado por el autor.
[1] Ver
también carta del secretario de
Estado William H. Seward, a Kirkpatrick, junio 2 de 1866, US Department of
State Archives, Vol. 15, pp. 334-337; citado por Clementi, Hebe, pp. 88.
2 “Como consecuencia de estas políticas, que
se siguieron durante toda mi administración -decía Hoover-, se terminaron las
intervenciones, fuentes de tanta amargura y temor en América Latina y el
Caribe. Creamos una buena voluntad (...) desconocida hasta ahora por muchos
años, con el término específico de Buen Vecino” (Id.)
3 El antecedente inmediato de tal declaración
lo constituía la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y
Seguridad Continental, llevada a cabo en Rio de Janeiro en 1947, donde se
acuerda el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en el que se
especifica que “un ataque armado (contra) cualquier Estado Americano ser
condenado como un ataque contra todos los Estados Americanos [...]” Ver Ibidem,
pp. 110.
4 Departamento de Estado, Política
Exterior de los Estados Unidos: una Visión Global, mayo de 1975. En ibidem,
pp. 105.
5
Con posterioridad al Congreso de 1907 –cuya segunda edición se realizaría en
1923 otra vez bajo la tutela de los EUA- algunos nuevos intentos unificadores
se llevaron a cabo. Sin embargo, poco a poco, estos intentos fueron opacados
por los intereses económicos de las clases dominantes de las repúblicas,
engarzadas a las compañías trasnacionales. Así, a la par de los “pactos de paz
y amistad”, los tratados de libre comercio surgieron con fuerza en el
escenario, hasta que finalmente llegaron a constituir el motivo principal de
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Cuestiones de América Nº 1, Enero de 2001
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