Un hombre que
sufre un daño en la zona del cerebro más vinculada a las emociones es incapaz
de tomar la más simple decisión racional. La razón es inútil sin la emoción. La
emoción es racional. Este descubrimiento de Damasio estimula a pensar en la
necesidad de concebir un nuevo ideal de hombre para el siglo XXI.
Desde Platón
y, mucho más aún, desde Descartes, el hombre sufre una escisión. Una tajada
atraviesa la concepción de la condición humana: arriba la mente, el espíritu y
la razón; abajo el cuerpo, la carne y la emoción. La condición humana está
dividida por el idealismo y el racionalismo. Las consecuencias de esta
hendidura son catastróficas. Este esquema dualista da pie al pensamiento
religioso retardatario que niega el cuerpo y el placer como bajos y ensalza el
espíritu como alto. Da pie al racionalismo que niega la condición compleja del
ser humano como ser que razona y siente al mismo título. Funda una psiquiatría que
piensa tan sólo en dar píldoras a un enfermo deprimido y una medicina halópata
que se desentiende de las emociones de sus enfermos como irrelevante para el
cuadro clínico. Forma una idea de las emociones como pasivas en la que
participa también el psicoanálisis y su modelo del ello pasional sometiendo al
sereno yo de la razón.
Pero todo imperio llega a su fin. Cada vez es
más difícil sostener la validez de una razón que no considere al mismo tiempo
la carne y la emoción, el deseo que nos mueve y funda la ética misma.
El fascismo
levantó la bandera de las pasiones para la opresión, la discriminación y el
genocidio. A este “asalto a la razón” se opuso el socialismo y el movimiento a
favor de la defensa de la racionalidad en la segunda posguerra mundial. El
siglo XXI habrá de reconstruir la idea de la racionalidad, de la humanidad, en
muchos sentidos. Y deberá hacerlo en forma que no repita los errores del
pasado: ni razón pura ni emoción pura.
La razón en
el nuevo siglo habrá de concebirse no como asunto de mera lógica matemática o
silogística sino que deberá considerar el lugar de las emociones en la
racionalidad. Las emociones no están abajo y al lado, constituyen un todo con
la razón lógica, tienen su propia lógica y sin ellas ninguna razón es posible. Las
emociones son también acciones, juicios sobre la vida y son constitutivas de
nuestra visión y valoración del mundo.
En el siglo
XXI, el ideal del hombre no debiera ya ser el de aquel que representa la pura y
fría lógica sino el que sabe conjugar mentes y corazones. No ya un ser dividido
entre el espíritu y la carne, sino una mente que se mira así misma englobando
el cuerpo y guiando la lógica de sus emociones y valores lo mismo que de su
lógica-lógica. Una idea del hombre multidimensional y de una ciencia que
responda no sólo a esquemas de razonamiento sino también a los valores de la
humanidad, una ciencia encarnada. Un siglo de emociones podría ser una de las
salidas a la encrucijada que nos ha dejado una centuria de razón devastadora y
un mundo de miseria en medio de mínimos núcleos opulentos.
Diciembre
de 2000
Cuestiones de América Nº 0, Diciembre de 2000
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