América Latina Frente al Nuevo Siglo

 

Estamos en la puerta de entrada hacia un siglo más, enlazados también a un nuevo milenio exigente de respuestas acerca del camino transitado y del sendero a recorrer para alcanzar la añeja aspiración de bienestar de nuestros pueblos, que es el de nuestras familias. Empresa nada fácil, si advertimos qué poco nos hemos permitido meditar todavía acerca de ese camino, qué escasamente por ello comprendemos lo que acontece en la encrucijada de estos tiempos, y qué menos sabemos con plena certidumbre de cuál es ese sendero a avanzar con paso firme para lograrlo.

La América Nuestra del Bravo a la Patagonia ha vivido en su búsqueda, complicadas realidades. Gobiernos van y vienen, pretensos de alcanzar un desarrollo cuya pedregosa ruta tamizan siempre con promesas y acompañados de la celosa mirada vigilante de quien primero nos quiso hacer suyos, para luego escoger la apuesta al mercado por menos enredada y más inmediata. En distintos momentos nos han gobernado tanto dictadores como vendepatrias, políticos ingenuos y líderes corruptos, aunque también hombres de buena fe para quienes estaban siempre por delante los buenos deseos del beneficio colectivo. Pero ninguno de ellos, por mucho que nos hubieran ofrecido las perlas de la virgen, encauzó nuestro esfuerzo -que ha sido demasiado muchas veces- hacia la plena prosperidad de una manera más efectiva.

Después incluso de los trascendentes cambios que se dieron durante los noventa, luego de la caída del socialismo real y sobre todo con la globalización y la apertura de los mercados, los acuerdos comerciales regionales (principalmente Mercosur y Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y la activación de la competencia en una escala mayor que en décadas anteriores, no ha dejado de ser mencionado que el panorama económico latinoamericano se modificó significativamente a partir de nuevas reglas, posibilidades, retos y oportunidades; y que éste sería el camino para la utopía latinoamericana largamente acariciada. Sin embargo, luego de años esa ansiada prosperidad no llega, a pesar de las ilusiones reiteradas y los aparatos propagandísticos montados para hablar de ello.

Lo que ha quedado claro es que esos espectaculares cambios que introdujo lo que ha sido denominada la intención neoliberal realmente no han posibilitado salidas más viables al desarrollo y que, por el contrario, los problemas que tradicionalmente padece la región continúan sin solución definitiva, pues a pesar de la liberalización del comercio continental y las bondades de las nuevas condiciones del mercado, a principios de este nuevo siglo muchas décadas de subdesarrollo y dependencia continúan pesando en los intentos por alcanzar una mejor condición histórica, además de graves problemas promovidos aún al final de cuentas, por los poderosos intereses involucrados en esa realidad.

Esto se advierte prácticamente en toda la región, donde mediante el flujo de inversiones hacia distintos países pero sobre todo a partir de la constante divulgación de las bondades del mercado, se posibilita una competencia más abierta y nuevas oportunidades para muchos; pero junto a ello de manera paradójica, el funcionamiento básico del mercado continúa dependiendo en esencia de los planes e intenciones de los grandes financieros, comerciantes e industriales, ante cuya acción las desigualdades son mayores que nunca y la pobreza se generaliza como jamás en el pasado, según lo dejan ver distintos datos.

También de manera paradójica, un tema que no aparece nunca en el análisis de ese mercado es justamente el análisis a fondo del mercado, del alcance real de cambios ocurridos, de su naturaleza y significado, de la manera como promueve circunstancias que no solamente ofrecen nuevas posibilidades, sino también profundas limitaciones y graves problemas. Véase como un sólo ejemplo, el asunto del empleo, de las nuevas formas organizativas del trabajo, de la inevitable y necesarísima modernización de la producción y los servicios, y del irrefrenable desempleo creciente que engrosa al más grande ejercito de reserva de todos los tiempos.

Circunstancias que como nunca en el pasado hacen de la economía informal una penosa realidad de nuestras sociedades, con todo lo que ello implica en términos de anarquía del mercado, deficit fiscal y presupuestal, problemática familiar y desde luego, la consiguiente improductividad y descapitalización de las naciones.

De ninguna manera pretendo afirmar que esto es lo único que ha pasado en América Latina o que el pesimismo por ello debiera embargarnos. Por el contrario, me parece que no obstante lo anterior, tanto los avances latinoamericanos en el curso mismo de su historia y la cada vez mayor conciencia de esa historia, como los múltiples intentos realizados por salir adelante (todo ello en medio de las tendencias cada vez más sólidas de interdependencia mundial), han generado circunstancias que en décadas pasadas no hacían viables tal y como ahora sucede, nuevas posibilidades a partir de las nuevas relaciones que se generan entre los propios latinoamericanos y con otros países del mundo. Ello está modificando de manera importante incluso las tradicionales relaciones panamericanas en las que -no obstante la influencia aún determinante de los Estados Unidos- se advierten mayores intentos de autonomía en decisiones hechas por gobiernos latinoamericanos, como en el  Mercosur.

El tema de América Latina dentro de la temática de América toda, como se advierte,  tiene una importancia central para nuestros pueblos. Mal comprendido a veces e incluso ninguneado como resultado del proceso globlalizador y la etapa neoliberal en la región, el tema ha sido asociado con una postura pretendidamente fuera de época, por cuanto dícese que sustenta una referencia inoportuna según los nuevos tiempos de apertura frente al mundo. Suponiendo la liberación total de las fronteras, cualquier planteamiento de Latinoamérica como una región con vida propia y necesidad de independencia plena, de referencia incluso a la América Nuestra martiana y bolivariana, resulta para algunos asunto fuera de lugar e incluso "de mal gusto" según los cánones intelectuales de la actualidad. Pero las raíces históricas del continente no son cosa de dar carpetazo al asunto en razón de las nuevas realidades internacionales, pues aquellas mantienen -y así será por muchos siglos- una influencia indeleble en la vida de nuestros pueblos; esas raíces nos indican que existe una región con delimitaciones históricas y geográficas, un idioma común y similares condiciones económicas, sociales y culturales, problemas por tanto comunes, avances y retrocesos que permiten advertir la necesidad de la búsqueda también de soluciones comunes como un reto insoslayable, hoy como en el pasado, y más frente al nuevo siglo.

Cualquier pretensión continental para el futuro tiene que tomar en cuenta estos hechos, so pena de ser acrisolada en contra por la historia.

Jesús Hernández Garibay

Diciembre de 2000

 

 

Cuestiones de América Nš 0, Diciembre de 2000

 

 

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