El Siglo Americano en América Latina

Jesús Hernández Garibay *

La Libertad Condicionada

Los Estados Unidos entran a formar parte de la historia del mundo bajo la idea puritanista de que Dios había creado por fin al pueblo elegido, cuya misión civilizadora resultaba esencial para alcanzar la felicidad en la tierra. Muchos de los principios que asumirá ese pueblo tendrán su origen en las reformas protestantistas de Calvino, que en sus implicaciones sociales señala a la economía, la industria y el trabajo como parte de una “virtud moral” que se traduce en el éxito en los negocios como “evidencia de la gracia divina”. Por supuesto que esas ideas ayudaban a crear un clima muy apropiado para el comercio y la libre empresa; y por supuesto también que las mismas requerían de un tipo muy peculiar de hombres, “atrevidos empresarios que acechaban con ojos bien abiertos la menor oportunidad”, que no se arredraran ante nada en su deseo de conseguir ganancias (Huberman, 1981, pp. 247).

Así nace la Unión Americana, pensando en consonancia que debía avanzar planetariamente con esa su “misión divina”, en un lugar geográfico en el que por obra y gracia tan sólo viendo hacia abajo encontraba una esplendorosa masa de hombres incivilizados en una extraña pero seductora provincia que, con el tiempo, “demostraría” más de una vez a lo largo del tiempo “la necesidad” de aceptar el modelo de pujante país que iba conformando aquella nación, única en el mundo “capaz de dirigir en fin de cuentas el renacimiento espiritual”, según el senador A. Beveridge (citado por Kortunov, 1985, pp. 18). Décadas y décadas de acciones que van delineando su geografía política y su geografía económica, la dejarán entonces en condiciones de vivir con plenitud lo que con el tiempo será reconocido como el siglo americano, del que también participa Latinoamérica.

El Panamericanismo, Aparejo del Siglo Americano

En las últimas pp.s de su obra clásica, un buen día de 1935, año en que la publica por primera vez y luego de hacer un detallado recuento de la expansión territorial de los Estados Unidos por la América Latina y el Caribe, el historiador cubano Ramiro Guerra se pregunta: “¿Ha concluido el ciclo final de la expansión norteamericana? ¿Se ha cumplido en todas sus partes la última etapa del destino manifiesto? La ambición y la aspiración profundas a una soberanía extendida a toda la América, fuerzas básicas del monroísmo, ¿están definitivamente satisfechas con las victorias ya alcanzadas y las posiciones ya adquiridas? ¿Está agotada la sed de tierras del pueblo norteamericano, encerrado para siempre en sus posesiones actuales, como el hombre de negocios que se reduce a vivir de sus rentas o se limita al fomento exclusivo de las empresas que ya posee?” (Guerra y Sánchez, 1975, pp. 461). Y se contesta: “Nadie, en verdad, puede decirlo. El porvenir guarda sus secretos, porque la fecundidad de la vida, creadora de formas nuevas, es más poderosa que todas las concepciones humanas”. Pero unas páginas más adelante agrega algo que -después de esa época que ya no alcanza a reseñar- se convertirá en verdad distintiva por muchas décadas después: “Hoy por hoy –afirma-, no se observa ninguna disminución, sino un positivo aumento del interés nacional norteamericano en los asuntos de Hispano-América. El ciclo de la expansión territorial con objetivos militares estratégicos parece haberse cerrado; pero se ha abierto un nuevo ciclo de expansión económica y de conquista de mercados, que es de la mayor importancia” (ibidem, pp. 466, cursivas de Ramiro Guerra).

En efecto, para la Unión Americana era imposible pensar en sentarse a disfrutar de la obra realizada; por el contrario, había que continuarla y esperar a que con el tiempo se perfeccionara. Es decir, si hubo alguna vez gobernantes más humanistas que, como Jefferson, llegaron a reconocer que el principio de la no-intervención en la política delineada por los padres fundadores estaba presente al inicio de su historia, pues los Estados Unidos no debían negar a ninguna nación “el derecho en el cual nuestro propio gobierno está  fundamentado, de que cada quien puede gobernarse a sí mismo bajo la forma que desee” (citado por Atkins, 1977, pp. 107) 1; si hubo inclusive un tiempo en que el menos halcón Teodoro Roosevelt exaltaba también su convicción de no acudir al monroismo como política de Estado (citado por Clementi, 1972, pp. 89), ese tiempo pasaba al olvido en la misma medida en que las acciones de los Estados Unidos se multiplicaban en la región.

El llamado Panamericanismo sería precisamente aquel instrumento que permitiría desde el último tercio del siglo XIX mantener la ventajosa esperanza de conseguir una “familia interamericana”, pero bajo el tutelaje del autoconsiderado jefe de la casa en este su siglo americano; así el sistema intracontinental, fundado primariamente para los propósitos de promover el comercio hemisférico y desarrollar procedimientos para prevenir las influencias foráneas (Atkins, op. cit., pp. 94), sería el verdadero telón de fondo del escenario latinoamericano por muchos años, y los intereses norteamericanos a través de ello, los que se impusieran en los acontecimientos de la región. Tal hecho, producto de los nacientes intereses que olvidan la convivencia civilizada aceptada anteriormente y la transforman en la pretensión civilizadora del presidente Wilson que sostiene que la causa de la inestabilidad -una amenaza a los intereses estadounidenses- era la “inmadurez política”, pues la madurez es mesurable por el grado de progreso hacia la “democracia constitucional” (citado en ibidem), determinará la política exterior oficial y extraoficial del aquel gobierno. Sobre estas bases se desarrollan a partir de entonces las relaciones entre el norte americano y sur iberoamericano; su historia abarcará cinco grandes periodos: el primero que surge con la idea monroista del destino manifiesto en la primera mitad del siglo XIX hasta los primeros años del XX; el segundo, con la inauguración de la política del buen vecino en los veinte, hasta mediados de los cuarenta; el tercero, de la posguerra hasta mediados de los ochenta; y el cuarto, del final de la guerra fría hasta nuestros días.

Durante el primer periodo los grupos dominantes norteamericanos adquieren conciencia de las posibilidades de todo un continente, cuando en 1823 el secretario de Estado Monroe advierte que “(...) debemos considerar cualquier intento [de las potencias europeas] de extender su sistema a cualesquier porción de este hemisferio, como un peligro para nuestra paz y seguridad”, y que luego desvirtúa un diario puritanista: “es nuestro destino manifiesto expandirnos y poseer todo el continente que la providencia nos ha deparado para el desarrollo del gran experimento de la libertad y la federación de estados” (Morning News, Nueva York, diciembre de 1845). Corolario de este periodo -durante el cual los Estados Unidos despojan a México de más de la mitad de su territorio, desarticulan las pretensiones de unión bolivariana, coadyuvan a la división de Centroamérica, tratan infructuosamente de comprar Cuba por cinco ocasiones, separan a Panamá de la Nueva Granada y aprovechan para hacerse de un canal interoceánico- es el pronunciamiento de Teodoro Roosevelt, quien a propósito de un conflicto entre naciones europeas con Venezuela y Santo Domingo actualiza en 1904 dicha doctrina, al indicar la posibilidad de que su nación actúe incluso como un “poder policiaco internacional” (citado por Atkins, op. cit., pp. 96).

El segundo periodo se desenvuelve en la época del derrumbe europeo, de finales de los años veinte a mediados de los cuarenta, y su principal característica es la Política del Buen Vecino (“entendimiento mutuo, apreciabilidad de los puntos de vista de cada cual...”) anunciada por el mismo Roosevelt desde 1933 (idem, pp. 97). El origen de esta política, como diría el mandatario, se remonta a los días en que diversos sucesos de Tampico, en México, sirvieron para justificar la toma de Veracruz por parte de la flota norteamericana durante algunos meses. Las muchas víctimas resultantes de esa acción y “el resentimiento que creó (...) en toda la América Latina” durante “toda una generación” en la cual “México se había vuelto peligroso”, sentó, dice Roosevelt, las bases para tal política (ver texto completo del discurso en Wood, 1961, pp. 110). En 1943, al hacer una revisión de las relaciones interamericanas durante su gobierno, Herbert Hoover trataría de revivir esa política (Ibidem) 2; no obstante, por causa de duros como el ministro Lane, que se preguntaba “cómo pueden o deben compaginarse la política de las Manos Quietas y la del Buen Vecino...?” (ibidem, pp. 112), y dados los acontecimientos en Nicaragua de finales de los veinte que llamaron a los EUA a comenzar a ejercer su poder policiaco en la región, el concepto no habría de alcanzar mucha trascendencia.

El tercer periodo inicia con el momento de la guerra fría, cuando los EUA se consolidan como primera potencia mundial y buscan inocular a Latinoamérica del peligro soviético. Durante este tiempo la retórica del buen vecino está presente y la preocupación por el comunismo internacional –coincidente con la instauración de un sistema socialista mundial- aparece en reuniones como la Conferencia de Estados Americanos (Bogotá, 1948), que condena los métodos que tiendan a suprimir los derechos y libertades políticas y civiles, “especialmente la acción del comunismo internacional” (citado por Aguilar, 1965, pp. 119) 3. El derrocamiento del gobierno progresista de Arbenz en Guatemala es la consecuencia inmediata de esa época de inoculación; luego, el inicio de la revolución cubana concitará una violenta respuesta acompañada de la promesa de incrementar la ayuda económica para América Latina y el Caribe (Plan Eisenhower), y que con posterioridad se traduciría en la Alianza para el Progreso prometida por el presidente Kennedy, “para ayudar a los hombres y gobiernos libres a fundir las cadenas de la pobreza”. En el fondo, los Estados Unidos temían que sectores revolucionarios capturaran las aspiraciones de una cambiante América Latina; por ello su política estuvo dirigida a prevenir cualquier influencia y mantener una estabilidad política a través del desarrollismo. El propósito de la asistencia económica siempre fue crear las condiciones necesarias que condujeran a cierta estabilidad social, mientras que el propósito de la asistencia militar estaba dirigido a ser el soporte de la estabilidad política. Adicionalmente, se intenta convertir a la Organización de Estados Americanos (OEA) en una alianza anticomunista que acuerda por ello excluir tácitamente a Cuba en 1962 de su participación en el organismo (Atkins, op. cit, pp. 102).

En el marco del relativo enfriamiento de las relaciones diplomáticas con los EUA por el golpe de Estado en Chile y las crecientes disparidades comerciales que llevan a Washington a increpar a Latinoamérica por sucumbir “a la tentación de culpar [a los Estados Unidos] de las desilusiones, con base en las intrigas y excesos de forasteros”, y lamenta que “América Latina está perennemente tentada a definir su independencia y unidad a través de su oposición a los Estados Unidos” 4, el secretario Kissinger llama en este mismo año a retomar “el diálogo en un espíritu de amistad y conciliación”. La elección presidencial de James Carter y el cuestionamiento a la idea de un Hemisferio Occidental entre diversos norteamericanos (por “mítica, sentimental e inaplicable”), en el entorno de la derrota militar de una nación a manos de un pequeño pero valiente pueblo en el sudeste asiático, marcan el pináculo de este periodo. El triunfo sandinista en Nicaragua, del Partido de la Nueva Joya en Grenada, el ascenso revolucionario en El Salvador y Guatemala, y el inicio de la Era Reagan complicarían luego el panorama; así como la revolución cubana en su tiempo, la sandinista trastoca de nuevo al panamericanismo en el contexto de una crisis en la época del Síndrome de Vietnam, donde el retiro de capitales y el proteccionismo comercial acompaña a los intentos por un nuevo comercio continental en medio de la impagable deuda externa, que no alcanza a generar respuestas claras ante las complicadas circunstancias.

El cuarto y último periodo se inicia a finales de los ochenta y corresponde al tránsito a una nueva etapa en la interdependencia mundial y la internacionalización de los capitales, donde la apertura de los mercados en la intención de globalizar la economía luego de los años dorados, busca un nuevo impulso a la libre competencia. La desaparición de la Unión Soviética y la caída del muro con la reunificación de Alemania dan cuenta del final de una cruenta segunda guerra fría en la que América Latina y el Caribe había sido también gravemente implicada. La nueva etapa que termina con el mundo bipolar y lo lleva a una nueva circunstancia continental (donde comenzará a disputarse el unipolarismo frente al multipolarismo), conlleva un redespliegue de fuerzas ultra-librecambistas prácticamente en todos los planos (económico, político, ideológico, educativo y hasta cultural) y en todos nuestros países.

Es este peculiar desarrollo del llamado sistema interamericano el lugar donde durante todo un siglo se desenvuelve la región, y que con gran amplitud exhibe un determinante peso de los Estados Unidos de Norteamérica en América Latina y el Caribe. Por este medio, esa nación habría de hacerle ver a quien se atreviera a pensar distinto, que tendría que fluir libremente por las venas del continente entero el poema monroísta; de su parte, durante la primera mitad del siglo nuestros pueblos resistían esos reiterados intentos de conquista, a través de la guerra de Sandino en Nicaragua, de la insurrección salvadoreña de 1932, de la revolución en Cuba, y durante muchos años más a través de múltiples esfuerzos por alcanzar una mayor independencia.

Intervenciones Abiertas y Encubiertas

La intención expansionista y “protectora” es así, sin duda alguna, la principal motivación de los Estados Unidos a lo largo de todo el siglo XX en América Latina y el Caribe. Con base en ella, Washington comienza a forjar en el transcurso de varios lustros un patrón de conducta que incluye intervenciones abiertas o encubiertas en distintos momentos, basadas en una tramposa doctrina de la seguridad nacional que en el fondo se encuentra liada con sus intereses en la región. A la construcción de un canal interoceánico le sigue la intención de asegurar una estabilidad necesaria para mantenerlo, lo que convierte el hecho en un asunto nacional; después, durante los treinta y los cuarenta, a la vez que se opone de palabra o en los hechos a gobiernos como el de Perón en Argentina, Odría en Perú o Vargas en Brasil, impulsa, apoya y reconoce regímenes dictatoriales como el de los Somoza en Nicaragua, Batista en Cuba, Duvalier en Haití, Trujillo en la Dominicana o Maximiliano Hernández en El Salvador, con el beneficio de controlar disidencias y mantener así dicha estabilidad (Landau, 1988, pp. 28 y siguientes).

Luego de esos años y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, al amparo de la Doctrina Truman que en el contexto de la primera guerra fría establecía que “La política de los Estados Unidos debe ser la de apoyar a los pueblos libres que resisten los intentos de subyugación por parte de minorías armadas o presiones extranjeras”, creaba para América Latina y el Caribe -a través del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR)- el concepto “defensa de la seguridad hemisférica” como una parte más de lo que en Europa constituiría la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en defensa del mundo libre (Alfonso, 1986, pp. 8 a 45). Con la creación previa (en 1948) de la Organización de Estados Americanos (OEA) bajo su tutela, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) inaugura a mediados de los cincuenta, la era de las intervenciones secretas. Después de participar en el derrocamiento del presidente Arbenz en 1954, esa agencia comanda mil 500 exiliados anticastristas en una invasión fracasada en Bahía de Cochinos en 1961, y en 1965 organiza la intervención militar en contra del gobierno constitucional de Juan Bosch en Santo Domingo.

Preocupado sobre todo por el giro latinoamericano de la revolución cubana, el gobierno de Washington inicia a partir de los sesenta una amplia y sistemática labor de espionaje y desestabilización en diversos países. Ya desde 1958 había contribuido con fondos a la victoria en Chile del conservador Jorge Alessandri en contra del candidato popular Salvador Allende; luego desde 1961 prestó adiestramiento y apoyo permanente a exiliados cubanos para labores de hostigamiento que incluían el proyecto de asesinar a Fidel Castro y otros líderes del Tercer Mundo; en 1962-63 invirtió no menos de veinte millones de dólares para apoyar a centenares de candidatos derechistas en elecciones para gobernadores, congresistas y munícipes brasileños con el propósito de evitar la consolidación política del presidente Joao Goulart; en 1964 impulsó al general René Barrientos a tomar el poder por la fuerza en Bolivia, mientras suministró más de veinte millones de dólares en Chile a favor del candidato democristiano Eduardo Frei y en contra de la segunda candidatura de Salvador Allende; en el mismo año en Brasil, participó activamente con la CIA en la preparación del golpe militar que derrocó al presidente Goulart; en mayo de 1965 promovió la intervención abierta de 40 mil soldados para acallar la insurrección popular en la República Dominicana.

En este último país, después del derrocamiento en septiembre de 1963 del presidente constitucional Juan Bosch a través de un golpe de Estado perfectamente planeado por la CIA, el 24 de mayo de 1965 –con base en una resolución impuesta por los EUA en el Consejo de la OEA- intervienen las llamadas Fuerzas Armadas Interamericanas (legitimadas por el TIAR), compuestas por 20 mil soldados norteamericanos y unos mil 600 latinoamericanos, quienes permanecieron ahí hasta septiembre de 1965 cuando fue impuesto Joaquín Balaguer. Con posterioridad, en 1970, la CIA intervino nuevamente en Chile con fondos en favor del candidato conservador Alessandri y en contra de Salvador Allende quien, sin embargo, triunfó de manera contundente y se mantuvo en la presidencia hasta septiembre de 1973, cuando es derrocado y asesinado por un golpe de Estado preparado y orquestado a través de planes de la CIA como el Camelot y otras operaciones. Apoyados en el Plan Pirámide montado para derrocar al gobierno progresista de Maurice Bishop, en 1983 los marines invaden la isla de Grenada e instauran un gobierno del agrado estadounidense. Luego, a finales de 1989, después de la intervención mercenaria en Centroamérica, 24 mil marines invaden Panamá en busca del presidente Antonio Noriega a quien acusan de narco, mientras en la base norteamericana del Canal juramentan a Guillermo Andara como un presidente de su mayor agrado (ver, entre muchos otros, Borosage y Marks, 1984; Buendía, 1984; Morris, 1967; Neuberger y Opperskalski, 1985; Serguéev, 1988; Woodward, 1988; Zubenko y Tarásov, 1984; y Autores varios, 1979).

En el transcurso de esas acciones la tesis de la seguridad nacional se convierte en el expediente que pretende justificar la constante intervención en el afán de lograr la deseada estabilidad, sin duda necesaria para el impulso a la diplomacia del dólar. Así, la retórica de formar “una gran familia interamericana” se acompaña a lo largo del siglo de una fuerza militar o paramilitar que pretende garantizar el liderazgo norteamericano en detrimento de cualquier aspiración popular que hubiera por alcanzar una mayor independencia. Sin excepciones -inclusive Cuba y el bloqueo económico de cuarenta años-, las naciones latinoamericanas se encontrarían así supeditadas a la intención estadounidense de controlar el curso de los acontecimientos en la región, no obstante lo cual –como se demostraría en muchas ocasiones a través de múltiples formas- nuestros pueblos mantendrían también vigentes sus aspiraciones por alcanzar un bienestar común, sin ingerencias externas.

La Respuesta de Latinoamérica

Luego de la apropiación del Canal de Panamá, pocos cambios hubo en la percepción estadounidense hacia América Latina y el Caribe; de Centroamérica, por ejemplo, decían que se trataba de una región marginal a menudo turbulenta cuya pacificación, dada su proximidad estratégica, se imponía a cualquier precio. De hecho, fue una vez que los EUA se posesionaron del Canal cuando comenzaron a hablar de la necesidad de “la paz y la seguridad”. El Congreso llevado a cabo en Washington en 1907 y la instauración del llamado Tribunal de Justicia Centroamericana –obras ambas de Root y Roosvelt-, cumplían con esa intención. El secretario de Estado Knox adicionaría una sencilla fórmula para inaugurar en el istmo la nueva época de la diplomacia del dólar: por un lado se induciría a las repúblicas istmeñas, recién apaciguadas, a contratar empréstitos con banqueros norteamericanos para liquidar reclamaciones europeas y normalizar la hacienda de cada país, mientras por otro se estimularía a los empresarios estadounidenses a obtener concesiones y desarrollar empresas que mejorarían los servicios públicos y, según esto, fomentarían las riquezas nacionales 5.

Tal y como Ramiro Guerra lo preveía, las primeras décadas del siglo fueron un periodo de rápida expansión estaounidense por América Latina y el Caribe, ya no territorial sino económica y financiera, donde al amparo de gobiernos débiles y conservadores crecieron y ampliaron su rango de acción grandes monopolios, mediante negocios fáciles. La mayor explotación del trabajo y la corrupción a cuya sombra proliferaron las mafias y el gansterismo, provocaron una polarización y crecientes tensiones entre las distintas clases sociales. Las relaciones con Estados Unidos se estrecharon grandemente en los años inmediatos anteriores a la crisis de 1929, mientras la influencia masiva del capital norteamericano fue inevitable, volviendo a las economías más dependientes y subdesarrolladas (Aguilar, op. cit., pp. 69). En tanto los EUA avanzaban en promover las nuevas relaciones comerciales y financieras, así como la mayor presencia de sus consorcios, en América Latina y el Caribe crecía sin embargo también, poco a poco, un más profundo sentimiento popular anti-norteamericano por alcanzar frente a dicho predominio aquella segunda independencia de la cual hablara José Martí (citado por Pividal, op. cit., pp. 89 y 90); primero en forma intuitiva como en la Revolución Mexicana -que con el sencillo concepto de la “no reelección” (axioma inevitable luego de tres décadas de dictadura porfirista) llevará a cabo el primer gran movimiento social reivindicatorio de Latinoamérica- y luego mediante luchas que, como la de Sandino y Farabundo Martí en Centroamérica, darían cuenta de la creciente conciencia en las carencias y las necesidades de los latinoamericanos.

El curso de esta historia no podría ser entendida, desde luego –como es el caso del resto del mundo en el siglo XX-, sin advertir la importancia que se se asignará la revolución rusa y sus repercusiones directas e indirectas (Hobsbawm, op. cit., pp. 90), donde el ejemplo y la doctrina socialista tiene de inmediato un enorme impacto en las ideas y las acciones de decenas de acontecimientos y cientos de miles, y hasta millones de latinoamericanos, otorgando un buen motivo a los Estados Unidos para esmerarse más en su intervencionismo. Así, en mucho de lo que un más exhaustivo recuento destaca acerca del interés de nuestros pueblos por lograr una nación y una región propia, se mantiene en forma indeleble el pensamiento, la ideología y el ejemplo de revolucionarios como Luis Emilio Recabarren en Chile, Juan Carlos Prestes en Brasil, José Ingenieros en Argentina, José Carlos Mariateghi en Perú, Julio Antonio Mella en Cuba, por sólo nombrar algunos. Todos y cada uno de ellos -a los que habría que agregar muchísimos esfuerzos políticos partidistas o no, y líderes de la clase obrera latinoamericana que se ven impactados desde el inicio por los acontecimientos de octubre del 17 y que con sus acciones inciden en sus respectivos países-, influyeron en las ideas de decenas y centenares de dirigentes políticos que, aún como Perón o Vargas contaminados también por otras corrientes en boga –el fascismo, por ejemplo- y desde luego expuestos a la acción silenciosa pero contumaz y depredadora de la ideología y la acción del imperio, entendieron la necesidad de hacerse eco de lo mejor de aquel experimento social que la humanidad iniciaba y que otros pueblos se atrevían a seguir también, en busca de un verdadero bienestar presente y futuro. Los mejores frutos de esa siembra, en mayor o menor medida los tratarían de recoger tanto quienes como el esfuerzo cepalino quedarían atrapados sin embargo entre el estatismo y la libre empresa, como las luchas de liberación nacional que se repiten a lo largo del siglo, o como los nuevos aportes que amoldados a las nuevas circunstancias de los últimos años, adicionarían también su contribución al esfuerzo de independencia de la región (ver Guerra y Prieto, 1980; o Zapata, 1997).

Notas:

* Avance de un libro elaborado por el autor.

[1] Ver también carta del secretario de Estado William H. Seward, a Kirkpatrick, junio 2 de 1866, US Department of State Archives, Vol. 15, pp. 334-337; citado por Clementi, Hebe, pp. 88.

2 “Como consecuencia de estas políticas, que se siguieron durante toda mi administración -decía Hoover-, se terminaron las intervenciones, fuentes de tanta amargura y temor en América Latina y el Caribe. Creamos una buena voluntad (...) desconocida hasta ahora por muchos años, con el término específico de Buen Vecino” (Id.)

3 El antecedente inmediato de tal declaración lo constituía la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y Seguridad Continental, llevada a cabo en Rio de Janeiro en 1947, donde se acuerda el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), en el que se especifica que “un ataque armado (contra) cualquier Estado Americano ser  condenado como un ataque contra todos los Estados Americanos [...]” Ver Ibidem, pp. 110.

4 Departamento de Estado, Política Exterior de los Estados Unidos: una Visión Global, mayo de 1975. En ibidem, pp. 105.

5 Con posterioridad al Congreso de 1907 –cuya segunda edición se realizaría en 1923 otra vez bajo la tutela de los EUA- algunos nuevos intentos unificadores se llevaron a cabo. Sin embargo, poco a poco, estos intentos fueron opacados por los intereses económicos de las clases dominantes de las repúblicas, engarzadas a las compañías trasnacionales. Así, a la par de los “pactos de paz y amistad”, los tratados de libre comercio surgieron con fuerza en el escenario, hasta que finalmente llegaron a constituir el motivo principal de los esfuerzos integracionistas.

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Enero de 2001

 

 

Cuestiones de América Nº 1, Enero de 2001

 

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